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Los trajes de cuero negro y látex de Matrix de los Hermanos Wachowsky, la oscuridad del Batman de Christopher Nolan, el realismo y madurez de la Galáctica de Ronal D. Moore y David Eick, dejaron definitivamente anclados en el siglo pasado a la inocencia juvenil optimista y colorida de las series de televisión de finales de dicho periodo.

El antes y el ahora de la Star Trek de siempre
Foto: videogameblogger

Star Trek: La Nueva Generación —TNG— podría clasificarse así. Esta producción evidenciaba la explotación comercial de una idea que, buena en sus inicios —la Star Trek Original— se estiró hasta «el infinito y más allá». La rigidez de Roddenberry así como de los mediáticos y excesivamente influyentes actores dificultó que evolucionara, algo que a los fieles seguidores de la franquicia no les hubiera importado, pudiendo haber atraído a más público. Pero esto no ocurrió y tras siete temporadas fue cancelada en 1994.

Como la serie de Rodenberry no podía ser tocada —ver artículo anterior—, la CBS —dueña de los derechos de distribución para la televisión— probó con dos ideas diferentes basadas en el mismo universo de Star Trek: Voyager y Espacio Profundo Nueve. Gracias a estas dos series el universo trekkie se ha prolongado ininterrumpidamente hasta prácticamente nuestros días.

Aunque la concepción de Voyager dista del resto de series, en el fondo era una «reedición» de la serie original. En ella se usaba como excusa que por circunstancias del destino, la nave va a parar a un lugar distante e inexplorado de la galaxia. De esta manera, era posible introducir nuevas historias y además, se cumplía una de las pretensiones iniciales de la serie original que no se atrevieron a tomar en su momento: tener una mujer como capitán.

Pero si hay una serie que pueda considerarse como un verdadero cambio de paradigma en el universo de Star Trek  esa sería Espacio Profundo Nueve —o simplemente DS9—. Al igual que sucediera con la primera adaptación cinematográfica, la variación del tono respecto a la supuesta idea original provocó que DS9 siempre estuviera rodeada de cierta polémica proveniente de los sectores más conservadores de la franquicia, que no la consideraban lo suficientemente «trekkie».

EL excepcional trabajo de sus guionistas —entre los que estaba un Ronal D. Moore que a buen seguro tomaría notas para lo que tendría que venir después de su mano— dieron como fruto una serie en la que se reflejaban aspectos inéditos en el universo trekkie que, sin perder el optimismo que siempre le ha caracterizado, mostraba el lado más problemático y conflictivo de los entresijos de la Federación y la complicada convivencia con otras especies.

De entre los capítulos a destacar de DS9 podemos detenernos sin ir más lejos en el primero de ellos, Emisario. Este excepcional capítulo de doble duración es uno de esos pocos casos en cine o televisión, en los que la parte de ciencia-ficción está embebida en la historia formando parte troncal e insustituible de ella, sin ser un simple escenario. La forma en la que se relacionan en la trama los problemas personales del comandante Benjamin Sisko con el encuentro con los habitantes de un agujero de gusano, cuyas mentes no interpretan el tiempo de la misma forma lineal que los seres humanos, es sencillamente fabulosa.

Esto no impedía sin embargo que los fracasos cinematográficos de las aventuras basadas en TNG se sucedieran uno tras otro. Se volvió a intentar con la serie de televisión Enterprise, en donde se dieron algunas innovaciones y se huía definitivamente del exceso visual y chillón que hasta ese momento había caracterizado el universo de Star Trek. Pero al contrario que sus antecesoras que alcanzaron las siete temporadas, esta no pasó de la cuarta. Tras su cancelación en el 2005, se vivió por primera vez en décadas la ausencia en pantalla y en los platós de rodaje de una serie de televisión o una película relacionada con Star Trek. Así fue hasta el año 2009.


J.J. Abrams


Después de reimaginar Galáctica y de volver a galaxias lejanas, parecía inevitable que la que fue origen de todo, acabara siguiendo un camino similar. Tras varios años agotando comercialmente las anteriores fórmulas de la franquicia, ¿cuál era la mejor forma de relanzar la saga adaptándola a los tiempos actuales?

