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¿Cuándo no ha vivido la humanidad tiempos difíciles? Se ha acabado convirtiendo en un tópico expresar lo duros que son los tiempos y lo bien que se vivía antes. Porque cada época ha tenido sus problemas, y sus respectivas sociedades han padecido el sesgo de percibir que todo se reducía a lo que ocurría en aquel momento. Sin embargo, parece claro que han habido épocas peores que otras. La humanidad ha dado muchos tumbos de un lado para otro, con cambios culturales, religiones y revoluciones políticas con resultados diversos. Pero desde cierto momento de la historia de la humanidad y su turbulento deambular, algo podría haber cambiado respecto a épocas anteriores. 

Un momento de cambio

El método científico brindó a la humanidad una herramienta para avanzar en el conocimiento de manera prácticamente constante. Es cierto que cegados por un exceso de optimismo que devenía en prepotencia, se han llevado algunas premisas demasiado lejos —la teoría mecanicista del universo, que lo concebía como un sistema de engranajes predecible, fue desafiada por la mecánica cuántica. De manera similar, los intentos por crear un sistema axiomático matemático completo fueron descartados gracias a las investigaciones de Russell y Gödel, al demostrar que era una meta inalcanzable— Sin embargo, estos episodios ocasionados por el ansia humana de certezas, lejos de ser retrocesos, demuestran la capacidad de la ciencia para autocorregirse y avanzar hacia una comprensión más profunda de la realidad.

Teniendo en cuenta todos estos factores, puede aventurarse afirmar que desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, el progreso tecnológico protagonizado sobre todo por Occidente, no lo ha sido tanto en los ámbitos morales, éticos, sociales o simplemente, humanos: guerras mundiales, desigualdad, polarización, desinformación, problemas educativos, adiciones tecnológicas, consumismo, cortoplacismo económico —obsolescencia programada, errores de previsión logísticos de alcance mundial— cortoplacismo político —falta de un plan económico que reduzca el paro o los actuales retos de transición ecológica— problemas medioambientales y problemas de salud ocasionados por el estrés que produce la incertidumbre y la falta de propósito laboral o los ocasionados por una vida sedentaria.

El estancamiento de lo humano

Es decir, mientras la ciencia y la tecnología avanzan de manera imparable, el ser humano no parece que aplique estos conocimientos en la construcción de mejores sociedades. El resultado de esta tendencia asimétrica es que la producción cultural y la sociedad, en su habitual círculo de mutua influencia, han reaccionado con unas preferencias culturales en la que la distopía ha ocupado un papel preponderante. Hasta ahora todo normal, pero se podría decir que el trasfondo destructivo de la distopía ha generado una singularidad en la que la generación de nuevas ideas ha quedado estancada. No hay más que echar un vistazo a lo que ha ocurrido desde que el pesimismo del ciberpunk hizo su aparición a finales del siglo pasado: si bien tuvo un pico de creatividad en la década final del siglo, los inicios de este dejan claro que algo ha cambiado profundamente. Y no a mejor.

Sin embargo, sobre todo este desolador panorama, coexiste desde hace décadas una producción cultural que ha resistido todos los envites de la distopía. Una producción audiovisual que se originó en el contexto de las reivindicaciones políticas de finales de la década de los 60, tal vez el último periodo de optimismo reciente. Desde entonces, ha pretendido ser el eje vehicular de la lucha contra la discriminación, contra la rigidez de ideas, contra los prejuicios, a favor de la colaboración, del trabajo en equipo, del mérito personal, sin que el ruido de las clases sociales o de la diferente biología interfieran en su reconocimiento. Efectivamente, esta serie es Star Trek.

Lamentablemente, su intento por mostrar un futuro más esperanzador para nuestra peculiar especie no ha logrado la repercusión equivalente que, en el ámbito de la cultura popular, ha cosechado esta obra de ciencia-ficción. O puede que hayamos caído también en señalar el lado negativo y no reconocer la influencia de esta serie, precursora junto a Star Wars de las franquicias mediáticas. No obstante, es inevitable señalar que esta producción parece haber divergido en relación al resto del panorama cultural, hasta el punto de ser considerada una excentricidad, una frikada, objeto de burla y menosprecio por sus colores chillones, jerga tecnológica y, especialmente, su visión optimista de la organización humana. 

El optimismo como desafío

Star Trek ha vuelto al medio audiovisual, sobre todo el de la televisión, gracias al fenómeno del streaming. Sin embargo, continúa sin deshacerse de su «halo friki» a pesar de haber mejorado mucho en estética, carácter aventurero y mayor énfasis en el humor, como en la serie Star Trek: Strange New Worlds, sin descuidar temas filosóficos o humanistas. El mayor problema de la serie para cierto sector de la población no es otro, al parecer, que el optimismo. En esta producción televisiva, cuyo sistema político y económico ha sido objeto de largos y complejos estudios en los que no se va a profundizar, muestran una organización política centralizada basada en el mérito, en el que el protagonismo alcanzado es aprovechado para el propósito del colectivo al que representan, en lugar de para medrar en él.

La polarización política y el panorama que nos muestra la actualidad, hace complicado «imaginar» una situación como la que desde hace más de cincuenta años proponen en la obra creada por Gene Rodenberry, oponiéndose a dicho ruido mediático, lo que ha ocasionado que el mensaje llegue cada vez a un sector más específico de aficionados y menos al «público general», ávido consumidor de distopías. Es en esta situación donde se puede observar otra «singularidad»: ¿Acaso la ciencia-ficción no consiste en imaginar caminos alternativos por improbables que parezcan? Parafraseando a Fredric Jameson, nos resulta más fácil imaginar a un replicante con sentimientos o a la Nostromo surcando el Cosmos, que la existencia de políticos decentes o que actúen en un sistema que fomente el que lo sean.

¿Hasta qué punto los prejuicios de la sociedad en un momento o época determinada permiten que los postulados en las obras de ciencia ficción se consideren «posibles»? La política no debería estar exenta de especular nuevas opciones en ese sentido. Sin embargo, se corre el riesgo de idealizar las soluciones y caer en la excesiva simplicidad de alterar nuestra genética o imponer sistemas políticos que restrinjan lo que nos define como humanos, más allá de las necesarias normas de convivencia. Más aún si esos cambios son decididos por una élite que permanece al margen, dictando qué, cómo y a quién vetar los sentimientos o libertades que nos definen como personas. Un camino que, inevitablemente, nos llevaría a la distopía.

El humanismo de Star Trek

Entonces ¿Qué postulan en Star Trek? Se puede decir que proponen justamente lo contrario a la deshumanización que suele ser habitual en las distopías: promover el espíritu humano en la mejor versión posible de nosotros. Cierto es que en la serie no se especifica en detalle cuál sería ese hipotético sistema en el que primase la colaboración y el mérito ¿Pero acaso se explican en las obras de ciencia-ficción distópica cómo las élites transfieren sus consciencias a cuerpos jóvenes o como una Matrix recrea un universo virtual en nuestras mentes dormidas? La serie no pretender tomar parte en la imposición de un modelo político concreto, sino acometer la necesidad de llegar a una solución y explorar la posibilidad de lo que se podría conseguir, especulando con su resultado. 

La sociedad en Star Trek ha dejado atrás todos los vicios de hoy en día que nos lastran como la avaricia, la acumulación y el beneficio inmediato, lo que puede recordar a algunos sistemas políticos conocidos —se habla de un socialismo europeo proto-post-escasez—. No obstante, aunque en otras series y capítulos de la extensa saga se menciona que es una sociedad meritocrática a la que se ha llegado tras una guerra traumática de la que surgió un nuevo humanismo cosmológico, parece claro que es un modelo que todavía no conocemos, de la misma manera que las tribus del Paleolítico no conocían la democracia o el concepto de Estado. Porque en eso consiste la ciencia-ficción, en imaginar escenarios sin importar lo poco probables que puedan parecer en un determinado momento de la historia.

