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El final de la trilogía original y sus ositos de peluche ewoks del «capítulo 6», fueron el comienzo de lo que descubrimos después con La Amenaza Fantasma (1999): el desembarco de un ejercito de droides cuya estupidez tan solo era superada por un Jar-Jar Binks más tonto que todos ellos juntos. Tan tonto que acabó de senador en una República Galáctica que por tal error, se hacía merecedora de su fatal destino. Los tan esperados capítulos I, II y III que iban a dar respuesta a todos los misterios que habíamos alimentado desde nuestra niñez y a descubrir ese universo previo a la película original, lo que desvelaron realmente fueron los continuos conflictos internos de un George Lucas que acabó por desproveer de coherencia a la historia original, convirtió los símbolos en su contrapartida literal y aniquiló su potencialidad para analizar la mitología humana.

La Fuerza

La discusión sobre si Star Wars es ciencia-ficción o fantasía es un clásico de las reuniones de aficionados a la cultura popular. Como ya se ha comentado en otra ocasion, Star Wars trata sobre la gente, sobre el bien y el mal y sobre las mismas leyendas que en las obras de fantasía. Pero lo hace en un entorno definido por la ciencia-ficción, como son naves espaciales, robots con inteligencia artificial, hologramas, armas de energía, etc. Es decir, tanto si buscamos ciencia-ficción como fantasía, vamos a encontrar ambas. Un fenómeno similar al género de los superhéroes, pero en este caso tratándose de space opera.

Los midiclorianos

Una de las sorpresas de las precuelas escritas, dirigidas y producidas por George Lucas, fue la de pretender dar una explicación racional a la fuerza más poderosa de la galaxia, decantándose de esta manera por dar una visión más cercana a la ciencia-ficción, dejando el misticismo o magia que rodeaba a la Fuerza a un lado. La intención era buena, pero mal ejecutada en la práctica por dos motivos principales: por un lado los Jedi no necesitan de ninguna explicación racional. Son una institución milenaria cuyo conocimiento y dominio de la Fuerza no se ha logrado siguiendo criterios racionales, sino cultivándose en una disciplina más bien espiritual al estilo de las artes marciales orientales. Dichas artes permiten a sus practicantes realizar verdaderas proezas sin que hayan necesitado explicarlas de forma racional, lo importante es que les funciona. Pero sobre todo, el mayor problema de esta solución argumental es que de esta manera se desproveía de todo el fascinante halo mítico construido en la película original alrededor de la Fuerza.

El Deus Ex Machina institucionalizado

Paradójicamente, al mismo tiempo que se intentaba aportar un criterio racional para explicar una concesión a la realidad con la Fuerza, se usaba a esta como justificación de cualesquiera proezas que fueran necesarias para salir de todo tipo de atolladeros, convirtiendo a este concepto en el simple y archiutilizado comodín «mágico» de las obras de fantasía, echando a perder su verdadero potencial. Considerada como una religión en una galaxia en la que la ciencia y la tecnología no tienen apenas límites en sus proezas, originalmente la Fuerza podía representar a todo aquello que todavía queda por comprender. La parte de nuestra realidad a la que el desarrollo tecnológico no ha alcanzado, y que parece escurrirse una y otra vez. El estrecho margen para aquello que a pesar de no ser mensurable, no le impide influir en el entorno.

¿Es posible llegar a un conocimiento absoluto mediante la ciencia? ¿Existe el conocimiento en ámbitos fuera de lo estrictamente científico? ¿Todo lo demás son habladurías y supersticiones inútiles? Este es un asunto sensible que despierta grandes controversias. La ciencia-ficción suele brindar una buena oportunidad para tratar este tipo de temas que de otra manera resultan complicados, aburridos o rodeados de polémica. Star Wars podría haber sido un lugar para poder manejar esta cuestión, pero como todos sabemos, nada de esto ha ocurrido
Creía que los Jedi sabíais distinguir entre conocimiento y sabiduría
Dexter, el cocinero

El tostonazo

Alguien podrá argumentar que esta no es más que una obra de entretenimiento y que estas cuestiones son excesivamente profundas para ser tratadas en una space opera. Sin embargo, este argumento parece más una excusa para evitar dificultades ya que hay otras franquicias de space opera similares en las que se intenta acometer este reto, como Star Trek Galáctica. Precisamente, este es otro de los grandes debates en el mundo del entretenimiento: ¿deben tener las obras de este género alguna función didáctica o por el contrario, han de convertirse en eficaces herramientas para sacar el máximo dinero de los bolsillos de los espectadores? ¿es necesario abrumar tanto con publicidad o es que hay temor de que la gente encuentre por si misma otras formas de entretenerse? La respuesta forma parte de otro debate más amplio sobre la forma de trabajar del mercado en general, pero por el momento podemos asumir que lo meritorio es dotar a la obra de algún valor añadido cultural, sin que por ello merme en la rentabilidad económica. La cuestión es que George Lucas se ahorró todas estas cuestiones culturales de gran potencial como elementos narrativos. Podría parecer que el director de origen californiano deseaba hacer un producto intrascendente y plano para hacerlo más digestible, pero no parece que fuera este su objetivo ya que una vez más contradiciéndose a sí mismo, nos metió en su lugar entre pecho y espalda un tostonazo inaguantable sobre política galáctica.

Vader: de villano a psicópata

Darth Vader probablemente sea uno de los villanos más famosos, no solo de la ciencia-ficción, sino en general de la cultura popular de nuestros días. Salvando las distancias, tan sólo el mismísimo Cthulhu de Lovecraft puede superarle como representante del Mal. La diferencia es que Vader es un humano caído en desgracia, un personaje que en el fondo nos gustaba. Aunque parece tomar decisiones inflexibles y extremas sin que su voz pierda firmeza y decisión, no está loco. Tiene una gran inteligencia emocional, es un gran estratega y sabe reconocer en los demás sus aptitudes. No los menosprecia alegre e irresponsablemente. Alguien cuya mirada permanece oculta tras una oscura y terrible máscara a la que está atada de por vida, deshumanizando todo su ser. Genera una profunda impresión, compuesta al mismo tiempo de temor, pena y admiración. Miedo por lo que representa, tristeza por el infierno en el que vive y que le hace ser como es, y admiración por su gran poder y capacidad. Una combinación de circunstancias únicas y misteriosas que nos encogían el corazón, de alguien que tal vez en la soledad de su conciencia no sea más que un desgraciado atormentado, pero con una determinación que le obliga a mostrarse opaco e inflexible ante los demás. De alguien imponente rodeado de unas trágicas y misteriosas circunstancias, a un niñato protestón abofeteable. La figura del padre que Luke no tuvo, modelo a seguir en cuanto a sus capacidades pero también como objeto de odio por ser la causa de su orfandad, se convierte en un asesino barriobajero y despreciable, tan patético que mata a inocentes niños.

Tal vez este personaje sea el mas perjudicado por la nueva visión de George Lucas en las precuelas. Se estrenaron con una gran expectación pero pocos esperaban que se iban a convertir en una de las mayores decepciones de la cultura popular de nuestros días. Una decepción comenzada años antes sin que nadie lo advirtiese. Una decepción fantasma de la que tardamos en ser conscientes, y que estaba a punto de despertar.


