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'Entropía', o el uso de conceptos científicos que estimulan la curiosidad del lector y lo familiarizanLa relación entre ciencia y ciencia-ficción es un asunto que parece condenado a eternas discusiones entre parte del público. Seguramente en unos casos es por saber poco, y en otros tal vez por saber demasiado —hay un tercer grupo que realmente parece que se divierte causando malentendidos, pero los dejaremos por ahora—.

Cuando se analiza la escrupulosidad científica de una obra de ciencia-ficción suelen obviarse dos factores que creo son, sin embargo, importantes:

El público


¿Que precisión científica se debe guardar cuando es irrelevante para la historia, en una obra cuyo objetivo principal es el del muy loable de entretener, y cuyo público probablemente no va a saber apreciar en toda su profundidad? Visto de esta manera la exactitud científica ya no parece ser el parámetro más importante. La respuesta parece estar en función del público objetivo al que se destine una obra.

Hay dos casos que han sido noticia recientemente —en el momento de escribir estas líneas— por motivos opuestos en relación a su contenido científico. Sectores relacionados con este ámbito han alabado Interstellar (Christopher Nolan, 2014) en este sentido, mientras que a Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) la han puesto a caer de un burro. Sin embargo, los profanos en ciencia critican el exceso de «jerga científica» en la obra de Christopher Nolan, y se encogen de hombros mientras la comunidad científica echa pestes de la última cinta de la franquicia jurásica.

Algo parece fallar. ¿Tal vez el afán por inflar el público potencial provoque la incomprensión de una gran parte, que han ido a ver un producto azuzados por un marketing engañoso? La mayoría de nosotros apenas conocemos más que detalles superficiales de los dinosaurios. Para qué hablar de agujeros negros —el objeto astronómico, claro—. No vamos a reparar en errores que pueden ser evidentes para un especialista pero que el resto pasamos por alto, y en todo caso, completamente anecdóticos en el fondo. El rigor científico es importante, pero también lo es el estímulo para el profano. Exagerar en el nivel de detalle en cuanto a la «pulcritud» científica, simplemente, puede ser una perdida de tiempo —en algunos casos—. Y lo que es peor, contraproducente.

El problema es que hoy en día casi todas las producciones buscan maximizar su audiencia potencial, pero cada obra ofrece productos distintos. Por tanto, no tiene sentido aplicar el mismo baremo a todas ellas y se hace necesario separar la campaña promocional de lo que verdaderamente se está ofreciendo.

Pero entonces, ¿no hay límite para las «incorrecciones científicas»? Por supuesto que hay un límite, pero una vez más, no hay que olvidar otro detalle.

La ficción científica


Se diría que muchos acérrimos aficionados a la ciencia-ficción —sobre todo los de la parte más «dura»— consideran el género como simplemente una «ficción sobre ciencia», dejando fuera la posibilidad de que la misma ciencia, sea la ficción. El exceso de positivismo científico lleva a muchos aficionados a rechazar todo lo que no sea una clara extrapolación hacía un futuro relativamente inmediato de la ciencia conocida actual, dejando la ciencia-ficción en poco más allá del tecno-thriller. Sin embargo, la historia demuestra que la ciencia ha avanzado a saltos. Tenemos derecho el resto de aficionados a la ciencia-ficción a imaginar un futuro totalmente imprevisto, gracias a algún sorprendente descubrimiento que nos abra las fronteras.

A la ciencia-ficción no se le ha de exigir en el fondo nada distinto de lo que a cualquier otra obra: que esté bien elaborada y sea entretenida. La diferencia con el resto de géneros consiste en que mientras en estos la realidad ya está dada, en la ciencia-ficción hay que construirla.

Publicado por Lino Moinelo a las 10:00
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Desde la mejora en los transportes hasta los avances en comunicaciones, el desarrollo tecnológico ha influido en la manera en cómo la sociedad se relaciona entre sí. En la ciencia-ficción es habitual especular cuál será ese impacto en el futuro, siendo el género del cyberpunk es el que más atención —y pesimismo— le dedica.

Una de las áreas más importantes que atañen a las relaciones humanas es el sexo. En algunas obras se ha tratado este asunto, postulando sobre diversas maneras en las que nuestras necesidades, anhelos y fantasías sexuales podrían ser satisfechas en el futuro. Extrapolando en su uso desde la realidad virtual hasta la inteligencia artificial.

La primera manifestación de este tipo que me viene a la memoria proviene de una obra cinematográfica: Proyecto Brainstorm (Douglas Trumbull, 1983). En esta producción con clara estética ochentera —esas cintas magnéticas como almacenamiento de datos— se juega con la posibilidad de grabar en un soporte electrónico las vivencias de una persona, registradas directamente de su cerebro. Todo lo que se experimenta, todo el procesamiento de la información recogida por nuestros sentidos que el cerebro realiza, quedaría grabado en una memoria informática para su posterior reproducción en la mente de otra persona.

No, no es «Desafío total», es el gran Christopher Walken
(Fuente: fotograma de la película Proyecto Brainstorm)

Naturalmente, entre las innumerables posibilidades que implicaría semejante tecnología, está la de poder experimentar ―con un realismo imposible de alcanzar con la «simple» tecnología de realidad virtual― experiencias sexuales vividas anteriormente por otra persona, con la ayuda de otra voluntaria que —sin que sirva de precedente— prestarían sus servicios a la ciencia con gran afán y entusiasmo.

Dicen que esta no fue la primera utilidad en la que pensaron
(Fuente: fotograma de la película Proyecto Brainstorm)

¿Qué podría ocurrir si alguien reproduce una y otra vez la experiencia completa? ¿Qué consecuencias tiene en el individuo el uso tecnologías que permiten recrear vivencias percibidas como reales, a las que no podría acceder de otra manera? Sigmund Freud hubiera tenido algo que decir, seguramente. En cualquier caso, en la película decidieron que esta sería una forma de liberar a la especie humana de la necesidad acuciante y obsesiva que parece que tiene en el subconsciente, surgiendo una nueva clase de individuo.

Se podría hacer un artículo entero sobre los sistemas de realidad virtual imaginados en la ciencia-ficción, donde los usuarios se desenvuelven en ellos como si de una «segunda vida» se tratara. Entornos en los que la mayoría de las veces las reglas brillan por su ausencia o son enormemente permisivas. En Gamer (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2009) se muestra una tecnología que permite al usuario estar constantemente conectado a un entorno sin apenas reglas, en donde puede desinhibirse totalmente. En este caso no son tan positivos y creen que la mayoría acabaría desconectada de la realidad, en un estado físico lamentable debido a la inactividad, y todo para satisfacer en el fondo una peor avaricia comercial. En esta película el entorno no es virtual, es un escenario «real» en el que la conexión con el mismo se realiza también a través de la mente de otra persona a la que en este caso, controlas. Un «avatar» sometido con el que puedes dar rienda suelta a tus fantasías sexuales más retorcidas.