El espectador atrapado en la vorágine distópica se preguntará qué motivaciones pueden impulsar a los individuos de esa sociedad, más allá del placer inmediato que nos brinda la actualidad. Y cierto es que, si los seres humanos no pueden aprender a encontrarlas en el amor, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte o, en definitiva, en descubrir nuevos mundos y nuevas civilizaciones y atreverse a llegar a donde nadie ha llegado antes imaginando utopías políticas por descubrir, entonces, quizá, ya todo daría igual.

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Destruir siempre ha sido, es y será, más fácil que construir. Por este motivo, las distopías o aquellos relatos donde las personas han sucumbido a sus instintos más simples y primitivos, van a triunfar con mayor probabilidad sobre otros en los que se intente mostrar constructos sociales algo más elaborados. Entonces ¿Cómo lograr un lenguaje utópico que no se vea absorbido por el distópico, que logre superar dicha limitación de la que se parte? Aquí algunos apuntes que tal vez puedan dar una respuesta:

Igual para todos

Para desmarcarse de la distopía, una utopía no ha de tener delimitaciones en cuanto a cómo es interpretada por los protagonistas o por la sociedad ubicada en ella. En las distopías es habitual que, por demacrada que sea la situación, siempre hay alguien que saca beneficio de ella. Es decir, en las distopías —no confundir con lo apocalíptico— existe una mayoría oprimida por una minoría, la cual vive en su utopía particular. Intentar mostrar una utopía sin tener en cuenta esta circunstancia y definir paisajes idílicos, implica limitarse a relatar el reverso utópico de una distopía. Esta manera de crear utopías no es más que otro método para lograr distopías. Por tanto, independientemente de como se quiera definirla, una «verdadera» utopía lo ha de ser para todos. Esto fuerza la definición de una sociedad que contemple de manera verosímil cómo son logrados y repartidos los recursos y los problemas. Un mundo que sea abundante y lo sea igual para todos, exige una premisa fundamental que lo defina, aunque sea ficticia, como por ejemplo lo es el dispensador de alimentos de Star Trek.

Existencia de problemas

De lo anterior se desprende que el nuevo lenguaje utópico ha de reservar un espacio para la existencia de problemas. La ausencia de problemas no ha de ser el factor que defina a una utopía. Como se mostraba, las distopías no son simplemente lugares caracterizados por una gran cantidad de problemas sino por el reparto de estos de una forma desigual y en base a criterios políticos, de clase, raciales, biológicos o tecnológicos. En definitiva, sociedades organizadas de manera que se perciban como desiguales o injustas. Por tanto, siguiendo con este razonamiento, la utopía no sería un lugar caracterizado por la ausencia de problemas, sino por la existencia de algún criterio ético o racional de su reparto que sea percibido como equitativo y justo por parte de la sociedad.

Qué contar y cómo contar

Parece fácil ¿verdad? Sin embargo, no lo es. En teoría la idea es presentar en una obra de ciencia-ficción un modelo de sociedad que no presente la mayoría de problemas debidos a tensiones o desigualdades actualmente existentes, relatada con el habitual rigor, coherencia y verosimilitud que caracteriza a la ciencia-ficción. Pero en la práctica nos encontramos con un extraño bloqueo y una serie de problemas: 

El primero de ellos es el de las propias ideologías y anhelos políticos, acerca de un orden tal vez idealizado y construido como consecuencia de impulsos viscerales no reconocidos provenientes de pasados familiares no demasiado alegres. Lograr la necesaria objetividad para construir una propuesta de orden social que logre lo señalado no es sencillo, pero es indispensable.

El segundo es que en algunos casos son percibidos como auténticos ataques políticos a los responsables de la situación que exista en el momento de la propuesta, aunque su verdadera intención no sea esa en absoluto. De una u otra manera, habrá que enfrentarse a la maquinaria institucional del establishment que de manera ciega, filtra todo lo que no encaja dentro de sus reglas diseñadas para garantizar su autosubsistencia. No sería la primera vez que los autores han de camuflar sus obras para que no se vean arrinconadas en el ostracismo. En este caso se hace especialmente complicado ya que es necesaria cierta visión explícita y evidente para que las ideas lleguen a su destino. Aunque parece que en los tiempos recientes esta respuesta reaccionaria se está relajando.
Con la iglesia hemos dado, Sancho
―don Quijote de la Mancha

La tercera, la peor y más complicada de todas —en cuanto se intenta poner sobre la mesa se acaba entrado en un jardín de difícil salida o en un charco de profundidad desconocida— sería la paulatina perdida del sentido de lo correcto. La peor porque es la que más tiempo lleva haciendo camino en toda la cultura occidental. Sin entrar en demasiados detalles, podría establecerse un punto de inflexión en el que el patrón de pensamiento de la sociedad del que se partía era el siguiente: 

    1. Creo en mis ideas.
    2. Creo en ellas porque creo que son correctas, sino no creería en ellas.
    3. Como mis ideas son las correctas, lo que hacen los demás es incorrecto.
    4. En la medida pueda, lo correcto sería obligar a los demás a hacer lo correcto.
    5. Si llego al poder, estaré legitimado a usar la capacidad coactiva del estado a obligar por ley a los demás a que hagan lo correcto, es decir, mis ideas. 

Naturalmente, el lector más avezado habrá identificado que el mencionado punto de inflexión no sería otro que la 2GM. Todos concordaremos en que en efecto era necesario mejorar dicho patrón y que había que ponerse manos a la obra. El problema es que a lo que se ha llegado es a esto:

    1. No creo en nada en concreto ya que todas las ideas son igual de buenas (o malas)
    2. Como no existe entonces un criterio de qué es lo correcto, hago lo que me da la gana (o lo que me dejan).
    3. Los demás hacen también lo que les da la gana (o lo que les dejan), y yo me junto con los que hacen lo mismo que yo, y los demás son raros (o frikis, o «no tienen ni puta idea»).
    4. Si alguien opina que lo que hace alguien es incorrecto, es un fascista porque intenta imponer su visión del mundo.
    5. Para llegar y estar en el poder se ha de contentar a la máxima cantidad de gente para que le voten. Como no se puede contentar a todos, los que no le voten harán lo que les dé la gana (o lo que les dejen). 
Sinceramente, la sensación es que la sociedad comenzó bien pero en determinado momento se perdió en el proceso. No hay apenas frontera divisoria entre pensar que un concepto es incorrecto con que te acusen de pretender prohibirlo o imponer una idea que lo sustituya. Es algo así como la falacia de la pendiente resbaladiza, no hay término medio. Pero lo peor de todo son las consecuencias: como cada uno hace lo que le da la gana (o lo que …), continúan igual o en aumento los casos de abusos sexuales; la falta de criterio de la sociedad es tal que es inevitable que la aprovechen con manipulación a través de propaganda tanto de medios públicos como privados; líderes populistas de ambos signos se alzan por doquier; inestabilidades políticas graves en países que hasta hace poco eran ejemplos de la cultura occidental y finalmente, el uso de la fuerza coactiva del estado para reprimir de cuajo problemas sociales. Todo esto ocurre porque la cuestión de si es correcto o no se convierte en una cuestión de mera ideología.
Hay un culto a la ignorancia en Estados Unidos y siempre lo ha habido. La tensión del anti-intelectualismo ha sido una amenaza constante haciéndose camino a través de nuestra vida política y cultural, nutrida por la falsa noción de que la democracia equivale a decir que “mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento”
—Isaac Asimov

Para que una utopía cumpla con los puntos propuestos y no se trate de la implantación de una propuesta particular e interesada de un sector concreto, sino de una que sea asumida por la sociedad de manera profunda, tiene el problema de que es imposible en la situación actual en la que cada individuo cree en lo que le da la gana (…). Tal vez no le guste de verdad a casi nadie ya que habría que tomar decisiones difíciles. En general, todos, de una u otra ideología, deberían hacer autocrítica y prescindir voluntariamente de parte de sus dogmas, por mucho que les cueste. No por ningún motivo concreto, sino porque tal vez no haya otra manera de alcanzarla. No obstante, en la ciencia-ficción de momento sí que pueden hacerse propuestas que partan de un supuesto que añada ese factor aglutinador de la sociedad de manera que nos convenza para dar el paso. En definitiva, aun a riesgo de parecer ingenuo, lo que le falta a la utopía, somos nosotros.