Para especular sobre los motivos que llevaron a la elección de la fórmula que ya todos conocemos, hay que tener en cuenta la situación previa al estreno de Star Trek (2009):
  1. Cariño con los personajes originales manifestado en series producidas por el fandom
  2. Agotadas las principales vías de continuar con la franquicia
  3. Necesidad de un replanteamiento estético, técnico y visual.
  4. Producciones cinematográficas pensadas para el mayor publico objetivo posible,
Los personajes de siempre, con toda la tecnología disponible para llevar a la pantalla cualquier historia que se quiera contar con una cuidada y espectacular estética, junto al habitual recurso narrativo en el universo de la franquicia como son los viajes en el tiempo; han permitido crear algo intermedio entre el reboot y la precuela. De esta forma se tiene libertad creativa para iniciar el camino que se desee, partiendo como así ha sido, incluso en un punto anterior al situado en la serie original.
“Hay que rendir homenaje pero no recrear lo que se ha hecho antes”

La elección del coronado «Nuevo Rey Midas» de Hollywood, responde con toda seguridad al deseo de  lograr un producto que atraiga tanto a trekkies de toda la vida como al público más general, siguiendo la misma línea que estamos viviendo de producciones lo más «heterogéneas» posibles.

Lo ideal hubiera sido que Abrams hubiera puesto en práctica sus propias palabras, aplicando lo que sabe hacer por lo visto en la magnífica serie Fringe, cuyo factor sobresaliente son unos personajes llenos de fuerza, distintos pero bien complementados. Tal vez debido a que sus compañeros han ido «Perdidos» con los guiones y el cambio de medio de la televisión al cine, han creado en su lugar un producto de consumo rápido que cumple muy bien como entretenimiento, que no es poco, pero tratándose de Star Trek podría esperarse algo más.

El futuro


Volver a tener la Star Trek que marcó la época en la que se soñaba con alcanzar una era de magnificencia sin límites, es tan complicado en nuestros  «oscuros y posmodernos» días como seguramente recomendable. Precisamente porque a pesar de estos pesimistas tiempos en los que vivimos, es ahora cuando los límites técnicos que lastraron la serie original pueden ser superados satisfactoriamente.

Abrams, que nunca fue seguidor de la franquicia, se ha ido a dirigir a «la competencia» aunque continúa como productor. La ha relanzado comercialmente, pero no se ha esforzado más que en replantear y actualizar escenario y personajes —que era necesario— pero sin darles la profundidad que tenía la original. Es decir, adaptar Star Trek a nuestros tiempos, siendo respetuosos con lo que significó en su momento, intentando emular sin limitarse a repetir clichés, de momento, aún no ha ocurrido.

La nueva Star Trek dependerá de la compatibilidad entre los intereses de la productora con el anhelo profesional y personal de los que tomen las decisiones creativas. Pero sobre todo dependerá de cuál sea su sueño respecto a retomar las aventuras de la Enterprise en busca de mundos desconocidos, de nuevas vidas y nuevas civilizaciones por conocer en lugares, a los que todavía nadie ha podido llegar.

Enlaces:

  • Star Trek: En la oscuridad (Star Trek Into Darkness, J.J. Abrams, 2013). El Pájaro Burlón. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
  • De ‘Star Trek’ a ‘Star Wars’, y tiro porque me toca. El País Cultural. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
  • Belleza y oscuridad. El Universal. <enlace>. [acceso 11-abr-2014] 

Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 2 de noviembre de 2014

Publicado por Lino Moinelo a las 11:00
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La posmodernidad viene definiendo los parámetros de la cultura popular desde que surgiera a principios de los 70. ¿Cuales fueron sus orígenes? ¿qué factores coincidieron para crearse esa corriente cultural? ¿es realista esa desconfianza el en género humano y su pesimismo del futuro?