No, la alfombra y la chaquetilla no son del mismo tejido.
(Fuente: fotograma de la película Gamer)

Además de crear entornos electrónicos en donde ubicar nuestra mente, la otra manera de imaginar cómo podrían crearse las condiciones adecuadas para liberarnos de las tensiones sexuales más profundas es mediante androides. Esta fórmula es la utilizada en Westworld (Michael Crichton, 1973).

Crichton - Westworld
Androide medieval programado para satisfacer todas las peticiones.
—pero ya se sabe lo que pasa con la informática, que hace lo que quiere—.
(Fuente: fotograma de la película Westworld)

En esta obra se trata sobre un hipotético parque de atracciones que recrea varios escenarios —el Oeste, la Antigua Roma, y la Edad Media— en el cuál los actores son realmente sofisticados robots humanoides, programados para hacer realidad cualquier sueño de sus clientes humanos, incluidos como no, los sexuales. Como ya se sabe lo que pasa con este tipo de parques en Hollywood, algo se tuerce y las cosas no van como se esperaba. Pero no hace falta construir todo un parque. Lo mismo o parecido se puede lograr en la ciencia-ficción con sólo disponer de los androides. O replicantes como Nexus 6 «Pris» (Daryl Hannah) en Blade Runner.

nexus6
Nexus 6 «Pris», ¿dónde está la parte que falta de la muñeca?
(Fuente: fotograma de la película Blade Runner)
Llegados a este punto se entra en el mundo de las Ginoides, o robots con apariencia —la mayoría de las veces— femenina. Este es un campo que actualmente está en desarrollo y se prevé que en las próximas décadas los humanos tendremos relaciones con robots, desde el matrimonio hasta el mercado sexual. En la ciencia-ficción no es necesario esperar hasta entonces. En el universo de Galactica, el Dr. Gaius Baltar (James Callis) se lo llega a montar con dos pedazo cylonasNúmero 6 (Tricia Helfer) y Número 3 (Lucy Lawless)—.

¿Con dos Baltar, con DOS?
(Fuente: cartel promocional de Galactica 2003)
Parece que la posibilidad de usar robot humanoides para prostitución podría significar acabar con el mercado sexual ilegal de todo tipo. En cuanto al negocio del sexo consentido, sería en principio innecesario. Por otro lado, los robots sexuales podrían ser también utilizados para terapia con personas que tengan problemas en este sentido.

Las mujeres también usan a los androides como objeto sexual en la ciencia-ficción. En I.A. (Steven Spielberg, 2001) Jude Law encarna a un hipotético robot sexual. Igualmente, en Robots e Imperio (Asimov, 1985) su protagonista, Gladia, hace lo propio con el gran R. Daneel Olivaw.

«Ah, quien fuera R. Daneel Olivaw» —dirán algunos—
(Fuente: portada de una edición en francés de Robots e Imperio)

Black Mirror (Charlie Brooker, 2011) es una serie de televisión británica cuyo objetivo principal es mostrar:
«la forma en que vivimos ahora, y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes»
Charlie Brooker (fuente: Wikipedia)

En uno de sus capítulos —Vuelvo enseguida (Owen Harris, 2013)— una mujer se enfrenta a la muerte inesperada de su pareja, que no puede superar. Como paliativo, le ofrecen una réplica física de su pareja fallecida, un androide con inteligencia artificial al que le dotan de toda la información almacenada en fotos, redes sociales, documentos, etc., del antiguo compañero. De esta manera se convierte en un sustituto de su antigua pareja. En esta obra se plantea hasta qué punto un imaginario androide como el postulado en este capítulo, podría sustituir a un compañero sentimental de la misma forma que puede hacerlo en lo sexual.

Dicen que el verdadero atractivo está en la mente. Eso es lo que pensaría Spike Jonze en Her (2013) al imaginar a Theodore Twombly (Joaquin Phoenix) enamorarse de una inteligencia artificial, cuyo cuerpo era... un ordenador —pero eso sí, la voz era la de Scarlett Johanson—. En esta obra se imaginan a una sociedad del futuro en la que la gente se enamora con normalidad de inteligencias artificiales, proporcionando al onanismo una nueva dimensión.

No es momento de ponerse trascendental, pero está claro que con la tecnología se puede obtener al mismo tiempo grandes soluciones a graves problemas sociales, como ser causa de otros igualmente nefastos. Que sirvan al menos estas especulaciones de la ciencia-ficción —tanto las positivas como las que muestran el lado más negativo— como advertencia.

Recordando las palabras de Charlie Brooker, no seamos torpes

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Publicado por Lino Moinelo a las 20:00
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Ciencia y Superhéroes, de Paula Bombara y Andrés Valenzuela
Cada época ha creado mitos protagonizados por héroes hechos a imagen y semejanza de la sociedad del momento. En la Grecia Clásica imaginaban a héroes mitológicos, mitad humanos, mitad dioses. En la Edad Media fueron los Caballeros Andantes, rodeados de un aura mística que les dotaba de extraordinarias habilidades. En la Edad Contemporánea fueron los superhéroes. 

Cada época tiene también sus propias características que la definen, circunstancia que podría extenderse a las leyendas generadas durante dichos periodos. Si hay una propiedad que define a nuestra época de otras anteriores, es la del surgimiento de la ciencia y del método científico. La ciencia-ficción debe su aparición a la presencia de la ciencia en la sociedad. Así mismo, los superhéroes son la combinación entre la necesidad atávica del ser humano de imaginarlos, con la del surgir de la ciencia-ficción.
«la verdadera ciencia-ficción tiene un valor fundamental que la hace diferente a cualquier otro género: necesita material que provenga de la ciencia»
Liu Cixin, escritor de ciencia-ficción

No se pueden intercambiar los superhéroes por cualquiera de los anteriores héroes mitológicos. La presencia de la ciencia-ficción, aunque sea de forma anecdótica, estrafalaria, o fantasiosa, es un elemento que no puede ser encontrado en épocas anteriores. La radiación gamma no convierte a las personas en Hulk, ni el cambio de un sol rojo a otro amarillo convierte a los kriptonianos en Superman, ni la picadura de una araña radiactiva nos transforma en Spider-Man. No podemos tener super-olfato como si nuestra nariz fuera un detector de CO. Pero esto es lo de menos.

Los cómics —a su vez, un medio de difusión también característico de la época actual— fueron el medio en el cuál surgió este subgénero, satisfaciendo la necesidad explicada de crear héroes. Lo importante era crear nuevos mitos adaptados a la sociedad actual, no dar explicaciones científicas detalladas. Los errores científicos son cometidos de forma consciente, en un formato de cómic que se presta a creaciones surrealistas. La ciencia de los superhéroes es surrealista, pero es ciencia... ficción.