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Momento en el que Vader le dice a Luke que es su padre, condicionando toda la historia

George Lucas, catalogado en su momento como «un visionario» artífice de otras sagas tan importantes como Indiana Jones, acabó convertido «al lado oscuro» uniéndose a la orden de los «productores abominables», cayendo en todos y cada uno de los errores que el mismo había denunciado e incluso utilizado en su propia obra. El director californiano ha acabado creando su propio «ejercito de clones», formado por seguidores atraídos más por el marketing que por el acierto cultural de una obra que trataba nuestra mitología de una manera nueva y llena de maravillosas posibilidades. 
«Ciegos estamos si la creación de ese ejército clon no pudimos ver»
—Maestro Yoda

¿Cuando comenzó a estropearse todo? Tras el estreno de La Amenaza Fantasma pocos admitimos en aquel momento el desastre que acabábamos de presenciar. La expectación, la nostalgia, el ansia por ver nuevo material relacionado con la galaxia que dejamos en los lejanos años 80 o la esperanza de que el próximo estreno mejoraría lo visto, nos tenían cegados y nos impedían percibir, cual Yoda despistado, cómo el lado oscuro establecía su plan. El Ataque de los Clones cumplió nuestras peores expectativas y cuando Lucas quiso arreglarlo con La Venganza de los Sith, ya era tarde. A manos de su propio creador, uno de los fenómenos culturales más importantes de nuestro siglo había sido aniquilado.
«Así muere la libertad, con un estruendoso aplauso»
Padmé Amidala

Si no lo vimos entonces ¿qué nos impide pensar que el inicio en tan tenebroso camino hubiera ocurrido antes, en la propia trilogía clásica?  Teniendo en cuenta con la perspectiva que ofrecen los años, que George Lucas nunca creyó de verás en el éxito de su creación, es posible que no llegara a entender los factores importantes del éxito de su obra. Seguramente alguien estará pensando que me he vuelto loco ya que Star Wars continua cosechando ganancias multimillonarias gracias al camino entonces emprendido. Ahora bien ¿convertir una obra en un producto comercial de masas es lo que los aficionados deseaban? ¿Implica tener un enorme colectivo de aficionados la conversión de Star Wars en un mero producto de consumo? ¿Qué ocurrió antes, fue la magnificencia de la obra la que la convirtió en un fenómeno multitudinario, o es su conversión en producto de consumo lo que le ha dado su definitiva forma actual? ¿Estamos los aficionados «maduritos» engañados por la irreal percepción infantil que desarrollamos cuando conocimos la trilogía clásica? En cualquier caso estoy convencido de que la saga de las galaxias merecía un destino mejor que convertirse en Lost o Walking Dead. Parece como si la enorme papada que Lucas ha desarrollado en las últimas décadas, fuera la evidencia de su transformación definitiva, cual Palpatine convertido en Darth Sidius, hacia el lado más oscuro y malvado del marketing que el mismo repudiaba, pero cuyo poder subestimó.
«No subestime el poder de la fuerza»
Darth Vader

El Imperio Contraataca (1980)

La segunda entrega de la saga por orden cronológico  —conocido posteriormente como «capítulo 5»— es considerada la mejor película de la saga. Los motivos que se suelen escuchar son relativos al guión —Lawrence Kasdan— y a la dirección —Irvin Kershner—. Pero si por algo se le recuerda es por la magnífica Batalla de Hoth, con esos enormes AT-AT acercándose inexorables a la base clandestina de la Alianza Rebelde, representando uno de los más impactantes espectáculos vistos en toda la historia de la ciencia-ficción. Sin embargo, en el fondo es una película de transición: un principio poco espectacular con unas aburridas sondas de exploración saliendo de un destructor imperial —muy alejado de la película que le precedía— rematado con un final incompleto.

Yo soy tu padre

Pero sobre todo, la frase que destaca de toda la obra y uno de los símbolos más reconocibles de la saga al completo, es la que desvelaba la relación filio-paternal entre Skywalker y Vader que dejó a todo el mundo descolocado. Esta premisa sorprendente fue un gran acierto mediático, sin embargo, es precisamente la dependencia que se tiene de ella y la importancia que ha adquirido dentro de la saga, el germen del mal que tendría que venir después. El padre de Lucas SkyWalker no fue inicialmente el mismo Darth Vader. Este tenía una relación simbólica con la figura paterna, esto es indudable, pero convertir ese mito en algo literal significaba además de introducir incoherencias en el guión, una peligrosa tendencia al folletín telenovesco soap opera—. Esto es lo que han sido en el fondo sagas como las mencionadas o es en lo que se han acabado convirtiendo otras como Star Trek Next Generation. La clave del valor añadido de Star Wars no fue convertir la galaxia entera en un salón doméstico donde se relataban problemas familiares, sino llevar a un terreno nuevo e inexplorado con las posibilidades que la ciencia-ficción ofrecía, la mitología del ser humano.

El Retorno del Jedi (1983)

Star Wars todavía se mantenía fresca en sus aciertos originales, a pesar de todo. El «capítulo 6» brindó a la ciencia-ficción otro de los más famosos personajes de la cultura popular: el Maestro Yoda. Pero si tras la última y peor película de la trilogía original no advertimos hacia dónde estaba derivando la saga, es porque no queríamos hacerlo. El lado oscuro nos emborronaba la visión y nos impedía admitir que a estas alturas, el argumento original comenzaba a no servir más que como excusa para inventarse una historia que no tenía nada que ver con aquella, ni tenía otro sentido más que el de continuar proporcionando material para el merchandising.

Yo soy tu hermana

Si lo de la paternidad de Vader podía perdonarse, la fraternidad entre Leia y Luke fue un verdadero despropósito, fuente de todo tipo de chistes sobre lo que originalmente representaba el mito de la princesa y el héroe. Otra de las premisas fundamentales que se desvanecían cual Obi-Wan atravesado por un sable de luz, es la del triangulo amoroso. De esta manera dos de los puntales en los que se basaba la historia original acababan de volatilizarse delante de nuestros ojos. Unos ojos demasiado emocionados con la victoria de la Alianza Rebelde sobre el malvado Imperio como para que nos sintiéramos extrañados o decepcionados, y mucho menos, advirtiésemos lo que iba a venir décadas después. Miramos para otro lado por no romper el mágico momento, mientras nos la metían bien doblada con nuestro consentimiento:

Volvamos atrás nuestra mente por un momento y situémonos en el magnífico inicio de la película original —la Princesa Leia huyendo en su Corellian de un enorme destructor imperial— ¿Cuales son las probabilidades de que un par de robots huyan en una cápsula de salvamento y vayan a dar precisamente con el planeta donde se encuentra el hermano de la propia princesa, a pesar de que no le conocía? Alguien podrá señalar que Leia Luke tenían algo más en común entre ellos hasta el punto de que les permitía sentir su presencia. Por supuesto, La Fuerza ha acabado convertida en una excusa para justificar cualquier cosa, y de cualquier manera.