Aunque puede que no sea una respuesta definitiva a estas intrigantes cuestiones, el siguiente fragmento nos acerca bastante a una explicación de la situación a la que tarde o temprano, nos tendremos que enfrentar como especie:

Hasta hace unos decenios, hasta que estuvo en la mano del hombre la posibilidad de destruir la vida entera del planeta, los argumentos anti-progresistas (por lo que al aspecto científico y técnico del progreso se refiere) carecían de fundamento serio y parecían no más que los usuales presagios agoreros que han acompañado siempre al progreso de la humanidad, como los aullidos de los canes que flanquean, sin detenerlas, a las caravanas. Hasta hace poco, insistimos, la dimensión moral y artística del progreso podía, sí, ponerse en tela de juicio, puesto que en ese terreno los ciclos de esplendor y decadencia, de puritanismo e inmoralidad, parecen sucederse alternativamente, sin presentar una continuidad progresiva. En cambio, la índole acumulativa y progresiva del lado científico y técnico parecía indiscutible. Sin embargo, justo en el momento de su máximo progreso ocurre que esta cultura científica, aparentemente todopoderosa continua siendo manejada por un ser humano moralmente frágil, sujeto a regresiones y anomalías afectivas que lo pueden poner en el trance de hacer un uso irracional de la fuerza aniquiladora que su «neocortex» es capaz de desatar. Ahora bien, si esto ocurre, se provocaría el colapso de toda la civilización y, con él, la regresión inexorable de los supervivientes a niveles mentales tan rudimentarios como los de los primitivos.
José Luis Pinillos, La Mente Humana (1969), pág. 42.

Descubierto por casualidad en un antiguo ejemplar de la mítica colección RTVE, comprado hace poco en un local de libro antiguo. En el se explica, entre otras cosas, cómo el ser humano se encuentra en una encrucijada en la que su mente instintiva o animal, evoluciona a un ritmo distinto de su parte racional. Esta última, le hace capaz de las más increíbles proezas excepto la más primordial de ellas: controlar o dominar a su parte irracional.

Publicado posteriormente en el blog Información & Realidad el 20 de junio de 2014

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Publicado por Lino Moinelo a las 20:14
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Un año antes de la cancelación de la Star Trek Original se estrenó 2001: Una Odisea del Espacio (1968), asombrando a la audiencia con su precisa y espectacular recreación del espacio. Nueve años después, en el polo opuesto de la ciencia-ficción pero compartiendo una magnificencia similar en el apartado visual, se estreno Star Wars (1977). Tras estos hitos cinematográficos, uno se preguntaba cómo hubiera sido aquella Star Trek de mediados de los 60 si hubieran dispuesto de recursos similares para contar su fascinante y emocionante aventura a través de las estrellas. Finalmente, la respuesta vino diez años después con el estreno en la gran pantalla de Star Trek: the motion picture (Robert Wise, 1979)

Con esta película se reunían las generaciones de dos épocas: por un lado, la de la Odisea Espacial, que vio nacer la serie original y asistió a su conversión en fenómeno social. Por otro, con la generación del surgir de la posmodernidad de comienzos de los 80, acostumbrada a pomposas producciones como la mencionada de Star Wars, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) o Superman: la película (Richard Donner, 1978). define así el resultado de la primera versión cinematográfica de Star Trek
La primera, la original, la irrepetible, es también la más imaginativa, audaz y visionaria de la saga

Para este logro se contó con la participación de monstruos de la talla de Isaac Asimov como asesor científico, Douglas TrumbullEncuentros en la tercera fase— y John DykstraStar Wars— para los efectos, y a un inconmensurable Jerry Golsdmith que compuso la mejor banda sonora de la franquicia y una de las mejores de todo el panorama cinematográfico.


Sin embargo, la película tuvo una fría acogida por parte del público. Ansiosa por imitar el éxito de Star Wars, la Paramount prometió una space opera divertida y llena de acción, pero lo que ofreció fue más 2001: Una Odisea del Espacio. Al publico no le suele gustar que les ofrezcan algo distinto a lo anunciado, salvo que te engatusen muy bien —¿alguien dijo James Cameron?—. Como consecuencia, el rendimiento en taquilla fue aceptable, pero no pasó de un aprobado justo. Lo suficiente para continuar con la franquicia en el cine, pero teniendo que pasar por algunos ajustes.

Uno de ellos fue del guión, que provocó la disputa entre el creador Rodenberry y la productora. Algunos argumentaban que era demasiado humanista y trascendente, sin recordar que Star Trek trataba precisamente de eso. Puede que el error fuera rebajar en exceso el humor, también característico de la serie. No se supo equilibrar la calidad del guión, con el atractivo para el público.