Que duda cabe que la fantasía es un elemento básico en los cómics de superhéroes —no en vano pueden convivir personajes como Dr. Extraño, con Iron Man—. Podría decirse también que la fantasía está presente en la ciencia-ficción. Pero la cuestión realmente relevante es que la fantasía es un elemento clave en la cultura humana en general. Los magos, dioses y demonios han existido en la cultura humana desde el principio de los tiempos. No debería alarmarnos encontrar fantasía en los cómics de superhéroes.

Pero lo que es innegable es que son aspectos si bien relacionados, completamente distintos. Buscar definiciones concretas sobre lo que es fantasía y lo que es ciencia-ficción, poner fronteras marcadas con tiralíneas para dividir géneros, tal vez sea tan inútil como equivocado. Determinar a partir de qué momento 'un puñado' se convierte en 'un montón' es una tarea irrealizable, sin embargo, todos sabemos distinguir uno de otro. Son cosas parecidas, pero distintas. El elemento clave, el ingrediente especial que hace que se convierta en un «plato» distinto, es el mismo que diferencia a la ciencia-ficción del resto de géneros.

Es decir, admitiendo que la fantasía y la mitología es el terreno sobre el que «se plantan» las ideas, el ingrediente especial, definitorio y diferenciador respecto a otras antiguas expresiones culturales es la ciencia-ficción, independientemente de si se trata de un 10, un 5 o un 1 %. Si los cómics de superhéroes no la tuvieran, no serían superhéroes, serían otra cosa. Parecida, pero distinta.

Estos intentos de aplicar fronteras rígidas es lo que da lugar a la división entre la ciencia-ficción «blanda» y «dura». Hay quien piensa que sólo pertenece al género esta última, por lo estricto de sus planteamientos,  dejando al resto de la ciencia-ficción «blanda» en el limbo.

Buscar la «pureza» en las cosas puede resultar enfermizo. Por regla general, la mezcla es conveniente. Naturalmente que la ciencia-ficción blanda tiene «ingredientes» que no pertenecen al género, pero en cualquier caso, basta la presencia de alguno de sus elementos para definirla ineludiblemente como tal.

Supongamos dos grandes platos de espagueti. En uno echamos salsa de tomate y carne picada. En otro no se echa nada, se deja tal cual. Ambos son claramente platos de espagueti, pero, completamente distintos. La fantasía serían los espagueti, la salsa, la ciencia-ficción.

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Los cómics de superhéroes. José Carlos Canalda en El Sitio de Ciencia-ficción

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Publicado por Lino Moinelo a las 14:00
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Una de las frases más conocidas por los aficionados a la ciencia-ficción es «el espacio, la última frontera» popularizada por la famosa serie televisiva Star Trek. Además de este reto —al cuál apenas ahora comenzamos a enfrentarnos— a lo largo de la historia nuestra especie se ha encontrado con otras fronteras. No tan lejanas en distancia, pero sí más sorprendentes, difíciles de alcanzar, y enormemente enigmáticas de lo que se esperaba.

Uno de estos casos podrían ser los profundos fondos marinos de las fosas abisales. Lugares a los que la luz del Sol ha llegado tan poco como a los más lejanos planetas del sistema solar. Pero existe otro desafío en el que poderosos sectores del mundo científico y empresarial están invirtiendo grandes recursos. No se trata de la energía del punto cero, ni de la teleportación, ni de viajes a mayor velocidad de la luz. Ese gran reto aparentemente lejano es sin embargo, uno que llevamos permanentemente muy cerca de nosotros: la mente humana.

El ámbito que estudia la emulación de nuestra mente está rodeado de una gran controversia, no sólo científica, sino también filosófica y política. La causa pueden ser las diferentes motivaciones que rodean su estudio que les encaminan hacia objetivos ligeramente distintos. Además, existe cierto temor de crear «algo» que acabe siendo mejor que nosotros en alguna faceta sustancial —la conocida singularidad tecnológica— lo que junto al complejo de Frankenstein, nos hace imaginar que se rebelará o sustituirá a la humanidad. 

El ser humano —acostumbrado a estar en la cima de la evolución— se siente incómodo en cuanto contempla la posibilidad de tener frente a sí a otro «ser» con similares o superiores capacidades. Temor análogo a la posibilidad de contactar con seres extraterrestres más avanzados intelectualmente o más desarrollados tecnológicamente.

Pero por lo general, sentimos verdadera fascinación por imaginar máquinas que puedan pensar, sean antropomórficos o si nos miran a través de una gran lente con tonos rojizos. Ahora bien, lo primero que tal vez sea necesario preguntarse es, ¿qué es pensar?


Pensamiento, consciencia e inteligencia


Debido a que no se conoce la naturaleza precisa de la consciencia y qué relación tiene ésta con la inteligencia, la comunidad científica no logra tener una respuesta al menos, satisfactoria. Esta depende de la división existente en el ámbito científico en función de las creencias, ideologías y en definitiva, de las distintas concepciones filosóficas que se tiene del mundo que nos rodea. Por hacer una simplificación manejable, se podrían formar dos grandes grupos de científicos en función de sus ideas sobre el asunto:

Los que piensan que el cerebro humano es poco más que una máquina


Los defensores de la llamada Inteligencia Artificial «fuerte», postulan que el cerebro es una especie de ordenador enormemente complejo que puede ser emulado en su practica totalidad. El principal límite para alcanzar este logro sería necesitar del suficiente desarrollo tecnológico, a lo que responden con la llamada Ley de Moore y por extensión a la del crecimiento exponencial, por la cual se barajan unas fechas relativamente cercanas donde mediante la tecnología se podrá superar incluso la capacidad del cerebro humano.

Este grupo se caracteriza por un gran positivismo científico, que por propia definición, tiende a ignorar todo aquello que no se puede medir. Tal vez el científico más reconocible es el famoso zoólogo de origen británico Richard Dawkins —prologuista de La máquina de los memes (2000), de Susan Blackmore—. Este y otros científicos y divulgadores dan forma al llamado nuevo ateísmo. Entre ellos se encuentran un tal Daniel Dennet —filósofo de la ciencia destacado en el campo de las ciencias cognitivas— y Steven Pinker —científico cognitivo y escritor—.

Sus ideas sobre nuestra mente consisten someramente en considerar que sea lo que sea ocurre dentro de nuestro cerebro, como elemento físico y circunscrito en un espacio limitado que es, ha de ser posible reproducirlo —en imitación a lo que la naturaleza ha logrado— mediante técnicas computacionales llevadas al extremo. Si bien este argumento parece aplastantemente cierto en su primera parte, tiene el problema de ignorar aspectos cuyos principios no son conocidos, y lo que se sabe de ellos arroja más dudas.

Conceptos como la consciencia —o la capacidad de una entidad de tener conocimiento sobre si misma y su relación con el entorno— , la intuición —o la capacidad de llegar a conclusiones útiles sin disponer de toda la información relevante—, o la capacidad de resolver problemas no computables —aquellos que ningún computador, por potente que sea, puede resolver—. A pesar de estos problemas, insisten en continuar con sus investigaciones basadas en la más pura ortodoxia científica tradicional, convencidos de que el aumento de la capacidad de procesamiento será suficiente para que «emerja» el resto.