Luke el caballero

Mark Hamill era joven y podría decirse que agraciado cuando se estrenó Star Wars. Su personaje juvenil y atormentado tenía atractivo para determinado sector del público, aunque es cierto que en líneas generales resultaba algo sombrío. En cualquier caso, se podía conectar con él hasta el punto de llorar de alegría cuando logra su objetivo y recibe su merecida condecoración de mano de la propia Princesa Leia, en una épica ceremonia final. Pero el destino del actor se vio marcado por un accidente que le dejó algunas lesiones en el rostro desfigurándoselo, no demasiado, pero sí de forma apreciable. La solución no era sencilla, pero había que dar alguna explicación. El camino que escogió George Lucas trastocó para siempre la carrera del rubio actor, al justificar que el cambio físico de su semblante era debido a la transformación en Caballero Jedi, convirtiendo al personaje todavía más falto de carisma y carente de humor —de tal astilla, tal palo... ¿o es al revés?—. ¿De verdad Luke quería convertirse en esto tras ser un héroe? Supongo que es lo que le pasa a uno cuando descubres que tras arriesgar tu vida luchando contra todo un imperio impulsado por la deslumbrante belleza de la princesa amada, descubres que es en realidad, tu hermana.
¿Un caballero Jedi?... yo desaparezco un poco y a todos les
entra delirios de grandeza.
Han Solo

La Guerra de las Galaxias, o el mito de la lucha entre el bien y mal por el dominio de una galaxia que perdimos, derrotados por los problemas familiares de su creador. Creímos haberla conquistado, pero sólo fue un sueño infantil.
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Publicado por Lino Moinelo a las 18:00
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Finales de la década de los 70. El público acudía ataviado con pantalones de campana a las salas cinematográficas, donde estrenaban Fiebre del Sábado Noche —la película que dio fama a John Travolta— y estaba de moda el género de catástrofes aéreas. George Lucas ya había dirigido dos películas en aquel entonces con gran repercusión —en sus respectivos ámbitos—: THX 1138 (1971) y American Graffiti (1973), pero no fueron nada comparado con lo que vino a continuación. Star Wars (1977) fue algo nuevo y revolucionario, a la vez que clásico, que fascinó a multitudes. Tal vez, sin llegar a comprender su verdadera magnitud.

Explicar lo que significó para los que tuvimos la suerte de vivir aquel momento es complicado. Jugaron un papel fundamental el panorama cultura popular de la época y la edad que entonces teníamos. Los prejuicios afloraban en todo su esplendor: los extraterrestres eran marcianos, eran de color verde, tenían antenas y algunas veces, trompetillas como orejas y nariz. Era así... muchas veces. La ciencia-ficción no hacía mucho por combatir esta idea, cayendo constantemente en los estereotipos de la época mostrando entornos de ciencia-ficción similares.


Uno de ellos era el aspecto. El futuro se entendía como algo nuevo, por tanto, todo debía estar limpio y reluciente, allá donde iban. Las espacio naves eran la gran mayoría de las veces bruñidas y cromadas estructuras redondeadas, con forma de platillo volante o estilizados cohetes. Ni siquiera Star Trek (1966) ni 2001: Una Odisea del Espacio (1969) lograron romper con estos estereotipos —aunque sí lo hicieron con otros—.  Sin embargo, Star Wars nos impactó, destrozando nuestras ideas preconcebidas y rellenando un hueco en nuestro imaginario que hasta ese momento no sabíamos que teníamos: George Lucas nos mostró un universo previamente existente, cuyo pasado era un lugar de leyendas, héroes y la eterna lucha entre el bien y el mal. Una manera inédita de mostrar la ciencia-ficción en el cine, donde el foco de la historia no era el desarrollo tecnológico sino nuestro acervo cultural y mitológico.

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana


Mucho se ha hablado de las obras en las que se inspiró para plasmar su obra. Los Siete Samurais (Akira Kurosawa, 1954) y el monomito de Joseph Campbell son a muy grandes rasgos los principales elementos culturales en los que se basó el director para agrupar en un único lugar todos los mitos del ser humano. Para ello era necesario un universo nuevo en una época reinventada, para poderla llenar sin más obstáculo que la estética —inmejorablemente asistido por el ilustrador Ralph McQuarrie— y la épica necesaria. No era la primera vez que en la literatura se había intentado algo así. «Había una vez» o «Hace mucho tiempo que...» han sido fórmulas clásicas usadas como preámbulo de cuentos y leyendas, situando al oyente o lector en una época indeterminada, dejándolo al pairo en el océano del tiempo. En los Cuentos de las mil y una noches su autor le da la vuelta al contador sobrepasando sus límites, yendo «más allá» de lo que la mente racional puede concebir. Se desconecta al lector de su realidad inmediata, se le evade de sus preocupaciones cercanas, para adentrarse en un mundo ubicado en un ignoto lugar y tiempo, donde todo es posible. La frase ya mítica con la que Star Wars nos recibía, acompañada de la excepcional fanfarria de John Williams, nos enviaba a través del hiperespacio, más rápido que la luz, a una galaxia y un tiempo muy, muy lejanos de nuestra monotonía diaria.

El camino del héroe


La teoría más famosa de Joseph Cambell es la que une a todas las historias de héroes. Una de las maneras más populares de representarla en el cine —con especial relevancia en los EEUU— es el del chico educado en un entorno sencillo, poco sofisticado y alejado de emociones fuertes, que le hace anhelar visitar nuevos mundos y conocer bellas y sorprendentes féminas. El mito americano del joven granjero que no está satisfecho con su vida y desea probar otras cosas. El ejemplo paradigmático sin lugar a dudas es Superman y su alter-ego terrestre Clark Kent, que creció en una humilde granja de un perdido pueblo de Kansas, pero destinado a metas mucho más universales. Luke Skywalker es otro joven que no conoció a sus padres biológicos, que tuvo que crecer con sus tíos en la granja de un planeta desértico, perdido en el último rincón de la galaxia. Pero algo en su interior le hacía mirar al espacio, anhelando otras metas a las que cree estar destinado, en lugares distantes extraños y maravillosos. Un buen día, el azar le hace encontrase con su destino, abocado a cumplir en circunstancias más duras de las que creía, iniciando así su madurez. Durante el camino, descubrirá que en efecto dentro de él se escondían dones que le convertirán en el elegido que la galaxia necesita.

No subestimes el poder de La Fuerza


La Fuerza en el universo de Star Wars posee varias interpretaciones. Para los propios Caballeros Jedi que la profesan es una religión, una filosofía de vida a la que se entregan por completo. Su poder proviene de un conocimiento acumulado durante milenios de tradición, explicada en un lenguaje místico comprensible para ellos. Dentro del universo de Star Wars su poder es real, aunque no pueda ser explicado. Para el resto de personas —incluyendo al espectador— representa unas fuerzas psíquicas que permanecen fuera del ámbito racional. La Fuerza en definitiva, representa la parte de nuestra realidad y de nuestra condición humana que todavía no puede ser explicada por la ciencia, pero cuya sospecha de existencia nos inquieta.

La princesa valiente


Como en todo buen relato clásico, no hay héroe sin una bella princesa a la que rescatar. Leia Organa cumple esa función, pero lo hace rompiendo la débil imagen que antaño se le daba a este rol. La Princesa Leia es una mujer de fuerte carácter que se enfrenta a todo un imperio, poniéndolo en jaque al liderar un plan para esconder los necesarios planos de la mortífera arma que está creando. No siente temor ante el propio Vader y resuelve situaciones complicadas en las que sus rescatadores acaban metiéndose. Sobre estos, Solo y Skywalker, representan el clásico dilema adolescente femenino sobre qué chico escoger: el rubito inocente o el bravucón bromista y mujeriego. En pocas ocasiones antes del año 1977 una cuestión de esta índole ocupaba un papel protagónico dentro de una producción cultural, conectando con todos los sectores del mundo adolescente, que tanto jugo y beneficios económicos han acabado proporcionado posteriormente en forma de un sin fin de sagas de esta temática. En definitiva, Leia Organa supuso antes que la Teniente Ripley de Alien, el octavo pasajero, un icono igualitario de la mujer, fundamental en la cultura popular de los años postreros.

