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El siguiente es un artículo del escritor  Neal Stephenson acerca del progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que... (Publicado por Lino Moinelo el sábado, 15 de julio de 2017, a las 13:00, para el blog «Al final de la Eternidad»)

El siguiente es un artículo del escritor Neal Stephenson acerca del progresivo deterioro científico e innovador que la sociedad en la que vivimos viene sufriendo. Fue publicado a finales del año 2011 y afortunadamente, en los años recientes se están sucediendo logros notables en diversos ámbitos, a destacar los relacionados con la exploración espacial cuyos proyectos actualmente en marcha hacen parecer algo ridículas a algunas de las que propone el autor como innovadoras en su momento, hace apenas un lustro. Una nueva carrera ha surgido —esta vez con un trasfondo mucho más positivo y productivo— entre agencias gubernamentales como la NASA y compañías privadas como SpaceX, Virgin Galactic o Blue Origin. Incluso tenemos cerca la muy agradable sorpresa de la española PLD Space, que recientemente ha sido contratada por la ESA gracias a su propuesta completamente innovadora que llena un hueco hasta ahora inédito de micro-proyectos espaciales. Sin embargo, a pesar del atisbo de optimismo que la situación aparenta presentar, conviene no olvidar cuáles son las amenazas que continúan vigentes y el relevante papel que la ciencia-ficción desempeña en este proceso. Sirva con este propósito el siguiente texto del citado autor, traducido por el que escribe las líneas de esta pequeña introducción.

Carencia de innovación (Innovation Starvation)

Por Neal Stephenson (acceso al artículo original )


Representación de un simbólico «árbol de de las ideas» yermo
[Imagen: Marshall Hopkins]

Mi vida abarca la época en la que Estados Unidos de América fue capaz de lanzar seres humanos al espacio. Algunos de mis recuerdos más tempranos son los de estar sobre una alfombra de rizo ante una enorme televisión en blanco y negro, viendo las primeras imágenes de la misión Géminis. Este verano, a la edad de 51 años —apenas puede decirse viejo— observé en una pantalla plana el momento en el que el último transbordador espacial despegaba de la plataforma. He seguido el decrecimiento del programa espacial con tristeza, incluso amargura. ¿Dónde está mi estación espacial en forma de donut? ¿Dónde está mi billete para Marte? Durante todo este tiempo he mantenido ocultas mis impresiones, hasta hace poco. La exploración espacial siempre ha tenido sus detractores. Quejarse de su fallecimiento es exponerse a los ataques de aquellos que no se identifican con un hombre blanco burgués de mediana edad estadounidense, que no ha visto sus fantasías de infancia cumplidas.

Sin embargo, me preocupa que la incapacidad de igualar los logros del programa espacial de los años 60 pudiera ser síntoma de un fracaso general de nuestra sociedad para la realización de grandes logros. Mis padres y abuelos fueron testigos de la creación del avión, el automóvil, la energía nuclear y la computadora, por nombrar sólo algunos ejemplos. Los científicos e ingenieros que llegaron a la mayoría de edad durante la primera mitad del siglo XX, podían esperar del futuro la construcción de soluciones que resolverían viejos problemas como reformar el paisaje, apuntalar la economía y proporcionar puestos de trabajo para la burguesa clase media, que fueron la base de la estable democracia que tenemos.

El derrame de la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de 2010 cristalizó mi sensación de que hemos perdido la capacidad de hacer cosas importantes. La crisis petrolera de la OPEP fue en 1973, hace casi 40 años. Entonces ya era una obvia locura permitir que Estados Unidos se convirtiera en rehén económico de cierta clase de países como las de aquellos donde se producía petróleo. Esto llevó a la propuesta de Jimmy Carter del desarrollo de una enorme industria de combustibles sintéticos en suelo americano. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre los méritos de la presidencia Carter o de esta propuesta en particular, fue al menos un esfuerzo serio para abordar el problema.

Poco se ha escuchado sobre el tema desde entonces. Se ha estado hablando de parques eólicos, energía de las mareas y energía solar durante décadas. Se han hecho algunos progresos en esos ámbitos, pero la energía se sigue basando en el petróleo. En mi ciudad, Seattle, un proyecto planeado hace 35 años sobre la ejecución de una línea de tren ligero a través del lago Washington, está siendo bloqueado por una iniciativa ciudadana. Frustrada o interminablemente retrasada en sus esfuerzos por construir, la ciudad avanza a duras penas con un proyecto para pintar carriles para bicicletas en el pavimento de las calles.