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El no-lugar: gente de paso, libre y anónima

«Vivimos en una España de ciencia ficción»
—Miguel Bosé en el año 2015

Hay muchas distopías. Tantas que, de hecho, en algunas ocasiones cuando se habla de ciencia-ficción se asocia de inmediato con estos escenarios donde los actuales defectos que vemos en las sociedades se han llevado al extremo. Como si imaginar escenarios futuros implicase de manera irremediable que sean peores. Hay variantes como escenarios postapocalípticos que pueden tener, sin embargo, cierto grado de optimismo, de mirada esperanzadora al futuro como la serie de televisión Estación 11. Esta es al parecer una de las pocas maneras en las que se transmite un mensaje positivo en una obra de ficción que pretenda mostrar un escenario alternativo partiendo de la realidad que conocemos. De cualquier manera, incluso en estos casos el resultado mostrado es siempre peor que la realidad actual. En definitiva, parece existir una barrera psicológica a la posibilidad de imaginar de manera realista un escenario mejor, una realidad mejor, una situación mejor, que pretenda ser una evolución, aunque ficticia e imperfecta, de la situación en la que nos encontramos. Este bloqueo se manifiesta de manera que en cuanto se muestra un escenario de estas características se define como «utópico», que suele conllevar paradójicamente un significado negativo, por asociarse con lo irrealizable. En ocasiones incluso se asocia con lo inimaginable, como si fuera una tarea imposible imaginar algo mejor que la situación actual, fuera de la mera fantasía «poco adulta» o de evasión. A menudo, la utopía resulta ser poco más que una tapadera de un oscuro y siniestro sistema con el que poco tiene que ver, de nuevo, asimilando que si algo es tan aparentemente ideal es que, en efecto, es falso, dificultando otra vez el mostrar escenarios evolucionados y realistas que se presenten como una mejora del mundo que nos rodea.

Afortunadamente —o no, según como se mire— esta situación se da sobre todo en las corrientes principales de cultura popular —o mainstream— que cuentan con el apoyo del poder establecido —establishment— ya que fuera de este ámbito, existen otras tendencias culturales que circulan en sentidos diferentes, incluso contrarios. Una de ellas es el cada vez más conocido Solar Punk. Sin ánimo de entrar en detalles que pueden encontrarse en Internet, decir que en este subgénero la tecnología avanzada no lleva el estigma de simbolizar la degradación humana amplificando sus vicios y defectos como en el Ciberpunk, sino al contrario, proveernos de los mismos servicios fundamentales que nos hagan más cómoda la vida, pero de una manera en la que se prioriza la llamada sostenibilidad, es decir, que además de cumplir con su función lo haga dentro de unos parámetros de durabilidad, eficiencia energética y emisión de residuos mínima, antes que otros como rentabilidad comercial o facilidad de fabricación para abaratar costes, sin importar a qué coste. En definitiva, usar la tecnología para hacer que la propia tecnología sea mejor desde un punto de vista de utilidad social, sin caer fácilmente en la utilidad inmediata, pero creadora a la larga de más problemas.

¿Cuál puede ser el origen de ese filtro mediático? Bien, el principal lugar donde hay que buscar es en aquellos ámbitos para los que una sociedad que imagina lugares y épocas futuras donde la mayoría de los problemas actuales no existen o están reducidos a su mínima expresión, les resulta una amenaza o un inconveniente. Efectivamente, una ciencia-ficción «utópica», o simplemente aquella que intenta trazar una ruta mental hacía un mundo mejor que el actual, emerge como una amenaza política para los responsables de dicho ámbito, sea o no su intención, al sembrar en la sociedad una esperanza realista, sólida, donde los autores han realizado un verdadero esfuerzo de especulación aun siendo en escenarios ficticios, lejos de la mera fantasía de unicornios, arco iris y gente con túnicas y flores en la cabeza. No por tener nada en contra de ellos, pero sí cuando se ofrecen como única opción frente a la distopía. Precisamente, en la serie Moonhaven especulan con un proyecto de sociedad donde se han corregido la mayoría de los problemas que han llevado a la Tierra a una situación insostenible, con la idea de aplicar dicho modelo en nuestro planeta. La serie muestra ideas interesantes, pero cae en una estética hippie estereotipada.

¿Existe esa corriente cultural centrada en la construcción de futuros viables? Sí, aunque no debe sorprendernos si no la vemos en los principales escaparates ni anunciada en los grandes medios. No se trata tampoco de la literatura utópica clásica basada en la idealización, sino de cómo se ha comentado, ejercicios de especulación elaborados. Puede que todo empezara en el 2011 con Neal Stephenson y su artículo Innovation Starvation, donde apuntaba precisamente al papel que la ciencia-ficción tiene en la construcción de esos escenarios futuristas elaborados y la paulatina pérdida del empuje creativo en ese sentido. En el artículo, Stephenson relata su participación en el foro Future Tense de la Universidad de Arizona donde a día de hoy se continúa compartiendo ideas sobre el futuro de una manera constructiva, no fatalista. En la obra Twelve Tomorrows, varios autores de ciencia-ficción se esfuerzan por mostrar distintos escenarios futuristas también alejados del catastrofismo. En España, una iniciativa similar ha surgido llamada Tecnofuturos, pero en nuestro ámbito cultural. En cuanto a literatura, la iniciativa Tiempo de Utopías, promovida por Fundación Asimov, en su 1er Premio Pragma ha logrado agrupar cuatro relatos de estas características.

Etimológicamente, utopía es el no-lugar, lo que significa que es aquello que no puede darse, que no puede existir. Efectivamente, esta definición no es muy esperanzadora y de alguna manera se configura como una de las principales trabas a la hora de imaginar un futuro mejor que el actual, no un futuro donde el principal cambio es el desarrollo tecnológico, en lugar del humano o el social. Sin embargo, un estudio antropológico ha encontrado otra definición para el no-lugar, alejada del concepto idealizado de la utopía. Un no-lugar real y visitable, donde las personas conviven de manera anónima, donde están de paso. Son también lugares sin banderas, sin fronteras y sin jerarquías. Lugares, a pesar de todo, donde las nuevas generaciones se encuentran. Tal vez el error es el intentar buscar un lugar perfectamente definido con una hoja de ruta y unas normas rígidas a seguir para mantener ese lugar soñado. Puede que la solución no sea buscar un lugar donde ir, sino un no-lugar donde estar. No imaginar lugares lejanos, para en su lugar, convertir cualquier lugar en lo que queremos. Tal vez no haya que pensar siquiera en un lugar, sino cambiarnos a nosotros para convertir allá donde estemos, en ese no-lugar que suponíamos que no podía existir.



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John Carter [wallpaper]

La libertad es uno de los derechos más preciados por la sociedad. A poca gente se le ocurriría poner en duda lo más mínimo este derecho ineludible del ser humano. No faltan los que en cuanto se pretende acotar el término sospechan de ciertas tendencias políticas o ideológicas, haciendo uso de etiquetas muy manidas para espetárselas al que ha osado abrir la boca, llegando a la paradójica auto-contradicción. Pero empecemos por el principio: ¿libertad para qué?

