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¿Cuándo no ha vivido la humanidad tiempos difíciles? Se ha acabado convirtiendo en un tópico expresar lo duros que son los tiempos y lo bien que se vivía antes. Porque cada época ha tenido sus problemas, y sus respectivas sociedades han padecido el sesgo de percibir que todo se reducía a lo que ocurría en aquel momento. Sin embargo, parece claro que han habido épocas peores que otras. La humanidad ha dado muchos tumbos de un lado para otro, con cambios culturales, religiones y revoluciones políticas con resultados diversos. Pero desde cierto momento de la historia de la humanidad y su turbulento deambular, algo podría haber cambiado respecto a épocas anteriores. 

Un momento de cambio

El método científico brindó a la humanidad una herramienta para avanzar en el conocimiento de manera prácticamente constante. Es cierto que cegados por un exceso de optimismo que devenía en prepotencia, se han llevado algunas premisas demasiado lejosla teoría mecanicista del universo, que lo concebía como un sistema de engranajes predecible, fue desafiada por la mecánica cuántica. De manera similar, los intentos por crear un sistema axiomático matemático completo fueron descartados gracias a las investigaciones de Russell y Gödel, al demostrar que era una meta inalcanzable— Sin embargo, estos episodios ocasionados por el ansia humana de certezas, lejos de ser retrocesos, demuestran la capacidad de la ciencia para autocorregirse y avanzar hacia una comprensión más profunda de la realidad.

Teniendo en cuenta todos estos factores, puede aventurarse afirmar que desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, el progreso tecnológico protagonizado sobre todo por Occidente, no lo ha sido tanto en los ámbitos morales, éticos, sociales o simplemente, humanos: guerras mundiales, desigualdad, polarización, desinformación, problemas educativos, adiciones tecnológicas, consumismo, cortoplacismo económico —obsolescencia programada, errores de previsión logísticos de alcance mundial— cortoplacismo político —falta de un plan económico que reduzca el paro o los actuales retos de transición ecológica— problemas medioambientales y problemas de salud ocasionados por el estrés que produce la incertidumbre y la falta de propósito laboral o los ocasionados por una vida sedentaria.

El estancamiento de lo humano

Es decir, mientras la ciencia y la tecnología avanzan de manera imparable, el ser humano no parece que aplique estos conocimientos en la construcción de mejores sociedades. El resultado de esta tendencia asimétrica es que la producción cultural y la sociedad, en su habitual círculo de mutua influencia, han reaccionado con unas preferencias culturales en la que la distopía ha ocupado un papel preponderante. Hasta ahora todo normal, pero se podría decir que el trasfondo destructivo de la distopía ha generado una singularidad en la que la generación de nuevas ideas ha quedado estancada. No hay más que echar un vistazo a lo que ha ocurrido desde que el pesimismo del ciberpunk hizo su aparición a finales del siglo pasado: si bien tuvo un pico de creatividad en la década final del siglo, los inicios de este dejan claro que algo ha cambiado profundamente. Y no a mejor.

Sin embargo, sobre todo este desolador panorama, coexiste desde hace décadas una producción cultural que ha resistido todos los envites de la distopía. Una producción audiovisual que se originó en el contexto de las reivindicaciones políticas de finales de la década de los 60, tal vez el último periodo de optimismo reciente. Desde entonces, ha pretendido ser el eje vehicular de la lucha contra la discriminación, contra la rigidez de ideas, contra los prejuicios, a favor de la colaboración, del trabajo en equipo, del mérito personal, sin que el ruido de las clases sociales o de la diferente biología interfieran en su reconocimiento. Efectivamente, esta serie es Star Trek.

Lamentablemente, su intento por mostrar un futuro más esperanzador para nuestra peculiar especie no ha logrado la repercusión equivalente que, en el ámbito de la cultura popular, ha cosechado esta obra de ciencia-ficción. O puede que hayamos caído también en señalar el lado negativo y no reconocer la influencia de esta serie, precursora junto a Star Wars de las franquicias mediáticas. No obstante, es inevitable señalar que esta producción parece haber divergido en relación al resto del panorama cultural, hasta el punto de ser considerada una excentricidad, una frikada, objeto de burla y menosprecio por sus colores chillones, jerga tecnológica y, especialmente, su visión optimista de la organización humana

El optimismo como desafío

Star Trek ha vuelto al medio audiovisual, sobre todo el de la televisión, gracias al fenómeno del streaming. Sin embargo, continúa sin deshacerse de su «halo friki» a pesar de haber mejorado mucho en estética, carácter aventurero y mayor énfasis en el humor, como en la serie Star Trek: Strange New Worlds, sin descuidar temas filosóficos o humanistas. El mayor problema de la serie para cierto sector de la población no es otro, al parecer, que el optimismo. En esta producción televisiva, cuyo sistema político y económico ha sido objeto de largos y complejos estudios en los que no se va a profundizar, muestran una organización política centralizada basada en el mérito, en el que el protagonismo alcanzado es aprovechado para el propósito del colectivo al que representan, en lugar de para medrar en él.

La polarización política y el panorama que nos muestra la actualidad, hace complicado «imaginar» una situación como la que desde hace más de cincuenta años proponen en la obra creada por Gene Rodenberry, oponiéndose a dicho ruido mediático, lo que ha ocasionado que el mensaje llegue cada vez a un sector más específico de aficionados y menos al «público general», ávido consumidor de distopías. Es en esta situación donde se puede observar otra «singularidad»: ¿Acaso la ciencia-ficción no consiste en imaginar caminos alternativos por improbables que parezcan? Parafraseando a Fredric Jameson, nos resulta más fácil imaginar a un replicante con sentimientos o a la Nostromo surcando el Cosmos, que la existencia de políticos decentes o que actúen en un sistema que fomente el que lo sean.

¿Hasta qué punto los prejuicios de la sociedad en un momento o época determinada permiten que los postulados en las obras de ciencia ficción se consideren «posibles»? La política no debería estar exenta de especular nuevas opciones en ese sentido. Sin embargo, se corre el riesgo de idealizar las soluciones y caer en la excesiva simplicidad de alterar nuestra genética o imponer sistemas políticos que restrinjan lo que nos define como humanos, más allá de las necesarias normas de convivencia. Más aún si esos cambios son decididos por una élite que permanece al margen, dictando qué, cómo y a quién vetar los sentimientos o libertades que nos definen como personas. Un camino que, inevitablemente, nos llevaría a la distopía.

El humanismo de Star Trek

Entonces ¿Qué postulan en Star Trek? Se puede decir que proponen justamente lo contrario a la deshumanización que suele ser habitual en las distopías: promover el espíritu humano en la mejor versión posible de nosotros. Cierto es que en la serie no se especifica en detalle cuál sería ese hipotético sistema en el que primase la colaboración y el mérito ¿Pero acaso se explican en las obras de ciencia-ficción distópica cómo las élites transfieren sus consciencias a cuerpos jóvenes o como una Matrix recrea un universo virtual en nuestras mentes dormidas? La serie no pretender tomar parte en la imposición de un modelo político concreto, sino acometer la necesidad de llegar a una solución y explorar la posibilidad de lo que se podría conseguir, especulando con su resultado. 