El padre oscuro


Luke Skywalker creció con la ausencia de una figura paternal que su tío no supo suplir. Luke es el adolescente disconforme, sin guía, que siente que está perdiendo parte de su vida, falto de oportunidades donde demostrar su verdadera valía. Cuando comienzan los acontecimientos que cambiarán para siempre su vida, Obi-Wan —el mentor, dentro de los roles de la teoría de Campbell— le cuenta fascinantes historias sobre su padre, y cómo Vader —«padre» en el idioma holandés— se enfrentó a él y le venció. La imagen que se nos muestra de Darth Vader es la de un líder carismático, muy capacitado, de gran presencia física y fuerte personalidad. Un amigo fiel de su padre al que algún tipo de terrible tragedia le ha convertido en lo que es, al servicio del mal. Su máscara y atuendo, al que está atado de por vida, simbolizan la transformación a la que toda persona, incluidas las más nobles, pueden sufrir debido a los avatares del destino. Vader se convierte en ese instante en el causante de los males de Luke y siente como irremediablemente, está destinado a enfrentarse a él. Un sino que se convertirá de una manera o de otra en la guía que nunca tuvo, deseando redimir así la muerte de su padre. Vader es de esta manera, el lado oscuro de su progenitor.

Una nueva mitología


La parte más cercana a nuestros día que se ha visto representada en Star Wars es la mitología específica de la cultura en cuyo seno se creó. Desde los piratas que contribuyeron al dominio anglosajón en el mar en el siglo XVI o los contrabandistas que mitigaron el bloqueo que las potencias continentales impusieron sobre las Islas Británicas a principio del XIX, hasta la victoria aliada contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial, están claramente representados en la obra. De alguna manera, George Lucas construía un conjunto de leyendas que suplía la falta de ellas de la relativamente joven nación estadounidense. Dada la influencia de la cultura anglosajona sobre el resto del mundo —gracias en parte precisamente al cine— se ha extendido a otros ámbitos culturales.

Por supuesto, el acierto inicial de los creadores que participaron en esta obra al incluir todo tipo de referencias culturales —sobre las cuales se han escrito tantos artículos como estrellas en la galaxia— como samurais o caballeros templarios, en grandes ciudades o en planetas desérticos, de la aristocracia o humildes pueblos, Star Wars trasciende su ámbito inicial y pasa a formar parte de nuestra cultura universal, aquella que relata leyendas de héroes y heroínas en la continúa lucha del ser humano contra su lado oscuro.



Imágenes: Taringa 1 y 2

NOTA: este artículo/reseña no trata sobre la saga de Star Wars, sino sobre la película original de 1977 y lo que representó en aquel momento. En lo que devino después se verá en otro artículo.

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Publicado por Lino Moinelo a las 09:00
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Adaptación a la televisión de El Hombre en el Castillo,
de Philip K. Dick
Se puede entender la ciencia-ficción como la imaginación de escenarios alternativos en los que se ha modificado algún parámetro de la realidad. Habitualmente es la física la rama de la ciencia que ve como algunas de sus premisas son alteradas para construir dichos escenarios. Por ejemplo, la ciencia-ficción hace comúnmente uso de «universos» ficticios en los que es posible el viaje a mayor velocidad de la luz o la alteración de los campos gravitatorios, entre otras proezas para las que la física actual no tiene explicación satisfactoria.

En la ciencia-ficción llamada «dura», los autores enfocan su creatividad en dotar a esos nuevos escenarios de toda la consistencia posible. Pero hay otra ciencia-ficción que deja esta precisión en segundo plano, centrando la parte especulativa en cómo esas nuevas situaciones afectan a los protagonistas. La llamada ciencia-ficción «blanda» usa escenarios ficticios con la principal intención de hablar de desde la propia alma humana, hasta la manera en cómo nos organizamos social y políticamente. En Crónicas Marcianas (Ray Bradbury, 1950) su autor decidió usar un Marte alternativo y poco riguroso con la física, simplemente como un escenario lo suficientemente extraño pero al mismo tiempo, cercano y reconocible, para hablar —de una maravillosa manera— sobre nosotros y nuestros problemas. En la Trilogía marciana de Kim Stanley Robinson (1992) se aprovecha de nuevo nuestro planeta vecino como escenario —con mayor cuidado científico— para imaginar cómo la especie humana podría organizarse empezando de nuevo, aprovechando para hacer crítica de los sistemas políticos existentes. Otro ejemplo más reciente y preocupado por la elaboración del entorno con el objeto de especular que clase de organización social podría emerger es Dark Eden (Chris Beckett, 2012), en donde se especula sobre cómo un ambiente extremo puede condicionar la vida y por supuesto, la organización social.

No es necesario irse a otros planetas para especular sobre como la tecnología afecta a nuestras relaciones sociales. El ciberpunk es un subgénero de la ciencia-ficción que consiste en mostrar el lado más pesimista de esta circunstancia. Distopías definidas por los efectos socialmente perniciosos que un mal uso de la tecnología puede producir a causa de nuestra falta de límites para su comercialización, para su consumo o para ser correctamente regulado por los poderes públicos. Estos así como las corporaciones comerciales, suelen aparecer en estas obras como participantes y cómplices de la situación, en una insana connivencia en la que la sociedad, sean humanos o replicantes, es explotada para favorecer a unos pocos. En la antología Mirrorshades (1986) se encuentran algunos de los ejemplos más representativos. Aunque se dan muchas discusiones sobre el término ciberpunk como movimiento cultural o corriente literaria y se defiende a sí mismo sobre sus connotaciones políticas, no cabe duda que alrededor de estos conceptos de alguna manera subyace un fondo de crítica. Más adelante especularemos sobre ello.

Si se entienden las ciencias sociales y políticas como el estudio de las sociedades humanas y su organización, nos encontramos con que este propósito es similar al de las obras comentadas. Se advierte pues que la ciencia-ficción —al menos, un tipo de ella— se constituye en potencia como un equivalente de las propias ciencias sociales y políticas, aunque aplicadas a universos ficticios y alternativos. Ahora bien, modificar parámetros físicos, imaginar entornos extraños en planetas distantes o pensar en tecnologías inexistentes para poder encontrar un escenario adecuado, requiere un esfuerzo adicional si lo que realmente desea el autor es precisamente, hacer un ensayo o crítica política. Si el mejor escenario requerido no existe, hay que inventarlo. Para hacer esto sólo debería ser necesario modificar aquellos parámetros relacionados directamente con las ciencias políticas: los personajes y su entorno social.

Modificando parámetros

Todas las especies se organizan, aunque naturalmente, cuando se habla de política siempre nos referimos a especies inteligentes. De momento sólo entran dentro de este grupo la nuestra, la humana, pero si se modificara este parámetro podría especularse sobre otras formas de organizarse. La ciencia está «limitada» por este hecho, algo que no le ocurre a la fantasía. A la ciencia-ficción tampoco, salvo por la aplicación en mayor o menor medida del método científico para construir esa realidad alternativa. En la fantasía es habitual imaginar extrañas especies de seres como Orcos o Elfos, cada una de ellas con su organización social y política características, sin más explicación ni justificación de su origen. En el caso de la ciencia-ficción puede tratarse de sociedades alienígenas, de su organización política y qué clase de relación podrían tener con la sociedad humana. De la misma manera que la exobiología estudia las posibilidades de vida fuera de la Tierra, un término adecuado para definir este ámbito sería el de exopolítica, sino fuera porque ha sido «secuestrado» por el entorno pseudocientífico —tristemente relacionado con la ciencia-ficción en demasiadas ocasiones—.