A principios de 2011 participé en una conferencia llamada Future Tense, en la cual lamenté el declive del programa espacial tripulado, aunque la conversación acabo pivotando hacia la energía, lo que indica que el verdadero problema no son los cohetes. Es esta —la energía— nuestra gran y amplia incapacidad como sociedad para llevar a cabo grandes proyectos. De una manera totalmente fortuita, había tocado un punto sensible. La audiencia de Future Tense estaba más segura que yo de que la ciencia-ficción [CF] tenía relevancia —incluso utilidad— para abordar el problema. Escuché dos teorías sobre por qué:
  1. La Teoría de la Inspiración. La CF inspira en la gente la elección de carreras relacionadas con ciencia y tecnología. Esto es indudablemente cierto, ademas de obvio.
  2. La Teoría de los Jeroglíficos. La buena CF proporciona una imagen plausible, totalmente elaborada de una realidad alterna en la cual se ha producido algún tipo de innovación significativa. Un buen universo de CF tiene una coherencia y una lógica interna que los científicos e ingenieros pueden valorar. Los ejemplos incluyen los robots de Isaac Asimov, los cohetes de Robert Heinlein y el ciberespacio de William Gibson. Como dice Jim Karkanias de Microsoft Research, tales iconos sirven como jeroglíficos: símbolos simples y reconocibles en cuya significación todos están de acuerdo.
Investigadores e ingenieros se han visto a si mismos concentrándose en temas cada vez más y más específicos a medida que la ciencia y la tecnología se hacía más complicada. Las grandes compañías o laboratorios tecnológicos emplean cientos o miles de personas para que cada una de ellas se dedique a manejar tan sólo una ínfima parte del proyecto general. La comunicación entre ellos puede llegar a convertirse en un maremágnum de correos electrónicos y powerpoints. La afición que muchas de estas personas tienen por la CF es en parte síntoma de la necesidad de encontrar un marco común que les facilite a ellos y a sus colegas, una visión general. Pretender coordinar todos estos esfuerzos a través del clásico sistema basado en la autoridad y control, es casi como intentar dirigir toda una economía moderna desde el Kremlin. Conseguir trabajar sin trabas de manera independiente pero enfocados hacia metas comunes es en gran medida mucho más parecido a un mercado libre y auto-organizado de ideas.

EXPANDIENDO LAS ÉPOCAS

La CF ha cambiado a lo largo de todo este tiempo —desde los 50 (la era del desarrollo de la energía nuclear, aviones a reacción, la carrera espacial y la computadora) hasta ahora—. En líneas generales, el tecno-optimismo de la Edad de Oro de la CF ha dado paso a una ficción escrita en un tono generalmente más oscuro, más escéptico y ambiguo. Yo mismo he tendido a escribir mucho sobre arquetipos de hackers tramposos que explotan las capacidades ocultas de sistemas sofisticados, ideados por otros igualmente sin rostro.

Creyendo haber alcanzado el máximo progreso en cuanto a tecnología, buscamos llamar la atención sobre sus efectos secundarios destructivos. Algo que resulta absurdo si te tiene en cuenta que estamos todavía atados a tecnologías vetustas de 1960 como la de los destartalados reactores de Fukushima, en Japón, teniendo en el horizonte la posibilidad de la energía limpia de la fusión nuclear. El desarrollo de nuevas tecnologías y su implementación a escalas heroicas ya no es una preocupación infantil de unos cuantos empollones con reglas de cálculo, sino un imperativo. Es la única manera de que la raza humana escape de sus aprietos actuales. Lástima que hayamos olvidado cómo hacerlo.

«¡Ustedes son los que han bajado el ritmo!», proclama Michael Crow, presidente de la Universidad Estatal de Arizona (y otro de los oradores de Future Tense). Se refiere, por supuesto, a los escritores de CF. Científicos e ingenieros, parece estar diciendo, están preparados y buscando nuevas cosas para desarrollar. Es hora de que los escritores de CF comiencen a mostrar su valía creando grandes visiones que aporten un sentido. De ahí el Proyecto Jeroglífico, una iniciativa para crear una nueva antología de CF que de alguna manera pueda convertirse en una vuelta consciente al tecno-optimismo práctico de la Edad de Oro.