Desde que en España comenzamos a disfrutar del actual periodo llamado democrático, uno se encuentra con extraordinaria frecuencia la idea de que gracias a ello, se puede hacer «lo que uno quiera». A mi personalmente siempre me ha llamado mucho la atención esta frase. Si bien estoy por supuesto de acuerdo en un sentido amplio, me surgían muchas preguntas para las que no encontraba respuesta. Por ejemplo: si puedo hacer «lo que quiera» ¿Significa que puedo estar haciendo todo el día tonterías y diciendo chorradas? ¿O significa que cualquier cosa que haga va a dejar de ser considerada como una «tontería»? ¿No se debería intentar hacer «lo correcto»?

Claro, esto era y sigue siendo incómodo, ya que obliga a definir qué es lo correcto. Como consecuencia, ayudados por un ambiente político que consiste en decir a la gente lo que quiere escuchar, se ha pasado a la obligatoriedad en la ausencia de definición con frases aparentemente irrefutables como «todas las opiniones y posturas son respetables» ¿A que es difícil poner pegas a esto? ¿A que nos resulta «cómodo» seguir con nuestras ideas sin intentar corregir a nadie, ni a nosotros? —total, voy a tener igual el Barça/Madrit en la tele—. Las redes sociales han amplificado todavía más esta situación con la creación de burbujas autoconvencidas y un ambiente político extremadamente polarizado que consiste en machacar ideológicamente al contrario, cuyo principal error es el de pensar diferente a ti.

«Cuando todos piensan igual, es que ninguno está pensando»

―Walter Lippmann

Naturalmente, el problema no reside en que todo el mundo tiene derecho a tener su postura y a manifestarla. Esto es innegable. El problema es, sin embargo, no añadir a continuación la obligación de cuestionarnos su validez o de aceptar que puede estar equivocada. Y créanme, por pura lógica universal matemática, cuando existen dos posturas contrapuestas una a otra, una de ellas no puede ser cierta. No se puede opinar que algo es blanco y es negro al unísono. Ambas posturas son «respetables» pero una al menos, no puede ser cierta: no es incompatible lo respetable con lo equivocado. Puede ocurrir, no obstante, que sea gris y que cada uno vea sólo lo que quiere ver, lo que puede que pase la mayoría de las veces.

Hay que añadir que no se trata de cuestiones culturales o de modas. Estas, por definición, dependen de los criterios que marca la sociedad y son ambiguos o imposibles de determinar objetivamente ya que dependen de preferencias personales y estimaciones arbitrarias. Por ejemplo, no se trata de si es «correcto» llevar sandalias con calcetines subidos hasta la rodilla o todo lo contrario. Y también hay conceptos para los que no existe una respuesta que nos guste, ya que dependen a su vez de otros problemas cuya solución está al alcance de la decisión de muy pocos.

La realidad tiene muchos matices, pero todos llevan al mismo punto. Si alguien está pensando en la mecánica cuántica y aquello de que la realidad depende del observador, del cristal con el que se mira, etc., etc... aunque la física apoya esta aparente subjetividad, una vez la realidad adquiere presencia lo hace dentro de un margen estrecho definido por precisas leyes físicas. Es decir, aun admitiendo que la realidad la construye el observador, sin embargo, no puede crear cualquier realidad, sino solo una muy bien determinada.

Otra frase característica de este periodo actual en el que se encuentra nuestra sociedad, es la de «tu verdad» o «mi verdad», que refuerza la idea de que cada uno puede creer en lo que le de la gana con la única condición de que los demás puedan hacer lo mismo. Como si la verdad dependiera del capricho de cada uno —o lo que es lo mismo, dogmatismo puro y duro—. Y todos tan contentos. Sí, es verdad que cada uno puede creer en lo que le de la gana, pero nadie garantiza si se está o no creyendo en una gilipollez —¿alguien dijo terraplanismo?—.

A la sociedad le preocupa más la «libertad» para escoger una descripción de nuestro mundo, que la correspondencia de esta con el mundo real. No le importa el tiempo, recursos y esfuerzo que una sociedad puede desperdiciar por no tener una versión del mundo que se ajuste a una realidad física. No le ha importado hasta ahora, por ejemplo, todo el daño que un modelo económico basado en la creencia irreal de un crecimiento ilimitado le causaba al medio ambiente. No le ha importado creer en un modelo económico que generaba deuda de un dinero irreal que posteriormente ha quebrado la economía real —la de comer todos los días— de familias con recursos limitados.

¿Cuándo ha empezado esta aversión a la búsqueda de la verdad? Al parecer la culpa de todo esto la tuvieron los nazis, no porque sea fácil echarles la culpa de todo a ellos —que también—, sino porque desde entonces se ha confundido la manera en la que ellos creyeron en su verdad, con el hecho de creer en una verdad. El problema de los nazis no era que creyesen en unos principios y los defendieran con firmeza, sino —entre muchos otros— en creerse con superioridad para imponerla al resto. Es decir, en no considerar que pudieran estar equivocados. 

Esta confusión fue provocada por el ansia en dejar como sea atrás el nazismo y colocar a los ganadores resultantes de aquel desastre como unos salvadores muy por encima de la situación, lo que no era ni es del todo cierto. Como consecuencia, la historiografía y la cultura social resultante construida desde entonces en las democracias occidentales, huye como de la peste de la firmeza en la defensa de las ideas y principios propios y del ansia de conocimiento, en lugar de buscar la autocrítica o el debate. 

Alguien estará pensando cómo se puede ser firme en la defensa de las ideas y a la vez ser autocrítico. Bien, aquí es dónde está la gracia. Hay una cosa que se llama línea argumental y todo el mundo debería establecer la suya propia para llegar a una conclusión. Saber por qué hace las cosas. Cuando se entra en contacto con otras personas y se comparten dichas líneas argumentales, surge la oportunidad de poner en cuestionamiento las propias y someter a crítica la de los demás. No por el deseo de tumbar ideológicamente al oponente, sino para ayudar al prójimo a que se corrija él mismo su línea argumental propia. La idea sería aprender gracias a compartir con los demás estos argumentos, algo que es para lo que deberían servir las redes sociales. Sin embargo, como sabemos, es justamente al contrario.

Sin ánimo de hacer especulaciones gratuitas, es como si el germen del fascismo que ya existía antes del conflicto en aquellos ganadores de la Segunda Guerra Mundial, pero que no pusieron en práctica como sí ocurrió en Alemania, sin embargo, haya evolucionado en un postfascismo que huye de las etiquetas clásicas nazis y al mismo tiempo, las usa para desviar la atención y permanecer inadvertido. El resultado, sea cual sea la explicación, es que por mucho se supone que hayan intentado evitarlo, han generado una sociedad dogmatizada y polarizada ideológicamente, que huye de la verdad y abraza lo intranscendente, lo vulgar y lo directamente falso. Lo fake y lo viral, son las nuevas señas de identidad de la actualidad.

«la eugenesia. Todo el mundo piensa que se circunscribe a la Alemania de Hitler, pero en realidad empezó en Virginia, en la América profunda, y luego Francia y solo después Alemania»

¿Qué tiene esto que ver con la ciencia-ficción? Pues mucho por varios motivos. Uno es que este género suscita los más acalorados debates —por llamarlos de alguna manera— alrededor de su producción cultural. Se llega al punto de que actores son cancelados de la opinión pública por su raza, por su sexo o por alguna cosa que dijeron que hicieron, en alguna parte, hace un tiempo. Y el otro motivo ha sido por propia experiencia en dos situaciones: 

Una de ellas es sobre la reciente serie de televisión de La Fundación en una conocida red social. La cuestión era qué grado de acierto podía lograrse en una critica de esta serie sin haber leído los libros. Tanto la serie como el asunto mencionado podrían ser objeto de largos artículos, pero por resumir, parece bastante razonable argumentar que para adaptar una obra a un medio distinto al suyo original, es al menos conveniente conocer las particularidades de este. Es decir, no es que no se pueda opinar, pero el análisis va a estar cojo con una gran probabilidad de no ser así. Pero si esta discusión puede parecer de traca, el remate es cuando se puede leer la frase «la crítica es libre». Confieso que no entendí lo que ocurría hasta hace poco, cuando he decidido escribir sobre ello. La crítica es en efecto libre, pero nadie discutía eso, sino la validez del argumento expuesto. 