En sagas y obras como Star Wars o Avatar es corriente encontrarse con especies extrañas y sus respectivas organizaciones sociales y jerárquicas, aunque en estos casos ocurre algo similar que con las obras de fantasía: se usan realmente como un reflejo de nuestros propios problemas y prejuicios, más que como un ejercicio de especulación elaborado. Para encontrar algo parecido a esto habría que buscar entre la bibliografía, pudiendo encontrar algo en la de Jack Vance —repleta de ejemplos bastante ocurrentes sobre especies alienígenas pintorescas y sus organizaciones sociales— o tal vez en Los propios Dioses (Isaac Asimov, 1972), donde se describe una especie habitante en un universo paralelo.

Tampoco es necesario recurrir a especies inteligentes desconocidas para especular sobre su organización política en función de sus características imaginarias. Nuestra propia especie puede sufrir cambios debido a avances tecnológicos que podrían alterar nuestra condición de manera significativa. Se trata de tecnología que está ahí, siendo aplicada en la actualidad a nuestros propios cuerpos, con ejemplos vivientes que en estos momentos, se pasean entre nosotros: Neil Harbisson, ciudadano del Reino Unido, ha sido el primero en obtener reconocimiento legal como un cyborg, al tener implantado en su cerebro un dispositivo óptico. Otro caso para el que todavía no existe una solución técnica pero para el que hay una voluntad declarada de alcanzarlo, es el proyecto del magnate ruso Dmitri Itskov, que consiste en traspasar su conciencia a un dispositivo informático lo suficientemente capaz, para de esta manera perpetuar su existencia. Estas y otras incipientes tecnologías vislumbran nuevos caminos intuidos por algunas obras de ciencia-ficción —Chappie (Neil Blomkamp, 2015)—. Entre ellos se encuentran, en un futuro cercano y en su necesario reflejo legal y político, otras nuevas rutas por descubrir.

Una cuestión de género

Si se definen los subgéneros de la ficción en función de los parámetros de la realidad que modifican para construir sus escenarios, se podría asociar alguno de ellos con la política. El término existente que más se acerca sería el de política-ficción, teniendo en cuenta que este género abarca un campo de obras mayor que el propio de la ciencia-ficción, incluyéndose obras como por ejemplo Ensayo sobre la lucidez (José Saramago, 2004) —en la Wikipedia en inglés hay más casos, llegando a incluir El Quijote dentro de este género—.

Probablemente, el subgénero de ciencia-ficción donde no se requiere de conocimientos de física ni de ingeniería tanto como de ciencia políticas y sociales, es la ucronía: historias sobre realidades alternativas generadas a partir de la modificación de un suceso del pasado. El ejemplo más relevante podría ser El Hombre en el Castillo (Philip K. Dick, 1962), cuya reciente adaptación a televisión nos ha permitido comprobar cómo podrían haber sido unos Estados Unidos gobernados bajo un régimen nazi. La comparación entre la realidad alternativa y la situación real se presta a ácidas comparaciones de claro y polémico trasfondo político.

La ciencia-ficción de la ucronía recrea políticamente un pasado que no existió, hasta nuestros días. Pero ¿qué podemos hacer si deseamos continuar hacia el futuro? No hay ciencia para dar respuesta a esta petición, pero si existe en la ciencia-ficción un concepto muy famoso cuya época de estudio no es el pasado o el presente, sino el futuro: la psicohistoria, una ciencia ficticia que predice con apoyo de las matemáticas, los acontecimientos políticos futuros en un colectivo social de elevado número de individuos.

La exposición del mensaje

En obras como las conocidas 1984 (George Orwell, 1949) o Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932) se presentan de forma explícita escenarios en cuya construcción la política tiene un claro protagonismo. Sin embargo, en el ciberpunk sus historias nos hablan de antihéroes en forma de hackers, agentes peligrosos y malvados dueños de corporaciones. Son en definitiva historias sobre el bien y el mal, hasta cierto punto clásicas ¿Hay política en ellas? Fuera esta la intención inicial o no, algunos sospechan que se ha usado como vehículo de propaganda ideológica. En el género de ciberpunk esta no es explícita, sino que es su mensaje implícito el que de forma inadvertida, se transmite al público. La construcción de los personajes y su conexión con el mundo real —con cuyo parecido es algo más que simple coincidencia— son factores principales, hasta el punto de primar el mensaje sobre la construcción del escenario. Si se tiene en cuenta el momento de la aparición del ciberpunk, coincidente con la posmodernidad que surgió tras la caída del muro y el triunfo del capitalismo consumista, surgen algunas interesantes cuestiones:

La desaparición de la Unión Soviética llevó tras de sí el fin de la Guerra Fría pero también, la falta de freno al empuje del capitalismo global consumista. Esta podría ser una de las causas de la actual situación, en la que las corporaciones multinacionales tienen tanto o más poder que muchos estados, la mayoría de ellos endeudados al ser víctimas de una economía basada en la generación de deuda, de un dinero creado artificiosamente. La cuestión es: ¿es el ciberpunk una respuesta cultural contra el capitalismo? ¿O es por el contrario una creación de este mismo, para convertir en profecía autocumplida sus sueños más materialistas y ambiciosos? Por supuesto, esto no es más que política-ficción.
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Publicado por Lino Moinelo a las 12:00
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El Ministerio del Tiempo (Pablo y Javier Olivares, 2015) ha roto ciertos esquemas dentro de la producción cultural popular española. Según los parámetros de las cadenas «generalistas» las cifras de audiencias no son gran cosa, sin embargo, en Internet se ha convertido en un fenómeno inusual en España. Un público significativo al que no le satisfacía la producción propia —debiendo buscar otra de su agrado en proveedores web fuera del país— y que no era tenido en cuenta, se ha encontrado de repente con un panorama distinto. Sin ánimo de profundizar cuales son los factores de por qué pasaba esto y cómo ha ocurrido ahora, parece que ha sido la ilusión y empeño de sus creadores lo que lo ha hecho posible. El resultado es un fenómeno normal en otros países europeos —como Reino Unido y su Doctor Who— que parece que se ha iniciado también en España: una cadena pública mostrando un producto por el cual los personajes históricos son objeto de agitación en la red.

Gracias al uso de la ciencia-ficción como vehículo, esta producción ha logrado que la historia sea tratada con menos visceralidad, pudiéndose debatir sobre ella con mayor normalidad. No sólo en el ámbito de las Humanidades ha despertado una nueva corriente cultural, también ha suscitado artículos cuyo tema principal es el de la propia naturaleza del tiempo. Gracias a esta serie, se ha llevado al terreno de lo popular discusiones de asuntos propios de la física y la cosmología. Lo que tratándose de España, se puede decir que es ciencia-ficción «dura».

El origen de las puertas

Una de las criticas sobre la serie es la de la falta de rigor a la hora de dar explicaciones. En concreto, en determinado momento de la serie se alude a la «magia» de un rabino judío como explicación de la aparición de las puertas. Al parecer, no se tiene en cuenta que el momento de la historia de la que proviene la fuente es el Siglo XV, por lo que difícilmente se podría hablar de otra causa. Ocurre que en algunas ocasiones esta carencia es intencionada, bien por no desviar la atención del espectador o por no dar detalles que puedan ser usados en otro momento de la trama principal de la serie. En este caso, sirve también para que de nuevo, sean los aficionados los que especulen sobre la misma.

