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El siguiente es un artículo del escritor Neal Stephenson acerca del progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que vivimos viene sufriendo. Fue publicado a finales del año 2011 y afortunadamente, en los años recientes se están sucediendo logros notables en diversos ámbitos, a destacar los relacionados con la exploración espacial cuyos proyectos actualmente en marcha hacen parecer algo ridículas a algunas de las que propone el autor como innovadoras en su momento, hace apenas un lustro. Una nueva carrera ha surgido —esta vez con un trasfondo mucho más positivo y productivo— entre agencias gubernamentales como la NASA y compañías privadas como SpaceX, Virgin Galactic o Blue Origin. Incluso tenemos cerca la muy agradable sorpresa de la española PLD Space, que recientemente ha sido contratada por la ESA gracias a su propuesta completamente innovadora que llena un hueco hasta ahora inédito de micro-proyectos espaciales. Sin embargo, a pesar del atisbo de optimismo que la situación aparenta presentar, conviene no olvidar cuáles son las amenazas que continúan vigentes y el relevante papel que la ciencia-ficción desempeña en este proceso. Sirva con este propósito el siguiente texto del citado autor, traducido por el que escribe las líneas de esta pequeña introducción.

Carencia de innovación (Innovation Starvation)

Por Neal Stephenson (acceso al artículo original )


Representación de un simbólico «árbol de de las ideas» yermo
[Imagen: Marshall Hopkins]

Mi vida abarca la época en la que Estados Unidos de América fue capaz de lanzar seres humanos al espacio. Algunos de mis recuerdos más tempranos son los de estar sobre una alfombra de rizo ante una enorme televisión en blanco y negro, viendo las primeras imágenes de la misión Géminis. Este verano, a la edad de 51 años —apenas puede decirse viejo— observé en una pantalla plana el momento en el que el último transbordador espacial despegaba de la plataforma. He seguido el decrecimiento del programa espacial con tristeza, incluso amargura. ¿Dónde está mi estación espacial en forma de donut? ¿Dónde está mi billete para Marte? Durante todo este tiempo he mantenido ocultas mis impresiones, hasta hace poco. La exploración espacial siempre ha tenido sus detractores. Quejarse de su fallecimiento es exponerse a los ataques de aquellos que no se identifican con un hombre blanco burgués de mediana edad estadounidense, que no ha visto sus fantasías de infancia cumplidas.

Sin embargo, me preocupa que la incapacidad de igualar los logros del programa espacial de los años 60 pudiera ser síntoma de un fracaso general de nuestra sociedad para la realización de grandes logros. Mis padres y abuelos fueron testigos de la creación del avión, el automóvil, la energía nuclear y la computadora, por nombrar sólo algunos ejemplos. Los científicos e ingenieros que llegaron a la mayoría de edad durante la primera mitad del siglo XX, podían esperar del futuro la construcción de soluciones que resolverían viejos problemas como reformar el paisaje, apuntalar la economía y proporcionar puestos de trabajo para la burguesa clase media, que fueron la base de la estable democracia que tenemos.

El derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de 2010 cristalizó mi sensación de que hemos perdido la capacidad de hacer cosas importantes. La crisis petrolera de la OPEP fue en 1973, hace casi 40 años. Entonces ya era una obvia locura permitir que Estados Unidos se convirtiera en rehén económico de cierta clase de países como las de aquellos donde se producía petróleo. Esto llevó a la propuesta de Jimmy Carter del desarrollo de una enorme industria de combustibles sintéticos en suelo americano. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre los méritos de la presidencia Carter o de esta propuesta en particular, fue al menos un esfuerzo serio para abordar el problema.

Poco se ha escuchado sobre el tema desde entonces. Se ha estado hablando de parques eólicos, energía de las mareas y energía solar durante décadas. Se han hecho algunos progresos en esos ámbitos, pero la energía se sigue basando en el petróleo. En mi ciudad, Seattle, un proyecto planeado hace 35 años sobre la ejecución de una línea de tren ligero a través del lago Washington, está siendo bloqueado por una iniciativa ciudadana. Frustrada o interminablemente retrasada en sus esfuerzos por construir, la ciudad avanza a duras penas con un proyecto para pintar carriles para bicicletas en el pavimento de las calles.

A principios de 2011 participé en una conferencia llamada Future Tense, en la cual lamenté el declive del programa espacial tripulado, aunque la conversación acabo pivotando hacia la energía, lo que indica que el verdadero problema no son los cohetes. Es esta —la energía— nuestra gran y amplia incapacidad como sociedad para llevar a cabo grandes proyectos. De una manera totalmente fortuita, había tocado un punto sensible. La audiencia de Future Tense estaba más segura que yo de que la ciencia-ficción [CF] tenía relevancia —incluso utilidad— para abordar el problema. Escuché dos teorías sobre por qué:
  1. La Teoría de la Inspiración. La CF inspira en la gente la elección de carreras relacionadas con ciencia y tecnología. Esto es indudablemente cierto, ademas de obvio.
  2. La Teoría de los Jeroglíficos. La buena CF proporciona una imagen plausible, totalmente elaborada de una realidad alterna en la cual se ha producido algún tipo de innovación significativa. Un buen universo de CF tiene una coherencia y una lógica interna que los científicos e ingenieros pueden valorar. Los ejemplos incluyen los robots de Isaac Asimov, los cohetes de Robert Heinlein y el ciberespacio de William Gibson. Como dice Jim Karkanias de Microsoft Research, tales iconos sirven como jeroglíficos: símbolos simples y reconocibles en cuya significación todos están de acuerdo.
Investigadores e ingenieros se han visto a si mismos concentrándose en temas cada vez más y más específicos a medida que la ciencia y la tecnología se hacía más complicada. Las grandes compañías o laboratorios tecnológicos emplean cientos o miles de personas para que cada una de ellas se dedique a manejar tan sólo una ínfima parte del proyecto general. La comunicación entre ellos puede llegar a convertirse en un maremágnum de correos electrónicos y powerpoints. La afición que muchas de estas personas tienen por la CF es en parte síntoma de la necesidad de encontrar un marco común que les facilite a ellos y a sus colegas, una visión general. Pretender coordinar todos estos esfuerzos a través del clásico sistema basado en la autoridad y control, es casi como intentar dirigir toda una economía moderna desde el Kremlin. Conseguir trabajar sin trabas de manera independiente pero enfocados hacia metas comunes es en gran medida mucho más parecido a un mercado libre y auto-organizado de ideas.

EXPANDIENDO LAS ÉPOCAS

La CF ha cambiado a lo largo de todo este tiempo —desde los 50 (la era del desarrollo de la energía nuclear, aviones a reacción, la carrera espacial y la computadora) hasta ahora—. En líneas generales, el tecno-optimismo de la Edad de Oro de la CF ha dado paso a una ficción escrita en un tono generalmente más oscuro, más escéptico y ambiguo. Yo mismo he tendido a escribir mucho sobre arquetipos de hackers tramposos que explotan las capacidades ocultas de sistemas sofisticados, ideados por otros igualmente sin rostro.

Creyendo haber alcanzado el máximo progreso en cuanto a tecnología, buscamos llamar la atención sobre sus efectos secundarios destructivos. Algo que resulta absurdo si te tiene en cuenta que estamos todavía atados a tecnologías vetustas de 1960 como la de los destartalados reactores de Fukushima, en Japón, teniendo en el horizonte la posibilidad de la energía limpia de la fusión nuclear. El desarrollo de nuevas tecnologías y su implementación a escalas heroicas ya no es una preocupación infantil de unos cuantos empollones con reglas de cálculo, sino un imperativo. Es la única manera de que la raza humana escape de sus aprietos actuales. Lástima que hayamos olvidado cómo hacerlo.

«¡Ustedes son los que han bajado el ritmo!», proclama Michael Crow, presidente de la Universidad Estatal de Arizona (y otro de los oradores de Future Tense). Se refiere, por supuesto, a los escritores de CF. Científicos e ingenieros, parece estar diciendo, están preparados y buscando nuevas cosas para desarrollar. Es hora de que los escritores de CF comiencen a mostrar su valía creando grandes visiones que aporten un sentido. De ahí el Proyecto Jeroglífico, una iniciativa para crear una nueva antología de CF que de alguna manera pueda convertirse en una vuelta consciente al tecno-optimismo práctico de la Edad de Oro.

CIVILIZACIONES DEL ESPACIO

China es frecuentemente citada como un país involucrado en grandes proyectos, y no hay duda de que están construyendo presas, sistemas ferroviarios de alta velocidad y cohetes a un ritmo extraordinario. Pero no son fundamentalmente innovadores. Su programa espacial, al igual que todos los demás países (incluido el nuestro), es sólo una imitación del realizado hace 50 años por los soviéticos y los estadounidenses. Un programa realmente innovador implicaría asumir riesgos (y aceptar fracasos) para ser pionero en algunas de las tecnologías de lanzamiento espacial alternativas que han sido promovidas por investigadores de todo el mundo durante las décadas dominadas por los cohetes.

Imagínense una fábrica de pequeños vehículos de producción en masa, no más grandes y complejos que un refrigerador, surgidos de una cadena de montaje, con toda su apretada carga al máximo y hasta los topes de hidrógeno líquido no contaminante como combustible, para ser posteriormente expuestos a un intenso calor concentrado proveniente de una batería terrestre de láseres o antenas de microondas. Calentados a temperaturas más allá de lo que una reacción química puede lograr, el hidrógeno emerge de una boquilla en la base del dispositivo y los lanza disparados por la atmósfera. Con el vuelo trazado por los láseres o microondas, el vehículo se eleva en órbita, llevando una carga útil más grande en relación a su tamaño de lo que un cohete químico podría manejar, pero manteniendo contenidas la complejidad, los gastos y el esfuerzo necesarios. Durante décadas, esta ha sido la visión de investigadores como los físicos Jordin Kare y Kevin Parkin. Una idea similar, utilizando un pulso de láser desde tierra dirigido a la parte trasera de un vehículo espacial como detonante del combustible, era sugerida por Arthur Kantrowitz, Freeman Dyson y otros eminentes físicos a principios de los años sesenta.