Los «platónicos»


Gracias a los estudios de Alan Turing y de Kurt Gödel principalmente, se conoce que hay procesos que no pueden ser emulados en ningún computador siguiendo los estándares de programación actuales. En función de este límite, otra buena parte de la comunidad científica está convencida de que nuestra mente se rige por unos principios desconocidos cuyo fundamento principal no tiene nada que ver con el de los actuales computadores basados en la Máquina de Turing.

No descartan que algún día se cree algún dispositivo con capacidades de toma de decisión tan avanzadas que verdaderamente pueda coexistir con los humanos y realizar tareas que no requieran nuestra intervención. Pero en la actualidad, piensan que no se ha dado ni un solo paso en la dirección de lograr una inteligencia comparable a la humana. Asumen que inteligencia y consciencia son conceptos íntimamente relacionados, de forma que no pueden existir una sin la otra fuera de un soporte biológico. El conocido Test de Turing y experimentos mentales como la Habitación China (John Searle), sin ser concluyentes, parecen dar validez a estas suposiciones.

Lo más pintoresco de este colectivo de científicos sobre nuestra condición —con toda probabilidad, la causa principal de diferencia con el anterior— es que para ellos la intuición es un proceso que nos conecta con un plano dimensional distinto al físico, en donde residen todas las ideas en espera de que un cerebro «conecte» con ellas y las «descubra». El uso de este verbo no es arbitrario, ya que en algunos casos parece que en efecto —según este paradigma— determinados conceptos hayan estado «ahí», desde el principio de la eternidad, hasta que alguien ha dado con ellos.

Roger Penrose —también de origen británico— es el científico más conocido que muestra este parecer. En su libro La nueva mente del emperador (1991), explica cómo los fractáles aparentan «esconder» en su interior matemático estructuras complejas sorprendentes cuyas manifestaciones pueden encontrarse en la naturaleza. En su obra, argumenta que no son pocos los casos de científicos que han realizado sus descubrimientos de forma «repentina», sin realizar un proceso racional para llegar hasta ellos —por supuesto, la validación posterior fue a través del método científico—.

La teoría de la mente que Penrose propone se basa en la mecánica cuántica, hoy por hoy la que parece ser la única alternativa para poder explicar el peculiar funcionamiento de nuestra mente. Si bien, para llegar a una solución satisfactoria es necesario alcanzar logros tales como desarrollar una Teoría del Todo, que haga compatibles la gravedad con la mecánica cuántica —de momento irreconciliables—.

El problema de la teoría de Penrose es que es demasiado ambigua y abarca demasiado, siendo como matar moscas a cañonazos. En otra de sus obras —Lo grande, lo pequeño y la mente humana (1999)— el científico contesta a algunos argumentos de otros científicos —como Stephen Hawkins— y proporciona detalles más concretos de su teoría así como una prueba experimental para refutarla.

Isaac Asimov


¿Había dicho dos grandes grupos? Tuvo que ser un escritor de ciencia-ficción el que señalara algunos conceptos que el mundo científico había pasado por alto, perdidos entre discusiones ideológicas y probablemente, mirándose en exceso el ombligo. 

Asimov era profesor de universidad, pero su prestigio —aún vigente— proviene principalmente de sus conocidas facetas de escritor y divulgador. Su interés personal no residía en la investigación científica sobre la inteligencia, aunque había escrito algunos artículos sobre los test de coeficiente intelectual.

En una ocasión le pidieron que diera una charla sobre el tema tras una cena conmemorativa, junto a otros científicos. Resulta que en aquella cena se reunían investigadores de primera talla como Marvin Minsky y Heinz Pagels, que por azares del destino se sentaron uno a cada lado del escritor de La Fundación. Minsky y Pagels continuaron ambos con una discusión que venía comenzada de una conferencia sobre computadores en la que también se encontraba John Searle. Resumidamente, Pagels era de la opinión de Searle, Penrose y compañía, mientras que Marvin Misnky defendía la postura típica de la inteligencia artificial fuerte de Dennet, Pinker y otros..

Al comprobar el enorme empeño que ambos científicos ponían en sus posturas, Asimov percibió que se encontraba ante un asunto de una magnitud mayor de lo que había supuesto. Con cierta ansiedad —según relata Asimov en El Monstruo Subatómico— escuchó a ambos científicos en su acalorado debate —que discurrió literalmente «sobre su cabeza»— y con esos datos, improvisó una charla que al parecer dejó a todos con la boca abierta.

El patilludo escritor argumentó que además de la inteligencia humana pueden haber otros tipos de inteligencias —naturales o artificiales—, las cuales resulta absurdo pretender identificar en base a cánones humanos —de alguna manera coincidente con lo que Stanislaw Lem suele reflejar en novelas como Solaris o Fiasco—.

En resumidas cuentas, lo importante no es imitar el funcionamiento de un dispositivo biológico como nuestro cerebro, fruto de millones de años de evolución que surgió al parecer como respuesta a la necesidad de desplazarse por la superficie. Un órgano que por una serie de factores azarosos y complicados, desarrolló posteriormente lo que conocemos como consciencia.

La incomprendida serie de televisión Caprica (Moore y Eick, 2010) es de las pocas que refleja esta circunstancia: los primeros prototipos de cylones eran torpes en su interacción con el mundo físico, se tropezaban y no acertaban en sus objetivos. Al instalares un chip de última generación «meta-cognitivo» —en la serie, una nueva tecnología de computación—, lograban procesar la información necesaria para moverse por el entorno con efectividad, identificando con precisión objetivos, elaborando estrategias y ejecutándolas en la práctica.

Tal vez sea posible lograr algún tipo de inteligencia no necesariamente como la humana, pero que pueda servir para su propósito. Tal y como Asimov argumenta, no es la primera vez que el ser humano crea dispositivos que no tienen igual en la naturaleza, pero son igualmente útiles a su modo, complementando lo existente. El principal ejemplo sería el invento de la rueda, cuya aplicación al transporte terrestre —entre otros— fue totalmente inédito.


Mente y Cosmos


En cualquier caso, el estudio científico de nuestra mente y de nuestra naturaleza, es un objetivo no menos interesante e igualmente válido que el de la inteligencia artificial —cuyas investigaciones pueden apoyarse mutuamente—. Sea cuál sea el camino, el resultado una vez se alcance cierto límite significará un antes y después en la historia humana —análogo al hallazgo de vida extraterrestre— cuyas consecuencias son imprevisibles.

Siempre ha sido así en la ciencia. Siempre se ha tenido cierto temor o respeto a los resultados de los avances científicos. La diferencia es que ahora se tiene una idea conocida del producto resultante: un ser tan capaz como nosotros para hacer el bien, como el mal. Tal es así que hasta científicos de la talla de Stephen Hawkins han expresado su temor.