La sociedad en Star Trek ha dejado atrás todos los vicios de hoy en día que nos lastran como la avaricia, la acumulación y el beneficio inmediato, lo que puede recordar a algunos sistemas políticos conocidos —se habla de un socialismo europeo proto-post-escasez—. No obstante, aunque en otras series y capítulos de la extensa saga se menciona que es una sociedad meritocrática a la que se ha llegado tras una guerra traumática de la que surgió un nuevo humanismo cosmológico, parece claro que es un modelo que todavía no conocemos, de la misma manera que las tribus del Paleolítico no conocían la democracia o el concepto de Estado. Porque en eso consiste la ciencia-ficción, en imaginar escenarios sin importar lo poco probables que puedan parecer en un determinado momento de la historia.

El espectador atrapado en la vorágine distópica se preguntará qué motivaciones pueden impulsar a los individuos de esa sociedad, más allá del placer inmediato que nos brinda la actualidad. Y cierto es que, si los seres humanos no pueden aprender a encontrarlas en el amor, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte o, en definitiva, en descubrir nuevos mundos y nuevas civilizaciones y atreverse a llegar a donde nadie ha llegado antes imaginando utopías políticas por descubrir, entonces, quizá, ya todo daría igual.

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Destruir siempre ha sido, es y será, más fácil que construir. Por este motivo, las distopías o aquellos relatos donde las personas han sucumbido a sus instintos más simples y primitivos, van a triunfar con mayor probabilidad sobre otros en los que se intente mostrar constructos sociales algo más elaborados. Entonces ¿Cómo lograr un lenguaje utópico que no se vea absorbido por el distópico, que logre superar dicha limitación de la que se parte? Aquí algunos apuntes que tal vez puedan dar una respuesta:

Igual para todos

Para desmarcarse de la distopía, una utopía no ha de tener delimitaciones en cuanto a cómo es interpretada por los protagonistas o por la sociedad ubicada en ella. En las distopías es habitual que, por demacrada que sea la situación, siempre hay alguien que saca beneficio de ella. Es decir, en las distopías —no confundir con lo apocalíptico— existe una mayoría oprimida por una minoría, la cual vive en su utopía particular. Intentar mostrar una utopía sin tener en cuenta esta circunstancia y definir paisajes idílicos, implica limitarse a relatar el reverso utópico de una distopía. Esta manera de crear utopías no es más que otro método para lograr distopías. Por tanto, independientemente de como se quiera definirla, una «verdadera» utopía lo ha de ser para todos. Esto fuerza la definición de una sociedad que contemple de manera verosímil cómo son logrados y repartidos los recursos y los problemas. Un mundo que sea abundante y lo sea igual para todos, exige una premisa fundamental que lo defina, aunque sea ficticia, como por ejemplo lo es el dispensador de alimentos de Star Trek.

Existencia de problemas

De lo anterior se desprende que el nuevo lenguaje utópico ha de reservar un espacio para la existencia de problemas. La ausencia de problemas no ha de ser el factor que defina a una utopía. Como se mostraba, las distopías no son simplemente lugares caracterizados por una gran cantidad de problemas sino por el reparto de estos de una forma desigual y en base a criterios políticos, de clase, raciales, biológicos o tecnológicos. En definitiva, sociedades organizadas de manera que se perciban como desiguales o injustas. Por tanto, siguiendo con este razonamiento, la utopía no sería un lugar caracterizado por la ausencia de problemas, sino por la existencia de algún criterio ético o racional de su reparto que sea percibido como equitativo y justo por parte de la sociedad.

Qué contar y cómo contar

Parece fácil ¿verdad? Sin embargo, no lo es. En teoría la idea es presentar en una obra de ciencia-ficción un modelo de sociedad que no presente la mayoría de problemas debidos a tensiones o desigualdades actualmente existentes, relatada con el habitual rigor, coherencia y verosimilitud que caracteriza a la ciencia-ficción. Pero en la práctica nos encontramos con un extraño bloqueo y una serie de problemas: 

El primero de ellos es el de las propias ideologías y anhelos políticos, acerca de un orden tal vez idealizado y construido como consecuencia de impulsos viscerales no reconocidos provenientes de pasados familiares no demasiado alegres. Lograr la necesaria objetividad para construir una propuesta de orden social que logre lo señalado no es sencillo, pero es indispensable.

El segundo es que en algunos casos son percibidos como auténticos ataques políticos a los responsables de la situación que exista en el momento de la propuesta, aunque su verdadera intención no sea esa en absoluto. De una u otra manera, habrá que enfrentarse a la maquinaria institucional del establishment que de manera ciega, filtra todo lo que no encaja dentro de sus reglas diseñadas para garantizar su autosubsistencia. No sería la primera vez que los autores han de camuflar sus obras para que no se vean arrinconadas en el ostracismo. En este caso se hace especialmente complicado ya que es necesaria cierta visión explícita y evidente para que las ideas lleguen a su destino. Aunque parece que en los tiempos recientes esta respuesta reaccionaria se está relajando.
Con la iglesia hemos dado, Sancho
―don Quijote de la Mancha

La tercera, la peor y más complicada de todas —en cuanto se intenta poner sobre la mesa se acaba entrado en un jardín de difícil salida o en un charco de profundidad desconocida— sería la paulatina perdida del sentido de lo correcto. La peor porque es la que más tiempo lleva haciendo camino en toda la cultura occidental. Sin entrar en demasiados detalles, podría establecerse un punto de inflexión en el que el patrón de pensamiento de la sociedad del que se partía era el siguiente: 

    1. Creo en mis ideas.
    2. Creo en ellas porque creo que son correctas, sino no creería en ellas.
    3. Como mis ideas son las correctas, lo que hacen los demás es incorrecto.
    4. En la medida pueda, lo correcto sería obligar a los demás a hacer lo correcto.
    5. Si llego al poder, estaré legitimado a usar la capacidad coactiva del estado a obligar por ley a los demás a que hagan lo correcto, es decir, mis ideas. 

Naturalmente, el lector más avezado habrá identificado que el mencionado punto de inflexión no sería otro que la 2GM. Todos concordaremos en que en efecto era necesario mejorar dicho patrón y que había que ponerse manos a la obra. El problema es que a lo que se ha llegado es a esto:

    1. No creo en nada en concreto ya que todas las ideas son igual de buenas (o malas)
    2. Como no existe entonces un criterio de qué es lo correcto, hago lo que me da la gana (o lo que me dejan).
    3. Los demás hacen también lo que les da la gana (o lo que les dejan), y yo me junto con los que hacen lo mismo que yo, y los demás son raros (o frikis, o «no tienen ni puta idea»).
    4. Si alguien opina que lo que hace alguien es incorrecto, es un fascista porque intenta imponer su visión del mundo.
    5. Para llegar y estar en el poder se ha de contentar a la máxima cantidad de gente para que le voten. Como no se puede contentar a todos, los que no le voten harán lo que les dé la gana (o lo que les dejen). 
Sinceramente, la sensación es que la sociedad comenzó bien pero en determinado momento se perdió en el proceso. No hay apenas frontera divisoria entre pensar que un concepto es incorrecto con que te acusen de pretender prohibirlo o imponer una idea que lo sustituya. Es algo así como la falacia de la pendiente resbaladiza, no hay término medio. Pero lo peor de todo son las consecuencias: como cada uno hace lo que le da la gana (o lo que …), continúan igual o en aumento los casos de abusos sexuales; la falta de criterio de la sociedad es tal que es inevitable que la aprovechen con manipulación a través de propaganda tanto de medios públicos como privados; líderes populistas de ambos signos se alzan por doquier; inestabilidades políticas graves en países que hasta hace poco eran ejemplos de la cultura occidental y finalmente, el uso de la fuerza coactiva del estado para reprimir de cuajo problemas sociales. Todo esto ocurre porque la cuestión de si es correcto o no se convierte en una cuestión de mera ideología.
Hay un culto a la ignorancia en Estados Unidos y siempre lo ha habido. La tensión del anti-intelectualismo ha sido una amenaza constante haciéndose camino a través de nuestra vida política y cultural, nutrida por la falsa noción de que la democracia equivale a decir que “mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento”
Isaac Asimov