Si suena demasiado complicado, entonces considérese la propuesta de 2003 de Geoff Landis y Vincent Denis sobre construir una torre de 20 kilómetros de altura usando simples vigas de acero. Los cohetes convencionales lanzados desde su cima podrían transportar el doble de carga útil que lanzados desde el suelo. Incluso abundan las investigaciones, que datan desde Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la astronáutica a partir de finales del siglo XIX, para demostrar que una simple cuerda —de gran longitud con el extremo puesto en órbita alrededor de la Tierra— podría ser utilizada para extraer cargas útiles hacía la atmósfera superior y ponerlas en órbita sin necesidad de motores de ningún tipo. La energía sería bombeada al sistema usando un proceso electrodinámico sin partes móviles.

Todas son ideas prometedoras, del tipo de las que llevaban a generaciones pasadas de científicos e ingenieros a sentir entusiasmo por sus proyectos de construcción.

Pero para comprender lo alejada que nuestra mentalidad actual está de ser capaz de intentar innovar a gran escala, considérese el destino de los tanques externos del transbordador espacial [TE]. Dejando a un lado el vehículo en sí mismo, el TE era el elemento más grande y prominente del transbordador espacial mientras estaba en la plataforma de lanzamiento. Permanecía unido a la lanzadera —o más bien habría que decir que es la lanzadera la que permanecía unida a él— mucho después de que los dos impulsores suplementarios hubieran caído. El TE y el transbordador permanecían conectados todo el trayecto fuera de la atmósfera y en el espacio. Sólo después de que el sistema hubiera alcanzado la velocidad orbital era desechado el tanque dejándolo caer en la atmósfera, donde era destruido en la reentrada.

A un costo marginal modesto, los TE podrían haberse mantenido en órbita indefinidamente. La masa del TE en la separación, incluyendo los propelentes residuales, era aproximadamente el doble de la mayor carga útil posible del Shuttle. No destruirlos habría triplicado la masa total lanzada en órbita por el transbordador. Los TE podrían haber sido conectados para formar unidades que habrían humillado a la Estación Espacial Internacional actual. El oxígeno e hidrógeno residuales que fluyen a su alrededor podrían haberse combinado para generar electricidad y producir toneladas de agua, una mercancía que es muy cara y deseable en el espacio. Pero a pesar del duro esfuerzo y la apasionada defensa de los expertos espaciales que deseaban ver los tanques puestos en uso, la NASA —por razones tanto técnicas como políticas— envió a cada uno de ellos a una ardiente destrucción en la atmósfera. Visto de manera simbólica, dice mucho sobre las dificultades de innovar que existen en otros ámbitos.

EJECUTANDO GRANDES PROYECTOS

La innovación no puede darse sin aceptar el riesgo que conlleva la posibilidad del fallo. Las vastas y radicales innovaciones de mediados del siglo XX tuvieron lugar en un mundo que, en retrospectiva, resulta increíblemente peligroso e inestable. Las posibles consecuencias que la mente de nuestro tiempo identifica como serias amenazas podrían no ser tan graves —suponiendo que hayan sido tan siquiera tenidas en cuenta— por personas habituadas a grandes crisis económicas, guerras mundiales y a la Guerra Fría, en tiempos en los que los cinturones de seguridad, los antibióticos y muchas vacunas no existían. La competencia entre las democracias occidentales y las potencias comunistas obligó a las primeras a empujar a sus científicos e ingenieros al límite de lo que podían imaginar y suministraron una especie de red de seguridad en caso de que sus esfuerzos iniciales no dieran resultado. Un canoso veterano de la NASA me dijo una vez que los aterrizajes en la luna del Apolo fueron el mayor logro del comunismo.

En su reciente libro Adapt: Why Success Always Starts with Failure (Adáptate: ¿Por qué el éxito siempre comienza con el fracaso?), Tim Harford describe el descubrimiento por parte de Charles Darwin de una amplia variedad de especies distintas en las Islas Galápagos, situación que contrasta con el esquema que se observa en los grandes continentes, donde los experimentos evolutivos tienden a ser minimizados a través de una especie de consenso ecológico por el cruce entre especies. El «aislamiento de las Galápagos» frente a la «jerarquía corporativa impaciente» es el contraste establecido por Harford en la evaluación de la capacidad de una organización para innovar.

La mayoría de las personas que trabajan en corporaciones o instituciones académicas han presenciado algo como lo siguiente: un grupo de ingenieros están sentados juntos en una habitación, intercambiando ideas entre si. De la discusión emerge un nuevo concepto que parece prometedor. Entonces, una persona con un ordenador portátil en una esquina, después de haber realizado una rápida búsqueda en Google, anuncia que esta «nueva» idea es, de hecho, antigua —o al menos vagamente similar— y ya ha sido probada. O falló, o lo logró. Si falló, entonces ningún gerente que quiera mantener su trabajo aprobará gastar dinero tratando de revivirlo. Si se logra, entonces es patentado y se supone que la entrada en el mercado es inalcanzable, ya que las primeras personas que piensan en ella tendrán la «ventaja del primer movimiento» y habrán creado «barreras competitivas». El número de ideas aparentemente prometedoras que se han aplastado de esta manera debe rondar los millones.

¿Que hubiera pasado si esa persona del rincón no hubiera sido capaz de encontrar nada en Google? Se habrían necesitado semanas de investigación en la biblioteca para encontrar alguna evidencia de que la idea no era totalmente nueva, después de un largo y penoso trabajo rastreando muchas referencias en un montón de libros, algunas relevantes, otras no. Una vez hallado, el precedente podría no haber parecido tan precedente directo después de todo. Podrían haber motivos por los que valiese la pena una revisión de la idea, tal vez hibridándola con innovaciones de otros campos. De aquí las virtudes del aislamiento de las Islas Galápagos.

La contrapartida del aislamiento «galapagüeño» es la lucha por la supervivencia en un gran continente, donde los ecosistemas firmemente establecidos tienden a desdibujar y absorber las nuevas adaptaciones. Jaron Lanier, informático, compositor, artista visual y autor del reciente libro You are Not a Gadget: A Manifesto (Contra el rebaño digital: Un manifiesto), tiene algunas claves sobre las consecuencias no deseadas de Internet —el equivalente informativo de un gran continente— sobre nuestra capacidad para correr riesgos. En la era pre-internet, los gerentes de empresas se veían obligados a tomar decisiones basadas en lo que sabían era información limitada. Hoy en día, por el contrario, los gerentes disponen de flujos de datos en tiempo real desde tal cantidad de innumerables fuentes que no podían ni tan siquiera imaginar un par de generaciones atrás, y poderosas computadoras procesan, organizan y muestran los datos en maneras que van tanto más allá de los gráficos confeccionados a mano de mi juventud como los actuales videojuegos modernos se corresponden con el tres-en-raya. En un mundo donde los tomadores de decisiones están tan cerca de ser omniscientes, es fácil ver el riesgo como un pintoresco artefacto de un pasado primitivo y peligroso.

La ilusión de poder eliminar la incertidumbre de la toma de decisiones corporativa no es sólo una cuestión de estilo de gestión o preferencia personal. En el entorno legal que se ha desarrollado alrededor de las corporaciones que cotizan en bolsa, los directivos no tienen motivación ni interés alguno de asumir cualquier riesgo del que tengan conocimiento —o, en la opinión de algún jurado futuro, de cualquiera que debiera haber previsto— ni aunque tengan alguna corazonada de que la apuesta pudiese ser rentable a largo plazo. No existe el «largo plazo» en las industrias impulsadas por el próximo informe trimestral. La posibilidad de alcanzar beneficios gracias a alguna innovación es sólo eso, una mera posibilidad que no tendrá tiempo de materializarse antes de que los accionistas minoritarios comiencen a emitir sus citaciones de demanda judicial.

La creencia de hoy en la ineluctable certeza es el verdadero asesino de la innovación de nuestra época. En este entorno, lo mejor que un gerente audaz puede hacer es desarrollar pequeñas mejoras a los sistemas existentes —dándolo todo en cada paso, por así decirlo, hacia un máximo local, recortado lo sobrante, aprovechando toda pequeña innovación— como hacen los urbanistas al pintar carriles bici en las calles como un intento de solucionar los problemas energéticos. Cualquier estrategia que implique cruzar un valle —es decir, aceptar pérdidas a corto plazo para alcanzar un objetivo más alto pero lejano— pronto será bloqueada por las demandas de un sistema que celebra ganancias a corto plazo y tolera el estancamiento, quedando el resto sentenciado al fracaso. En resumen, un mundo donde las grandes ideas no pueden ser realizadas.