Y el otro caso tiene algo más de tiempo y fue en la misma red social —lamentablemente, los tweet están bloqueados por la autora—. En este caso fue de nuevo otra adaptación de una obra literaria, la película John Carter y las criticas hacía ella por su parecido con Star Wars de la que —decían— no era más que una «copia». En otra red social pretendí —no estoy seguro de con cuanto acierto— explicar que no podía ser una copia ya que la obra original en la que se basaba la película era nada menos de hace más de cien años, literalmente. O sea, a cada uno le puede gustar o no una película o una serie, pero si el principal argumento con el que te has formado tu opinión no tiene ni pies ni cabeza, algo falla. Por mucha libertad que tengas. Continuaba argumentando que tal vez fuera un problema de mercadotecnia, algo que ocurre en bastantes situaciones cuando no se acierta con el mensaje enviado al publico que ocasiona que acudan a las salas con una idea distinta a lo que realmente va a ver. El tiempo me ha dado la razón al hacerse públicas diversas declaraciones de los responsables de la producción admitiendo que la campaña de marketing fue un total desastre. Pero la prueba de que la gente se equivocaba en su juicio a esta película a causa de un argumento falso no es solo por esto: ahora, diez años después, el que ha podido acceder a esta obra sin un prejuicio previo, la está valorando mucho mejor que lo que entonces se hizo.

En estos dos casos el problema ha sido la falta de conocimiento de las obras originales. Esta circunstancia también fue en el lado opuesto, una de las claves del éxito de Avatar, una película plagada de clichés del cine de entretenimiento, cuyo principal aporte fue una nueva manera de hacer dinero y cuya originalidad proviene en su mayor parte de obras literarias las cuales solo un ínfimo porcentaje de los espectadores que la aplauden han leído. Es como si la ignorancia del público se convirtiera en un valor de mercado. Sin embargo, cuando la intención es difundir un mensaje más sofisticado proveniente de una saga literaria a otro medio más popular, la principal crítica, incluso del entorno mediático, se apoya en el desconocimiento de la obra de la que se parte, siendo un blanco fácil ya que en efecto, es desconocida para una mayoría. Parece como si existiese un filtro impuesto por un establishment que opera entre bastidores. En fin, espero estar equivocado.


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La publicidad como medio de control social

Vivimos en una era de grandes contrastes en la que conviven en aparente tranquilidad la tecnología avanzada con la ignorancia de su funcionamiento. Los avances científicos y tecnológicos parecen detenerse en cuanto se alcanza el ámbito educativo, causando que la «brecha de conocimiento» aumente a medida que la tecnología continúa impulsada por el consumismo, sin que vaya acompañada de una adaptación en consecuencia en las escuelas. Instituciones educativas las cuales parece que permanecen al margen de unos cambios y tendencias sociales que acertados o no, ignorarlos no va a hacer que desaparezcan ni que mejoren. Igualmente, la «corrección política» de los educadores hace que estos cuestionen poco de lo que ocurre, limitándose a cumplir con un temario decidido desde arriba en la jerarquía política. Responsables que se retirarán de sus cargos públicos en las mismas compañías «privadas» que proveen de tarifas planas a los disposivos que prohíben en las clases, en lugar de usarlos como herramienta y objetivo de enseñanza. La triste y probable explicación es que la mejora de este sector no parece que suponga un interés inmediato de nadie, en un mundo donde la ganancia a corto plazo se ha convertido en una obsesión. De esta manera, mientras que la tecnología avanza lenta pero inexorable, la educación sucumbe a los pragmáticos intereses de unos pocos, dejándola anclada en el mismo modelo que surgió con la Revolución Industrial.

Estos contrastes se reflejan en la sociedad en modelos donde todo se resume a dos opciones enfrentadas e irreconciliables. Es conoccido el clásico dilema sobre si Star-Wars es fantasía o ciencia-ficción, o si es capitalista y Star-Trek es comunista, que imponen una disyuntiva de partida al personal. Esa práctica se eleva a su máximo exponente en la política, donde los numerosos ejemplos parecen formar parte de una estrategia consistente en dividir a la población, asfixiarla y confundirla de manera que nunca se está satisfecho con ninguna de las monolíticas opciones que el sistema ofrece. En una línea similar ha surgido el debate de quien tenía razón dada la actual coyuntura: Orwell o Huxley. El factor que parece inclinar la balanza hacia este último es la asimilación y disfrute de la situación hasta niveles cercanos a la adicción, en la que viven una mayoría de la población. Más pendiente de las fotos que publica el famoso de turno en Instagram que de los problemas sociales o de urbanismo de su barrio.

El desarrollo de las últimas décadas nos ha traído unas capacidades de comunicación que parecían que iban a ser una herramienta democrática donde cada individuo podía tener su página web o su blog. Sin embargo, toda esa diversidad que existía en el llamado ciberespacio ha acabado reducida a un puñado de canales centralizados en los que la información fluye sin cesar, sin oportunidad para la lectura pausada y meditada: titulares breves y llamativos, imágenes impactantes, contenidos virales en los que la veracidad es el último de los parámetros a tener en cuenta. Canales de información propiedad de empresas privadas de un único país, las cuales filtran el contenido a través de un algoritmo informático cuya finalidad es en teoría optimizar el contenido para adaptarse a la audiencia, pero el resultado es convertir a esta en objetos manipulables, en mera mercancía: desde la colecta de datos con fines publicitarios hasta influir en los resultados electorales.

Un mundo gobernado por políticos para los que los hechos no importan, sino su capacidad para convertirse en virales, cuyo lenguaje no es otro que la neolengua de Orwell. Una audiencia que sabe todo sobre como subir selfies a su perfil, pero no sabe distinguir entre los más burdos bulos y las noticias contrastadas. Una época en la que a pesar de disponer de toda la información, nadie sabe utilizarla de manera provechosa para uno mismo. Lo triste es que este autoengaño que nos destruye como sociedad es el mundo donde las generaciones siguientes van a vivir y la preparación que reciben no les evita replicar el mismo patrón autodestructivo. En definitiva, el ciberpunk del mundo actual se define por una combinación de los aspectos que con el tiempo se han demostrado más probables de entre los que Orwell, Huxley y autores como el de la novela que inspiró a la mayoría de distopías políticas de este tipo, Nosotros (Yevgueni Zamiatin, 1921). En esta obra, los habitantes viven en edificios con paredes transparentes, metáfora que se está convirtiendo poco a poco en una literalidad y como se viene diciendo, con la complicidad de las propias víctimas que se someten felices a sus cautiverios digitales. Prisiones cuyas paredes no se ven, burbujas de rejas virtuales inadvertidas por unos incautos que se creen libres sin ser conscientes que caminan por sendas preestablecidas por algoritmos de contenidos.