CIVILIZACIONES DEL ESPACIO

China es frecuentemente citada como un país involucrado en grandes proyectos, y no hay duda de que están construyendo presas, sistemas ferroviarios de alta velocidad y cohetes a un ritmo extraordinario. Pero no son fundamentalmente innovadores. Su programa espacial, al igual que todos los demás países (incluido el nuestro), es sólo una imitación del realizado hace 50 años por los soviéticos y los estadounidenses. Un programa realmente innovador implicaría asumir riesgos (y aceptar fracasos) para ser pionero en algunas de las tecnologías de lanzamiento espacial alternativas que han sido promovidas por investigadores de todo el mundo durante las décadas dominadas por los cohetes.

Imagínense una fábrica de pequeños vehículos de producción en masa, no más grandes y complejos que un refrigerador, surgidos de una cadena de montaje, con toda su apretada carga al máximo y hasta los topes de hidrógeno líquido no contaminante como combustible, para ser posteriormente expuestos a un intenso calor concentrado proveniente de una batería terrestre de láseres o antenas de microondas. Calentados a temperaturas más allá de lo que una reacción química puede lograr, el hidrógeno emerge de una boquilla en la base del dispositivo y los lanza disparados por la atmósfera. Con el vuelo trazado por los láseres o microondas, el vehículo se eleva en órbita, llevando una carga útil más grande en relación a su tamaño de lo que un cohete químico podría manejar, pero manteniendo contenidas la complejidad, los gastos y el esfuerzo necesarios. Durante décadas, esta ha sido la visión de investigadores como los físicos Jordin Kare y Kevin Parkin. Una idea similar, utilizando un pulso de láser desde tierra dirigido a la parte trasera de un vehículo espacial como detonante del combustible, era sugerida por Arthur Kantrowitz, Freeman Dyson y otros eminentes físicos a principios de los años sesenta.

Si suena demasiado complicado, entonces considérese la propuesta de 2003 de Geoff Landis y Vincent Denis sobre construir una torre de 20 kilómetros de altura usando simples vigas de acero. Los cohetes convencionales lanzados desde su cima podrían transportar el doble de carga útil que lanzados desde el suelo. Incluso abundan las investigaciones, que datan desde Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la astronáutica a partir de finales del siglo XIX, para demostrar que una simple cuerda —de gran longitud con el extremo puesto en órbita alrededor de la Tierra— podría ser utilizada para extraer cargas útiles hacía la atmósfera superior y ponerlas en órbita sin necesidad de motores de ningún tipo. La energía sería bombeada al sistema usando un proceso electrodinámico sin partes móviles.

Todas son ideas prometedoras, del tipo de las que llevaban a generaciones pasadas de científicos e ingenieros a sentir entusiasmo por sus proyectos de construcción.

Pero para comprender lo alejada que nuestra mentalidad actual está de ser capaz de intentar innovar a gran escala, considérese el destino de los tanques externos del transbordador espacial [TE]. Dejando a un lado el vehículo en sí mismo, el TE era el elemento más grande y prominente del transbordador espacial mientras estaba en la plataforma de lanzamiento. Permanecía unido a la lanzadera —o más bien habría que decir que es la lanzadera la que permanecía unida a él— mucho después de que los dos impulsores suplementarios hubieran caído. El TE y el transbordador permanecían conectados todo el trayecto fuera de la atmósfera y en el espacio. Sólo después de que el sistema hubiera alcanzado la velocidad orbital era desechado el tanque dejándolo caer en la atmósfera, donde era destruido en la reentrada.

A un costo marginal modesto, los TE podrían haberse mantenido en órbita indefinidamente. La masa del TE en la separación, incluyendo los propelentes residuales, era aproximadamente el doble de la mayor carga útil posible del Shuttle. No destruirlos habría triplicado la masa total lanzada en órbita por el transbordador. Los TE podrían haber sido conectados para formar unidades que habrían humillado a la Estación Espacial Internacional actual. El oxígeno e hidrógeno residuales que fluyen a su alrededor podrían haberse combinado para generar electricidad y producir toneladas de agua, una mercancía que es muy cara y deseable en el espacio. Pero a pesar del duro esfuerzo y la apasionada defensa de los expertos espaciales que deseaban ver los tanques puestos en uso, la NASA —por razones tanto técnicas como políticas— envió a cada uno de ellos a una ardiente destrucción en la atmósfera. Visto de manera simbólica, dice mucho sobre las dificultades de innovar que existen en otros ámbitos.