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Neal Stephenson es autor del techno-thriller REAMDE (2011), así como la epopeya histórica de tres volúmenes Ciclo barroco —Azogue (2003), La Confusión (2004) y El Sistema del Mundo (2004) además de las novelas Anatema (2008), Criptonomicón (1999), La era del diamante (1995), Snow Crash (1992) , y Zodíaco (1988). También es el fundador de Jeroglífico, un proyecto de escritores por una ciencia-ficción que represente mundos futuros en los que los grandes proyectos sean posibles


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Cartel promocional de la película prácticamente desconocida en España 'Idiocracia'

Se asocia la ciencia-ficción con apocalípsis, cataclismos y sociedades totalitarias y distópicas. Que duda cabe que este género ha alumbrado obras excepcionales que entran dentro de estas descripciones convertidas en verdaderos clásicos de la literatura como 1984 o ¿Un mundo feliz?. Pero otros clásicos como Fundación, Dune o Crónicas Marcianas, por citar algunos ejemplos, muestran con mayor o menor realismo, con mayor o menor optimismo, otras visiones igual o más complejas de la Humanidad combinadas con un mensaje más constructivo. El pesimismo insistente del ciberpunk ha copado la producción audiovidual de este género hasta hace muy poco, desvirtuando su concepción clásica y envolviéndolo de un aire oscuro y supuestamente «adulto», priorizando un tipo de obras concreto de ciencia-ficción —BallardDick como casos más significativos— mientras que el resto del género ha quedado relegado a ámbitos minoritarios o secundarios, debiendo recurrir a las franquicias calificadas como «de frikis» ―adjetivo al que sus aficionados han acabado contribuyendo― para encontrar una aceptación mayoritaria. La implacable actualidad de las décadas recientes en las que las odiseas espaciales solo existían en galaxias lejanas, la ciencia-ficción seria y adulta debía ser apocalíptica, oscura y destructiva ¿Qué hay de justificable en esta situación? Es decir, ¿hasta qué punto es compatible un gran desarrollo tecnológico con mantener a salvo nuestro planeta o nuestra especie? ¿Estamos condenados a sucumbir finalmente a nuestros propios e inevitables defectos? ¿Tiene razón el ciberpunk?

Fotograma de "Los Supersónicos", serie animada de TV sobre una sociedad en la que la tecnología está completamente dominada y a su servicio

En el optimismo de épocas anteriores no era descabellado suponer que lo próximo por venir seria una alfabetización completa de toda la población del planeta y posteriormente, una paulatina mejora en los sistemas educativos de manera que resultaba plausible postular un futuro en el que el conocimiento científico y tecnológico sería ubicuo y más que aceptable. Sin embargo en la actualidad, el desarrollo social es en la práctica inexistente y salvo en los años más recientes ―hasta el famoso bosón de Higgs― los eventos científicos del tipo «pequeño paso para el individuo pero grande para la humanidad» han brillado por su ausencia durante cuarenta años.



En las tres citas de conocidos divulgadores científicos que se mostrarán a continuación, recopiladas a lo largo de los últimos años, se puede extraer que el mundo científico parece coincidir en que la humanidad se encuentra en un momento complicado. La primera de ellas es del conocido Carl Sagan, el cual se lamentaba hace ya veinte años ―en pleno auge del posmodernismo― de la repentina parálisis cultural y científica de la sociedad, haciendo alusión a sus representantes políticos, apartado que ha empeorado notablemente desde entonces. Otro divulgador, el reconocido paleontólogo Juan Luis Arsuaga, mostraba su preocupación con la posibilidad de que la evolución —un proceso aleatorio en origen— nos haya arrastrado a una situación incoherente estando en constante contradicción con nosotros mismos.
Como resultado final de nuestra historia evolutiva conviven en cada uno de nosotros dos identidades, la individual y la colectiva. Negar la existencia de cualquiera de las dos naturalezas humanas es cerrar los ojos a la realidad. Mientras que la identidad individual nos empuja al egoísmo y a la insolidaridad, la colectiva nos puede llevar al abismo, porque nos hace fácilmente manipulables [..] ¿Será posible que algún día el ser humano pueda superar su permanente contradicción entre el individuo y el grupo? ¿Nos habrá conducido la evolución hacia un callejón sin salida?
Juan Luis Arsuaga (El collar del neandertal)

Por último, José Luis Pinillos expone en La Mente Humana (1969) que una ciencia y tecnología cada vez más ubicuas y poderosas, son gobernadas sin embargo por el mismo ser igualmente frágil e inestable que vive dentro de nosotros desde hace miles de años. Un ser que ante una evolución biológica estancada tiene la obligación de evolucionar culturalmente ya que de lo contrario, será probablemente incapaz de evitar que el ser irracional que todavía llevamos dentro cometa una imprudencia que en esas circunstancias, sería catastrófica.

Por si fuera poco, si bien un arma se construye desde el primer momento con intención destructora, con otras tecnologías no se advierte tan fácilmente a partir de qué momento se convierten en perjudiciales. Todos aplaudimos los potentes dispositivos que llevamos en nuestros bolsillos, sin embargo, un mal uso que nadie se preocupa en advertir —mucho menos en prevenir— con eficacia, puede ser origen de aislamiento social o convertirse en adicción, al estimular hábitos que hasta ese momento permanecían «aletargados». La tecnología, el marketing y las tarifas planas, nos permiten llevar nuestras aficiones hasta extremos que nunca antes podían imaginarse. Una multi-tarea continua que nos consume, a nosotros como individuos y al resto del planeta. En este escenario, el único límite sería nuestro autocontrol, capacidad que los sistemas educativos oficiales solo recuerdan cuando se trata de ser sumisos y obedientes ciudadanos.
Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a aceptarlo —R. Giskaard Reventlov
Robots e Imperio (IsaacAsimov, 1985)

Se puede concluir por tanto que el peligro es real. En este caso la ciencia-ficción nos advierte con todo el sentido. No se trata de simples fantasías, sino escenarios construidos con detalle cuyas ficciones obedecen a un propósito determinado.

1ª parte: el techo evolutivo

En la obra de Arthur C. Clarke es recurrente suponer que nuestro espontaneo y aleatorio proceso evolutivo está vigilado por alguna especie de seres superiores que de vez en cuando dan algún empujoncito por aquí o por allá para ir desencadenando y corrigiendo cosas. Además de la conocida 2001: Una Odisea del Espacio, en El Fin de la Infancia (1953) su autor postula con que una especie alienígena nos visita para «corregir» el rumbo de nuestra especie, la cuál se encuentra al borde de su autodestrucción al desarrollar tecnologías cuyo poder no ha aprendido a controlar. Los overlords o «superseñores», como se les llama en la obra, han de que actuar... de nuevo, con resultados preocupantes. La Utopía, un lugar donde no hay guerras, ni hambre, ni injusticia, es sin embargo un lugar intelectualmente yermo, sin arte, sin genio, sin ciencia ¿somos incompatibles con un futuro idílico? ¿es el sino de la humanidad vivir en constante enfrentamiento para poder manifestar nuestro potencial? Otra visión sobre este asunto es la de Isaac Asimov en su obra El final de la Eternidad. Un grupo de guardianes se dedica a velar y a cuidar la línea temporal de nuestra especie de manera que no se vea afectada por ningún grave tropiezo. El resultado es la perdida del brillo y genio de la humanidad hasta el punto de afectar negativamente en el desarrollo futuro, un aspecto que los guardianes de La Eternidad no habían tenido en cuenta.

La Humanidad como un virus

Matrix —junto con Blade RunnerNeuromante y otras obras, cada una en su ámbito— es uno de los citados ejemplos a destacar de esa visión pesimista y negativa de nuestro futuro, base y seña de identidad del ciberpunk. El agente Smith mantiene una definitoria conversación con Neo que sienta algunas bases del mensaje de la famosa saga de los Wachowsky: por un lado, la necesidad de nuestra especie de vivir en un entorno hostil y precario, como un recuerdo atávico del mundo en el que se desarrolló y evolucionó, configurándose como hoy conocemos. A consecuencia, se carece de capacidad de autocontrol, siendo dicho entorno el único límite a nuestros excesos. Nos abandonamos arruinándolo todo a nuestro alrededor hasta lograr el paisaje apocalíptico que este tipo de ciencia-ficción no deja de advertir, hasta el punto tal vez de convertirse en profecía autocumplida. La humanidad acaba convertida en una plaga vírica, una masa sin mente que inunda y consume todo aquello allá donde se establece.

Señales

La actualidad nos ofrece algunos indicios que alertan de la posibilidad de que estemos ya inadvertidamente, en una distopía. Signos que estaban ya presentes en las obras de ciencia-ficción mencionadas. Tal y como se relata en la recreación de una hipotética conversación entre George Orwell y Aldous Huxley —basada en la obra de Neil Postman (Divertirse hasta morir, 2013) y los dibujos de Stuart McMillen— parece que es el creador de ¿Un mundo feliz? el que más acierto tuvo al especular sobre las formas de tener controlada a la sociedad. Algunas de estas evidencias, tal vez discutibles para algunos, serían: redes sociales que fomentan la procrastrinación y —paradójicamente— el aislamiento social; inteligencia artificial y robots que nos sustituyen paulatinamente y sin control sobre su ética de proceder; perdida continua del derecho a la privacidad, sistemas políticos infestados de mediocres y corruptos que sin embargo, manejan una increíble cantidad de información vital sobre la sociedad lo que les permite manipularla a su antojo, en su propio beneficio y en perjuicio de la misma, al servicio de corporaciones transaccionales más poderosas que los propios Estados; falta de control y límite a la destrucción del medio ambiente; terrorismo internacional al alcance de la misma tecnología que crea una brecha de injusticia entre primer y tercer mundo; falta de formación científica, falta de formación humanística y filosófica, falta de educación cívica a todos los niveles y una capacidad intelectual de la sociedad en paulatina disminución, tragedia predicha con mucho sarcasmo en Idiocracia (Mike Judge, 2006)

2ª parte: el optimismo en la ciencia-ficción

Frente a este escenario se encuentra una ciencia-ficción que poca gente de entre los más jóvenes reconocen hoy en día. Gestada a mediados del siglo pasado, confundida por la space ópera galáctica y el frikismo trekkiano, relegada al ostracismo por el postmodernismo y sepultada bajo la «oscuridad» que ha llegado hasta nuestros días ¿Cuál es el sentido de este tipo de ciencia-ficción? ¿es un entretenimiento infantil, sobre un mundo irreal y fantasioso? Este tipo de ciencia-ficción dejó de tener interés a pesar del esfuerzo que pusieron muchos autores en diversos medios para convertirse progresivamente en sinónimo de paisajes apocalípticos, quedando el resto relegada a ámbitos minoritarios o a «cosas de frikis». Sin embargo, algunos autores como Neal Stephenson, Neil Gainman o incluso el propio George R.R. Martin, advierten que la ciencia-ficción que imagina soluciones en lugar de problemas es completamente imprescindible, y que hay que recuperarla, para hacer frente al desanimo y favorecer el estimulo. Sorprendentemente, el escenario parece que está cambiando en los últimos tiempos ya que a pesar de existir todavía muchos problemas, las buenas noticias sobre nuevas soluciones para explorar el espacio y colonizar la Luna o Marte —¡¡incluso Venus!!— o soluciones médicas sobre prótesis humanas controladas mentalmente, parecen indicar que mantener la constancia acaba proporcionando frutos gratificantes, a pesar de los constantes tropiezos y adversidades.