Siendo como es nuestra mente el resultado de un proceso de varios millones de años, cincelado con las leyes de la termodinámica, la gravedad y la mecánica cuántica, tal vez no haya que buscar lejos las claves de la comprensión del Universo. Tal vez, tengamos primero que comprendernos a nosotros mismos.

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Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 6 de diciembre de 2014
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Publicado por Lino Moinelo a las 11:00
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Los trajes de cuero negro y látex de Matrix de los Hermanos Wachowsky, la oscuridad del Batman de Christopher Nolan, el realismo y madurez de la Galáctica de Ronal D. Moore y David Eick, dejaron definitivamente anclados en el siglo pasado a la inocencia juvenil optimista y colorida de las series de televisión de finales de dicho periodo.

El antes y el ahora de la Star Trek de siempre
Foto: videogameblogger

Star Trek: La Nueva Generación —TNG— podría clasificarse así. Esta producción evidenciaba la explotación comercial de una idea que, buena en sus inicios —la Star Trek Original— se estiró hasta «el infinito y más allá». La rigidez de Roddenberry así como de los mediáticos y excesivamente influyentes actores dificultó que evolucionara, algo que a los fieles seguidores de la franquicia no les hubiera importado, pudiendo haber atraído a más público. Pero esto no ocurrió y tras siete temporadas fue cancelada en 1994.

Como la serie de Rodenberry no podía ser tocada —ver artículo anterior—, la CBS —dueña de los derechos de distribución para la televisión— probó con dos ideas diferentes basadas en el mismo universo de Star Trek: Voyager y Espacio Profundo Nueve. Gracias a estas dos series el universo trekkie se ha prolongado ininterrumpidamente hasta prácticamente nuestros días.

Aunque la concepción de Voyager dista del resto de series, en el fondo era una «reedición» de la serie original. En ella se usaba como excusa que por circunstancias del destino, la nave va a parar a un lugar distante e inexplorado de la galaxia. De esta manera, era posible introducir nuevas historias y además, se cumplía una de las pretensiones iniciales de la serie original que no se atrevieron a tomar en su momento: tener una mujer como capitán.

Pero si hay una serie que pueda considerarse como un verdadero cambio de paradigma en el universo de Star Trek  esa sería Espacio Profundo Nueve —o simplemente DS9—. Al igual que sucediera con la primera adaptación cinematográfica, la variación del tono respecto a la supuesta idea original provocó que DS9 siempre estuviera rodeada de cierta polémica proveniente de los sectores más conservadores de la franquicia, que no la consideraban lo suficientemente «trekkie».

EL excepcional trabajo de sus guionistas —entre los que estaba un Ronal D. Moore que a buen seguro tomaría notas para lo que tendría que venir después de su mano— dieron como fruto una serie en la que se reflejaban aspectos inéditos en el universo trekkie que, sin perder el optimismo que siempre le ha caracterizado, mostraba el lado más problemático y conflictivo de los entresijos de la Federación y la complicada convivencia con otras especies.

De entre los capítulos a destacar de DS9 podemos detenernos sin ir más lejos en el primero de ellos, Emisario. Este excepcional capítulo de doble duración es uno de esos pocos casos en cine o televisión, en los que la parte de ciencia-ficción está embebida en la historia formando parte troncal e insustituible de ella, sin ser un simple escenario. La forma en la que se relacionan en la trama los problemas personales del comandante Benjamin Sisko con el encuentro con los habitantes de un agujero de gusano, cuyas mentes no interpretan el tiempo de la misma forma lineal que los seres humanos, es sencillamente fabulosa.

Esto no impedía sin embargo que los fracasos cinematográficos de las aventuras basadas en TNG se sucedieran uno tras otro. Se volvió a intentar con la serie de televisión Enterprise, en donde se dieron algunas innovaciones y se huía definitivamente del exceso visual y chillón que hasta ese momento había caracterizado el universo de Star Trek. Pero al contrario que sus antecesoras que alcanzaron las siete temporadas, esta no pasó de la cuarta. Tras su cancelación en el 2005, se vivió por primera vez en décadas la ausencia en pantalla y en los platós de rodaje de una serie de televisión o una película relacionada con Star Trek. Así fue hasta el año 2009.


J.J. Abrams


Después de reimaginar Galáctica y de volver a galaxias lejanas, parecía inevitable que la que fue origen de todo, acabara siguiendo un camino similar. Tras varios años agotando comercialmente las anteriores fórmulas de la franquicia, ¿cuál era la mejor forma de relanzar la saga adaptándola a los tiempos actuales?

Para especular sobre los motivos que llevaron a la elección de la fórmula que ya todos conocemos, hay que tener en cuenta la situación previa al estreno de Star Trek (2009):
  1. Cariño con los personajes originales manifestado en series producidas por el fandom
  2. Agotadas las principales vías de continuar con la franquicia
  3. Necesidad de un replanteamiento estético, técnico y visual.
  4. Producciones cinematográficas pensadas para el mayor publico objetivo posible,
Los personajes de siempre, con toda la tecnología disponible para llevar a la pantalla cualquier historia que se quiera contar con una cuidada y espectacular estética, junto al habitual recurso narrativo en el universo de la franquicia como son los viajes en el tiempo; han permitido crear algo intermedio entre el reboot y la precuela. De esta forma se tiene libertad creativa para iniciar el camino que se desee, partiendo como así ha sido, incluso en un punto anterior al situado en la serie original.
“Hay que rendir homenaje pero no recrear lo que se ha hecho antes”

La elección del coronado «Nuevo Rey Midas» de Hollywood, responde con toda seguridad al deseo de  lograr un producto que atraiga tanto a trekkies de toda la vida como al público más general, siguiendo la misma línea que estamos viviendo de producciones lo más «heterogéneas» posibles.

Lo ideal hubiera sido que Abrams hubiera puesto en práctica sus propias palabras, aplicando lo que sabe hacer por lo visto en la magnífica serie Fringe, cuyo factor sobresaliente son unos personajes llenos de fuerza, distintos pero bien complementados. Tal vez debido a que sus compañeros han ido «Perdidos» con los guiones y el cambio de medio de la televisión al cine, han creado en su lugar un producto de consumo rápido que cumple muy bien como entretenimiento, que no es poco, pero tratándose de Star Trek podría esperarse algo más.

El futuro


Volver a tener la Star Trek que marcó la época en la que se soñaba con alcanzar una era de magnificencia sin límites, es tan complicado en nuestros  «oscuros y posmodernos» días como seguramente recomendable. Precisamente porque a pesar de estos pesimistas tiempos en los que vivimos, es ahora cuando los límites técnicos que lastraron la serie original pueden ser superados satisfactoriamente.

Abrams, que nunca fue seguidor de la franquicia, se ha ido a dirigir a «la competencia» aunque continúa como productor. La ha relanzado comercialmente, pero no se ha esforzado más que en replantear y actualizar escenario y personajes —que era necesario— pero sin darles la profundidad que tenía la original. Es decir, adaptar Star Trek a nuestros tiempos, siendo respetuosos con lo que significó en su momento, intentando emular sin limitarse a repetir clichés, de momento, aún no ha ocurrido.