EJECUTANDO GRANDES PROYECTOS

La innovación no puede darse sin aceptar el riesgo que conlleva la posibilidad del fallo. Las vastas y radicales innovaciones de mediados del siglo XX tuvieron lugar en un mundo que, en retrospectiva, resulta increíblemente peligroso e inestable. Las posibles consecuencias que la mente de nuestro tiempo identifica como serias amenazas podrían no ser tan graves —suponiendo que hayan sido tan siquiera tenidas en cuenta— por personas habituadas a grandes crisis económicas, guerras mundiales y a la Guerra Fría, en tiempos en los que los cinturones de seguridad, los antibióticos y muchas vacunas no existían. La competencia entre las democracias occidentales y las potencias comunistas obligó a las primeras a empujar a sus científicos e ingenieros al límite de lo que podían imaginar y suministraron una especie de red de seguridad en caso de que sus esfuerzos iniciales no dieran resultado. Un canoso veterano de la NASA me dijo una vez que los aterrizajes en la luna del Apolo fueron el mayor logro del comunismo.

En su reciente libro Adapt: Why Success Always Starts with Failure (Adáptate: ¿Por qué el éxito siempre comienza con el fracaso?), Tim Harford describe el descubrimiento por parte de Charles Darwin de una amplia variedad de especies distintas en las Islas Galápagos, situación que contrasta con el esquema que se observa en los grandes continentes, donde los experimentos evolutivos tienden a ser minimizados a través de una especie de consenso ecológico por el cruce entre especies. El «aislamiento de las Galápagos» frente a la «jerarquía corporativa impaciente» es el contraste establecido por Harford en la evaluación de la capacidad de una organización para innovar.

La mayoría de las personas que trabajan en corporaciones o instituciones académicas han presenciado algo como lo siguiente: un grupo de ingenieros están sentados juntos en una habitación, intercambiando ideas entre si. De la discusión emerge un nuevo concepto que parece prometedor. Entonces, una persona con un ordenador portátil en una esquina, después de haber realizado una rápida búsqueda en Google, anuncia que esta «nueva» idea es, de hecho, antigua —o al menos vagamente similar— y ya ha sido probada. O falló, o lo logró. Si falló, entonces ningún gerente que quiera mantener su trabajo aprobará gastar dinero tratando de revivirlo. Si se logra, entonces es patentado y se supone que la entrada en el mercado es inalcanzable, ya que las primeras personas que piensan en ella tendrán la «ventaja del primer movimiento» y habrán creado «barreras competitivas». El número de ideas aparentemente prometedoras que se han aplastado de esta manera debe rondar los millones.

¿Que hubiera pasado si esa persona del rincón no hubiera sido capaz de encontrar nada en Google? Se habrían necesitado semanas de investigación en la biblioteca para encontrar alguna evidencia de que la idea no era totalmente nueva, después de un largo y penoso trabajo rastreando muchas referencias en un montón de libros, algunas relevantes, otras no. Una vez hallado, el precedente podría no haber parecido tan precedente directo después de todo. Podrían haber motivos por los que valiese la pena una revisión de la idea, tal vez hibridándola con innovaciones de otros campos. De aquí las virtudes del aislamiento de las Islas Galápagos.

La contrapartida del aislamiento «galapagüeño» es la lucha por la supervivencia en un gran continente, donde los ecosistemas firmemente establecidos tienden a desdibujar y absorber las nuevas adaptaciones. Jaron Lanier, informático, compositor, artista visual y autor del reciente libro You are Not a Gadget: A Manifesto (Contra el rebaño digital: Un manifiesto), tiene algunas claves sobre las consecuencias no deseadas de Internet —el equivalente informativo de un gran continente— sobre nuestra capacidad para correr riesgos. En la era pre-internet, los gerentes de empresas se veían obligados a tomar decisiones basadas en lo que sabían era información limitada. Hoy en día, por el contrario, los gerentes disponen de flujos de datos en tiempo real desde tal cantidad de innumerables fuentes que no podían ni tan siquiera imaginar un par de generaciones atrás, y poderosas computadoras procesan, organizan y muestran los datos en maneras que van tanto más allá de los gráficos confeccionados a mano de mi juventud como los actuales videojuegos modernos se corresponden con el tres-en-raya. En un mundo donde los tomadores de decisiones están tan cerca de ser omniscientes, es fácil ver el riesgo como un pintoresco artefacto de un pasado primitivo y peligroso.