La maldición entrópica

Si algo puede salir mal, probablemente saldrá mal
Ley de Murphy (Edward A. Murphy Jr.)

El segundo principio de la termodinámica indica que el nivel de desorden tiende a aumentar en todo sistema cerrado. El único límite a este fenómeno es la presencia de alguna influencia externa al sistema o la emergencia de algún orden espontaneo como consecuencia del azar, tal y como sucede en algunos sistemas caóticos. Dicen que la vida es uno de estos fenómenos, un orden surgido del caos en un universo condenado al desorden. Según el mito bíblico, los humanos fuimos expulsados del paraíso, de la utopía en la que el orden es eterno. Esta mitología evidencia que en verdad el problema es tan viejo como nuestra especie. Desde hace miles de años que los humanos hemos de trabajar duro todos los días para salir adelante —bueno, todos no, me temo— pero lo que hace distinta la situación a la que nos acercamos peligrosamente es que se ha logrado un desarrollo tecnológico de tal calibre que manejados incorrectamente por ejemplo, la energía nuclear, la inteligencia artificial o la biotecnología, puede provocar más destrozos que mejoras. La tozuda realidad ha demostrado que precisamente por simple dejadez, algún desastre acaba ocurriendo tarde o temprano, debido a la mala costumbre de los humanos de complicarnos la vida. Seres habitantes de un universo de cuya entropía creciente somos víctimas. O tal vez no.

3ª parte: ¿un único camino?

Una de las premisas habituales de las películas sobre invasiones alienígenas para justificar su hostilidad, consiste en suponer que toda civilización avanzada tiende a someter y esclavizar sistemáticamente a las menos desarrolladas tecnológicamente. Pero, también es conocida la tendencia a mirarnos el ombligo y a creer que todo el universo va a hacer lo mismo que nosotros en cualquier circunstancia. Tampoco ha de suponerse como una norma fija que lo que ha ocurrido en el pasado va a tener que suceder de igual manera en el futuro. Parece cierto asumir que desde que la humanidad se convirtió en sedentaria, las disputas por los territorios y sus recursos han condicionado un modelo de expansión basado en la conquista y esclavización, factor que podría considerarse común a la mayoría de culturas del globo. Pero, ¿se puede extrapolar indefinidamente en el tiempo este paradigma? ¿no es posible postular con un punto de inflexión equivalente a las revoluciones culturales como las que han ocurrido en otros ámbitos clásicos como el greco-latino, la Ilustración o incluso la Revolución Industrial? —a pesar de ser fuente de los problemas medioambientales actuales, también es cierto que este periodo ha traído más prosperidad a nuestra especie que ningún otro anteriormente— ¿acaso el mismo desarrollo tecnológico que puede producir una singularidad tecnológica no puede ser también origen de un cambio de paradigma socio-cultural en nuestra especie?
el avance tecnológico de una civilización trae aparejado una disminución y finalmente un abandono de la violencia
Jill Tarter (SETI)

La Llegada (Denis Villeneuve, 2016) es una película atípica en el sentido que otorga una importancia a las humanidades mayor que a las ciencias físicas, las cuales han tenido tradicionalmente una atención mayor en el género. Aunque este aspecto tal vez lo lleva demasiado lejos, no obstante, la obra del director canadiense ha suscitados algunos debates interesantes sobre las consecuencias de un contacto alienígena: salvo el caso poco probable pero posible de una especie nómada que vaga por el espacio en busca de recursos —Independence Day— la comunidad científica piensa que un aumento de tecnología implica una disminución de la violencia, hasta incluso su desaparición. La lógica de este argumento resulta en el fondo aplastante: una civilización que no desarrolla una sociedad madura y equilibrada está condenada a sucumbir bajo el poder de su propia tecnología. De esta manera los escenarios más coherentes en este sentido son —además del citado— tanto las distopías en las que se ha consumado una total o parcial destrucción del medio ambiente terráqueo —Blade Runner— como por el contrario, aquellas en las que la humanidad viaja a las estrellas con confianza y arrojo —Star Trek—. Quedarían fuera de esta clasificación obras como la saga de Alien o Avatar, donde la avanzada tecnología, las carencias educativas y el desprecio por el medio ambiente conviven, inexplicablemente, sin aparente problema.

El Reloj del Apocalípsis

Siendo igualmente válidas ambas posturas, es la optimista sin embargo la verdaderamente imprescindible ya que como se ha visto, el desorden se adviene sin esfuerzo y es el orden el que hay que estimular continuadamente. La cuestión es ¿qué hace falta para lograr dar ese paso que nos falta? ¿el Reloj del Apocalípsis avanza inexorable hasta nuestro Juicio Final o se logrará detener, incluso invertir, la cuenta atrás? Para perder nuestro tiempo abandonándonos, no hacía falta haber aparecido sobre la faz de un pequeño planeta rocoso en la tercera órbita de una estrella amarilla de tamaño medio. En Star Trek: Más Allá (Justin Lin, 2016) parecen haberse planteado la misma pregunta. En ella, los tripulantes de la Enterprise se enfrentan al enemigo que simboliza su pasado ―nuestro futuro inmediato― mientras que sus protagonistas pertenecen a una nueva era de la civilización en la que se ha superado por fin el paradigma comentado al inicio: el uso de los mismos motivos de siempre como excusa para repetir una y otra vez, las mismas guerras.

4ª (y última) parte: caminando hacia algún lugar

Lo que no me mata, me hace más fuerte
Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Tal vez el principal problema de la humanidad es que se enfrenta a una situación paradójica provocada por sus propias características como especie. Se podría decir de manera muy resumida que al mismo tiempo que el ser humano modifica su entorno para que sus necesidades más perentorias queden completamente satisfechas, la falta de estas provoca sin embargo el acomodamiento y el excesivo nihilismo de la sociedad. A su vez, el sistema de mercado alimenta de manera cada vez más «eficiente» gracias a la tecnología la satisfacción del resto de necesidades, tanto reales como inventadas para la ocasión, realimentando el sistema y entrando en un bucle de acoplamiento que de no cortarse, nos llevaría al conocido escenario apocalíptico. Aunque la situación parece estar bastante complicada, existen algunos ejemplos que muestran que es posible alcanzar algún tipo de control sobre ella. Ciñéndose a los hechos para no repetir argumentos oídos anteriormente y que puede que resulten manidos, en el ámbito de los países del norte de Europa se pueden encontrar algunos logros notables en materia social, política, educativa y cultural, que vendrían a demostrar que hay mucho margen de mejora hacia donde encaminarse:

  • Un sistema educativo (Finlandia) basado en la cooperación en lugar de la autoridad y que responsabiliza a los alumnos al mismo tiempo que les da más poder de decisión.
  • Sistemas judiciales que simplemente funcionan (Dinamarca) y que seguramente como consecuencia hace que sus niveles de corrupción estén completamente contenidos.
  • Economías inclusivas y con poca desigualdad social (Noruega) con las que se alcanzan niveles máximos de desarrollo humano.
  • Políticas de sanción, rehabilitación y reinserción social tan efectivas que lleva incluso a tener que cerrar cárceles (Suecia).
  • Y además, hacen buenas series de TV.

Pero no significa que sean perfectos. Problemas como tasas de suicidio (Finlandia) relativamente elevadas comparadas con el entorno mediterráneo —aunque aún por debajo de países como China o Rusia— o también, el efecto negativo de políticas sociales que con la intención de aumentar la independencia del individuo alejándolo de un entorno familiar limitador (Suecia) han obtenido sin embargo algunos efectos indeseados como soledad o aburrimiento.
Lo importante de Star Trek no es la tecnología sino la noción de humanidad común y la confianza en nuestra habilidad para resolver problemas
Barack Obama

La Utopía, entendida como un lugar en donde no existen los problemas, es en el universo que conocemos tan imposible como perjudicial para nuestra naturaleza ¿Significa esto que nos gustan los problemas como dice la canción? ¿necesitamos vivir en el entorno hostil que recriminaba el agente Smith de Matrix? Depende de como quiera verlo cada uno, pero siendo inevitable su existencia, el momento en que nos sentimos verdaderamente realizados y satisfechos, cuando sale a relucir lo mejor de nuestra especie, es resolviéndolos.