La nueva Star Trek dependerá de la compatibilidad entre los intereses de la productora con el anhelo profesional y personal de los que tomen las decisiones creativas. Pero sobre todo dependerá de cuál sea su sueño respecto a retomar las aventuras de la Enterprise en busca de mundos desconocidos, de nuevas vidas y nuevas civilizaciones por conocer en lugares, a los que todavía nadie ha podido llegar.

Enlaces:

  • Star Trek: En la oscuridad (Star Trek Into Darkness, J.J. Abrams, 2013). El Pájaro Burlón. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
  • De ‘Star Trek’ a ‘Star Wars’, y tiro porque me toca. El País Cultural. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
  • Belleza y oscuridad. El Universal. <enlace>. [acceso 11-abr-2014] 

Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 2 de noviembre de 2014
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    Publicado por Lino Moinelo a las 11:00
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    La posmodernidad viene definiendo los parámetros de la cultura popular desde que surgiera a principios de los 70. ¿Cuales fueron sus orígenes? ¿qué factores coincidieron para crearse esa corriente cultural? ¿es realista esa desconfianza el en género humano y su pesimismo del futuro?

    Aunque puede que no sea una respuesta definitiva a estas intrigantes cuestiones, el siguiente fragmento nos acerca bastante a una explicación de la situación a la que tarde o temprano, nos tendremos que enfrentar como especie:

    Hasta hace unos decenios, hasta que estuvo en la mano del hombre la posibilidad de destruir la vida entera del planeta, los argumentos anti-progresistas (por lo que al aspecto científico y técnico del progreso se refiere) carecían de fundamento serio y parecían no más que los usuales presagios agoreros que han acompañado siempre al progreso de la humanidad, como los aullidos de los canes que flanquean, sin detenerlas, a las caravanas. Hasta hace poco, insistimos, la dimensión moral y artística del progreso podía, sí, ponerse en tela de juicio, puesto que en ese terreno los ciclos de esplendor y decadencia, de puritanismo e inmoralidad, parecen sucederse alternativamente, sin presentar una continuidad progresiva. En cambio, la índole acumulativa y progresiva del lado científico y técnico parecía indiscutible. Sin embargo, justo en el momento de su máximo progreso ocurre que esta cultura científica, aparentemente todopoderosa continua siendo manejada por un ser humano moralmente frágil, sujeto a regresiones y anomalías afectivas que lo pueden poner en el trance de hacer un uso irracional de la fuerza aniquiladora que su «neocortex» es capaz de desatar. Ahora bien, si esto ocurre, se provocaría el colapso de toda la civilización y, con él, la regresión inexorable de los supervivientes a niveles mentales tan rudimentarios como los de los primitivos.
    José Luis Pinillos, La Mente Humana (1969), pág. 42.

    Descubierto por casualidad en un antiguo ejemplar de la mítica colección RTVE, comprado hace poco en un local de libro antiguo. En el se explica, entre otras cosas, cómo el ser humano se encuentra en una encrucijada en la que su mente instintiva o animal, evoluciona a un ritmo distinto de su parte racional. Esta última, le hace capaz de las más increíbles proezas excepto la más primordial de ellas: controlar o dominar a su parte irracional.

    Publicado posteriormente en el blog Información & Realidad el 20 de junio de 2014

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    Publicado por Lino Moinelo a las 20:14
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    Un año antes de la cancelación de la Star Trek Original se estrenó 2001: Una Odisea del Espacio (1968), asombrando a la audiencia con su precisa y espectacular recreación del espacio. Nueve años después, en el polo opuesto de la ciencia-ficción pero compartiendo una magnificencia similar en el apartado visual, se estreno Star Wars (1977). Tras estos hitos cinematográficos, uno se preguntaba cómo hubiera sido aquella Star Trek de mediados de los 60 si hubieran dispuesto de recursos similares para contar su fascinante y emocionante aventura a través de las estrellas. Finalmente, la respuesta vino diez años después con el estreno en la gran pantalla de Star Trek: the motion picture (Robert Wise, 1979)

    Con esta película se reunían las generaciones de dos épocas: por un lado, la de la Odisea Espacial, que vio nacer la serie original y asistió a su conversión en fenómeno social. Por otro, con la generación del surgir de la posmodernidad de comienzos de los 80, acostumbrada a pomposas producciones como la mencionada de Star Wars, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) o Superman: la película (Richard Donner, 1978). define así el resultado de la primera versión cinematográfica de Star Trek
    La primera, la original, la irrepetible, es también la más imaginativa, audaz y visionaria de la saga

    Para este logro se contó con la participación de monstruos de la talla de Isaac Asimov como asesor científico, Douglas TrumbullEncuentros en la tercera fase— y John DykstraStar Wars— para los efectos, y a un inconmensurable Jerry Golsdmith que compuso la mejor banda sonora de la franquicia y una de las mejores de todo el panorama cinematográfico.


    Sin embargo, la película tuvo una fría acogida por parte del público. Ansiosa por imitar el éxito de Star Wars, la Paramount prometió una space opera divertida y llena de acción, pero lo que ofreció fue más 2001: Una Odisea del Espacio. Al publico no le suele gustar que les ofrezcan algo distinto a lo anunciado, salvo que te engatusen muy bien —¿alguien dijo James Cameron?—. Como consecuencia, el rendimiento en taquilla fue aceptable, pero no pasó de un aprobado justo. Lo suficiente para continuar con la franquicia en el cine, pero teniendo que pasar por algunos ajustes.

    Uno de ellos fue del guión, que provocó la disputa entre el creador Rodenberry y la productora. Algunos argumentaban que era demasiado humanista y trascendente, sin recordar que Star Trek trataba precisamente de eso. Puede que el error fuera rebajar en exceso el humor, también característico de la serie. No se supo equilibrar la calidad del guión, con el atractivo para el público.

    Tal vez lo que ocurría es que una nueva forma de entender el cine y el entretenimiento se estaba gestando. Las franquicias iban a acompañarnos durante mucho tiempo, y para ello debían ser rentables. Pero lograr contentar al público exigente, a la vez que convertirlo en un fenómeno de masas, es uno de los retos más complicados a los que el cine se ha enfrentado y que continúa sin resolver completamente.

    La Star Trek original fue cancelada por no captar la suficiente audiencia del tipo de público genérico que requería la hora en la que era emitida. La redifusión actual en los EEUU que hace rentables a las series aunque su publico objetivo sea restringido, aún no había llegado. Reunir a numerosos y grandes aficionados, pero circunscritos en sus ámbitos concretos, no es lo que hace rentable a una franquicia. Sí que lo es el convertirla en entretenimiento para el mayor rango transversal posible de espectadores, sin que sea necesario que estos se conviertan en seguidores habituales —esto sería un efecto secundario, pero no necesario—. Por tanto, todo apuntaba que los cambios para la nueva franquicia del universo Trekkie  iban a significar un distanciamiento del original.