La ilusión de poder eliminar la incertidumbre de la toma de decisiones corporativa no es sólo una cuestión de estilo de gestión o preferencia personal. En el entorno legal que se ha desarrollado alrededor de las corporaciones que cotizan en bolsa, los directivos no tienen motivación ni interés alguno de asumir cualquier riesgo del que tengan conocimiento —o, en la opinión de algún jurado futuro, de cualquiera que debiera haber previsto— ni aunque tengan alguna corazonada de que la apuesta pudiese ser rentable a largo plazo. No existe el «largo plazo» en las industrias impulsadas por el próximo informe trimestral. La posibilidad de alcanzar beneficios gracias a alguna innovación es sólo eso, una mera posibilidad que no tendrá tiempo de materializarse antes de que los accionistas minoritarios comiencen a emitir sus citaciones de demanda judicial.

La creencia de hoy en la ineluctable certeza es el verdadero asesino de la innovación de nuestra época. En este entorno, lo mejor que un gerente audaz puede hacer es desarrollar pequeñas mejoras a los sistemas existentes —dándolo todo en cada paso, por así decirlo, hacia un máximo local, recortado lo sobrante, aprovechando toda pequeña innovación— como hacen los urbanistas al pintar carriles bici en las calles como un intento de solucionar los problemas energéticos. Cualquier estrategia que implique cruzar un valle —es decir, aceptar pérdidas a corto plazo para alcanzar un objetivo más alto pero lejano— pronto será bloqueada por las demandas de un sistema que celebra ganancias a corto plazo y tolera el estancamiento, quedando el resto sentenciado al fracaso. En resumen, un mundo donde las grandes ideas no pueden ser realizadas.


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Neal Stephenson es autor del techno-thriller REAMDE (2011), así como la epopeya histórica de tres volúmenes Ciclo barroco —Azogue (2003), La Confusión (2004) y El Sistema del Mundo (2004) además de las novelas Anatema (2008), Criptonomicón (1999), La era del diamante (1995), Snow Crash (1992) , y Zodíaco (1988). También es el fundador de Jeroglífico, un proyecto de escritores por una ciencia-ficción que represente mundos futuros en los que los grandes proyectos sean posibles


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6 comentarios:



) fjsi dijo...

Stephenson tiene razón y no la tiene. Por un lado, el concepto "innovación" es de esas herramientas mágicas que parecen solucionarlo todo, pero que en realidad es muy difícil aplicar. La innovación unidisciplinar continua es imposible, se llegan a vías muertas y cuellos de botella que pueden estancar decenios una disciplina, hasta que alguien que no tiene nada que ver con ella desarrolla un elemento que abre las compuertas e inunda el mundo de "innovación".

Además está la saturación, se puede innovar… hasta que ya no hay nada más que aportar porque lo que está funcionando lo hace a las mil maravillas. En las herramientas simples se ve mejor: un cuchillo puede ser cerámico, estar afilado al láser o tener filo molecular… pero desde hace miles años que hay cuchillos, incluso de piedra, que cortan impecablemente sin tanta parafernalia.

Por otro lado, ejecutar grandes proyectos es cada vez más complicado porque son muchos actores los que presionan en un sentido y en otro sin un objetivo común (inversores, políticos, ecologistas, ciudadanos), y a todos se les da pábulo. La innovación es difícil porque son tantos los intereses encontrados que las ideas y los proyectos se estancan (véase la historia del reparto de espectro de radiofrecuencias en EE.UU. para comprobar hasta que punto retrasó la aparición de la telefonía móvil)