[Esta entrada se comenzó a escribir el 28 de Febrero y fue publicada en la fecha mostrada]
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Publicado por Lino Moinelo a las 17:30
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La 'Estrella de la Muerte' en un fotograma de la película 'Rogue One'
La 'Estrella de la Muerte' en un fotograma de la película 'Rogue One'
Si hay algo que puede hacer la ciencia-ficción es el situar al público en lugares en los que de ninguna otra manera podrían estar. Alguien podrá argumentar que toda obra de ficción usa escenarios cuya «similitud con la realidad es pura coincidencia». Es cierto, pero en estos casos el alejamiento de la realidad consiste en presentar lugares y personajes anónimos para que el espectador no pueda asociarlos con nada ni nadie en concreto. O lo que es lo mismo, que puedan representar situaciones aplicables a cualquier momento o lugar en la vida de cualquiera. En la ciencia-ficción por el contrario, el espectador es impelido a reinventar el mundo a su alrededor siguiendo las pautas que el autor le va dejando en la obra. Por este motivo las obras de ciencia-ficción puede decirse que tienen un «plus», ya que además de la trama en sí, se ha de crear un vínculo entre autor y lector/espectador en el que ambos son cómplices de las desviaciones respecto a lo real.

El sentido de la maravilla puede ser explotado al máximo en este género al alimentar nuestra mente con justamente aquello que puede producirle ese efecto y que con menor probabilidad puede encontrarse en el mundo «clásico» o real. La ciencia-ficción como herramienta para imaginar dimensiones colosales, que rompan nuestra imagen mental sobre las escalas espaciales a las que estamos acostumbrados. Una manera de condicionar nuestra mente para retos excepcionales, sin estar limitados a escenarios constreñidos por la realidad cotidiana.

La ciencia-ficción es prácticamente por definición, un género cuya finalidad principal consiste en romper estereotipos, dogmas, prejuicios y limites auto-impuestos. Un género que no tiene miedo al error y que se adentra sin tapujos en lo desconocido, en lo inalcanzable, en lo desmesurado, en aquello tan poco probable que parece imposible de imaginar, hasta que se hace en forma de obra de ciencia-ficción. Antes de ver la Estrella de la Muerte de George Lucas en el año de su estreno, con esos abismales pasillos, patios e interminables conductos, pocos habíamos podido tan siquiera soñar con una visión tan nítida de una construcción de esas características. Pascual Enguidanos con su Saga de los Aznar (1953~1978) nos dio los auto-planetas, estructuras artificiales del tamaño de planetoides. Pero puede que sea esta una de las escasas ocasiones en las que el medio audiovisual mejora al literario o incuso al del cómic, marcado por un surrealismo que le hace perder veracidad comparado con el relativamente mayor realismo inherente del lenguaje cinematográfico, el cuál dota a las enormes estructuras que se pueden ver en la gran pantalla desde aquel año, de una magnificencia inconmensurable que sobrecoge al espectador, destrozando las escalas geométricas que hasta entonces tenía establecidas.

Pero el mundo del papel no tiene las limitaciones presupuestarias que tiene el cine, por lo que su atrevimiento todavía puede ser mayor. Autores como Olaf Stapledon en Hacedor de Estrellas (1937), imagina a civilizaciones capaces de mover sistemas solares enteros de una galaxia a otra, o cubrir las estrellas para aprovechar su energía al completo. Larry Niven en Mundo Anillo (1970) recrea un mundo formado sobre su misma órbita alrededor de su estrella, mostrándonos un paisaje abrumador cuyo horizonte invertido se vuelca sobre sus observadores, un mundo en cuya mitología lo plano pasa a tener forma de arco. También Arthur C. Clarke en Cita con Rama (1973) nos presenta una construcción modesta en comparación pero lo suficientemente enorme para desbordar lo que se entendía como hábitat natural únicamente como una superficie planetaria, llevándolo con osadía a los lejanos confines del espacio.

Estos nuevos hábitats del espacio imaginados en la ciencia-ficción —y que inspiraron a científicos como Dyson o Gerad K O'Neil— crean un continuo entre las grandes construcciones espaciales y nuestros propios hábitats naturales: los planetas, sea la propia Tierra o algún otro hipotético que permita albergar vida humana. Pero si existe un proyecto auténticamente atrevido y gigantesco, no es otro que transformar toda la faz de un planeta y su atmósfera para adecuarlo a nuestras condiciones. Esto es lo que Kim Stanley Robinson nos detalla con gran profusión en su Trilogía de Marte, la creación en él de una biosfera que permita una vida similar a la que disfrutamos en la Tierra. Un proyecto megalómano cuyos plazos implican una absoluta confianza y seguridad en el poderío de la especie humana, alargándose durante décadas y traspasando las fronteras de los siglos.

La necesaria implicación del lector en imaginar el escenario inverosímil en el que el autor le impele a estar, ocasiona que tenga que dejar a un lado momentáneamente el mundo en apariencia plano pero que un buen día se descubrió que en realidad era una gran esfera. La conmoción que aquel descubrimiento sin duda significó en las maneras de pensar de los habitantes del planeta sobre su mundo hogar, se recrea de nuevo al tener que abarcar en la mente las nuevas situaciones propuestas en las obras de este género. La ciencia-ficción nos permite acercarnos a lo que entonces significó conocer que nuestro hogar no era como se creía. Nos permite vislumbrar lo que puede significar un viaje a lo desconocido y el descubrimiento de nuevos mundos.

Artículo publicado en el especial 'Proyectos Faraónicos' de 'El Sitio de ciencia-ficción'
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Publicado por Lino Moinelo a las 10:00
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Desde tiempos remotos el ser humano ha venido construyendo una cultura en la cual los mitos y las leyendas han ocupado una parte fundamental. Los retos de antaño, rodeados de desconocidos peligros, han producido en la especie humana una fascinación especial compuesta de temor y atracción al mismo tiempo. La ciencia-ficción continúa de alguna manera el legado de aquellos antiguos relatos mezcla de mito y realidad que ayudaban a superar temores y a expandir el horizonte del conocimiento al proponer nuevas metas, rodeándolas de un halo mítico. En definitiva, una herramienta para manejar el ansia que nos produce lo que sabemos desconocido, aquello que somos conscientes que nos queda por saber. La eterna paradoja que ha marcado nuestra Historia. 

En el maravilloso vídeo Wanderers (Erik Wernquist, 2014) la profunda y emotiva voz de Carl Sagan describe a la Humanidad como una especie a la cuál la evolución le ha convertido en exploradora. Según las palabras del recordado divulgador científico, la fascinación irresistible hacia nuevas fronteras formaría parte de nuestra propia naturaleza.

Junto a todas esas leyendas han coexistido los mitos religiosos, respuestas para apaciguar el desasosiego que producía a los antiguos nuestra pequeñez y soledad en el vasto y desconocido universo que se extendía majestuosamente sobre sus cabezas. En la medida la ciencia-ficción es heredera de aquellas historias, es inevitable a la vez que controvertido, señalar que a pesar de llevar en la actualidad caminos divergentes parece que existe una aparente relación entre ambos ámbitos. Es en este punto de fricción donde aprovechándose de la ambigüedad se cuelan autores que adornan sus obras con elementos que enmascaran su verdadera condición. Autores que aprovechan lagunas y ámbitos sin descubrir más allá de los actuales horizontes de la ciencia, para realizar afirmaciones que no pueden demostrarse falsas, pero que tampoco merecen el grado de veracidad que se les concede.


Épico y embriagador video de la NASA narrado al estilo de la ciencia-ficción sobre la misión de exploración New Horizons a Pluto, el planeta más lejano del sistema solar al que nadie ha visto antes.

La malentendida zona limítrofe entre lo desconocido para la ciencia, las creencias místicas y la ficción propia de la literatura de entretenimiento, es un asunto que merece la pena abordar de alguna manera. En la serie documental Profetas (sic) de la ciencia-ficción (Ridley Scott), George Lucas es considerado como un visionario precisamente por la creación de uno de los términos más conocidos e influyentes en la ciencia-ficción que de alguna manera, podría representar esa frontera.

La difusa —pero existente— frontera

Son muchos los conceptos que la saga de Star Wars ha añadido al imaginario popular, pero hay uno que destaca notablemente sobre los demás. La idea de George Lucas de introducir un mito religioso completamente diferente a lo que se conocía, en un entorno cuya tecnología sólo los habitantes de aquella galaxia lejana podían distinguir de la magia, simboliza lo que los navegantes del medievo denominaban Terra Incógnita, aquella parte desconocida del planeta por explorar, pero de la que se tenía constancia que existía. La Fuerza en el universo de Star Wars insinúa nuestra capacidad natural y espontanea para alcanzar conocimiento, que nos acompaña desde milenios y que aún hoy no es comprendida.


El capítulo de «Profetas de la ciencia-ficción» de Ridley Scott dedicado a George Lucas se centra en La Fuerza y algunos de los aspectos científicos que llega a inspirar.

Antes de que el ser humano desarrollara el método científico, tuvo que pasar mucho tiempo para que llegara un fraile medieval llamado Guillermo de Occam que con su famosa navaja simplificó algo el proceso. Con todo, nuestra especie ha sido capaz de alcanzar conocimiento nuevo desde que existe como tal. En la obra Anochecer (Robert Silververg e Isaac Asimov, 1990) se postula con un mito ancestral milenario que alberga dentro de si un conocimiento adornado sin embargo de la apariencia necesaria para ser aceptado y difundido entre la población en forma de culto religioso. La cuestión es ¿nos ha hecho la ciencia olvidar la verdadera fuente de ideas que somos las personas y no el método que nos hace más eficaces? ¿es la Ciencia por si misma la respuesta o hay «algo más»? La Fuerza en Star Wars representa la circunstancia de que detrás de toda la tecnología y los descubrimientos científicos, son personas las que inicialmente comenzaron a darles forma partiendo de su imaginación y voluntad.