Tal vez lo que ocurría es que una nueva forma de entender el cine y el entretenimiento se estaba gestando. Las franquicias iban a acompañarnos durante mucho tiempo, y para ello debían ser rentables. Pero lograr contentar al público exigente, a la vez que convertirlo en un fenómeno de masas, es uno de los retos más complicados a los que el cine se ha enfrentado y que continúa sin resolver completamente.

La Star Trek original fue cancelada por no captar la suficiente audiencia del tipo de público genérico que requería la hora en la que era emitida. La redifusión actual en los EEUU que hace rentables a las series aunque su publico objetivo sea restringido, aún no había llegado. Reunir a numerosos y grandes aficionados, pero circunscritos en sus ámbitos concretos, no es lo que hace rentable a una franquicia. Sí que lo es el convertirla en entretenimiento para el mayor rango transversal posible de espectadores, sin que sea necesario que estos se conviertan en seguidores habituales —esto sería un efecto secundario, pero no necesario—. Por tanto, todo apuntaba que los cambios para la nueva franquicia del universo Trekkie  iban a significar un distanciamiento del original.


Star Trek en el cine


En la gran pantalla, las diferencias respecto al guión de la primera película provocaron que Roddenberry —en principio, más fiel a la idea original— quedara apartado de la franquicia cinematográfica. En su lugar apareció un tal Harve Bennett cuyo lema era:
Cuando uno va a donde ningún Hombre ha ido antes, tiene que construir cosas, por lo que empieza a volverse caro

Todo un «filósofo». Parece que la necesidad de ajustes económicos fue lo que predominó para escoger a Bennett. Este productor tenía experiencia en la televisión y estaba acostumbrado a trabajar con presupuestos reducidos. Por tanto, llegó a Star Trek con el objetivo de gastarse la menor cantidad posible de dinero. El problema de presupuesto no era nuevo, pero lo que en sus inicios se solucionó con creatividad, se arregló posteriormente con experiencia y ahorro. Si se añade a esta situación que la legión de aficionados previamente formada de la serie se conformaba con todo lo que llevara su nombre, se dio forma así a la franquicia que conocemos. En palabras de Ángel Luis Sucasas (ScifiWorld):
su influencia [Bennett] se nota muchísimo en la serie clásica de películas Trek, porque todas tienen ese aire de cutredad y de serie B de la que carecen otros productos que sí parecen superproducciones, como Star Wars


Star Trek en la televisión


Mientras tanto, aunque relegado a la pequeña pantalla, Gene Roddenberry fue el amo y señor de la franquicia. Para renovar la serie, pensó que había que contratar actores completamente distintos, tanto en rol como en apariencia. Para él, era necesario evitar cualquier identificación con la tripulación original. Su idea era crear personajes más homogéneos con la intención de lograr mayores posibilidades dramáticas. Pero el resultado fue un conjunto de actores faltos de carisma, con una carga interpretativa demasiado repartida y monótona. Colocar a un «actor shakesperiano inglés calvo de mediana edad» —el esplendido Patrick Stewart— al frente de la Enterprise, no era mala idea y sí muy acorde con el espíritu trekkie, pero no suficiente como para sostener en él todo el atractivo de la saga.

Los guiones


Roddenberry se había endiosado tanto que retocaba todos los guiones e hizo que su  «biblia» —o la guía que suelen tener los productores— fuera seguida de forma escrupulosa. Su presencia y la obsesión por controlar la «fidelidad» de los contenidos con la idea original, provocó que algunos escritores colaboradores «huyeran», quedando guionistas de series de TV como Falcon Crest (Katharyn Powers) o series animadas (Michael Reaves), destacando tal vez Joseph Stefano (The Outer Limits). Es decir, alejaron a los artistas, y se quedaron los profesionales.

¡Vivan los novios!
Lo que había sido uno de los elementos diferenciadores en la serie original por su calidad, innovación y atrevimiento, en Star Trek: la nueva generación (TNG) consistieron en guiones muy convencionales, donde predominaban las relaciones entre los miembros de la tripulación. Con unos roles que en el fondo eran un remedo de la serie original, y entre los cuales siempre aparecía uno para ocupar un rol spockiano —el androide Data, homenaje a Asimov y principal aportación de TNG al universo Trek (junto con la Holocubierta y el dispensador de alimentos)—. El resto consistía en una imitación superficial de la critica social y convivencia entre razas, pero lo que en aquel entonces era rompedor, un par de décadas después no pasaba de tópicos didácticos políticamente correctos, que acentuaba el ya de por si aire juvenil de las series de finales del siglo XX.