Por último, aunque hay empresas que parecen monolíticas y no innovan… están transformándose continuamente. De hecho, cualquier empresa grande que quiera sobrevivir sufre un continuo proceso de transformación, y no importa el tamaño, si no te renuevas, mueres, recuérdese como Kodak o Nokia fueron expulsadas sin contemplaciones de los nichos de mercado en los que eran dominantes. Lo que ocurre es que siendo empresas grandes y viejas hay instalada en la mentalidad de la gente una imagen estereotipada de las mismas, que hacen que se vean como dinosaurios sin cintura, y más comparándolas con otro tipo de empresas más "dinámicas" (que dejan de serlo cuando alcanzan un cierto tamaño y visibilidad…, y empiezan a sufrir las presiones de inversores, políticos, ecologistas, ciudadanos…) El ejemplo de las telecos, que conozco de primera mano, es ideal. Si alguien se piensa que hoy día son las mismas empresas que hace diez, ¡cinco años!, está muy equivocado. Lo que ocurre es que los cambios no son espectaculares, la "innovación" no es sinónimo de "destrucción", sino de "sustitución" y ésta mejor que sea gradual. Los saltos al vacío no son buenos.



) Lino Moinelo [AFE] dijo...

Hola Francisco, muy contento de tenerte por aquí. Es cierto que la palabra «innovación» es usada con mucha ligereza, pero al final del día, hay que llamarlo de alguna manera. Creo que Neal —voy a tutearle, que es más corto ;-) — simplemente da sus impresiones subjetivas sobre lo que lleva años observando y que no sabía darle forma hasta que se ha encontró con otros ponentes en el congreso Future Tense. Es decir, sin querer tratar la innovación como conejo sacado de una chistera, es bastante evidente que algo ha estado pasando estas décadas recientes, algo que ha afectado a la capacidad innovadores. Hay que separar de Neal también este diagnóstico con la solución que propone, que es también otra hipótesis que simplemente desea compartir. Sobre ella, aunque no hay que caer en falsas correlaciones, de momento han coincidido en el tiempo los parones creativos con un tipo de ciencia-ficción muy restringido y característico. En efecto, hoy en día hay toda una serie de trabas políticas y burocráticas que ponen obstáculos a ciertas actividades y cierta libertad de acción. La cuestión es que muy probablemente, todo este conjunto de cosas, sin poderse definer con exactitud pero que a Neal se le «cristalizó» en cierto momento, pueden ser ese freno. En realidad Neal se somete el mismo a lo que predica: no puede definir con exactitud el problema, pero prefiere apostar por hacer algo distinto a pesar de los riesgos. ;-)

Por otro lado, esa indefinición no es un defecto, sino precisamente es de lo que se trata, de moverse en terrenos algo inciertos para no quedarse estancados. No afirma por tanto que las empresas no innoven «nada», pero como decíamos al principio, «algo» está pasando. Neal aporta estudios de otros colegas, es decir, no es la suya la única impresión.

Por lo que conozco, la innovación está no solamente prácticamente ignorada, sino que es penalizada explícitamente: para cualquier prueba es necesario una aprobación política de alguien que seguro no le conviene más que su posición personal y no va a arriesgar nada. De esta manera, los mismo problemas de cosas que no funcionan como deben pero que ya se han convertido en rutina, se eternizan. Algo de riesgo es necesario, y se puede saltar al vacío, tan solo hace falta un paracaídas.

¡Saludos!



) fjsi dijo...

Voy a proponer una fecha a la "explosión" de la Innovación: 6 de mayo de 1840, precisamente con la puesta en marcha de una idea innovadora: el sello de correos.

Por supuesto, desde mediados del XVIII la Revolución Industrial había introducido y facilitado toda una serie de ideas, tecnologías y descubrimientos científicos, pero su difusión y expansión eran adecuados a la época, lentos y pausados.

Los servicios postales existen desde antes de los romanos, pero el sello de correos permitió a las administraciones postales tener una fuente de ingresos segura y constante, con lo que se mejoraron las infraestructuras y la fiabilidad de las entregas, y por tanto, aceleraron el intercambio de ideas. Los ingenieros y científicos ya no tenían que preocuparse de que las cartas llegaran, y se podían suscribir a boletines y revistas con la seguridad de que (muy probablemente) llegarían.

Es precisamente la mejora de los medios de transporte y comunicación lo que ha ido acelerando la innovación a nivel general, como decía en mi primer comentario, la suma de ideas de diferentes campos es la que hace avanzar a la ciencia y la tecnología.