Así que de Huxley acabamos en la creación del gran hermano de Orwell, vigilante, que sabe cómo somos, dónde hemos estado y parece que, en breve, sabrá también donde iremos. Un Gran Hermano que camufla su totalitarismo tras las herramientas del capitalismo. Todo gracias a la magia de los nuevos gurús del big data, que cual alquimistas del medievo para un profano, convierten un entramado tecnológico y social de recolección de grandes cantidades de datos en tendencias y probabilidades. Una especie de psicohistoria versión beta al servicio del mejor postor, sea una empresa o un gobierno, al amparo de los vacíos legales. La sociedad responde con un ciberactivismo que usa las mismas herramientas con las que les vigilan. Piratas digitales que acaban contratados por las grandes corporaciones. Redes sociales que alimentan el ego y el exhibicionismo, que retroalimentan nuestras opiniones volviéndonos dogmáticos, que nos rodean de una muralla de supuestos amigos que nos impiden ver que la Internet es mucho más que el muro de tu perfil.
«Creo que hemos creado herramientas que están desgarrando el tejido social de cómo funciona la sociedad»
—Chamath Palihapitiya, ex-ejecutivo de Facebook

Nos encontramos en un círculo vicioso en el que se crean dependencias de unos productos que en el fondo no necesitamos, pero para cuyo consumo es necesaria una infraestructura tecnológica que requiere de unas materias primas que escasean, cada vez más. La buena noticia es que estamos aquí contándolo y buscando soluciones, algo que en las distopías no sería tan sencillo. En cuanto a devolver la libertad a Internet, su propio inventor —Tim Berners-Lee— ha propuesto una solución para salir de esos entornos cerrados y controlados. Sobre la escasez de recursos, hay movimientos como el solarpunk que imaginan un futuro posible donde se aprovechan los existentes sin que el entorno se vea mermado, con una actitud constructiva que huye de populismos engañosos cuyo principal argumento es la simple protesta. En España está el Movimiento Pragma, con la intención de fomentar en la cultura popular la ciencia-ficción racional y constructiva. O iniciativas como Maldita.es, un grupo de voluntarios que trabajan para señalar noticias falsas o cualquier otro tipo de divulgación errónea. Por tanto, si la solución se encuentra en alguna parte, lo imprescindible es que existan valientes que la busquen. No porque sea fácil, sino porque es necesario.
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    Adaptación a la televisión de El Hombre en el Castillo,
    de Philip K. Dick
    Se puede entender la ciencia-ficción como la imaginación de escenarios alternativos en los que se ha modificado algún parámetro de la realidad. Habitualmente es la física la rama de la ciencia que ve como algunas de sus premisas son alteradas para construir dichos escenarios. Por ejemplo, la ciencia-ficción hace comúnmente uso de «universos» ficticios en los que es posible el viaje a mayor velocidad de la luz o la alteración de los campos gravitatorios, entre otras proezas para las que la física actual no tiene explicación satisfactoria.

    En la ciencia-ficción llamada «dura», los autores enfocan su creatividad en dotar a esos nuevos escenarios de toda la consistencia posible. Pero hay otra ciencia-ficción que deja esta precisión en segundo plano, centrando la parte especulativa en cómo esas nuevas situaciones afectan a los protagonistas. La llamada ciencia-ficción «blanda» usa escenarios ficticios con la principal intención de hablar de desde la propia alma humana, hasta la manera en cómo nos organizamos social y políticamente. En Crónicas Marcianas (Ray Bradbury, 1950) su autor decidió usar un Marte alternativo y poco riguroso con la física, simplemente como un escenario lo suficientemente extraño pero al mismo tiempo, cercano y reconocible, para hablar —de una maravillosa manera— sobre nosotros y nuestros problemas. En la Trilogía marciana de Kim Stanley Robinson (1992) se aprovecha de nuevo nuestro planeta vecino como escenario —con mayor cuidado científico— para imaginar cómo la especie humana podría organizarse empezando de nuevo, aprovechando para hacer crítica de los sistemas políticos existentes. Otro ejemplo más reciente y preocupado por la elaboración del entorno con el objeto de especular que clase de organización social podría emerger es Dark Eden (Chris Beckett, 2012), en donde se especula sobre cómo un ambiente extremo puede condicionar la vida y por supuesto, la organización social.

    No es necesario irse a otros planetas para especular sobre como la tecnología afecta a nuestras relaciones sociales. El ciberpunk es un subgénero de la ciencia-ficción que consiste en mostrar el lado más pesimista de esta circunstancia. Distopías definidas por los efectos socialmente perniciosos que un mal uso de la tecnología puede producir a causa de nuestra falta de límites para su comercialización, para su consumo o para ser correctamente regulado por los poderes públicos. Estos así como las corporaciones comerciales, suelen aparecer en estas obras como participantes y cómplices de la situación, en una insana connivencia en la que la sociedad, sean humanos o replicantes, es explotada para favorecer a unos pocos. En la antología Mirrorshades (1986) se encuentran algunos de los ejemplos más representativos. Aunque se dan muchas discusiones sobre el término ciberpunk como movimiento cultural o corriente literaria y se defiende a sí mismo sobre sus connotaciones políticas, no cabe duda que alrededor de estos conceptos de alguna manera subyace un fondo de crítica. Más adelante especularemos sobre ello.

    Si se entienden las ciencias sociales y políticas como el estudio de las sociedades humanas y su organización, nos encontramos con que este propósito es similar al de las obras comentadas. Se advierte pues que la ciencia-ficción —al menos, un tipo de ella— se constituye en potencia como un equivalente de las propias ciencias sociales y políticas, aunque aplicadas a universos ficticios y alternativos. Ahora bien, modificar parámetros físicos, imaginar entornos extraños en planetas distantes o pensar en tecnologías inexistentes para poder encontrar un escenario adecuado, requiere un esfuerzo adicional si lo que realmente desea el autor es precisamente, hacer un ensayo o crítica política. Si el mejor escenario requerido no existe, hay que inventarlo. Para hacer esto sólo debería ser necesario modificar aquellos parámetros relacionados directamente con las ciencias políticas: los personajes y su entorno social.

    Modificando parámetros

    Todas las especies se organizan, aunque naturalmente, cuando se habla de política siempre nos referimos a especies inteligentes. De momento sólo entran dentro de este grupo la nuestra, la humana, pero si se modificara este parámetro podría especularse sobre otras formas de organizarse. La ciencia está «limitada» por este hecho, algo que no le ocurre a la fantasía. A la ciencia-ficción tampoco, salvo por la aplicación en mayor o menor medida del método científico para construir esa realidad alternativa. En la fantasía es habitual imaginar extrañas especies de seres como Orcos o Elfos, cada una de ellas con su organización social y política características, sin más explicación ni justificación de su origen. En el caso de la ciencia-ficción puede tratarse de sociedades alienígenas, de su organización política y qué clase de relación podrían tener con la sociedad humana. De la misma manera que la exobiología estudia las posibilidades de vida fuera de la Tierra, un término adecuado para definir este ámbito sería el de exopolítica, sino fuera porque ha sido «secuestrado» por el entorno pseudocientífico —tristemente relacionado con la ciencia-ficción en demasiadas ocasiones—.

    En sagas y obras como Star Wars o Avatar es corriente encontrarse con especies extrañas y sus respectivas organizaciones sociales y jerárquicas, aunque en estos casos ocurre algo similar que con las obras de fantasía: se usan realmente como un reflejo de nuestros propios problemas y prejuicios, más que como un ejercicio de especulación elaborado. Para encontrar algo parecido a esto habría que buscar entre la bibliografía, pudiendo encontrar algo en la de Jack Vance —repleta de ejemplos bastante ocurrentes sobre especies alienígenas pintorescas y sus organizaciones sociales— o tal vez en Los propios Dioses (Isaac Asimov, 1972), donde se describe una especie habitante en un universo paralelo.