La estética


Que duda cabe que las camisetas de colores chillones configuran una estética muy definida que, más de cuarenta años después de que aparecieran en las pocas televisiones en color de la época «kistch», resultan excesivas, y hasta cierto punto ridículas —sobre todo ahora en la era de la «oscuridad»—. Pero en aquella época, ademas de evidenciar el carácter multidisciplinario de la expedición, la ropa informal, alegre y cómoda, intentaba representar una crítica hacía el exceso formalismo y rigidez de la sociedad —entroncando con los movimientos de protesta de finales de los 60—.

Algo así debieron entender los responsables de la primera adaptación cinematográfica cuando decidieron darle su característica estética futurista, pero sobria y moderada. El motivo no es que la estética imperante de cuando se estrenó fuera así —nada más lejos de la realidad en la época del techno y del punk—, pero siguiendo en cierta manera con la idea de fondo de la Star Trek Original, así es como imaginaban que El Futuro sería, con la Humanidad en su madurez y sin necesidad de autoafirmarse mediante el exceso visual.

Las eternas cuestiones de la humanidad: ¿quienes somos, hacia donde vamos y qué modelito será el siguiente?

Pero por algún motivo, alguien decidió que no. Star Trek no debía ser así, había que ser más hortera. Vinieron las casacas rojas —siendo honestos, no estaban mal del todo— que se notaba que estaban diseñadas para disimular las barrigas incipientes de los ya mayorcitos héroes de la Enterprise. Se acabó de arreglar con TNG donde de los «pijamas» de colores se pasó a los «chándal de diseño» con hombreras en plan «fashion», «informales, pero arreglados».

Esta pretendida «modernización» basada en la superficialidad pone la «guinda» en los navíos espaciales. Lo de cambiar la antena de comunicaciones de la NCC-1701 por un óvalo con colorines, es un despropósito. Al igual que darle a todo un aire más redondeado, en plan «aerodinámico».

¡Nooooo!
Esta manía en imitar una estética kistch que en su momento tenía justificación pero que décadas después resulta anacrónica, sea tal vez la culpable de que cierto sector del público cargado de prejuicios, relacione a Star Trek con el «frikismo» hortera y chillón.
_______________

En general, uno tiene la impresión de que toda la franquicia tras el estreno de la película, ha sido una manera de aprovechar el seguimiento incondicional de una legión de espectadores, como una vía en la que todo el que ha podido ha metido cabeza para poder «sentirse realizado»: actores que hacen de directores —Shatner, Nimoy o Frakes—, o productores que son actores —hasta el propio Harve Bennett llegó a intervenir en un episodio—.

Star Trek en la televisión ha disfrutado de un gran éxito. TNG se ha prolongado unas siete temporadas, y han surgido un par de spin-offs, también con buen resultado —en términos de la Paramount— como Star Trek: Voyager y Star Trek: Espacio Profundo Nueve —esta última, la más madura, no en vano Ronald D. Moore es uno de sus guionistas—. Además, le han sido otorgados varios premios. Estos datos son difícilmente rebatibles, salvo que algunas veces, las meras y frías cifras no son lo único que importa.

Star Trek y Star Wars comparten entre otros aspectos, que en ambos casos su afición se divide en dos tipos principales: los más veteranos que añoramos el producto original, y las «nuevas generaciones», que se han acostumbrado a las producciones más modernas. A Rodenberry también le pasó como a George Lucas: tuvo una idea innovadora y deslumbrante que cambió el paradigma y que le encumbró, pero que se convirtió posteriormente en su obsesión, incapaz de llegar a la brillantez inicial.

De intentar volver a ser lo que en su día fue, para convertirse en un mero producto comercial estirado al máximo de sus posibilidades. De las aventuras de una tripulación que en cada capítulo se enfrentaba a un nuevo enigma completamente desconocido, a convertirse en todo lo convencional que puede ser una sit-com espacial futura, con toques de aventura y tramas sentimentales paralelas en las que actores y guionistas profesionales podían dar su talla.