En películas como El final de la cuenta atrás (Don Taylor, 1980), Donnie Darko (Richard Kelly, 2001) o la serie española La chica de ayer (Antena 3, 2009) se muestra como el espacio-tiempo produce de forma espontánea rupturas a través de las cuales es posible acceder a otro lugar y/o otro tiempo —la serie española difiere de la original precisamente en este punto—, formando bucles temporales autoconsistentes. Dejando a un lado la posibilidad y probabilidad de que esto pueda suceder —en todo caso, seguro que muy poca— lo más parecido que hay en física que pueda explicar este tipo de portales recibe el nombre de agujero de gusano.

De cualquier manera, esta explicación es insuficiente para este caso ya que las puertas conducen a lugares bajo dominio del gobierno español en algún momento de la historia, por tanto, las puertas deberían haber sido construidas explícitamente. Según la web Cuentos Cuánticos unos seres de al menos cinco dimensiones serían capaces en teoría de acceder a la dimensión temporal y poder construir agujeros de gusano estables, que en la serie representan las puertas del tiempo. Son como unas Stargate de todo a cien ―de alguna manera, el formato de escaramuzas a través de las puertas forma un planteamiento similar a la conocida franquicia―.

El tiempo y las puertas

No hay obra sobre viajes en el tiempo que sea fácil de comprender. La mayoría esconden alguna que otra incoherencia si se las mira con lupa. Tampoco podemos exigir demasiado ya que ni siquiera la ciencia se pone de acuerdo en definir el Tiempo y mucho menos, establecer de forma concreta si es posible viajar por él y cuáles serían las formas de hacerlo. En todo caso, si bien no se puede exigir mucha precisión en cuanto a la física utilizada, sí que se debe esperar coherencia dentro del relato en cuanto a la solución escogida. En el caso que nos ocupa parece que hay algunas lagunas argumentales que resultan desconcertantes, como explican de forma original en el blog El profe de física. Pero lo importante de la cuestión es que inventar una historia sobre viajes en el tiempo, implica necesariamente tener una idea básica de cuál es el modelo temporal que se va a utilizar, al menos desde un punto de vista filosófico.

La principal diferencia y originalidad de la serie es que no se puede viajar al futuro. Como explica el subsecretario del ministerio Salvador Martí (Jaime Blanch) en el primer capítulo, «el tiempo es el que es». Es decir, no hay más tiempo que el construido en el pasado y que continúa construyéndose en el presente. En el blog Ciencias Mixtas dan una explicación más detallada de este modelo llamado universo de bloque creciente. También llamado presentismo, se diferencia del eternalismo —más habitual y aceptado por la comunidad científica— en que en este último existe teóricamente un futuro prescrito. Un futuro que sólo podemos ir conociendo a medida que nuestra mente navega por el flujo temporal, al estar sujetos a nuestras cuatro dimensiones.

Sin embargo, en el presentismo usado en la serie el tiempo se construye progresivamente a medida que transcurre. Se puede ir hacia atrás y volver al presente, pero no podemos acceder al desarrollo futuro. Algo así como un tren que va construyendo su propia vía férrea. Este modelo es el que más se ajusta intuitivamente con lo que nuestra mente observa. Si el universo está expandiéndose espacialmente y tiempo y espacio están inextricablemente unidos, esta expansión lo sería también del tiempo. Podríamos postular por tanto —con las zapatillas de ir por casa— que el tiempo está expandiéndose y que más allá de esta evolución, no es posible acceder de ninguna manera, porque no existe lugar ni tiempo a donde ir.

Los límites

Ambos modelos teóricos no acaban de dar respuesta a algunas incógnitas. Algunos científicos sospechan que no podría viajarse a un momento anterior al de la construcción de un hipotético dispositivo de viaje temporal. En la serie se observa como hay una puerta a través de la cual podemos asistir a la construcción del Acueducto de Segovia ¿cómo es posible si las puertas fueron creadas varios siglos más tarde? Una «explicación» es que las puertas ya existían, creadas por alguna otra inteligencia, y que fueron reveladas al rabino judío posteriormente.

La otra cuestión por resolver es la de si es posible alterar los acontecimientos pasados y en caso de ser así, cómo afectan al futuro —o al presente, según sea el punto de vista del observador—. En la serie no queda clara esta parte. Más bien parece que hubiera una protección cronológica de manera que la línea temporal mantiene su consistencia ¿Tal vez el principal secreto del Ministerio del Tiempo es que es innecesario?

Otro inquietante misterio es donde queda el libre albedrío. Parece que en el presentismo el futuro se va construyendo y una vez más coincide intuitivamente con lo que queremos creer, que somos libres. Pero ¿qué ocurre con el pasado? ¿Son nuestros yo del pasado unas meras marionetas movidas por el destino? ¿Cómo sabemos si somos nosotros una de esas marionetas con un escrito e inmutable futuro que no podemos cambiar? Por calmar algo la angustia de nuestra existencia, tal vez se trate de una cuestión de probabilidades. El destino del universo seguramente es inmutable, pero puede que nuestros propios destinos individuales tengan muchas posibilidades abiertas. Sugiero que en cualquier caso, aprovechemos el tiempo.


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Publicado por Lino Moinelo a las 10:00
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Arthur C. Clarke, autor del relato que después permitirla a Kubrik dar origen a 2001: Una Odisea del Espacio —El Centinela (1951)— no posee una bibliografía numerosa ni popular, sin embargo, algunas de sus obras —como la mencionada— figuran entre las más importantes de la ciencia-ficción. Estas se caracterizan principalmente por tener un gran sentido místico y transcendental sobre el papel de la especie humana en el universo, y al mismo tiempo, una gran verosimilitud científica. Esta combinación dota a sus creaciones de algo especial, de forma que si hay algún autor que pueda encarnar al llamado sentido de la maravilla, Clarke podría ser uno de ellos.


Cita con Rama (1973) es una novela de en la que se recrea con gran detalle ese momento en el que nuestra especie se hace consciente de que no está sola en el universo: en una época futura en el que el ser humano ha conquistado el Sistema Solar, se advierte con sorpresa que un extraño artefacto ha entrado en su interior, cuyas maniobras nada fortuitas revelan que una inteligencia alienígena está ineludiblemente detrás de él. Con su estilo preciso y realista, paso a paso Clarke nos relata la aventura por la cual una expedición sale al encuentro del misterioso artefacto en forma de gigantesco cilindro. Dentro de él, los astronautas que tienen la fortuna de poder visitarlo se encuentran con un asombroso ecosistema autónomo, formando lo que se denomina un Cilindro de O'Neil.

La situación se presta en la obra a momentos que evocan en sus protagonistas un asombro y maravilla que quedan fielmente relejados en sus líneas. En la época actual tan proclive a adaptaciones cinematográficas, muchos aficionados se preguntan cuando le llegará el turno a una obra como esta tan en principio, merecedora por las cualidades comentadas de ser mostrada en toda su magnificencia en una gran pantalla. Tal es así que un autor relacionado con la producción audiovisual no ha podido resistirse y ha creado un cortometraje sobre esta obra. Posteriormente, otro autor le ha añadido una banda sonora con efectos y sonido envolvente. Personalmente y sin animo de desmerecer el gran trabajo de Philip Mahoney (Vancouver Film School), creo que prefiero la versión sin efectos de Aaron Ross, que me recuerda a 2001: Una Odisea del Espacio y sus espacio-naves danzando al son de un vals. ¿Ustedes que opinan?