    Tampoco es necesario recurrir a especies inteligentes desconocidas para especular sobre su organización política en función de sus características imaginarias. Nuestra propia especie puede sufrir cambios debido a avances tecnológicos que podrían alterar nuestra condición de manera significativa. Se trata de tecnología que está ahí, siendo aplicada en la actualidad a nuestros propios cuerpos, con ejemplos vivientes que en estos momentos, se pasean entre nosotros: Neil Harbisson, ciudadano del Reino Unido, ha sido el primero en obtener reconocimiento legal como un cyborg, al tener implantado en su cerebro un dispositivo óptico. Otro caso para el que todavía no existe una solución técnica pero para el que hay una voluntad declarada de alcanzarlo, es el proyecto del magnate ruso Dmitri Itskov, que consiste en traspasar su conciencia a un dispositivo informático lo suficientemente capaz, para de esta manera perpetuar su existencia. Estas y otras incipientes tecnologías vislumbran nuevos caminos intuidos por algunas obras de ciencia-ficción —Chappie (Neil Blomkamp, 2015)—. Entre ellos se encuentran, en un futuro cercano y en su necesario reflejo legal y político, otras nuevas rutas por descubrir.

    Una cuestión de género

    Si se definen los subgéneros de la ficción en función de los parámetros de la realidad que modifican para construir sus escenarios, se podría asociar alguno de ellos con la política. El término existente que más se acerca sería el de política-ficción, teniendo en cuenta que este género abarca un campo de obras mayor que el propio de la ciencia-ficción, incluyéndose obras como por ejemplo Ensayo sobre la lucidez (José Saramago, 2004) —en la Wikipedia en inglés hay más casos, llegando a incluir El Quijote dentro de este género—.

    Probablemente, el subgénero de ciencia-ficción donde no se requiere de conocimientos de física ni de ingeniería tanto como de ciencia políticas y sociales, es la ucronía: historias sobre realidades alternativas generadas a partir de la modificación de un suceso del pasado. El ejemplo más relevante podría ser El Hombre en el Castillo (Philip K. Dick, 1962), cuya reciente adaptación a televisión nos ha permitido comprobar cómo podrían haber sido unos Estados Unidos gobernados bajo un régimen nazi. La comparación entre la realidad alternativa y la situación real se presta a ácidas comparaciones de claro y polémico trasfondo político.

    La ciencia-ficción de la ucronía recrea políticamente un pasado que no existió, hasta nuestros días. Pero ¿qué podemos hacer si deseamos continuar hacia el futuro? No hay ciencia para dar respuesta a esta petición, pero sí existe en la ciencia-ficción un concepto muy famoso cuya época de estudio no es el pasado o el presente, sino el futuro: la psicohistoria, una ciencia ficticia que predice con apoyo de las matemáticas, los acontecimientos políticos futuros en un colectivo social de elevado número de individuos.

    La exposición del mensaje

    En obras como las conocidas 1984 (George Orwell, 1949) o Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932) se presentan de forma explícita escenarios en cuya construcción la política tiene un claro protagonismo. Sin embargo, en el ciberpunk sus historias nos hablan de antihéroes en forma de hackers, agentes peligrosos y malvados dueños de corporaciones. Son en definitiva historias sobre el bien y el mal, hasta cierto punto clásicas ¿Hay política en ellas? Fuera esta la intención inicial o no, algunos sospechan que se ha usado como vehículo de propaganda ideológica. En el género de ciberpunk esta no es explícita, sino que es su mensaje implícito el que de forma inadvertida, se transmite al público. La construcción de los personajes y su conexión con el mundo real —con cuyo parecido es algo más que simple coincidencia— son factores principales, hasta el punto de primar el mensaje sobre la construcción del escenario. Si se tiene en cuenta el momento de la aparición del ciberpunk, coincidente con la posmodernidad que surgió tras la caída del muro y el triunfo del capitalismo consumista, surgen algunas interesantes cuestiones:

    La desaparición de la Unión Soviética llevó tras de si el fin de la Guerra Fría pero también, la falta de freno al empuje del capitalismo global consumista. Esta podría ser una de las causas de la actual situación, en la que las corporaciones multinacionales tienen tanto o más poder que muchos estados, la mayoría de ellos endeudados al ser víctimas de una economía basada en la generación de deuda, de un dinero creado artificiosamente. La cuestión es: ¿es el ciberpunk una respuesta cultural contra el capitalismo? ¿O es por el contrario una creación de este mismo, para convertir en profecía autocumplida sus sueños más materialistas y ambiciosos? Por supuesto, esto no es más que política-ficción.

    Publicado posteriormente en:
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    Foto: The Space Review
    Tropas del Espacio (1959) y Forastero en Tierra Extraña (1961) provocaron que me tuviera que remover incómodo cuando practicaba su lectura. Hay algo en Heinlein que resulta violento. No son simplemente sus diálogos y descripciones de profesores mutilados hablando de la violencia y del poder. Tal vez sea la seguridad y solidez con la que describe tanto una militarizada, férrea y convencida sociedad terrestre; como un tiempo después se mueve en un terreno completamente diferente, con un relato que inspira al movimiento Hippie de la época. Ambas visiones son tan irrefutables y contrapuestas simultáneamente, que te dejan pensativo, e incluso desorientado. No te da tregua.

    Muchos dicen que este autor era fascista, por la descripción del régimen relatado en Tropas del Espacio. Algo en la novela les hace parecer que así es. Sin embargo, tan sólo la relevancia del ejército es el único punto, superficial, que pueda hacernos recordar a tan infausto régimen. El resto de características del fascismo como la discriminación racial o el culto al líder, brillan por su ausencia. El derecho a voto es aplicado a todos por igual, otra cosa es que el filtro aplicado para obtener este derecho nos resulte excesivo, pero esto no tiene nada que ver con el fascismo.

    El vuelco en la posterior Forastero en tierra extraña no parece importar a los que opinan de esta manera, a pesar de mostrarnos una sociedad completamente distinta y darle al protagonista el papel de defender un sistema que fue considerado un ejemplo para el movimiento Hippie, como se ha comentado, y que muy fascista no es.

    Si en una novela se le relaciona con el fascismo, en la posterior se le podría relacionar con el comunismo. Como no puede ser las dos cosas a la vez, tal vez sea algo diferente a algún punto común de ambas. Aunque pueda sorprender a más de uno, lo que comparten estos dos sistemas de trágico paso por la historia es el colectivismo. Por tanto, puede que lo que intentase con sus novelas fuera tan sólo mostrar las «dos caras de una misma moneda», siendo Heinlein simplemente un individualista.

    Tropas del Espacio está escrita en primera persona. Es la historia de Johnny Rico, el cuál, se siente influido por su entorno para alistarse alegremente como carne de cañón para luchar contra un extraño enemigo que tan sólo saben de él, que es capaz de desviar meteoritos. Sin embargo, lo simbolizan como muy peligroso y cercano. La visión descrita en la novela es la de Rico, no la del autor. La versión cinematográfica de Paul Verhoeven supo captar esta otra visión irónica de la novela.

    En definitiva, no tengo ni idea, ni me preocupa demasiado, cual era la ideología de este autor. Pero si comparamos con otros autores de ciencia-ficción que hayan realizado critica social en sus obras como Orwell o Huxley, ¿acaso importa cuál fuera esta? ¿eran partidarios de los Estados totalitarios que describen en sus novelas? En el caso de estos autores parece que está claro que no, pero de nuevo, ¿qué importancia y relación tiene el hecho de lo que defiendan, con el contenido de la obra, más allá de las influencias lógicas?

    Tal vez el mensaje de fondo de Heinlein sea en definitiva, favorable de alguna forma a una sociedad regida por estos principios, que utiliza a enemigos oportunamente escogidos para unir y cohesionar a las gentes en torno de un objetivo común, y a la guerra como una forma «objetiva» de seleccionar a los mejores. Todo, como un mal menor frente a una sociedad que el vería como demagógica, débil, mediocre y sin valores, descrita en su posterior obra sobre el «Hombre de Marte».