También ha sido una manera de mantener el espíritu trekkie a lo largo del tiempo. Una vez agotado el filón de TNG, la Paramount que sabe que la nostalgia es un gran gancho para una parte importante del público, ha decidido retomar la tripulación original. ¿Volverán a explorar nuevos mundos y nuevas civilizaciones, a romper viejos prejuicios, a mostrar nuevos paradigmas?

[NOTA: mi gratitud hacía Elwin de El cubil del Cíclope, gran seguidor de TNG, a quien le debo algunas ideas del artículo] 


Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 26 de octubre de 2014  
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Publicado por Lino Moinelo a las 20:00
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Foto: Wikipedia
La década de los sesenta, aquellos años sin computadores personales, sin teléfonos inteligentes y sin sondas explorando Marte. Con unos armatostes en blanco y negro en los que los avances que imaginaba la ciencia-ficción de la época parecían todavía más sorprendentes. En aquellos televisores sin mandos a distancia, sus aficionados pudieron emocionarse con aquella mítica locución inicial del comandante Kirk, que les llevaba al otro confín de la galaxia en busca del conocimiento, explorando la última frontera de la Humanidad.

Star Trek fue concebida como un serial, pero logró transcender su concepción original y convertirse en una obra de culto: por primera vez una serie de televisión tenía como eje fundamental una expedición científica en lugar de militar. Por primera vez, una mujer ocupaba un puesto de oficial en el puente de mando de dicha expedición. Por primera vez, el resto de la tripulación que la acompañaba estaba formada por individuos escogidos por motivos que no tenían nada que ver con su sexo o raza, color, forma o tamaño. Además, fue de las primeras series de televisión en cuyos guiones participaron importantes escritores de ciencia-ficción del momento.

Este contexto en el que surgió Star Trek tenía unas características especiales que no se han vuelto a dar: una convulsa época cargada de cambios sociales y logros tecnológicos cuya sociedad, a pesar de las tensiones políticas entre las grandes potencias, miraba al futuro con optimismo. La serie creada por Gene Roddenberry se vio influida por una época de tecnología incipiente y estética «kistch» que la definió visualmente, pero que a su vez le debe a Star Trek una buena parte de su propia definición como tal y de influencia en las décadas posteriores.

Se dice que Star Trek se inspiró en el concepto de frontera y «lejano oeste» característico de la cultura norteamericana, pero es difícil explicar toda la serie con tan solo esta idea. Es inevitable suponer que para dotarla de suficiente consistencia se recurriese a la literatura de ciencia-ficción de la reciente época dorada. Una de esas obras —cuyo parecido es más que evidente— pudo ser El viaje del Beagle Espacial (Alfred. B. van Vogt, 1950), donde una tripulación multidisciplinar viaja a bordo de una magnífica astronave a través del cosmos, en una misión que durará varios años y con el objeto de avanzar en el conocimiento

En la obra de van Vogt se especula imaginando a la Especie Humana explorando el Cosmos y enfrentándose a los insondables misterios que —supuestamente— esconde. Para ello, se argumenta que será necesario utilizar nuevos paradigmas de conocimiento para comprenderlos. Salvo la ausencia de mujeres en la tripulación del Beagle Espacial —toda obra es hija de su tiempo— ambas obras comparten ese mismo mensaje que en el caso de Star Trek quedaba visualmente evidente clasificando a la tripulación por los colores de sus camisetas, integrando de esta manera a oficiales, ingenieros y científicos como un todo, trabajando en cooperación. De esta manera, todo en la serie tenía su justificación y explicación, por llamativo, exótico o pintoresco que pareciera. De hecho, se trataba  precisamente de romper viejos prejuicios.

La escasez de presupuesto que la siempre reticente Paramount destinaba a la serie, y la precariedad tecnológica que contrastaba con las necesidades de efectos visuales de una serie avanzada a su tiempo, tuvieron como resultado unos escenarios de cartón piedra y escasez de escenas con efectos especiales que hoy en día se ven muy pobres. Sin embargo, su visionado es soportable gracias a los buenos guiones y a la imaginación con la que se supo suplir la falta de recursos.

Teniendo en cuenta que han pasado ya más de cuarenta y cinco años, si se compara el aspecto de la serie con la tendencia estética en la ciencia-ficción del momento —trajes con hombreras sicodélicas y trompetillas en orejas o nariz—, se le puede dar un aprobado con claridad. Incluso el interior de la Enterprise ha sido recreado en series modernas, sin resultar demasiado anacrónico.