Para que una utopía cumpla con los puntos propuestos y no se trate de la implantación de una propuesta particular e interesada de un sector concreto, sino de una que sea asumida por la sociedad de manera profunda, tiene el problema de que es imposible en la situación actual en la que cada individuo cree en lo que le da la gana (…). Tal vez no le guste de verdad a casi nadie ya que habría que tomar decisiones difíciles. En general, todos, de una u otra ideología, deberían hacer autocrítica y prescindir voluntariamente de parte de sus dogmas, por mucho que les cueste. No por ningún motivo concreto, sino porque tal vez no haya otra manera de alcanzarla. No obstante, en la ciencia-ficción de momento sí que pueden hacerse propuestas que partan de un supuesto que añada ese factor aglutinador de la sociedad de manera que nos convenza para dar el paso. En definitiva, aun a riesgo de parecer ingenuo, lo que le falta a la utopía, somos nosotros.

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El no-lugar: gente de paso, libre y anónima

«Vivimos en una España de ciencia ficción»
Miguel Bosé en el año 2015

Hay muchas distopías. Tantas que, de hecho, en algunas ocasiones cuando se habla de ciencia-ficción se asocia de inmediato con estos escenarios donde los actuales defectos que vemos en las sociedades se han llevado al extremo. Como si imaginar escenarios futuros implicase de manera irremediable que sean peores. Hay variantes como escenarios postapocalípticos que pueden tener, sin embargo, cierto grado de optimismo, de mirada esperanzadora al futuro como la serie de televisión Estación 11. Esta es al parecer una de las pocas maneras en las que se transmite un mensaje positivo en una obra de ficción que pretenda mostrar un escenario alternativo partiendo de la realidad que conocemos. De cualquier manera, incluso en estos casos el resultado mostrado es siempre peor que la realidad actual. En definitiva, parece existir una barrera psicológica a la posibilidad de imaginar de manera realista un escenario mejor, una realidad mejor, una situación mejor, que pretenda ser una evolución, aunque ficticia e imperfecta, de la situación en la que nos encontramos. Este bloqueo se manifiesta de manera que en cuanto se muestra un escenario de estas características se define como «utópico», que suele conllevar paradójicamente un significado negativo, por asociarse con lo irrealizable. En ocasiones incluso se asocia con lo inimaginable, como si fuera una tarea imposible imaginar algo mejor que la situación actual, fuera de la mera fantasía «poco adulta» o de evasión. A menudo, la utopía resulta ser poco más que una tapadera de un oscuro y siniestro sistema con el que poco tiene que ver, de nuevo, asimilando que si algo es tan aparentemente ideal es que, en efecto, es falso, dificultando otra vez el mostrar escenarios evolucionados y realistas que se presenten como una mejora del mundo que nos rodea.

Afortunadamente —o no, según como se mire— esta situación se da sobre todo en las corrientes principales de cultura popular —o mainstream— que cuentan con el apoyo del poder establecido —establishment— ya que fuera de este ámbito, existen otras tendencias culturales que circulan en sentidos diferentes, incluso contrarios. Una de ellas es el cada vez más conocido Solar Punk. Sin ánimo de entrar en detalles que pueden encontrarse en Internet, decir que en este subgénero la tecnología avanzada no lleva el estigma de simbolizar la degradación humana amplificando sus vicios y defectos como en el Ciberpunk, sino al contrario, proveernos de los mismos servicios fundamentales que nos hagan más cómoda la vida, pero de una manera en la que se prioriza la llamada sostenibilidad, es decir, que además de cumplir con su función lo haga dentro de unos parámetros de durabilidad, eficiencia energética y emisión de residuos mínima, antes que otros como rentabilidad comercial o facilidad de fabricación para abaratar costes, sin importar a qué coste. En definitiva, usar la tecnología para hacer que la propia tecnología sea mejor desde un punto de vista de utilidad social, sin caer fácilmente en la utilidad inmediata, pero creadora a la larga de más problemas.

¿Cuál puede ser el origen de ese filtro mediático? Bien, el principal lugar donde hay que buscar es en aquellos ámbitos para los que una sociedad que imagina lugares y épocas futuras donde la mayoría de los problemas actuales no existen o están reducidos a su mínima expresión, les resulta una amenaza o un inconveniente. Efectivamente, una ciencia-ficción «utópica», o simplemente aquella que intenta trazar una ruta mental hacía un mundo mejor que el actual, emerge como una amenaza política para los responsables de dicho ámbito, sea o no su intención, al sembrar en la sociedad una esperanza realista, sólida, donde los autores han realizado un verdadero esfuerzo de especulación aun siendo en escenarios ficticios, lejos de la mera fantasía de unicornios, arco iris y gente con túnicas y flores en la cabeza. No por tener nada en contra de ellos, pero sí cuando se ofrecen como única opción frente a la distopía. Precisamente, en la serie Moonhaven especulan con un proyecto de sociedad donde se han corregido la mayoría de los problemas que han llevado a la Tierra a una situación insostenible, con la idea de aplicar dicho modelo en nuestro planeta. La serie muestra ideas interesantes, pero cae en una estética hippie estereotipada.

¿Existe esa corriente cultural centrada en la construcción de futuros viables? Sí, aunque no debe sorprendernos si no la vemos en los principales escaparates ni anunciada en los grandes medios. No se trata tampoco de la literatura utópica clásica basada en la idealización, sino de cómo se ha comentado, ejercicios de especulación elaborados. Puede que todo empezara en el 2011 con Neal Stephenson y su artículo Innovation Starvation, donde apuntaba precisamente al papel que la ciencia-ficción tiene en la construcción de esos escenarios futuristas elaborados y la paulatina pérdida del empuje creativo en ese sentido. En el artículo, Stephenson relata su participación en el foro Future Tense de la Universidad de Arizona donde a día de hoy se continúa compartiendo ideas sobre el futuro de una manera constructiva, no fatalista. En la obra Twelve Tomorrows, varios autores de ciencia-ficción se esfuerzan por mostrar distintos escenarios futuristas también alejados del catastrofismo. En España, una iniciativa similar ha surgido llamada Tecnofuturos, pero en nuestro ámbito cultural. En cuanto a literatura, la iniciativa Tiempo de Utopías, promovida por Fundación Asimov, en su 1er Premio Pragma ha logrado agrupar cuatro relatos de estas características.

Etimológicamente, utopía es el no-lugar, lo que significa que es aquello que no puede darse, que no puede existir. Efectivamente, esta definición no es muy esperanzadora y de alguna manera se configura como una de las principales trabas a la hora de imaginar un futuro mejor que el actual, no un futuro donde el principal cambio es el desarrollo tecnológico, en lugar del humano o el social. Sin embargo, un estudio antropológico ha encontrado otra definición para el no-lugar, alejada del concepto idealizado de la utopía. Un no-lugar real y visitable, donde las personas conviven de manera anónima, donde están de paso. Son también lugares sin banderas, sin fronteras y sin jerarquías. Lugares, a pesar de todo, donde las nuevas generaciones se encuentran. Tal vez el error es el intentar buscar un lugar perfectamente definido con una hoja de ruta y unas normas rígidas a seguir para mantener ese lugar soñado. Puede que la solución no sea buscar un lugar donde ir, sino un no-lugar donde estar. No imaginar lugares lejanos, para en su lugar, convertir cualquier lugar en lo que queremos. Tal vez no haya que pensar siquiera en un lugar, sino cambiarnos a nosotros para convertir allá donde estemos, en ese no-lugar que suponíamos que no podía existir.