Al otro lado de esa borrosa y delgada, pero línea al fin y al cabo, aparecen las llamadas «ciencias paranormales» o parapsicología. Un conjunto de supersticiones y suposiciones de dudoso origen pero que sin embargo se resisten a ser completamente refutadas por la ciencia. Al contrario, en algunas universidades se han realizado controvertidos experimentos con resultados inexplicables que abren inciertas puertas a considerar otras posibilidades. En la mitología creada por George Lucas se incluiría la telepatía y la telequinesis —habituales en muchas obras de ciencia-ficción— así como sugestión e hipnosis.

La ciencia

¿Hay ciencia en La Fuerza? En un primer momento parece difícil tan siquiera proponerlo. Sin embargo, en el documental de Ridley Scott, el divulgador científico Michio Kaku muestra de manera entusiasta una relación entre la religión más antigua de la galaxia y una inexplicable fuerza de atracción galáctica. Esta fuerza se atribuye a la ocasionada por una hipotética masa llamada materia oscura, por no emitir ni interactuar con ninguna forma de radiación electromagnética y es por el momento de origen y composición desconocida —algunas teorías apuntan a un efecto físico llamado Unruh. Una realidad evidente cuya existencia puede intuir nuestra mente, pero que sin embargo permanece evasiva para la ortodoxia científica.

Energía y materia oscura es como se les llama, pero en realidad no se tiene ni idea de en qué consiste. Es una «tierra inexplorada» de la que se advierte su existencia, pero que no se puede ni detectar ni medir directamente, lo que desafía el propio concepto de teoría científica.

Pero hay más posibles relaciones entre La Fuerza y otros aspectos científicos que hasta hace poco nadie había comprobado experimentalmente. Recientemente se ha demostrado la existencia predicha por la ciencia de las ondas gravitatorias, las cuales transmiten a través del propio sustrato del continuo espacio-tiempo las «conmociones» que una importante alteración gravitatoria produciría. Circunstancia que todo buen aficionado a Star Wars relacionará a lo que siente Obi Wan Kenobi por la desaparición repentina de Alderaan, al ser destruido por la Estrella de la Muerte. En definitiva, La Fuerza era un concepto interesante y lleno de fuerza —ejem— hasta que llegaron las precuelas y la aberración de los milicodrianos, los cuales tenían la sana intención de darle un toque hard a la saga pero que ha resultado en la perdida de su halo mítico.

Los límites de la ciencia

    En la actualidad existe cierta tendencia a considerar la Ciencia como una especie de verdad última capaz de dar explicaciones a todo. Un llamado «cientificismo» que deja de lado cualquier cosa que no se ajuste a sus reglas aplicadas rígidamente, cuya naturaleza absoluta es contraria al espíritu nómada humano, en constante búsqueda de nuevas metas. Sin embargo, la propia ciencia ha de revisarse a si misma aplicando la ciencia de las ciencias o epistemiología. De esta manera, se enfrenta a sus propios límites llegando a postular teorías que a pesar de su correcta construcción, parecen quedar fuera de sus propios criterios, como ocurre con la teoría de cuerdas.

    Pero es siempre esa innata curiosidad, esa naturaleza exploradora que el querido Carl Sagan remarcó sobre nuestra especie, la fuerza interior que nos hace ir un paso más allá, mirar con ojos soñadores hacia esa frontera a lo desconocido, al tiempo que imaginamos historias de ciencia-ficción.


    [Publicado posteriormente en Planetas Prohibidos]
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    Publicado por Lino Moinelo a las 10:00
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    Especular sobre cuales son los límites de nuestra especie e imaginar que pueden superarse es una de las áreas exploradas en la ciencia-ficción y otros géneros relacionados. También en el ámbito científico se discute sobre esta posibilidad, especulando sobre inteligencias artificiales cuyo potencial supere al humano, situación que es denominada como la «singularidad tecnológica». Pero también existen postulados en los que mejoras tecnológicas o genéticas aplicadas a nuestros cuerpos lograrían un aumento tal en nuestras capacidades que conllevaría una modificación de nuestra propia condición como especie, desembocando en el llamado «transhumanismo».

    En la cultura popular, además de compuestos como el ginsen o la jalea real —que prometen todo tipo de mejoras desde físicas a mentales sin tener apenas efectos colaterales— se ha extendido el llamado mito del 10%, por el que se piensa que tan solo usamos una décima parte de nuestro cerebro. Al parecer, una serie de interpretaciones sacadas de contexto y quien sabe si el interés de algunos sectores paracientíficos, ha incrementado todavía más la confusión y el alcance de una leyenda que en cualquier caso, nadie sabe dar una explicación satisfactoria de su origen, cómo ha llegado hasta nuestros días y sobre todo, si realmente nuestro cerebro da de sí todo lo que puede —no se trataría de cuanto, sino de cómo es utilizado—. En un terreno más sólido desde el punto de vista científico —aunque sin estar exento de controversia— se encuentran los compuestos nootrópicos, mediante los cuales parece que mejoran nuestras capacidades cognitivas sin que en principio, existan efectos secundarios. Podría afirmarse que de alguna manera, existe un escenario posible o dentro de lo imaginable de mejorar nuestra percepción sensorial de forma similar a como se aumentan nuestras capacidades físicas —comúnmente conocido como «dopaje»— sin que se modifique nuestro organismo mediante implantaciones tecnológicas ni se modifique genéticamente nuestra condición como especie. Naturalmente que este sería un proceso temporal y en algunos casos, con el grave problema de sus efectos secundarios y la posibilidad de crear adicción, un mal que hace descartar esta vía.

    Volviendo al terreno de la ficción, en este caso de la científica, la cuestión que puede plantearse entonces es si puede aumentarse la capacidad de nuestro cerebro y en caso de ser así, que efectos tendría y que logros podrían alcanzarse. Dos películas recientes coinciden en especular sobre esta posibilidad mediante el uso de algún compuesto químico desarrollado en laboratorios. Sin embargo, cada una de ellas desarrolla su postulado con consecuencias sensiblemente distintas, circunstancia que se ha reflejado en la reacción de las criticas hacia una de ellas, mientras que la otra apenas ha sido mencionada a pesar de estrenarse más de dos años antes.

    Sin Límites (Neil Burger, 2011)

    El carismático Bradley Cooper es Edward Morra, un fracasado escritor que encuentra en una «droga de diseño» experimental una forma de salir de su situación. Al menos en la versión doblada a nuestro idioma no se hace exactamente referencia al mito del 10%, sino que en este caso por algún motivo se habla de un 20%, el porcentaje de nuestro cerebro que es utilizado normalmente. Este dato es citado en la obra por el ex-cuñado de Ed MorraVernon Gant (Johnny Whitworth), un traficante de droga que no es precisamente una autoridad científica, por lo que el uso de esta referencia debe considerarse como una especie de MacGuffin para aderezar la trama. El NZT-48 es como se le llama en la obra a la droga que en la película representa el supuesto científico que permite aprovechar todo el potencial de nuestro cerebro. Según Carl Sagan, este órgano puede almacenar unos 10 billones de páginas de enciclopedia, rellenadas con la información que día a día experimentamos. Lamentablemente, nuestro proceso de recuperación de esa memoria no funciona con toda la agilidad que nos gustaría algunas veces, por lo que sería interesante especular cuál sería el resultado si pudiéramos acceder a toda esa información de inmediato cuando la necesitásemos. En la película parecen responder a esta pregunta imaginando la aparición de toda una serie de habilidades emergentes consecuencia directa de hacer uso de esa capacidad. De alguna manera, tener a Google en nuestra cabeza no nos haría más inteligentes, pero lograría que lo pareciésemos.

    Lucy (Luc Besson, 2014)

    Lucy (Scarlett Johansson) recibe de forma «accidental» una sobredosis de un compuesto químico que en el supuesto de la obra permite usar el cerebro con todo su potencial. El personaje interpretado por Morgan Freeman es un científico que asume como cierto que el cerebro tan sólo es usado en un 10% —en realidad, la comunidad científica defiende lo contrario— y en base a esta teoría postula que de utilizarse en todo su potencial sería capaz de lograr proezas inimaginables. A partir de aquí el resto de la película se convierte en el uso de la premisa original como mero pretexto para una sucesión de fantasías, sin que haya razonamiento o conexión alguna con ella. Un deux ex machina en toda regla que poco o nada tiene que ver con la ciencia-ficción.

    Extrapolar no es fantasear

    Grande es el lastre que la ciencia-ficción arrastra debido a la incomprensión de sus argumentos, lo que provoca que se confunda en no pocas ocasiones con lo paranormal, ámbito con el que no tiene nada que ver y cuyas motivaciones son completamente dispares. Algunas veces por ignorancia del público, pero desgraciadamente en otras obras es debido al mal uso por parte de los propios creadores que bajo una apariencia, subyace otro tipo de contenido. La ciencia-ficción consiste inevitablemente en considerar una ficción como cierta, de otra manera no sería ficción. Es en la forma de tratar a esa ficción cuando surgen las diferencias entre géneros, cuando puede recibir el prefijo de «ciencia» o no. La diferencia entre unas y otras se ha de establecer en función de la relación entre el supuesto de partida y el resultado extrapolado a partir de él. En caso de Lucy ha importado más mostrar a su exuberante protagonista que otros factores.