    Star Trek en el cine


    En la gran pantalla, las diferencias respecto al guión de la primera película provocaron que Roddenberry —en principio, más fiel a la idea original— quedara apartado de la franquicia cinematográfica. En su lugar apareció un tal Harve Bennett cuyo lema era:
    Cuando uno va a donde ningún Hombre ha ido antes, tiene que construir cosas, por lo que empieza a volverse caro

    Todo un «filósofo». Parece que la necesidad de ajustes económicos fue lo que predominó para escoger a Bennett. Este productor tenía experiencia en la televisión y estaba acostumbrado a trabajar con presupuestos reducidos. Por tanto, llegó a Star Trek con el objetivo de gastarse la menor cantidad posible de dinero. El problema de presupuesto no era nuevo, pero lo que en sus inicios se solucionó con creatividad, se arregló posteriormente con experiencia y ahorro. Si se añade a esta situación que la legión de aficionados previamente formada de la serie se conformaba con todo lo que llevara su nombre, se dio forma así a la franquicia que conocemos. En palabras de Ángel Luis Sucasas (ScifiWorld):
    su influencia [Bennett] se nota muchísimo en la serie clásica de películas Trek, porque todas tienen ese aire de cutredad y de serie B de la que carecen otros productos que sí parecen superproducciones, como Star Wars


    Star Trek en la televisión


    Mientras tanto, aunque relegado a la pequeña pantalla, Gene Roddenberry fue el amo y señor de la franquicia. Para renovar la serie, pensó que había que contratar actores completamente distintos, tanto en rol como en apariencia. Para él, era necesario evitar cualquier identificación con la tripulación original. Su idea era crear personajes más homogéneos con la intención de lograr mayores posibilidades dramáticas. Pero el resultado fue un conjunto de actores faltos de carisma, con una carga interpretativa demasiado repartida y monótona. Colocar a un «actor shakesperiano inglés calvo de mediana edad» —el esplendido Patrick Stewart— al frente de la Enterprise, no era mala idea y sí muy acorde con el espíritu trekkie, pero no suficiente como para sostener en él todo el atractivo de la saga.

    Los guiones


    Roddenberry se había endiosado tanto que retocaba todos los guiones e hizo que su  «biblia» —o la guía que suelen tener los productores— fuera seguida de forma escrupulosa. Su presencia y la obsesión por controlar la «fidelidad» de los contenidos con la idea original, provocó que algunos escritores colaboradores «huyeran», quedando guionistas de series de TV como Falcon Crest (Katharyn Powers) o series animadas (Michael Reaves), destacando tal vez Joseph Stefano (The Outer Limits). Es decir, alejaron a los artistas, y se quedaron los profesionales.

    ¡Vivan los novios!
    Lo que había sido uno de los elementos diferenciadores en la serie original por su calidad, innovación y atrevimiento, en Star Trek: la nueva generación (TNG) consistieron en guiones muy convencionales, donde predominaban las relaciones entre los miembros de la tripulación. Con unos roles que en el fondo eran un remedo de la serie original, y entre los cuales siempre aparecía uno para ocupar un rol spockiano —el androide Data, homenaje a Asimov y principal aportación de TNG al universo Trek (junto con la Holocubierta y el dispensador de alimentos)—. El resto consistía en una imitación superficial de la critica social y convivencia entre razas, pero lo que en aquel entonces era rompedor, un par de décadas después no pasaba de tópicos didácticos políticamente correctos, que acentuaba el ya de por si aire juvenil de las series de finales del siglo XX.

    La estética


    Que duda cabe que las camisetas de colores chillones configuran una estética muy definida que, más de cuarenta años después de que aparecieran en las pocas televisiones en color de la época «kistch», resultan excesivas, y hasta cierto punto ridículas —sobre todo ahora en la era de la «oscuridad»—. Pero en aquella época, ademas de evidenciar el carácter multidisciplinario de la expedición, la ropa informal, alegre y cómoda, intentaba representar una crítica hacía el exceso formalismo y rigidez de la sociedad —entroncando con los movimientos de protesta de finales de los 60—.

    Algo así debieron entender los responsables de la primera adaptación cinematográfica cuando decidieron darle su característica estética futurista, pero sobria y moderada. El motivo no es que la estética imperante de cuando se estrenó fuera así —nada más lejos de la realidad en la época del techno y del punk—, pero siguiendo en cierta manera con la idea de fondo de la Star Trek Original, así es como imaginaban que El Futuro sería, con la Humanidad en su madurez y sin necesidad de autoafirmarse mediante el exceso visual.

    Las eternas cuestiones de la humanidad: ¿quienes somos, hacia donde vamos y qué modelito será el siguiente?

    Pero por algún motivo, alguien decidió que no. Star Trek no debía ser así, había que ser más hortera. Vinieron las casacas rojas —siendo honestos, no estaban mal del todo— que se notaba que estaban diseñadas para disimular las barrigas incipientes de los ya mayorcitos héroes de la Enterprise. Se acabó de arreglar con TNG donde de los «pijamas» de colores se pasó a los «chándal de diseño» con hombreras en plan «fashion», «informales, pero arreglados».

    Esta pretendida «modernización» basada en la superficialidad pone la «guinda» en los navíos espaciales. Lo de cambiar la antena de comunicaciones de la NCC-1701 por un óvalo con colorines, es un despropósito. Al igual que darle a todo un aire más redondeado, en plan «aerodinámico».

    ¡Nooooo!
    Esta manía en imitar una estética kistch que en su momento tenía justificación pero que décadas después resulta anacrónica, sea tal vez la culpable de que cierto sector del público cargado de prejuicios, relacione a Star Trek con el «frikismo» hortera y chillón.
    _______________

    En general, uno tiene la impresión de que toda la franquicia tras el estreno de la película, ha sido una manera de aprovechar el seguimiento incondicional de una legión de espectadores, como una vía en la que todo el que ha podido ha metido cabeza para poder «sentirse realizado»: actores que hacen de directores —Shatner, Nimoy o Frakes—, o productores que son actores —hasta el propio Harve Bennett llegó a intervenir en un episodio—.

    Star Trek en la televisión ha disfrutado de un gran éxito. TNG se ha prolongado unas siete temporadas, y han surgido un par de spin-offs, también con buen resultado —en términos de la Paramount— como Star Trek: Voyager y Star Trek: Espacio Profundo Nueve —esta última, la más madura, no en vano Ronald D. Moore es uno de sus guionistas—. Además, le han sido otorgados varios premios. Estos datos son difícilmente rebatibles, salvo que algunas veces, las meras y frías cifras no son lo único que importa.