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¿Qué es la utopía? Lo habitual es pensar en ella como un lugar idílico donde no hay carencias y todo el mundo es feliz. Sin embargo, nadie ha sabido explicar cómo llegar a esa situación. Cuando se ha intentado, el resultado ha sido más parecido a todo lo contrario: la distopía. Una y otra vez la humanidad ha producido ciertos «textos sagrados» que partían de supuestos ideales que se autodestruían a medida se pretendían implementar en la práctica, llegando siempre a la misma reducción al absurdo. Hoy en día utopía es sinónimo de imposible, de inalcanzable, de quimera, como si estuviéramos condenados a sucumbir a nuestros propios defectos una y otra vez sin que la tecnología y la ciencia puedan ayudar más que como parches paliativos. Eso cuando no empeora las cosas aún más. ¿A qué puede entonces aspirar la humanidad? 
la tecnología no produce ni un solo átomo de felicidad
Juan Luis Arsuaga, antropólogo

El mito de la felicidad

Ser feliz parece ser una buena meta que añadir en nuestra hipotética hoja de ruta hacia la utopía. Ahora bien ¿sabemos realmente lo que significa? Cada uno de nosotros podría dar una respuesta, aunque con gran probabilidad esa concepción de felicidad sería distinta y en muchos casos, irrealizable. La «búsqueda de la felicidad» tiende a convertirse así en una competición entre las distintas formas de entender lo que representa ese estado, en una carrera de suma cero en la que para que uno gane han de perder los demás. Todo se agrava cuando por esta ambigüedad la gente confunde felicidad con cualquier satisfacción efímera a la que se llega mediante atajos, caminos cortos llenos de placer atractivo que nos dejan peor en cuanto se desvanecen. La buena noticia es que la ciencia sí tiene métodos para poder distinguir entre unas actividades y otras, gracias a que nuestro cuerpo segrega ciertas sustancias químicas que nos predisponen a enfrentarnos a dichas coyunturas —la adrenalina, por ejemplo—. Estos mecanismos provienen de un pasado evolutivo que en el mundo moderno que nos hemos construido pueden resultar un obstáculo, pero también pueden servir para diferenciar cómo reaccionamos ante estímulos externos. Por un lado, el marcador que sirve para identificar el placer en nuestro cuerpo es la segregación de dopamina, que actúa como un sistema de recompensa, similar a cuando le damos un azucarillo a un animal cuando cumple nuestras ordenes. Esto es lo que hacen con nosotros ciertas técnicas publicitarias cuyo campo de acción se ha visto extendido a las redes sociales: tratarnos como animales, explotar en su beneficio nuestra segregación de dopamina para que cumplamos sus objetivos. La otra cara de la moneda se encuentra en las endorfinas. Estas sustancias son segregadas cuando nos enamoramos o cuando llegamos al orgasmo. También está la opción más prosaica y menos romántica de hacer ejercicio físico. Aunque estas actividades van a producirnos resultados beneficiosos, también producen una euforia que a pesar de la dificultad inicial en conseguir resultados, puede llevar en algunos casos a la adicción al sexo o a la vigorexia. En cualquier caso, la otra noticia es que la felicidad nunca ha sido el estado ideal para el que estamos hechos, al menos de manera permanente. Lo mejor es que nos tranquilicemos, más que nada porque es precisamente este estado emocional el que mejor nos va a permitir enfrentarnos a las vicisitudes que inevitablemente, van a darse durante nuestra existencia.
dado que la felicidad no está vinculada a un patrón particular de función cerebral, no podemos replicarla químicamente

La dificultad de la educación

Decía el filósofo que lo que no te mata te hace más fuerte o que toda crisis es una oportunidad. En la cultura popular también se ha dicho que de los errores se aprende o que la necesidad agudiza el ingenio. A pesar de esta aparente convicción, la humanidad se esfuerza denodadamente en ir en sentido contrario intentando procurarse un entorno absolutamente seguro y predecible. Un sistema «de bienestar» donde existan el menor número de problemas posible —incluso más allá—. Esta sobre-autoprotección puede satisfacer el nihilismo y hedonismo de los adultos, pero ocasiona que los más pequeños se vean privados de conocer cómo es el mundo de verdad, qué puede pasar cuando todo lo que parecía funcionar se viene abajo y hay que replantearlo, así como cuánto cuesta conseguir alcanzarlo y mantenerlo. Evidentemente no se trata de echar los niños al monte y ver cómo se desenvuelven, ni de aplicar métodos espartanos para seleccionar a los más fuertes. No es ni mucho menos trivial ni obvio, pero si algo merece la pena es esforzarse en encontrar la manera de que las generaciones futuras no cometan nuestros mismos errores. Si los adultos conocemos nuestros defectos, debilidades y carencias como seres humanos, así como también se conocen las consecuencias que los traumas infantiles tienen en el inconsciente de los adultos y los métodos para solucionarlos, debemos poder educar para que nuestra descendencia también sea consciente de ellos y puedan prevenir, sino su aparición ya que forma parte de nuestra naturaleza, sí actuar en consecuencia para que sus efectos no superen cierto umbral pernicioso. En definitiva, debemos educar en la autorregulación de nuestra naturaleza más básica, conociéndola y aceptándola, pero sabiéndola controlar.
Dos necesidades elementales se oponen entre sí en estas sociedades: el deseo de tener un refugio seguro en el mar revuelto y la necesidad de ser libre al mismo tiempo
Zygmunt Bauman, filósofo