    A esta circunstancia se le añade la confusión generada por usar un supuesto científico de forma seguramente incorrecta. Existen muchas incógnitas para las que la Ciencia no tiene respuestas y especular sobre ellas es admisible. Pero en este caso la comunidad científica tiene claro que el supuesto 10% de nuestro cerebro es incorrecto en el sentido que se hace en la obra, que es el conocido popularmente. Explotan esta confusión en lugar de matizarla. Incluso críticas de dentro y fuera del mundillo aumentan la confusión ya que en lugar de señalar hacia esta práctica incorrecta o a una extrapolación completamente fantasiosa, dirigen sus objetivos hacia el supuesto inicial, que si bien no es literalmente cierto, si que admite matices y es usado en otras obras de forma más respetuosa.

    Pero lo importante tal vez para los aficionados es que nuestro cerebro es y seguramente lo seguirá siendo por un tiempo, uno de los más apasionantes campos de estudio, tanto para comprender su funcionamiento y el alcance de su potencial, como para crear sistemas de inteligencia artificial con los que tal vez algún día podamos comprendernos mejor a nosotros mismos. Pero sobre todo, para crear obras de ciencia-ficción que nos entusiasmen.


    [Publicado posteriormente en Planetas Prohibidos]

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    Publicado por Lino Moinelo a las 10:00
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    Se podría decir que la década de los 90 fue una época en la que salvo los ciudadanos de la antigua Yugoslavia, el resto del mundo la vivió con relativa calma. El cine y la ciencia-ficción, siempre en constante interacción con la sociedad, tuvieron que buscar nuevas amenazas y peligros para extrapolarlos en sus aventuras en la pantalla. Fue la época en la que el cyberpunk comenzó su letanía pesimista coincidente con la paulatina perdida de creatividad que ha llegado hasta nuestros días. Como consecuencia, esos nuevos peligros y enemigos contra los que combatir no eran tan nuevos. Uno de ellos fueron las invasiones de extraterrestres.

    Los EEUU ya no podían poner a nazis o comunistas amenazando el modo de vida americano, y ahora les tocaba el turno a amenazas venidas de fuera de nuestro planeta. Independence Day (Roland Emmerich, 1996) fue para el resto del mismo una de las más impresionantes «americanadas» que el cine había visto. Hacer coincidir el día de la independencia de dicho país con el día en el que nos salvan de una invasión alienígena, es una demostración sin pudor de su convencimiento de que representan al mundo entero. Una y otra vez recuren a su escasa pero bien aprovechada mitología, recordándonos por enésima vez su papel en el Desembarco de Normandía en la 2GM, o sin ir más lejos, en la propia Guerra de Yugoslavia comentada al inicio del artículo en el que los EEUU tuvieron que venir a «rescatar» a Europa... otra vez. En definitiva, una vuelta de tuerca tan inédita como demencial y bochornosamente panfletaria. No era la primera vez que Emmerich deseaba ganarse al público norteamericano como fuera: en Stargate (1993) una expedición militar de este país viajaba a un distante paraje desértico para salvar de las garras de un dictador a su indefenso pueblo. No, no estoy hablando de la Guerra del Golfo de 1991. Pero bueno, no estoy aquí para machacar merecidamente esta obra cinematográfica. Esto está muy visto, así que la idea es hacer lo contrario, salvarla. Además, poco después vinieron «maravillas» como Armaggedon (Michael Bay, 1998) o Battleship (Peter Berg, 2012), que dejaban la película protagonizada por Jeff Goldblum y Will Smith, como una broma simpática en comparación.

    Redefinición del genero

    Lo habitual en la ciencia-ficción cinematográfica hasta aquel momento sobre una hipotética invasión extraterrestre, era mostrar una superioridad tecnológica alienígena tan abrumadora que las fuerzas terrestres apenas podían ni empezar a defenderse. Un hueco que quedaba por llenar era postular sobre un hipotético enfrentamiento en el que hubiera una mayor igualdad que permitiera explotar mejor esta posibilidad. Roland Emmerich cumplió perfectamente este objetivo mostrando por primera vez espectaculares batallas aéreas entre cazas terrestres contra unidades alienígenas, que recordaban a Star Wars como el clásico en el que se había convertido con el tiempo. La película abrió a su vez una relativa moda de invasiones extraterrestres en el que se fundían los géneros bélicos con el de la ciencia-ficción. Un ejemplo claro de hace no mucho es Invasión a la TierraBattle: Los Ángeles— (Jonathan Liebesman, 2011).

    Efectos artesanales

    Empire State Building destrozado por los aliens

    Independence Day podrá ser recordada por ser una de las últimas grandes producciones realizada todavía principalmente con maquetas y a la vieja usanza. Los efectos digitales y el CGI apenas comenzaban entonces a dar sus primeros pasos. Estas carencias no impidieron que la destrucción del Empire State Building y la Casa Blanca tengan poco que envidiar a equivalentes producciones actuales.

    Errores que no son tales

    Y ahora viene la parte principal del artículo y el motivo verdadero que me ha llevado a escribirlo. Ocurre que cierto sector del publico, llevado por la indignación ante semejante propaganda americana, ha querido ver más defectos de los que ya de por si tiene. Esta obra ha sido fuertemente criticada por dos errores que muy probablemente no lo sean tanto. A estas alturas huelga decir que voy a contar el final de la película.

    Alteraciones gravitatorias

    Uno de los supuestos errores de la película es la inexistencia de las correspondientes alteraciones gravitatorias que una masa tan grande como las naves nodrizas alienígenas debería causar. No he visto la reciente secuela, pero parece que tocan este tema y probablemente lo aclaren con alguna versión que no tiene porque coincidir con la que se va a exponer. En las naves alienígenas que permanecen en la órbita terrestre hasta el ataque final, no se observa en ellas ningún método de propulsión basado en el efecto físico clásico newtoniano de acción-reacción. Por el momento esta es la única forma de propulsión que el ser humano conoce —salvo el recientemente postulado motor EmDrive— pero en la propia obra la unidad alienígena que guardan en el Área 51 tiene motores basados en un principio desconocido que ignora la propia atracción gravitatoria y le permite desplazarse fácilmente. Es un recurso habitual en las obras de ciencia-ficción el suponer que una especie que puede realizar vuelos interestelares posee alguna tecnología de impulsión avanzada —desconocida y ficticia, claro—. Arthur C. Clarke en Cita con Rama llamó a este imaginario concepto «impulso espacial». Si se da por supuesta la existencia de entidades alienígenas que construyen estos enormes artefactos, no veo el motivo para no dar un pequeño paso más y especular que dicha hipotética tecnología podría perfectamente evitar que la masa del artefacto tuviera influencia alguna con el entorno. Por supuesto, salvo que sea esta la intención.

    El virus

    En la época de la incipiente Internet y los virus electrónicos que se colaban en nuestros PC clónicos, todo el mundo se echaba las manos a la cabeza con la solución final usada en la película en la que infectan el sistema de control alienígena con un virus informático... ¡¡terrestre!! Tal vez porque entonces existía la creencia de que un simple y terrestre ordenador Macintosh o un x86 basado en Linux «no tenían virus», resultaba un despropósito postular que se pudiera infectar todo un computador alienígena avanzado. Bueno, ahora que ya sabemos que esto no es así en el caso de Apple, añado que cualquier sistema informático está expuesto a un ataque de virus y que no hay ninguno que esté exento de alguna vulnerabilidad. Aún así quedan algunos flecos como de donde habían sacado ese virus y cómo era posible que pudiera entrar en un sistema extraño y con protocolos de comunicación desconocidos. Aunque no lo parezca, la solución está en la propia película y una vez más está en el Área 51.

    Jeff Goldblum en el Área 51 donde investigan con PC una nave alien

    En el conocido hangar secreto —sí, parece una contradicción— del gobierno de los EEUU, el bueno de Brent Spinner dirigía un equipo de investigación donde con diversas herramientas entre ellas las informáticas, se analizaba la tecnología alienígena. Por tanto, presumiblemente tenían conocimiento previo y se habían conectado a ella. De ahí a programar un virus no hay más que un paso. Queda por ver cómo se lleva hasta los invasores.


    Jeff Goldblum de nuevo nos explica que las naves nodriza alienígenas utilizan los satélites de comunicaciones terrestres para poder establecer su red de comunicaciones. En realidad este es el punto débil de la película, ya que una tecnología tan avanzada podría haber desplegado ella misma su propia red. El caso es que este «truco» está puesto ahí por algo y con toda probabilidad es para poder justificar lo que luego vendría. Obviamente, en un blockbuster de este tipo pensaron que ya estaban dando demasiada explicación y al final, se quedaron cortos. El caso en definitiva, es que los aliens ya tenían un canal de entrada conectado a la red terrestre y usando nuestros propios protocolos de comunicaciones. Todo estaba listo, solo faltaban un par de valientes y simpáticos actores con ganas de fumarse un puro de la victoria.

    Antivirus

    Pero ¡un momento! ¿los aliens no tenían ni un miserable anti-virus? ¿ni un cochambroso corta-fuegos? Bien, esta es una de esas ocasiones en las que una idea se queda a medias porque su desarrollo implicaría convertir una película de entretenimiento en otra cosa. En mi opinión podrían haberlo intentado, pero mezclar algo de tipo más digamos intelectual, con mensajes patrióticos y nacionalistas, como que no encajan mucho. Al final como sabemos se quedaron con lo segundo. La cosa es que no conocemos otra especie inteligente, pero ¿es normal que una civilización dedique tiempo y recursos a programar pequeños fragmentos de código solo para joder un poquito? ¿podemos suponer que esto que hacemos los humanos es habitual en todos los lados de la galaxia? Si los aliens que se muestran en Independence Day son de tipo «colmena», no es descabellado teorizar que ni tan siquiera hubieran pensado en esta posibilidad por ser extraño para su comprensión natural como especie. Es cierto que llevaban años estudiando a la especie humana, pero los virus de ordenador tuvieron una aparición tardía en relación al momento de la película.