El resultado tal vez inesperado de este esfuerzo creativo fue el de la aparición en la pantalla de una serie de artilugios que han perdurado notablemente en el imaginario del género. Destaca especialmente el «teletransportador» —artefacto que algunos lectores hispanos pudieron conocer gracias a Pascual Enguidanos en su «Saga de los Aznar»— usado para evitarse las escenas de aterrizaje y despegue las cuales consumían gran parte del presupuesto. No sólo en la ficción, otros dispositivos que aparecen en la serie se diría que han sido inspiración para sus equivalentes de hoy en día: comunicadores y teléfonos móviles, memorias de almacenamiento y unidades USB, el «tricorder» y dispositivos telemétricos actuales. Incluso se pudo observar a un antecedente —lejano— de los Tablet.

Star Trek representa a la ciencia-ficción clásica optimista de los 60 y 70. Una ciencia-ficción de futuros lejanos, en la que el público debía poner de su parte el sentido de la maravilla. Futuros diferentes a los inmediatos y pesimistas del postmodernismo que vendrían décadas después, cuando los efectos especiales dejan muy poco trabajo para la imaginación.

En definitiva, Star Trek fue una revolución en todos los sentidos. Generó un colectivo de aficionados que no se vería hasta el estreno ocho años después de la cancelación de la serie, con Star Wars. Las franquicias audiovisuales le deben su existencia a este fenómeno. Aunque William Shatner (James T. Kirk en la serie) intentaba convencer a los aficionados de que «sólo era una serie de TV», la verdad es que era mucho más que eso.


La locución inicial cumplía la función de situar al espectador, con una Enterprise surcando el espacio interestelar que en pocas ocasiones es se vería luego durante la serie, seguramente debido a limitaciones presupuestarias
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Publicado por Lino Moinelo a las 12:00
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Isaac Asimov se citaba a si mismo en Nueva Guía de la Ciencia, uno de sus más importantes trabajos de divulgación científica, explicándonos el origen la la palabra robot y cómo surgió su derivado de robótica, gracias al propio autor. Además, realiza una critica del tratamiento poco realista e impropio de la ciencia-ficción, dado en muchas obras de este género a los seres con inteligencia artificial creados por el Hombre. Tiene ya algunos años pero los retos que describe siguen todavía vigentes:
Inevitablemente, se presenta la pregunta: ¿a fin de cuentas, qué no son capaces de hacer los ordenadores? ¿No conseguirán hacer, inevitablemente, cualquier cosa que lleguemos a imaginar? Por ejemplo, ¿puede un ordenador de la clase adecuada insertarse en una estructura que se parezca al cuerpo humano, para convertirse, finalmente, en verdaderos autómatas, no en los juguetes del siglo XVII, sino en seres humanos artificiales con una fracción sustancial de las habilidades de los seres humanos?
Tales materias han sido consideradas muy seriamente por los escritores de ciencia-ficción desde muchos años antes de que se construyera la primera computadora moderna. En 1920, un autor de teatro checo, Karel Capek, escribió R.U.R., una obra en la que los autómatas eran producidos en masa por un inglés llamado Rossum. Los autómatas estaban previstos para hacer el trabajo del mundo y conseguir una vida mejor para los seres humanos, pero, al final, se rebelaban, eliminaban a la Humanidad y comenzaban una nueva raza de vida inteligente por sí misma.
Rossum procede de una voz checa, rozum, que significa «razón» y R.U.R procedía de «Robots Universales de Rossum», donde robot es una palabra checa que significa «obrero», con la implicación de involuntaria servidumbre, por lo que puede traducirse por «siervo» o «esclavo». La popularidad de la obra acabó con el antiguo nombre en uso de autómata. Robot lo ha remplazado, en todos los idiomas, por lo que, en la actualidad, se piensa de robot como cualquier mecanismo artificial (a menudo descrito en una forma vagamente humana) que lleva a cabo funciones que, de ordinario, se cree que son apropiadas para los seres humanos.
 