El mundo físico

Nuestro planeta y las leyes naturales que lo rigen son las que inexorablemente condicionan nuestra existencia, marcada por unos recursos que han de ser obtenidos de él. Se podría decir que el mundo actual está social y políticamente dividido por los pueblos que a lo largo de la historia se han encontrado, bien con los recursos necesarios suficientes ―o han hallado las maneras de obtenerlos― y el resto de zonas del planeta. Igualmente, parece que puede observarse un patrón que a lo largo de los siglos se ha repetido una y otra vez: los que han acumulado más recursos los han usado para obtener más todavía y mantenerlos el mayor tiempo posible, mientras que el resto de pueblos han anhelado parecerse a ellos y repetir el mismo patrón en cuanto han sido capaces. Tal vez esto puede parecer una simplificación, pero el panorama actual no difiere demasiado con unas naciones enfrentadas por el petróleo, por el gas, por el trigo, por la pesca y recientemente, por el litio para las baterías y por los datos y la información, agotando de tal manera el ecosistema que por poco lo dejan inservible. En cualquier caso, el denominador universal común a estos factores que ha aumentado exponencialmente con el paso del tiempo es el del consumo energético. La carrera por los recursos ha ido paralela a la mejora tecnológica para obtenerlos, para doblegar militarmente a quien los tiene o para defenderse de quien los anhela. Y con la tecnología, la energía necesaria para hacerla funcionar ¿Es necesario continuar con este patrón? Si toda la población del planeta tuviera la energía suficiente para poder obtener los recursos necesarios para su subsistencia y un margen necesario para cultivar nuestras inquietudes intelectuales ¿sería el fin de las guerras y de los conflictos, al menos globalmente? Alguien podría argumentar que no es posible ya que no hay medios ni fuentes de energía para abastecer a todo el globo terráqueo, sin embargo, esto no es cierto: existen medios alternativos de obtención de energía que permiten el autoabastecimiento incluso de viviendas nada modestas. Los métodos para obtener agua potable del mar son cada vez más prometedores. Las granjas verticales que permiten el autoabastecimiento urbano sin necesidad del uso de grandes superficies de terreno natural también son opciones válidas. Ahora bien, que nadie piense que nos olvidamos de que el mundo físico también somos nosotros, una especie que dejó atrás la selección natural y con ella una evolución que sólo respeta al más adaptado. Esto ha provocado que la carga genética transmitida de generación en generación de rasgos que no constituyen una ventaja, haya aumentado debido a que no se aplican sobre ellos un mecanismo de selección o filtrado. En determinado momento de la historia, cuando la humanidad fue consciente de su poder sobre la naturaleza, creyó verse legitimada para hacer lo que quisiera con ella, incluidos los miembros de su propia especie. Este fue el germen de la eugenesia, la aplicación de métodos de selección de humanos para mejorar la especie. Esto dicho así suena terrible y en efecto, así lo fue en algún momento cuando convirtieron al ser humano en mero ganado. Pero que no queramos volver a aquellos tiempos no nos debe hacer ignorar el problema que continua estando ahí, un ser humano con cada vez mayores defectos hereditarios acostumbrado a vivir acomodado en un mundo que solo se sostiene a costa de someter a estrés a la naturaleza, la cual acaba respondiendo con pandemias que nos hace a todos recluirnos en casa o de lo contrario, colapsar los hospitales. Afortunadamente, la misma ciencia que ideaba métodos de exterminio «eficaces» pero que bien usada ha logrado encontrar una vacuna en tiempo récord, puede ofrecer soluciones con técnicas y terapias génicas para prevenir y tratar cargas genéticas problemáticas. En definitiva, no hay un obstáculo tecnológico insalvable en cuanto a imaginar a la población del planeta sana y autoabastecida sin causar daño al medioambiente. El problema es otro mucho, muchísimo, más complicado.
lo preocupante no era que se hubiera producido una persona como Hitler sino que no fuéramos capaces de aceptar que también tenemos esa parte maligna en nuestro interior. Es esta represión de la sombra lo que genera violencia en el mundo 
Carl Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista

La voluntad política

Podría decirse que la ciencia-ficción distópica se caracteriza por presentar una situación extrema en la que la totalidad de una población indeterminada vive subyugada en un régimen que ella misma tolera. La sociedad responde con una indefensión aprendida por la que no es capaz de articular una defensa o alternativa. El mérito de las obras de este género y lo que las diferencia a su vez, son los mecanismos por los cuales se consigue convertir una sociedad en poco más que un rebaño humano, en el que unos pocos dominan a muchos. En obras como 1984 (George Orwell, 1949) o El Cuento de la Criada (Margaret Atwood, 1985) son el miedo, el autoritarismo y el control de los relatos que forman la memoria colectiva. En las sociedades postuladas en estas obras, sus habitantes no pueden tan siquiera rodear un fuego como antaño mientras relatan leyendas épicas de héroes y mundos fabulosos, por lo que aceptan sus destinos como inevitables al no poder soñar con nada mejor. En otras obras como Un Mundo Feliz (Aldous Huxley, 1931) consiste en la satisfacción permanente, el ocio continuo, la evasión eterna, de manera que la sociedad no se plantea alternativas e igualmente, acepta su sino con alegría. El factor común a estas obras es la conversión de la realidad en la que viven en cárceles ubicuas. Prisiones sin rejas donde no hay más carcelero que los propios individuos, que se convierten así en presos inconscientes. Sus autores crean sus postulados haciendo uso de nuestras características como sociedad, de la clase de vínculos que establecemos entre nosotros, de los roles que creamos y asignamos, asociando y otorgando estatus de autoridad a personas en determinadas situaciones, de las que rara vez se es consciente. Actos reflejos de instintos surgidos en el amanecer de los tiempos, en entornos salvajes opuestos al seguro y predecible mundo actual al que se ha llegado. Intentando protegernos de aquellas amenazas que ya no existen, acabamos convirtiéndonos en nuestro propio depredador. 

La pregunta que podría hacerse es si alguien ha intentado especular con el resto de características que también nos definen como humanos. Facetas que si bien no son tan antiguas como nuestro pasado de reptil, son las que han acabado diferenciándonos del resto del mundo natural. Conceptos que no existían en él creados por el ser humano como igualdad o justicia. Filosofía o ciencia. Ética, altruismo o cooperación también forman parte de nuestras sociedades y en las de algunas especies. Existen obras de ciencia-ficción que tratan estos temas, sin embargo, no son consideradas «verosímiles» de manera que ni siquiera se las agrupa como «género utópico», como si no merecieran el mismo grado de verosimilitud a pesar de estar basadas en conceptos tan reales como los anteriores. Es como si tras siglos y siglos de evolución social todavía siguiéramos fijándonos en nuestro pasado primitivo, como si nos asustara en lo que podríamos llegar a ser y de hecho es probable que seamos: algo que trasciende la naturaleza, individuos con una consciencia con libre albedrío con la responsabilidad de decidir su propio destino. Un hueco que no se ha llenado lo suficiente es el de la especulación realista sobre futuros mejores, sobre futuros ejemplares, y porque no, utópicos. Si el problema es que estamos acostumbrados a un tipo de utopía que no nos sirve como modelo, entonces será necesario cambiarla.


Publicada posteriormente en el blog Planetas Prohibidos
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Viñeta de 'Un policía en la Luna', de Tom Gauld

Se puede decir que la cultura popular es en alguna medida, un reflejo de la sociedad. Esta produce, fomenta y aplaude determinado tipo de obras que surgen en su seno, las cuales a su vez promueven y fomentan de nuevo otras tendencias, formando un ciclo cultural que se realimenta continuamente. El panorama resultante estará formado por un espectro de todo tipo de géneros y audiencias, sin que haya fronteras definidas en muchos de los casos y cuyos porcentajes variarán, aunque se puede afirmar sin temor a error que habrá una parte de obras de consumo rápido mayor que otras obras de culto, de autor o de un perfil más elaborado. En cualquier caso, tanto unas obras como otras cumplen con su función, cada una a su manera.

Pero la ciencia-ficción, además de constituirse como un vehículo útil y valioso para reflejar los anhelos y miedos que la sociedad del presente tiene sobre su futuro, ha sido el género que ha procurado explorar todas las posibilidades, aunque le suponga navegar contracorriente. Sin ir más lejos, el propio surgir del género fue como una advertencia a la corriente utópica y tecnólatra de la época: el Frankenstein de Mary Shelley. Desde entonces la ciencia-ficción ha sido prácticamente un «medidor» del pulso de la sociedad: desde sus inicios en la Revolución Industrial, al posmodernismo y el brutalismo de las burbujas inmobiliarias, pasando por los superheroes de las grandes crisis económicas.