Fuente: io9.com
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Publicado por Lino Moinelo a las 19:58
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Hay una obra de ciencia-ficción cuya fama es pequeña si la comparamos con la de su autor, pero a pesar de ello, ocupa un lugar señalado en el género. Su importancia no radica en la popularidad, sino en servir de probable inspiración de diversas obras y sagas de la ciencia-ficción, como MatrixDark City. Hablamos de Ubik (Philip K. Dick, 1969). Esta obra maestra para algunos, aunque prescindible para otros, no está exenta de algunas carencias, sin embargo, la virtud que la hace excepcional, lo que le ha valido para convertirse en un modelo de referencia, es la maestría con la que su autor logra recrear las experiencias vividas por sus protagonistas en universos anidados o paralelos.

Sus resultados son milagrosos, siempre que se use como se recomienda
Su autor sumerge de forma magistral al lector en una historia en la que los límites de la realidad se desvanecen y confunden, generándole una incógnita que excede los propios limites fijados por las páginas del libro. Esta proeza literaria se logra a través de Ubik, un producto que se presenta al lector en forma de reclamos publicitarios como entradilla de cada uno de los capítulos, involucrando al lector y convirtiéndolo en inadvertido protagonista al fusionar su universo con el de la obra. Ubik es la representación que nuestra mente puede dar, según las reglas de la realidad que vive, a una influencia venida de un universo situado en un plano exterior al suyo. Se convierte, en un punto de contacto con el «más allá», un puente entre dos realidades. Si no han entendido nada, no se preocupen: es normal, nos pasa a todos al principio. Su autor evita intencionadamente dar una idea plenamente explícita de lo que está pasando. Así que si se atreven con ella, déjense llevar.
¿Nunca has tenido un sueño que piensas que es real? ¿Y si no pudieras despertar de ese sueño, cómo diferenciarías el mundo de los sueños del mundo real?
Morpheo

En la obra cinematográfica Matrix, la conexión entre el universo virtual y el real no es tan onírica y ambigua. El paso de uno a otro entorno es mucho más específico —una vez lo saben sus protagonistas, claro—. Sus autores decidieron sin embargo no dejar explícita la entrada al mismo, dejando que nuestros protagonistas «aparezcan» sin más —o tal vez podría verse como que es el universo virtual el que surge repentinamente en su mente—. Pero por motivos de puesta en escena y para crear situaciones de peligro que hagan al espectador agarrarse a su asiento, la salida del universo de Matrix al real físico no puede bastar con un simple chasquear de dedos. Ha de representarse mediante alguna situación u objeto concreto, al cuál han de acceder expresamente. Un elemento que pueda estar en cualquier parte, pero no como el aire, sino en lugares específicos.


Al menos en sus dos primeras partes, las situaciones en las que se hace necesario salir del universo de Matrix al verdadero, representan algunos de los momentos más emocionantes de la saga. Situaciones envueltas de una gran tensión, debido a la presencia de algún peligro proveniente de la Inteligencia Artificial de Matrix. Los protagonistas han de salir de ella, dejar sus interfaces informáticas y regresar a sus cuerpos de carne hueso, para escapar. Pero no hay nada en el mundo virtual ideado para que los programas que ejecutan la simulación de los cuerpos virtuales dejen de realizar su función. Cuando Morpheo ofrece las pastillas roja y azul, y Neo elige dejar su vida tal y como la conocía, su cuerpo informático no ha sido alterado, y el real todavía pertenece a Matrix. Tiene sentido que el proceso de esta primera desconexión de la mente —representado por un espejo, recurso clásico de «ventana» hacía otra dimensión— sea un proceso traumático, al contrario que en posteriores ocasiones, donde las mentes de nuestros protagonistas viajan en unos cuerpos «pirateados».

Los Wachowsky podían haber escogido como solución para el universo cinematográfico que estaban creando, en principio, cualquier cosa: un gesto o unas «palabras mágicas» podrían haber sido suficientes para dejar el mundo virtual de Matrix y regresar al mundo real. El problema es que no hubiera sido coherente con el resto de la historia, al ser demasiado «mágico». Por un lado, este tipo de fenómenos tan evidentemente trascendentes estaban destinados para El Elegido, y por otro, hubiera sido un truco o hackeo que implicaba un forzado excesivo de las reglas físicas virtuales de Matrix. ¿Qué clase de objeto puede representar un punto de enlace «suave» entre universos de naturaleza completamente distinta? ¿Qué dispositivo puede tener esta función sin que represente una vulneración explícita y por tanto, detectable, de las reglas del universo de Matrix? Finalmente, esa «puerta de enlace», ese «dispositivo de comunicación» entre el universo virtual de Matrix y el real que cualquiera pudiese utilizar —cuyo cuerpo físico hubiera huido previamente de Matrix—, cobraba la forma de un simple y modesto terminal de teléfono.

¿Que elemento puede ser utilizado para comunicar dos universos y puede estar en cualquier esquina o en un bolsillo, y pasar desapercibido para cualquiera, incluida la inteligencia artificial de Matrix?
El acto de establecer comunicación, el acto de hablar por el teléfono, es la «brecha de seguridad» que los piratas informáticos humanos utilizan para que sus mentes puedan desconectarse de la que era su cárcel virtual. El teléfono de Matrix es el Ubik de los Wachowsky. Es el vinculo entre las dos realidades de Matrix. Un vínculo, entre dos grandes obras de ciencia-ficción.


Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en en El Sitio de ciencia-ficción

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    Publicado por Lino Moinelo a las 13:00
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    La importancia de Matrix como uno de los eventos cinematográficos más importantes de la historia no es necesario demostrar. Sin embargo parece que algunas partes de su argumento no están del todo claras. Le propongo al lector que visitemos de nuevo una de las más famosas sagas de la ciencia-ficción, empezando por lo más visible, para luego escudriñar algunos de sus recovecos más escondidos.

    Trasfondo político

    Las obras consideradas dentro del género del cyberpunk suelen transmitir un similar mensaje filosófico y político a través de aquellos escenarios ficticios que lo permitan. En este caso, no se trata simplemente de las inteligencias artificiales contra la humanidad, sino además, de la construcción de una compleja y sofisticada realidad virtual con el principal objeto de mantener engañada y esclavizada a nuestra especie. El mensaje político que podemos interpretar de esta situación es similar al de Blade Runner: existen unos poderes que operan «en la sombra» que sostienen un esquema de sociedad con la intención aparente de tenernos contentos. Se nos oculta una realidad en la que el libre albedrío no es más que una ilusión. Nos ofrecen la libre elección, cuando en realidad no hay nada que elegir. Todo con el principal propósito de aprovecharse de nosotros. De vivir a nuestra costa.

    Este mismo escenario es también utilizado para transmitir un mensaje con gran contenido filosófico. Pero en este caso, se presenta de una manera mucho más transcendental y compleja, por lo que para poder hablar de él se hace imprescindible sumergirse previamente, en las entrañas de Matrix.

    El funcionamiento de Matrix

    Supuesto científico

    El supuesto científico principal de la saga de Matrix, el punto de suspensión de la incredulidad o sencillamente, la parte ficticia fundamental de la obra, es precisamente la existencia de Matrix. Es a partir de este postulado lo que define el resto del universo en el que se desenvuelve la obra, con todo lo que ello conlleva. Teniendo en cuenta que se trata de una obra de ficción y que no tiene sentido profundizar en exceso en aspectos que son producto de la imaginación de sus autores, demos por supuesta la posibilidad de la existencia de una entidad de estas características e intentemos deducir hasta donde quisieron llegar los Hermanos Wachowsky.

    La relación Humano-Máquina frente a la de la Mente-Programa

    En la realidad virtual conocida, la conexión entre el entorno electrónico simulado y nuestra mente se hace a través de una interfaz física en la que participan nuestros sentidos y los sensores hardware: gafas con visión tridimensional, auriculares, micrófono, guantes con sensación táctil para interactuar con el entorno, etc. Tecnología habitual donde la innovación se encuentra en la forma de ser usada.