No obstante, en conjunto, los escritores de ciencia-ficción no tratan a los robots de una forma realista, sino como objetos que han de emplearse con cautela, como villanos o héroes diseñados para poner de relieve la condición humana. Sin embargo, en 1939, Isaac Asimov, que en aquella época tenía sólo diecinueve años, cansado de los robots que eran irrealmente malvados o irrealmente nobles, comenzó a dedicar algunos de los relatos de ciencia-ficción que publicaba a los robots, vistos meramente como máquinas y construidos, como lo son todas las máquinas, con algún intento racional de una adecuada seguridad. A través de los años 1940, publicó relatos de esta clase y, en 1950, nueve de ellos fueron reunidos en un libro que se llamó Yo, Robot.
La seguridad de Asimov se formalizó en las «Tres leyes de la robótica». La frase se usó por primera vez en un relato publicado en marzo de 1942, y fue la primera vez en que se empleó la voz robótica, término en la actualidad aceptado por la ciencia y la tecnología del diseño, construcción, mantenimiento y empleo de los robots.
Las tres reglas son:
  1. Un robot no puede dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que algún ser humano resulte dañado.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes de los seres humanos, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia, en tanto en cuanto dicha protección no entre en conflictos con la Primera o la Segunda Ley.
Naturalmente, lo que hizo Asimov fue algo puramente especulativo y, en el mejor de los casos, sólo puede servir como fuente de inspiración. El auténtico trabajo es el que llevan a cabo los científicos en este campo.
Isaac Asimov.
Nueva Guía de la Ciencia. Barcelona: Plaza & Janes, 1985.
Pag.797-798


Publicado originalmente en el blog Portal Planetas Prohibidos el 16 de marzo de 2012
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Publicado por Lino Moinelo a las 11:59
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«Retrópolis, el futuro que nunca fue» (más claro, agua)
Foto: Arti-Facto
La ciencia-ficción actual está viviendo una peculiar época dorada caracterizada por numerosos estrenos cinematográficos. Sin embargo, además de que la gran mayoría de ellos son versiones adaptadas de otros estrenos anteriores o provenientes de otros medios de difusión —cómic o literatura—, un aspecto que se puede considerar característico de casi toda la producción de ciencia-ficción actual es que se basa en futuros apocalípticos —Soy Leyenda (2007), Elysium (2013), Oblivion (2013), etc.—. Circunstancia que se arrastra desde finales del siglo pasado —aproximadamente desde la década de los años setenta— con títulos como El Planeta de los Simios (1968), Mad Max (1979) o Blade Runner (1982).

Por el contrario, en la década anterior a la mencionada —la de la carrera espacial en la que dos superpotencias competían por alcanzar nuestro satélite— el Siglo XXI era imaginado como época de grandes y majestuosas ciudades, surcada por magníficos vehículos voladores. El hambre o la guerra no eran problemas, y el Ser Humano podría en breve atravesar la galaxia buscando nuevas fronteras del conocimiento. Sin entrar en los detalles de por qué la sociedad comenzó a fabricar una visión del futuro tan distinta, la cuestión es que de una manera u otra, así es como finalmente ha venido sucediendo en las últimas décadas.
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Publicado por Lino Moinelo a las 19:00
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Juego de Tronos (HBO, 2011-) es la adaptación televisiva de la saga de novelas Canción de hielo y fuego (1996), del autor George R.R Martin. Este autor proveniente de la ciencia-ficción, ha obtenido un gran éxito internacional gracias a esta obra. Se la suele clasificar dentro de la fantasía épica o medieval, aunque no son pocos los comentarios sobre la poca fantasía que se encuentra en ella.

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Publicado por Lino Moinelo a las 10:30
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Spiderman con las desaparecidas Torres Gemelas reflejadas en sus lentes
Spiderman y las desaparecidas «Torres Gemelas» reflejadas en sus lentes.
En los catorce años que transcurrieron desde 1968 hasta 1982, el mundo cinematográfico vivió tres revoluciones consecutivas. La primera fue 2001: Una odisea del espacio (Kubrick, 1968), cuya frescura e innovación continúan intactas en nuestros días, al contrario que otras producciones cuyo paso del tiempo les ha tratado francamente mal. Esta película tiene el extraño honor de ser de las primeras de ciencia-ficción que entendió poca gente, en una época en la que este género era tomado por regla general muy poco en serio, por lo simples y estereotipadas situaciones que relataban.

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Publicado por Lino Moinelo a las 16:00
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