La actualidad está marcada en el medio cinematográfico por la vuelta de la evasión y la utopía de la space opera de Star Wars o Star Trek, o la vuelta de las oscuras y pesimistas Alien y Blade Runner. Aunque en la televisión la oferta es mucho más variada, las mayores audiencias son para la fantasía épica de Juego de Tronos. En un mundo marcado por el maniqueísmo es habitual ceñirse a la realidad como una dualidad entre opciones: optimismo/pesimismo, utopía/distopía, evasión/realismo. La tendencia de asociar evasión con utopía y realismo con distopía, resulta casi inevitable. Muchos de los que hemos vivido los años ochenta observamos con pesar la actual situación, en la que resulta muy difícil la propuesta de futuros grandiosos sin ser tachado de infantil o ingenuo. Treinta años después de creer que la humanidad había superado por fin la amenaza nuclear, tenemos a un par de botarates amenazándose con tirar algún misil. Se ha llegado a un punto en el que no se puede ni hablar del tiempo sin que nos venga a la mente la visión de huracanes destrozando viviendas.

El pesimismo es el sentimiento habitual ante esta situación. Es la respuesta lógica y puede que hasta necesaria. Nuestra mente se prepara antes de que ocurra la catástrofe, minimizando el impacto en caso de que esta llegue. Pero aunque esta negatividad como advertencia o preparación ante lo peor tiene su utilidad, no deja de resultar agorera y nos bloquea para seguir adelante. ¿Qué otro sentimiento puede ayudarnos a procesar la situación pero con una visión de futuro más positiva?

Un policía en la luna (Tomas Gauld, 2016) es una visión nostálgica pero al mismo tiempo divertida, de la visión de futuro que se tenía en los años sesenta. Su autor se siente fascinado por esa melancolía, pero es muy critico con las actuales visiones cínicas y pesimistas enfocadas excesivamente en la parte negativa, sin recordar los grandes logros alcanzados y sin tener en cuenta los que todavía, si nos lo proponemos, se pueden alcanzar. No serán tan magníficos como habíamos imaginado antaño, pero tampoco tienen que ser catastróficos. Puede que simplemente nos haga falta algo de modestia, de humildad, recapacitar sobre los errores. Fue entonces cuando me acordé de la última película de Pixar que había visto.

Del revés (Pete Docter, Ronnie Del Carmen, 2015), es una obra de animación en la que la tristeza es una de las protagonistas, como uno de los sentimientos clave de nuestra personalidad. Lejos de ser una tragedia, las fases melancólicas son imprescindibles en nuestra evolución como individuos, y por qué no, puede que también como sociedad. Así pues, abracemosla sin remordimiento, sintámonos tristes y melancólicos por ese futuro que nunca será como imaginábamos. Lloremos por los sueños rotos, sumerjámonos en lo más hondo del pozo, porque una vez allí, el único camino es subir hacia la luz.

Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en El Sitio de ciencia-ficción
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Cartel promocional de la película prácticamente desconocida en España 'Idiocracia'

Se asocia la ciencia-ficción con apocalípsis, cataclismos y sociedades totalitarias y distópicas. Que duda cabe que este género ha alumbrado obras excepcionales que entran dentro de estas descripciones convertidas en verdaderos clásicos de la literatura como 1984 o ¿Un mundo feliz?. Pero otros clásicos como Fundación, Dune o Crónicas Marcianas, por citar algunos ejemplos, muestran con mayor o menor realismo, con mayor o menor optimismo, otras visiones igual o más complejas de la Humanidad combinadas con un mensaje más constructivo. El pesimismo insistente del ciberpunk ha copado la producción audiovidual de este género hasta hace muy poco, desvirtuando su concepción clásica y envolviéndolo de un aire oscuro y supuestamente «adulto», priorizando un tipo de obras concreto de ciencia-ficción —BallardDick como casos más significativos— mientras que el resto del género ha quedado relegado a ámbitos minoritarios o secundarios, debiendo recurrir a las franquicias calificadas como «de frikis» ―adjetivo al que sus aficionados han acabado contribuyendo― para encontrar una aceptación mayoritaria. La implacable actualidad de las décadas recientes en las que las odiseas espaciales solo existían en galaxias lejanas, la ciencia-ficción seria y adulta debía ser apocalíptica, oscura y destructiva ¿Qué hay de justificable en esta situación? Es decir, ¿hasta qué punto es compatible un gran desarrollo tecnológico con mantener a salvo nuestro planeta o nuestra especie? ¿Estamos condenados a sucumbir finalmente a nuestros propios e inevitables defectos? ¿Tiene razón el ciberpunk?

Fotograma de "Los Supersónicos", serie animada de TV sobre una sociedad en la que la tecnología está completamente dominada y a su servicio

En el optimismo de épocas anteriores no era descabellado suponer que lo próximo por venir seria una alfabetización completa de toda la población del planeta y posteriormente, una paulatina mejora en los sistemas educativos de manera que resultaba plausible postular un futuro en el que el conocimiento científico y tecnológico sería ubicuo y más que aceptable. Sin embargo en la actualidad, el desarrollo social es en la práctica inexistente y salvo en los años más recientes ―hasta el famoso bosón de Higgs― los eventos científicos del tipo «pequeño paso para el individuo pero grande para la humanidad» han brillado por su ausencia durante cuarenta años.



En las tres citas de conocidos divulgadores científicos que se mostrarán a continuación, recopiladas a lo largo de los últimos años, se puede extraer que el mundo científico parece coincidir en que la humanidad se encuentra en un momento complicado. La primera de ellas es del conocido Carl Sagan, el cual se lamentaba hace ya veinte años ―en pleno auge del posmodernismo― de la repentina parálisis cultural y científica de la sociedad, haciendo alusión a sus representantes políticos, apartado que ha empeorado notablemente desde entonces. Otro divulgador, el reconocido paleontólogo Juan Luis Arsuaga, mostraba su preocupación con la posibilidad de que la evolución —un proceso aleatorio en origen— nos haya arrastrado a una situación incoherente estando en constante contradicción con nosotros mismos.
Como resultado final de nuestra historia evolutiva conviven en cada uno de nosotros dos identidades, la individual y la colectiva. Negar la existencia de cualquiera de las dos naturalezas humanas es cerrar los ojos a la realidad. Mientras que la identidad individual nos empuja al egoísmo y a la insolidaridad, la colectiva nos puede llevar al abismo, porque nos hace fácilmente manipulables [..] ¿Será posible que algún día el ser humano pueda superar su permanente contradicción entre el individuo y el grupo? ¿Nos habrá conducido la evolución hacia un callejón sin salida?
Juan Luis Arsuaga (El collar del neandertal)

Por último, José Luis Pinillos expone en La Mente Humana (1969) que una ciencia y tecnología cada vez más ubicuas y poderosas, son gobernadas sin embargo por el mismo ser igualmente frágil e inestable que vive dentro de nosotros desde hace miles de años. Un ser que ante una evolución biológica estancada tiene la obligación de evolucionar culturalmente ya que de lo contrario, será probablemente incapaz de evitar que el ser irracional que todavía llevamos dentro cometa una imprudencia que en esas circunstancias, sería catastrófica.