Precisamente por eso estas últimas décadas son las de la creatividad y la innovación, gracias a la gran capilaridad de los medios de comunicación la gente da sus propias ideas sobre campos que le son poco familiares, muchas son ridículas, pero otras aportan enfoques radicales que, por falta de perspectiva, no se les ocurren a los expertos, creo que lo dijo un poeta franchute: "como no sabían que era imposible, lo hicieron".

Luego, claro, por eso en marcha. Para que la "innovación" llegue a buen puerto o bien tiene que incidir en un nicho "virgen", a salvo de monopolios y lobbis, ser puesta en marcha mediante mecanismos ágiles que permitan su desarrollo, o suponer una mejora tan radical sobre sus "ancestros" que no haya discusión posible. La innovación sigue su marcha, pero como dices, las resistencias son enormes y a veces deconcertantes, por ejemplo, acabo de leer una entrevista con una ingeniera genética, en la que se destapan las contradicciones de ciertos sectores que, por un lado amenazan y dan por hecho con el Apocalipsis climático (antropogénico) y por otro reniegan de cualquier intento de crear plantas mejoradas que resistan climas extremos.



) Lino Moinelo [AFE] dijo...

Muy interesante el dato de la creación de sello de correos. También pienso que los factores que ayudan a la innovación son la mayoría de las veces detalles sobre los que nadie había pensado antes y se descubren casi por casualidad, experimentando y probando, eso sí, muchas veces con cosas nuevas. Es por esto que es necesario dedicar una parte del tiempo a probar cosas, aunque no tenga previsto ningún beneficio inmediato y parezcan en un primero momento, una perdida de tiempo. Seguramente no hay otra «formula mágica» para la innovación que esta: la experimentación y la permisividad ante ideas nuevas y extrañas. De ahí probablemente viene la importancia de la ciencia-ficción que consiste en imaginar nuevos y fascinantes conceptos y mundos.
No se si llamaría a las décadas recientes las de la innovación, pero es cierto que esta siempre está ahí. Hay que saber aprovecharla. La época de las burbujas económicas son la prueba de que se ha estado bajo el dominio del ansia por el beneficio inmediato, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Y esa política precisamente, es la peor para la innovación. Parece que las nuevas posibilidades de comunicación y cosas como los vídeos de you tube tal vez, han compensado socialmente las trabas para compartir y experimentar, aunque a nivel local. Pero bueno, tal vez ha sido este entorno nuevo el que ha facilitado que personajes como Elon Musk haya surgido, no en vano comenzó con PayPal. ;-)



) Lino Moinelo [AFE] dijo...

Hay que señalar algo que tal vez estemos pasando por alto: Neal Stephenson se refiere a un tipo de innovación concreta y especial, la de «gran escala». Ya comenta que mientras que la TV han evolucionado notablemente, los «grandes proyectos de construcción» son los que brillan por su ausencia. A nivel individual o pequeños grupos —aislados entre si, como también comenta— que actúan muchas veces sin necesidades económicas acuciantes, más por puro entretenimiento, o apostándolo todo al crowd-funding, es donde se encuentran los mayores focos de innovación. Pero el resto, la que depende de decisiones jerárquicas, se encuentran con numerosos bloqueos y apenas se avanza.



) fjsi dijo...

la innovación, también va por ciclos:

http://www.vozpopuli.com/materias_grises/Genios-negocios-suerte_7_1041865805.html

El párrafo final lo resume muy bien.

"La innovación, en realidad, nunca es fruto de una empresa o de una persona. El contexto, la infraestructura, el mundo donde una empresa se mueve, crece y desarrolla sus productos son una parte crucial de su éxito o fracaso. Debemos olvidarnos del mito del emprendedor heroico, genio solitario que emerge de la nada para dominar una industria, y pensar más en cómo cualquier industria, nueva o vieja, es el resultado de décadas de innovaciones, infraestructura, conocimientos acumulados e invenciones acumuladas."

Es bien conocido el fenómeno de los "descubrimientos simultáneos", cuando varios científicos publican trabajos casi idénticos casi en el mismo momento: sucede que se ha alcanzado una "masa crítica" del conocimiento tal, que para que el "descubrimiento" se produzca solo es preciso un pasito, tan pequeño que cualquiera (que sepa de lo que habla) puede darlo, y no es extraño que muchos, aisladamente, lo den a la vez.

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