    El homenaje

    Tal vez lo más singular de imaginar un virus de ordenador salvando la especie humana contra una invasión alienígena, sea que nos recuerda a otra obra anterior. En el clásico de la ciencia-ficción La Guerra de los Mundos (H.G. Wells, 1898) nuestra especie, cuando toda su tecnología se había mostrado inútil y dando todo ya por perdido, se salva gracias a las propias carencias de los invasores que mueren infectados por microorganismos de nuestro planeta.


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    Publicado por Lino Moinelo a las 17:30
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    Desde el fin de la trilogía original hasta que los aficionados tuvimos de nuevo a Star Wars en las pantallas, transcurrió una eternidad en la que crecimos imaginando sistemas planetarios nuevos, naves espaciales míticas, razas alienígenas y androides artificiales de casi todas las formas y colores. Todo un universo que George Lucas logró convertir como nadie en el fenómeno llamado franquicias cinematográficas. Sabíamos que era un negocio, pero lo pudimos perdonar durante al menos dieciséis años de nuestra adolescencia y juventud. Cuando tras ese tiempo llegaron los capítulos 1, 2 y 3, el mundo entero se lo empezó a cuestionar, pero ya era tarde. Nuevos seguidores aumentaron la nómina del tío George, y así durante otros dieciséis años, han crecido imaginando aventuras similares a las que los demás habíamos vivido a finales del siglo pasado. Pero todo tiene su tiempo. En cuanto la vaca del marketing empezó a renquear, fue el momento en el que el director de enorme papada decidió que no sería él, el que repetiría la misma jugada con la que se había enemistado con medio planeta.

    Disney y Marvel

    Con la decepción de las precuelas todavía fresca, llegó el anuncio de una nueva entrega de la saga más famosa de la ciencia-ficción popular. En esta ocasión el culpable de los defectos de la anterior ya no estaba involucrado, por lo que el público especuló que debía ser mejor. Si bien el consenso era claro sobre la capacidad creativa de Disney, no ocurría lo mismo sin embargo, sobre su ética comercial. Algo ocurrió mientras tanto que hizo que las dudas se dejaran a un lado: el estreno de Los Vengadores (Joss Whedom, 2012). La empresa fundada por Walt Disney reutilizaba una idea de hacía cincuenta años y le daba un aspecto nuevo, fresco y espectacular. Nada que objetar, salvo como se ha comentado, que no es original y que no se hacía más que aprovechar la moda iniciada con el Spiderman de Sam Reimi y el Batman de Christopher Nolan de una manera más comercialmente eficiente. El buen trabajo realizado con la compra de Marvel, hacía que el optimismo sobre el resultado de las nuevas aventuras de la familia Skywalker aumentase. Una vez más, todos comenzamos a soñar con aventuras por la galaxia. Pero vino el estreno y como Bill McMurray en El día de la marmota, revivíamos la historia: una enorme expectación satisfecha de manera desigual, con un «capitulo 7» de estética Marvel: explosiones y disparos con mayor realismo y espectacularidad, sobre una idea calcada de la trilogía original.

    Reinicio encubierto

    El problema más visible del «capitulo 7» es el del exceso de auto-referencia. Casi cada escena, situación y personajes tiene un claro paralelismo con sus equivalentes de la trilogía original, circunstancia confirmada por su director. Esto ha llevado a considerar el «capitulo 7» realmente como un reinicio de la saga usando una fórmula poco habitual —al estilo de lo realizado con la Star Trek del mismo responsable— en lugar de como una continuación. Esto explicaría detalles como que la Alianza Rebelde continúe siendo «rebelde» y permanezca escondida —a pesar de haber derrotado al Imperio— o que todo un héroe de la rebelión como Han Solo siga trapicheando con contrabando de poca monta —además de ser un completo fracasado que hasta pierde nada más y nada menos que el Halcón Milenario—. Situaciones que chocan contra el legado de la saga original.
    la clave es honrar, no reverenciar lo que hubo antes de ti.

    El sable de luz

    Decir «sable de luz» es prácticamente sinónimo de Star Wars. No hay aficionado que no haya empuñado imaginariamente alguna vez en su vida, una de estas fabulosas y ficticias armas. La ilusión de abrazar la Fuerza y verte convertido en un Caballero Jedi, es una poderosa arma de la imaginación, pero el atractivo residía en lo excepcional, en lo único, en ser un personaje de leyenda empuñando un arma legendaria. Antes de que Ben Kenobi le cediera a Luke aquel artefacto en la trilogía original y viéramos aparecer el mítico haz de energía azul, nunca se había visto en una pantalla cinematográfica algo parecido. En aquel momento mágico se concentra la mayor parte del sentido de toda la saga tal y como la conocemos: Obi-Wan le cuenta al joven Luke sobre su padre, sobre las guerras clon y por primera vez desde que cayera la República, un sable de luz es empuñado por alguien que no pertenece a la Orden Jedi. El maestro se atreve a ceder un arma tan peligrosa a un novato, tal vez viendo en él una «nueva esperanza». Aunque en otra situación hubiera sido descabellado, en aquel momento tenía todo el sentido que un inexperto lo empuñara. En las precuelas que se estrenaron posteriormente ocurre lo que podríamos llamar el «efecto secuelas de Matrix»: una excesiva repetición que satura y hace perder el significado con la aparición de docenas de caballeros Jedi con sus bonitos y coloridos sables de luz. En el «capitulo 7» hemos asistido a un paso más en la vulgarización de la famosa arma ficticia, siendo empuñado por el primero que aparece y convirtiéndose en un aparato tecnológico cool. Algo así como un smartphone último modelo.
    un arma noble para tiempos más civilizados
    Maestro Obi-Wan Kenobi

    Curva de aprendizaje

    La ubicuidad y sencillez de la tecnología actual se considerarían ciencia-ficción hace unas décadas. Esta facilidad de uso provoca la paradójica circunstancia de que la formación necesaria de sus usuarios es cada vez menor. No son pocas las voces que avisan sobre los riesgos de esta sorprendente y anacrónica situación, en la que dicha formación difiere de manera opuesta con la enorme y creciente complejidad existente tras los potentes dispositivos que utilizan permanentemente, de los que se depende cada vez más. Puede que este sea el habitual escenario mostrado en Star Wars: androides y dispositivos con una IA comparable a la humana cuya dificultad de uso consiste simplemente en pedirles de viva voz lo que necesitas. Sin embargo, en la película original —la llamada después «capítulo 4»— el mensaje final consiste precisamente en la heroicidad de desprenderse de dicha tecnología. Lucas —inspirado tal vez en Frank Herbert y su Yihad Butleriana— había anticipado décadas antes los riesgos de la excesiva dependencia de algo que no se comprende. Una tecnología apenas «indistinguible de la magia» —en alusión a la Tercera Ley de Clarke— sino fuera porque forma parte de lo cotidiano en el universo particular de la saga. Frente a esta ubicuidad tecnológica se encuentra el contrapunto necesario en la excepcionalidad «mística» de La Fuerza, un concepto que no puede ser imitado por aquella y que únicamente depende de nuestra convicción, así como de un proceso de aprendizaje prolongado, complejo y duro —sin contar por supuesto, con la predisposición «genética» que se pueda tener—. En el «capitulo 7» todo esto desaparece, mostrando sin aparente explicación como cualquiera puede enfrentarse a enemigos expertos en el uso y dominio de La Fuerza, o usar de forma diestra un peligroso sable de luz. Star Wars se ha contagiado del vicio moderno de exigir que nos lo pongan fácil todo, sin obligarnos a ningún esfuerzo.

    La épica peculiar

    En la trilogía original el proceso de ataque a las Estrellas de la Muerte se mostraba como arriesgado y complicado. Los valientes que participaron en aquellas misiones sabían que no todos volverían y que las probabilidades de lograr el objetivo eran escasas. Héroes de la Alianza Rebelde por los cuales sufríamos cada vez que recibían un impacto y estallaban en el espacio. Sin embargo, en las batallas en el «capitulo 7» ocurren cosas como Poe dando gritos de euforia como si estuvieran jugando a un vídeo-juego o probando un nuevo X-Wing, mientras su amigo Finn comenta tranquilamente sus magistrales jugadas cuando a su alrededor, en pleno campo de batalla, se están descuartizando. Para remate final, la consabida y poco original destrucción de la super-arma de rigor, muestra a unos enemigos parsimoniosos y pusilánimes. En definitiva, una Starkiller tan decepcionante como inútilmente enorme.

    El fin del mito

    Más allá de estos problemas o de la simple falta de originalidad, la solución utilizada implica un grave inconveniente: se desvirtúa la saga original de una manera en la que ni las desastrosas precuelas de George Lucas lo hacían. Para entenderlo comparemos esta saga con lo que le ha pasado a Star Trek. Esta space-opera se caracteriza en que trata sobre los aspectos filosóficos de nuestra existencia. Si se lo quitas, pierde su identidad y se convierte en un simple entretenimiento con la misma apariencia como reclamo. Star Wars por otro lado, es épica, es mito, es aventura. Para lograr este cometido, la original se basaba en mitología extraída del acervo cultural del ser humano. Esta inspiración es la que convertía a la saga de las galaxias en algo especial y la diferenciaba de otras imitaciones posteriores. El «capítulo 7» sin embargo, se basa en una versión alterada de ella misma. Despojar a Star Wars de su principal contenido mitológico la convierte en algo cercano a un cascarón vacío, en un mero entretenimiento lucrativo como lo puedan ser Transformers. Se ha convertido, en una imitación de si misma.
    Todas esas historias son... ciertas
    Han Solo (El despertar de La Fuerza)


    Foto: DevianArt
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    Publicado por Lino Moinelo a las 18:00
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