Por si fuera poco, si bien un arma se construye desde el primer momento con intención destructora, con otras tecnologías no se advierte tan fácilmente a partir de qué momento se convierten en perjudiciales. Todos aplaudimos los potentes dispositivos que llevamos en nuestros bolsillos, sin embargo, un mal uso que nadie se preocupa con eficacia en advertir —mucho menos en prevenir— puede ser origen de aislamiento social o convertirse en adicción, al estimular hábitos que hasta ese momento permanecían «aletargados». La tecnología, el marketing y las tarifas planas, nos permiten llevar nuestras aficiones hasta extremos que nunca antes podían imaginarse. Una multi-tarea continua que nos consume, a nosotros como individuos y al resto del planeta. En este escenario, el único límite sería nuestro autocontrol, capacidad que los sistemas educativos oficiales solo recuerdan cuando se trata de ser sumisos y obedientes ciudadanos.
Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a aceptarlo —R. Giskaard Reventlov
Robots e Imperio (IsaacAsimov, 1985)

Se puede concluir por tanto que el peligro es real. En este caso la ciencia-ficción nos advierte con todo el sentido. No se trata de simples fantasías, sino escenarios construidos con detalle cuyas ficciones obedecen a un propósito determinado.

1ª parte: el techo evolutivo

En la obra de Arthur C. Clarke es recurrente suponer que nuestro espontáneo y aleatorio proceso evolutivo está vigilado por alguna especie de seres superiores que de vez en cuando dan algún empujoncito por aquí o por allá para ir desencadenando y corrigiendo cosas. Además de la conocida 2001: Una Odisea del Espacio, en El Fin de la Infancia (1953) su autor postula con que una especie alienígena nos visita para «corregir» el rumbo de nuestra especie, la cuál se encuentra al borde de su autodestrucción al desarrollar tecnologías cuyo poder no ha aprendido a controlar. Los overlords o «superseñores», como se les llama en la obra, han de que actuar... de nuevo, con resultados preocupantes. La Utopía, un lugar donde no hay guerras, ni hambre, ni injusticia, es sin embargo un lugar intelectualmente yermo, sin arte, sin genio, sin ciencia ¿somos incompatibles con un futuro idílico? ¿es el sino de la humanidad vivir en constante enfrentamiento para poder manifestar nuestro potencial? Otra visión sobre este asunto es la de Isaac Asimov en su obra El fin de la Eternidad, en la que se advierte de las consecuencias negativas que una sobreprotección pueden tener sobre el brillo y genio de la humanidad, un aspecto que los guardianes de La Eternidad no habían tenido en cuenta.

La Humanidad como un virus

Matrix —junto con Blade RunnerNeuromante y otras obras, cada una en su ámbito— es uno de los citados ejemplos a destacar de esa visión pesimista y negativa de nuestro futuro, base y seña de identidad del ciberpunk. El agente Smith mantiene una definitoria conversación con Neo que sienta algunas bases del mensaje de la famosa saga de los Wachowsky: por un lado, la necesidad de nuestra especie de vivir en un entorno hostil y precario, como un recuerdo atávico del mundo en el que se desarrolló y evolucionó, configurándose como hoy conocemos. A consecuencia, se carece de capacidad de autocontrol, siendo dicho entorno el único límite a nuestros excesos. Nos abandonamos arruinándolo todo a nuestro alrededor hasta lograr el paisaje apocalíptico que este tipo de ciencia-ficción no deja de advertir, hasta el punto tal vez de convertirse en profecía autocumplida. La humanidad acaba convertida en una plaga vírica, una masa sin mente que inunda y consume todo aquello allá donde se establece.

Señales

La actualidad nos ofrece algunos indicios que alertan de la posibilidad de que estemos ya inadvertidamente, en una distopía. Signos que estaban ya presentes en las obras de ciencia-ficción mencionadas. Tal y como se relata en la recreación de una hipotética conversación entre George Orwell y Aldous Huxley —basada en la obra de Neil Postman (Divertirse hasta morir, 2013) y los dibujos de Stuart McMillen— parece que es el creador de ¿Un mundo feliz? el que más acierto tuvo al especular sobre las formas de tener controlada a la sociedad. Algunas de estas evidencias, tal vez discutibles para algunos, serían: redes sociales que fomentan la procrastrinación y —paradójicamente— el aislamiento social; inteligencia artificial y robots que nos sustituyen paulatinamente y sin control sobre su ética de proceder; perdida continua del derecho a la privacidad, sistemas políticos infestados de mediocres y corruptos que sin embargo, manejan una increíble cantidad de información vital sobre la sociedad lo que les permite manipularla a su antojo, en su propio beneficio y en perjuicio de la misma, al servicio de corporaciones transaccionales más poderosas que los propios Estados; falta de control y límite a la destrucción del medio ambiente; terrorismo internacional al alcance de la misma tecnología que crea una brecha de injusticia entre primer y tercer mundo; falta de formación científica, falta de formación humanística y filosófica, falta de educación cívica a todos los niveles y una capacidad intelectual de la sociedad en paulatina disminución, tragedia predicha con mucho sarcasmo en Idiocracia (Mike Judge, 2006)

2ª parte: el optimismo en la ciencia-ficción

Frente a este escenario se encuentra una ciencia-ficción que poca gente de entre los más jóvenes reconocen hoy en día. Gestada a mediados del siglo pasado, confundida por la space ópera galáctica y el frikismo trekkiano, relegada al ostracismo por el postmodernismo y sepultada bajo la «oscuridad» que ha llegado hasta nuestros días ¿Cuál es el sentido de este tipo de ciencia-ficción? ¿es un entretenimiento infantil, sobre un mundo irreal y fantasioso? Este tipo de ciencia-ficción dejó de tener interés a pesar del esfuerzo que pusieron muchos autores en diversos medios para convertirse progresivamente en sinónimo de paisajes apocalípticos, quedando el resto relegada a ámbitos minoritarios o a «cosas de frikis». Sin embargo, algunos autores como Neal Stephenson, Neil Gainman o incluso el propio George R.R. Martin, advierten que la ciencia-ficción que imagina soluciones en lugar de problemas es completamente imprescindible, y que hay que recuperarla, para hacer frente al desánimo y favorecer el estímulo. Sorprendentemente, el escenario parece que está cambiando en los últimos tiempos ya que a pesar de existir todavía muchos problemas, las buenas noticias sobre nuevas soluciones para explorar el espacio y colonizar la Luna o Marte —¡¡incluso Venus!!— o soluciones médicas sobre prótesis humanas controladas mentalmente, parecen indicar que mantener la constancia acaba proporcionando frutos gratificantes, a pesar de los constantes tropiezos y adversidades.

La maldición entrópica

Si algo puede salir mal, probablemente saldrá mal
Ley de Murphy (Edward A. Murphy Jr.)

El segundo principio de la termodinámica indica que el nivel de desorden tiende a aumentar en todo sistema cerrado. El único límite a este fenómeno es la presencia de alguna influencia externa al sistema o la emergencia de algún orden espontáneo como consecuencia del azar, tal y como sucede en algunos sistemas caóticos. Dicen que la vida es uno de estos fenómenos, un orden surgido del caos en un universo condenado al desorden. Según el mito bíblico, los humanos fuimos expulsados del paraíso, de la utopía en la que el orden es eterno. Esta mitología evidencia que en verdad el problema es tan viejo como nuestra especie. Desde hace miles de años que los humanos hemos de trabajar duro todos los días para salir adelante —bueno, todos no, me temo— pero lo que hace distinta la situación a la que nos acercamos peligrosamente es que se ha logrado un desarrollo tecnológico de tal calibre que manejados incorrectamente por ejemplo, la energía nuclear, la inteligencia artificial o la biotecnología, puede provocar más destrozos que mejoras. La tozuda realidad ha demostrado que precisamente por simple dejadez, algún desastre acaba ocurriendo tarde o temprano, debido a la mala costumbre de los humanos de complicarnos la vida. Seres habitantes de un universo de cuya entropía creciente somos víctimas. O tal vez no.