    Sin embargo en Matrix la conexión se realiza de una manera mucho más profunda. Si bien continúa existiendo una parte física inevitable entre el entorno y nuestro cuerpo, este no llega a salir nunca del útero artificial en el que se nace. Es nuestra mente la que viaja a través de un sofisticado entorno artificial recreado directamente en ella. Los participantes de este dialogo, por llamarlo de alguna manera, son básicamente tres: nuestra mente, Matrix y algún otro tipo de interfaz —ficticia, claro— que actúe de intermediario. Al ser este un mundo virtual recreado en una enorme computadora, la interfaz consistirá en un programa informático, cuya principal misión consiste en traducir en ambos sentidos: hacía un lado nuestra actividad neuronal analógica y desde otro, el procesamiento digital de Matrix.

    Nuestra consciencia así como la supuesta existencia de libre albedrío, son conceptos cuyos principios de funcionamiento todavía se desconocen. A pesar de esta falta de conocimiento preciso, en la actualidad es posible insertar y borrar recuerdos en nuestra mente. Se puede postular que en un futuro será posible intercambiar información con ella, para por ejemplo, ofrecerle un entorno físico que le sea creíble y mantenga engañada a nuestra consciencia. El supuesto de Matrix consiste básicamente en esto, en crear un entorno artificial en el que tenernos sumergidos física y mentalmente, sin que seamos conscientes de ello. Si nuestro cuerpo real es la «personificación» o materialización de nuestra consciencia a través del cuál se interactúa con el mundo, de forma análoga, la interfaz que Matrix dispondría para nuestra mente sería nuestro «cuerpo virtual», un «contenedor» con el que pasear nuestra mente por el mundo de Matrix.

    Fuera de nuestro cuerpo informático, en el otro lado de la interfaz, se encuentra un enorme programa que recrea un mundo artificial. Este programa se define por unas leyes rígidas, que se corresponderían con lo que en nuestro mundo real son las leyes de la física. Tras todo este escenario, a modo de Dios que gobierna sobre el Universo, se encuentran las inteligencias artificiales de Matrix, la Oráculo y el Arquitecto, inteligencias computacionales que trabajan «limitadas por la perfección» de las pautas matemáticas y lógicas por las que no tienen otro remedio que encaminar sus pasos.

    Principales consecuencias

    Básicamente, Matrix pretende suplantar nuestro cuerpo físico sustituyéndolo a nivel subconsciente por un programa que realiza la misma función dentro del entorno virtual. El resultado es que en el camino que recorre la información que viaja a nuestra mente y desde ella hasta el mundo virtual, se ha de pasar por dos cuerpos: el real que permanece oculto y el cuerpo virtual, el único del cuál somos conscientes. Hasta que conozcamos a Morpheo, por supuesto.

    Mensaje filosófico

    ...podemos escoger la opción contraria y sostener que tanto nosotros como todo cuanto nos rodea no somos más que sueños en la cabeza de un Shiva durmiente


    El «alma» es un mito ancestral usado por algunas religiones. Es inevitable señalar su analogía con el hecho de que la consciencia es un fenómeno exclusivo de los seres vivos, que como se ha comentado, sus principios desafían de momento a una explicación racional. Independientemente de este debate sin solución por ahora, los Wachowsky logran abordar este asunto desde otra perspectiva al introducir un «cuerpo» adicional entre nuestra mente y el mundo «exterior». Si el alma  —hipotéticamente hablando— es un ente inmaterial y por tanto, no pertenece al mundo en el que existe nuestro cuerpo físico, nuestra mente se convierte por analogía en el «alma» de nuestro cuerpo virtual compuesto de bits, que no pertenece al mismo mundo en el que está nuestra consciencia. Por continuar con el recurso metafórico: «de bits estás hecho, y en bits te convertirás».

    La pregunta que nos podemos hacer a continuación es si de la misma manera que se postula con una situación en la que se ha añadido una capa más «hacia abajo», podríamos añadir una capa más «hacia arriba». Es decir ¿cómo sabemos que no estamos viviendo una simulación? ¿Podría ser ese hipotético «otro mundo» en donde residen nuestras consciencias o «almas», en realidad un universo paralelo en donde otras inteligencias están ejecutando una simulación de nuestro universo? Aunque estas cuestiones parecen salidas de un congreso de «Nueva Acrópolis», lo cierto es que el mundo científico se lo ha tomado en serio y han realizado un experimento para averiguar si estamos o no viviendo una simulación. Experimento que de momento no es viable de realizar, y cuyas conclusiones tal vez muchos no deseen conocer.

    Aplicación en las películas

    En la Saga de Matrix, sus autores ponen en práctica estos postulados para construir su universo. A través de su protagonista lo vamos conociendo gradualmente, partiendo de la aburrida e insatisfactoria vida del Sr. Anderson para continuar con la que le sirve de complemento, un activista hacker acostumbrado a meterse en las entrañas de los sistemas informáticos y vulnerarlos, conocido como Neo.

    En frente, los oponentes o los guardianes de ese sistema «oculto» al resto de usuarios/ciudadanos, están los «agentes». Estos «hombres de negro» —en una clara analogía con las organizaciones federales de los EEUU acusadas de una vigilancia extrema de la sociedad— tienen unos «privilegios» en el sistema informático que les permiten realizar hazañas y provocar fenómenos que los «usuarios de a pie» no pueden lograr. Son por así decirlo, los 'power user' —en este caso los 'power bots', ya que no son humanos—. Al ser elementos del propio sistema y ser artificiales, disponen directamente de los recursos necesarios para poder hacer lo que estimen oportuno: desde moverse a velocidades increíbles y evitar disparos de bala, a ocupar el cuerpo virtual que actúa de interfaz de cualquier otro humano, que sin saberlo, cree estar viviendo una «realidad» que le es despojada repentinamente.


    Lo que nos hace humanos

    Nuestra especie por el contrario, está limitada por la conexión mental que su interfaz, el cuerpo virtual que Matrix genera para simular su cuerpo, le permite realizar. Para poder combatir en igualdad de condiciones contra los agentes, será necesario vulnerar estas limitaciones impuestas por las reglas del sistema. Para dar forma y representar esta proeza los Wachowsky parecen basarse en dos aspectos fundamentales. Uno de ellos es el concepto de hacker, crucial en la saga —y en general, en todo el ciberpunk— ya que a pesar de estar mentalmente inmersos en él, es necesario ver a Matrix como lo que realmente es:  una simulación por computador. Como tal, es susceptible de tener alguna vulnerabilidad, debilidad que habrá que explotar y aprovechar. Es en este desafío donde el otro aspecto que define a la saga cobra su fundamental importancia. Una controvertida cualidad de los seres vivos, especialmente en nuestra especie. Una característica que hasta el momento, ninguna máquina artificial ha podido replicar: la capacidad de transcender de uno mismo y nuestro entorno.


    El hackeo en este caso no consiste por tanto en acceder al código fuente o saltarse los protocolos de seguridad mediante un teclado y una conexión electrónica, sino mediante las propias pautas mentales con las que nuestros protagonistas se comunican con el mundo virtual, logrando transcender de él. Esta es por tanto la principal baza que la humanidad tendrá que hacer valer —en el universo ficticio de la saga— en su lucha contra las inteligencias artificiales: su propia e imperfecta condición humana.

    [Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos]

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      Publicado por Lino Moinelo a las 11:00
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