    O tal vez sea una forma de poder colocar en una balanza estas dos opciones extremas, para así, poder encontrar un equilibrio. Esta es una de las funciones habituales de la ciencia-ficción, su capacidad para crear realidades alternativas verosímiles, como una especie de simulación con la que poder experimentar, extraer conclusiones y generar debates.

    Heinlein te hace cuestionar valores que crees inamovibles. Te obliga a revisar la coherencia de aquello que defiendes, de tus principios. Si es cierto que las buenas lecturas son aquellas que no te dejan indiferente, las obras de este autor lo logran con creces. Su opinión personal, no debería influirnos demasiado para valorar sus obras por su capacidad para estimularnos intelectualmente, haciéndonos replantear la realidad.

    Pero mucha gente odia tener que enfrentarse a sus demonios. Les molesta que les hagan dudar, que les planteen situaciones que se alejan de las idealizadas en las que ellos creen dogmáticamente, de forma casi absoluta. Cuando se dan estas circunstancias, la solución suele converger a un tópico, muy utilizado cuando se desea destrozar al adversario y zanjar el asunto por la vía rápida: se le llama fascista.


    Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 5 de mayo de 2013
    Artículo publicado posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción el 17 de noviembre de 2013

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    Fuente: ¿como actuaría
    Batman frente al
    movimiento Occupy?
    El estreno en la gran pantalla de la tercera parte de la trilogía de Batman ha suscitado algunos comentarios y artículos por parte de personas de ambos lados del océano, que han querido ver una carga crítica e incluso difamatoria de la película hacia el movimiento Occupy Wall Street —el equivalente norteamericano del 15M español—. Me ha parecido relevante por cómo la coyuntura política puede influir a la hora de percibir el mensaje de una película, la cuál estoy bastante seguro que de haberse estrenado en otro momento no habría ocasionado estas reacciones. Por este motivo he decidido compartir mi impresión sobre el tema, y pienso que muchos de estos comentarios críticos son debidos a algunas aparentes analogías.
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    Batman adquirió en la década de los 80 el aire oscuro y trágico que actualmente refleja, alejándolo de aquellas operetas algo absurdas e incluso ridículas en ocasiones, que la pareja de Batman y Robin protagonizó en los 60. Uno de los responsables de esta renovación es el reconocido dibujante y guionista de cómics Frank Miller. Se dice que Christofer Nolan se basó para la tercera parte de su trilogía (The Dark Night Rises), en el cómic The Dark Night Returns de dicho autor, entre otros. Aunque ignoro si el director deseó plasmar en ella la posición ideológica del famoso dibujante y guionista, ésta ha sorprendido en cierta medida, sino por su color, si por su dureza. Este señor calificó de la siguiente manera al conocido movimiento Ocuppy Wall Street norteamericano:
    "Occupy" no es más que una manada de borrachos, ladrones y violadores, una multitud ingobernable, alimentada por la nostalgia de la era de Woodstock y falsa justicia podrida. Estos payasos no puede hacer nada sino dañar a Estados Unidos.

    No obstante, según las mismas fuentes, otro de los autores en los que Nolan se ha basado, en este caso para la segunda parte (The Dark Night), es el también guionista Alan Moore —de su cómic The Killing Joke— con un prestigio equivalente o mayor incluso que Miller. En este caso, Moore destaca por ser opuesto en cuando a su opinión —y por lo visto, bastante más moderado—:
    “Occupy es sólo gente recuperando los derechos que siempre debieron ser suyos”

    [Atención: contiene «spoilers»]

    Batman: la leyenda renace

    Esta tercera entrega partía con la misión de cerrar el ciclo del héroe y dejarlo convertido en una leyenda sobre la que pudieran derivarse las conocidas historietas de los cómics. Lo consigue, aunque con demasiados giros forzados e incómodas incertidumbres:

    • La caída y posterior ascensión del mito heroico se intenta articular a través de una «caída en un pozo» y posterior salida del mismo, el cuál es una prisión de lo más peculiar —obviamente, su significado es simbólico—. Hay que añadir la «milagrosa» curación de la pierna, que hasta ese momento le hacía andar en bastón o con un arnés especial.
    • Bane pasa de ser un aspirante a villano digno sucesor del Joker, a convertirse en un pelele una vez se conoce la verdadera condición de la ultra-ecologista Miranda. Si bien esto es admisible, no deja de parecer un desperdicio.
    • El final de la película recuerda al bucólico final-pegote de la primera versión de Blade Runner, por estar rodeado de extrañas incógnitas sin resolver, que no acaban de cuadrar con el resto del metraje.

    En definitiva, para tratarse de una película de súper-héroes el resultado es digno y estéticamente más fiel al cómic. El problema lo tienen —tenemos— los que la comparan con la segunda parte, que esperaban una continuación de su coherencia y realismo.

    La carga política

    Obama -  The Joker
    Es admisible que una obra refleje la orientación ideológica de los creadores y responsables que hay detrás de ella. Lo denunciable es que lo hagan de forma engañosa o parcial, pretendiendo llevar a cierto terreno al espectador. Es decir, de manipularle. A grandes rasgos las orientaciones ideológicas existen de forma similar a como existen las religiones: si fuera posible refutarlas no existirían. Entran en el terreno de lo no falsable. Personalmente no creo que exista ninguna ideología que suponga la solución a todos los males de la Humanidad. Para empezar, porque nuestro principal mal somos nosotros mismos. Por tanto, todas la ideologías pueden tener presupuestos válidos, siendo en su aplicación práctica cuando comienzan a salir los problemas. Aquí es cuando el dogma ideológico y su falta de objetividad comienza a aflorar y estos problemas se ignoran. A esto se le añaden vicios típicos como el maniqueísmo y la manía de simplificarlo todo a un «o conmigo o contra mi». Cuando esto confluye, se sobreviene el enfrentamiento en interminables discusiones de besugos.

    Para analizar la carga política de Batman hay que tener en cuenta pues estos dos factores: uno), si nos molesta o no el mensaje y dos), en caso de que nos moleste, si lo hace por no coincidir con nuestro parecer particular o en cambio, por ser un mensaje confuso, incoherente o engañoso. Antes de hacer ninguna apreciación precipitada, lo más acertado parece que es partir de la opinión de los propios responsables. Nolan ha afirmado que no se ha pretendido utilizar la película para la crítica hacia ningún grupo concreto —la traducción es mía—:
    He tenido numerosas conversaciones con personas que han visto la película al revés. (...) Planteamos un montón de preguntas interesantes y las dejamos en el aire, simplemente como telón de fondo. Lo que realmente estamos tratando de hacer es mostrar las grietas de la sociedad, mostrar los conflictos en los que alguien podría incidir para dividirla. Se pueden obtener interpretaciones muy diferentes de lo que la película está apoyando o dejando de hacer, pero no se trata de nada de eso. Se trata simplemente de contar una historia. Si usted me dice: "¿Ha hecho una película con la intención de ser crítica con el movimiento Occupy Wall Street?" - Bueno, obviamente, eso no es cierto.  

    Chistopher Nolan (declaraciones a la revista Rolling Stone)

    Lo que ocurre es exactamente eso: se trata de contar una historia con determinadas conexiones con la actualidad, para una mejor identificación del espectador, ni más ni menos.  Puede resultar interesante buscar algún tipo de mensaje político el cuál, sea intencionado o no, puede existir. Batman ha pasado del puro y simple entretenimiento, a lograr despertar en la sociedad reacciones más viscerales. Tal vez demasiado.

    (continúa en Ocuppy Gotham)


    Publicado posteriormente en Planetas Prohibidos el 30 de septiembre de 2012
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