3ª parte: ¿un único camino?

Una de las premisas habituales de las películas sobre invasiones alienígenas para justificar su hostilidad, consiste en suponer que toda civilización avanzada tiende a someter y esclavizar sistemáticamente a las menos desarrolladas tecnológicamente. Pero, también es conocida la tendencia a mirarnos el ombligo y a creer que todo el universo va a hacer lo mismo que nosotros en cualquier circunstancia. Tampoco ha de suponerse como una norma fija que lo que ha ocurrido en el pasado va a tener que suceder de igual manera en el futuro. Parece cierto asumir que desde que la humanidad se convirtió en sedentaria, las disputas por los territorios y sus recursos han condicionado un modelo de expansión basado en la conquista y esclavización, factor que podría considerarse común a la mayoría de culturas del globo. Pero, ¿se puede extrapolar indefinidamente en el tiempo este paradigma? ¿no es posible postular con un punto de inflexión equivalente a las revoluciones culturales como las que han ocurrido en otros ámbitos clásicos como el greco-latino, la Ilustración o incluso la Revolución Industrial? —a pesar de ser fuente de los problemas medioambientales actuales, también es cierto que este periodo ha traído más prosperidad a nuestra especie que ningún otro anteriormente— ¿acaso el mismo desarrollo tecnológico que puede producir una singularidad tecnológica no puede ser también origen de un cambio de paradigma socio-cultural en nuestra especie?
el avance tecnológico de una civilización trae aparejado una disminución y finalmente un abandono de la violencia
Jill Tarter (SETI)

La Llegada (Denis Villeneuve, 2016) es una película atípica en el sentido que otorga una importancia a las humanidades mayor que a las ciencias físicas, las cuales han tenido tradicionalmente una atención mayor en el género. Aunque este aspecto tal vez lo lleva demasiado lejos, no obstante, la obra del director canadiense ha suscitados algunos debates interesantes sobre las consecuencias de un contacto alienígena: salvo el caso poco probable pero posible de una especie nómada que vaga por el espacio en busca de recursos —Independence Day— la comunidad científica piensa que un aumento de tecnología implica una disminución de la violencia, hasta incluso su desaparición. La lógica de este argumento resulta en el fondo aplastante: una civilización que no desarrolla una sociedad madura y equilibrada está condenada a sucumbir bajo el poder de su propia tecnología. De esta manera los escenarios más coherentes en este sentido son —además del citado— tanto las distopías en las que se ha consumado una total o parcial destrucción del medio ambiente terráqueo —Blade Runner— como por el contrario, aquellas en las que la humanidad viaja a las estrellas con confianza y arrojo —Star Trek—. Quedarían fuera de esta clasificación obras como la saga de Alien o Avatar, donde la avanzada tecnología, las carencias educativas y el desprecio por el medio ambiente conviven, inexplicablemente, sin aparente problema.

El Reloj del Apocalípsis

Siendo igualmente válidas ambas posturas, es la optimista sin embargo la verdaderamente imprescindible ya que como se ha visto, el desorden se adviene sin esfuerzo y es el orden el que hay que estimular continuadamente. La cuestión es ¿qué hace falta para lograr dar ese paso que nos falta? ¿el Reloj del Apocalípsis avanza inexorable hasta nuestro Juicio Final o se logrará detener, incluso invertir, la cuenta atrás? Para perder nuestro tiempo abandonándonos, no hacía falta haber aparecido sobre la faz de un pequeño planeta rocoso en la tercera órbita de una estrella amarilla de tamaño medio. En Star Trek: Más Allá (Justin Lin, 2016) parecen haberse planteado la misma pregunta. En ella, los tripulantes de la Enterprise se enfrentan al enemigo que simboliza su pasado ―nuestro futuro inmediato― mientras que sus protagonistas pertenecen a una nueva era de la civilización en la que se ha superado por fin el paradigma comentado al inicio: el uso de los mismos motivos de siempre como excusa para repetir una y otra vez, las mismas guerras.

4ª (y última) parte: caminando hacia algún lugar

Lo que no me mata, me hace más fuerte
Friedrich Nietzsche (1844-1900)

Tal vez el principal problema de la humanidad es que se enfrenta a una situación paradójica provocada por sus propias características como especie. Se podría decir de manera muy resumida que al mismo tiempo que el ser humano modifica su entorno para que sus necesidades más perentorias queden completamente satisfechas, la falta de estas provoca sin embargo el acomodamiento y el excesivo nihilismo de la sociedad. A su vez, el sistema de mercado alimenta de manera cada vez más «eficiente» gracias a la tecnología la satisfacción del resto de necesidades, tanto reales como inventadas para la ocasión, realimentando el sistema y entrando en un bucle de acoplamiento que de no cortarse, nos llevaría al conocido escenario apocalíptico. Aunque la situación parece estar bastante complicada, existen algunos ejemplos que muestran que es posible alcanzar algún tipo de control sobre ella. Ciñéndose a los hechos para no repetir argumentos oídos anteriormente y que puede que resulten manidos, en el ámbito de los países del norte de Europa se pueden encontrar algunos logros notables en materia social, política, educativa y cultural, que vendrían a demostrar que hay mucho margen de mejora hacia donde encaminarse:

  • Un sistema educativo (Finlandia) basado en la cooperación en lugar de la autoridad y que responsabiliza a los alumnos al mismo tiempo que les da más poder de decisión.
  • Sistemas judiciales que simplemente funcionan (Dinamarca) y que seguramente como consecuencia hace que sus niveles de corrupción estén completamente contenidos.
  • Economías inclusivas y con poca desigualdad social (Noruega) con las que se alcanzan niveles máximos de desarrollo humano.
  • Políticas de sanción, rehabilitación y reinserción social tan efectivas que lleva incluso a tener que cerrar cárceles (Suecia).
  • Y además, hacen buenas series de TV.

Pero no significa que sean perfectos. Problemas como tasas de suicidio (Finlandia) relativamente elevadas comparadas con el entorno mediterráneo —aunque aún por debajo de países como China o Rusia— o también, el efecto negativo de políticas sociales que con la intención de aumentar la independencia del individuo alejándolo de un entorno familiar limitador (Suecia) han obtenido sin embargo algunos efectos indeseados como soledad o aburrimiento.
Lo importante de Star Trek no es la tecnología sino la noción de humanidad común y la confianza en nuestra habilidad para resolver problemas
Barack Obama

La Utopía, entendida como un lugar en donde no existen los problemas, es en el universo que conocemos tan imposible como perjudicial para nuestra naturaleza ¿Significa esto que necesitamos vivir en el entorno hostil que recriminaba el agente Smith de Matrix? ¿nos gustan los problemas como dice la canción? Depende de cómo quiera verlo cada uno, pero siendo inevitable la existencia de problemas a los que enfrentarse, el momento en que nos sentimos verdaderamente realizados y satisfechos, cuando sale a relucir lo mejor de nuestra especie, es resolviéndolos.

[Esta entrada se comenzó a escribir el 28 de Febrero y fue publicada el 12 de mayo de 2017 en este blog y posteriormente en Planetas Prohibidos]

Artículo publicado posteriormente en el blog 'Planetas Prohibidos' el 17 de septiembre de 2017
Artículo publicado posteriormente en 'El Sitio de ciencia-ficción' el 7 de octubre de 2018
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