    Star Trek y Star Wars comparten entre otros aspectos, que en ambos casos su afición se divide en dos tipos principales: los más veteranos que añoramos el producto original, y las «nuevas generaciones», que se han acostumbrado a las producciones más modernas. A Rodenberry también le pasó como a George Lucas: tuvo una idea innovadora y deslumbrante que cambió el paradigma y que le encumbró, pero que se convirtió posteriormente en su obsesión, incapaz de llegar a la brillantez inicial.

    De intentar volver a ser lo que en su día fue, para convertirse en un mero producto comercial estirado al máximo de sus posibilidades. De las aventuras de una tripulación que en cada capítulo se enfrentaba a un nuevo enigma completamente desconocido, a convertirse en todo lo convencional que puede ser una sit-com espacial futura, con toques de aventura y tramas sentimentales paralelas en las que actores y guionistas profesionales podían dar su talla.

    También ha sido una manera de mantener el espíritu trekkie a lo largo del tiempo. Una vez agotado el filón de TNG, la Paramount que sabe que la nostalgia es un gran gancho para una parte importante del público, ha decidido retomar la tripulación original. ¿Volverán a explorar nuevos mundos y nuevas civilizaciones, a romper viejos prejuicios, a mostrar nuevos paradigmas?

    [NOTA: mi gratitud hacía Elwin de El cubil del Cíclope, gran seguidor de TNG, a quien le debo algunas ideas del artículo] 


    Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 26 de octubre de 2014  
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    Publicado por Lino Moinelo a las 20:00
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    Foto: Wikipedia
    La década de los sesenta, aquellos años sin computadores personales, sin teléfonos inteligentes y sin sondas explorando Marte. Con unos armatostes en blanco y negro en los que los avances que imaginaba la ciencia-ficción de la época parecían todavía más sorprendentes. En aquellos televisores sin mandos a distancia, sus aficionados pudieron emocionarse con aquella mítica locución inicial del comandante Kirk, que les llevaba al otro confín de la galaxia en busca del conocimiento, explorando la última frontera de la Humanidad.

    Star Trek fue concebida como un serial, pero logró transcender su concepción original y convertirse en una obra de culto: por primera vez una serie de televisión tenía como eje fundamental una expedición científica en lugar de militar. Por primera vez, una mujer ocupaba un puesto de oficial en el puente de mando de dicha expedición. Por primera vez, el resto de la tripulación que la acompañaba estaba formada por individuos escogidos por motivos que no tenían nada que ver con su sexo o raza, color, forma o tamaño. Además, fue de las primeras series de televisión en cuyos guiones participaron importantes escritores de ciencia-ficción del momento.

    Este contexto en el que surgió Star Trek tenía unas características especiales que no se han vuelto a dar: una convulsa época cargada de cambios sociales y logros tecnológicos cuya sociedad, a pesar de las tensiones políticas entre las grandes potencias, miraba al futuro con optimismo. La serie creada por Gene Roddenberry se vio influida por una época de tecnología incipiente y estética «kistch» que la definió visualmente, pero que a su vez le debe a Star Trek una buena parte de su propia definición como tal y de influencia en las décadas posteriores.

    Se dice que Star Trek se inspiró en el concepto de frontera y «lejano oeste» característico de la cultura norteamericana, pero es difícil explicar toda la serie con tan solo esta idea. Es inevitable suponer que para dotarla de suficiente consistencia se recurriese a la literatura de ciencia-ficción de la reciente época dorada. Una de esas obras —cuyo parecido es más que evidente— pudo ser El viaje del Beagle Espacial (Alfred. B. van Vogt, 1950), donde una tripulación multidisciplinar viaja a bordo de una magnífica astronave a través del cosmos, en una misión que durará varios años y con el objeto de avanzar en el conocimiento

    En la obra de van Vogt se especula imaginando a la Especie Humana explorando el Cosmos y enfrentándose a los insondables misterios que —supuestamente— esconde. Para ello, se argumenta que será necesario utilizar nuevos paradigmas de conocimiento para comprenderlos. Salvo la ausencia de mujeres en la tripulación del Beagle Espacial —toda obra es hija de su tiempo— ambas obras comparten ese mismo mensaje que en el caso de Star Trek quedaba visualmente evidente clasificando a la tripulación por los colores de sus camisetas, integrando de esta manera a oficiales, ingenieros y científicos como un todo, trabajando en cooperación. De esta manera, todo en la serie tenía su justificación y explicación, por llamativo, exótico o pintoresco que pareciera. De hecho, se trataba  precisamente de romper viejos prejuicios.

    La escasez de presupuesto que la siempre reticente Paramount destinaba a la serie, y la precariedad tecnológica que contrastaba con las necesidades de efectos visuales de una serie avanzada a su tiempo, tuvieron como resultado unos escenarios de cartón piedra y escasez de escenas con efectos especiales que hoy en día se ven muy pobres. Sin embargo, su visionado es soportable gracias a los buenos guiones y a la imaginación con la que se supo suplir la falta de recursos.

    Teniendo en cuenta que han pasado ya más de cuarenta y cinco años, si se compara el aspecto de la serie con la tendencia estética en la ciencia-ficción del momento —trajes con hombreras sicodélicas y trompetillas en orejas o nariz—, se le puede dar un aprobado con claridad. Incluso el interior de la Enterprise ha sido recreado en series modernas, sin resultar demasiado anacrónico.

    El resultado tal vez inesperado de este esfuerzo creativo fue el de la aparición en la pantalla de una serie de artilugios que han perdurado notablemente en el imaginario del género. Destaca especialmente el «teletransportador» —artefacto que algunos lectores hispanos pudieron conocer gracias a Pascual Enguidanos en su «Saga de los Aznar»— usado para evitarse las escenas de aterrizaje y despegue las cuales consumían gran parte del presupuesto. No sólo en la ficción, otros dispositivos que aparecen en la serie se diría que han sido inspiración para sus equivalentes de hoy en día: comunicadores y teléfonos móviles, memorias de almacenamiento y unidades USB, el «tricorder» y dispositivos telemétricos actuales. Incluso se pudo observar a un antecedente —lejano— de los Tablet.

    Star Trek representa a la ciencia-ficción clásica optimista de los 60 y 70. Una ciencia-ficción de futuros lejanos, en la que el público debía poner de su parte el sentido de la maravilla. Futuros diferentes a los inmediatos y pesimistas del postmodernismo que vendrían décadas después, cuando los efectos especiales dejan muy poco trabajo para la imaginación.

    En definitiva, Star Trek fue una revolución en todos los sentidos. Generó un colectivo de aficionados que no se vería hasta el estreno ocho años después de la cancelación de la serie, con Star Wars. Las franquicias audiovisuales le deben su existencia a este fenómeno. Aunque William Shatner (James T. Kirk en la serie) intentaba convencer a los aficionados de que «sólo era una serie de TV», la verdad es que era mucho más que eso.


    La locución inicial cumplía la función de situar al espectador, con una Enterprise surcando el espacio interestelar que en pocas ocasiones es se vería luego durante la serie, seguramente debido a limitaciones presupuestarias
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    Publicado por Lino Moinelo a las 12:00
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