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Una nave espacial de la cifi clásica sucumbe a la estética lúgubre de la moderna

Año 1970. Un niño de poco más de cuatro años curiosea entre los estantes familiares y descubre un ejemplar de 2001: una odisea espacial, de la colección RTVE. Probablemente sus padres lo conservaban sin un propósito claro, como quien guarda un objeto valioso pero sin saber donde ubicarlo. Sin embargo, para aquel niño se convirtió en una puerta hacia un mundo nuevo y fascinante. La célebre obra de Clarke y Kubrick desplegaba, sobre papel satinado, las icónicas imágenes de la película. Ilustraciones capaces de transportarlo a un universo «indistinguible del real», donde la gesta de Armstrong y su primer paso sobre la Luna no era un final, sino apenas el comienzo de una aventura tan vívida y tangible como el volumen que sostenía entre sus manos.

Aunque jamás había escuchado la expresión sentido de la maravilla, comprendió su significado desde ese instante. No como un concepto aprendido, sino como una emoción atávica, surgida desde lo más hondo de su ser. Un eco ancestral que nos enlaza con nuestros antepasados más remotos, aquellos que vivieron en un tiempo donde el descubrimiento era lo cotidiano y la incertidumbre, el sendero que conducía hacia él. Aquella obra de ciencia-ficción había conectado con una fibra exploradora de nuestra humanidad que, paradójicamente, el progreso social parecía adormecer.

Desde la Edad de Oro hasta la Nueva Ola, la ciencia-ficción se ha esforzado por devolvernos esa emoción casi extinguida. No bastaba con inventar mundos fantásticos o imaginarios, por extraordinarios que fueran: había que establecer un vínculo entre ambos universos a través de una experiencia que solo este género puede ofrecer. El extrañamiento que definió Darko Suvin: la sensación de atravesar un umbral invisible hacía otro universo ficticio, pero definido con tal rigor que se siente igualmente verídico. Se trata de una emoción tan atávica y consustancial a nuestra naturaleza más profunda, que las palabras resultan insuficientes para describirla. Pero todo aquel que ha traspasado ese umbral, como aquel niño de nuestra historia, la reconoce al instante.

Así surgieron escenarios que eran tan importantes como el mensaje; en ocasiones, incluso, eran el propio mensaje. Como ocurría en la terraformación marciana de Kim Stanley Robinson, el ecosistema de Dune de Frank Herbert o en la psicohistoria de Isaac Asimov en Fundación. Fruto de este esfuerzo creativo, aquellas décadas dieron forma a muchos de los tropos del género que aún nos acompañan y que han servido como modelos descriptivos del mundo que vino después. Aquélla ciencia ficción respiraba método y plausibilidad, pero también audacia y ambición, sin más limite que la habilidad de sus creadores.

Igualmente, en el apartado visual, la versión cinematográfica de la obra de Arthur C. Clarke dirigida por Stanley Kubrick, sirvió de plantilla para visualizar, construir y fijar en la mente de los espectadores, una nave espacial surcando majestuosa y lentamente el espacio, al igual que una bailarina lo hace sobre el escenario. Un canon estético nacido del rigor que se convirtió en un clásico, y como tal, replicado constantemente desde Star Wars hasta Interstellar, aunque a menudo desprovisto de la filosofía que lo originó.

Entonces llegó 1984, año inevitablemente asociado a Orwell. Para entender su relevancia conviene recordar lo que los maestros de la distopía clásica habían establecido. Inspirado por Zamiatin, el autor británico nos legó una de las distopías más angustiosas y terriblemente verosímiles jamás imaginadas, de un modo que se sentía desde dentro, calando hasta las raíces más profundas de nuestra psique. Buscando describir el presente del nazismo de Hitler y el comunismo de Stalin, su lenguaje y método fueron tan precisos que la obra ha terminado convirtiéndose en un presagio inquietante de nuestro presente. Por su parte, Huxley trazó en Un mundo feliz un orden sostenido por la producción en cadena, el estímulo constante y el consumo como dogma; anticipando lo que él mismo sintetizaría después como esas «fuerzas impersonales» que terminarían moldeando la sociedad, que ya latían con fuerza en su ficción.

Ese mismo año, William Gibson publicó Neuromante y como dando forma a una maldición profética, se cristalizó un giro profundo en la literatura del género: las tecnologías más avanzadas ya no servían para descubrir nuevos mundos ni abrir horizontes, sino para encadenar el cuerpo y la mente a redes corporativas y a inteligencias artificiales. El reto ya no estaba «ahí fuera», sino desaparecido tras la bruma de un presente degradado iluminado tan solo por el neón publicitario. Donde el sueño de la humanidad se sustituía por alucinaciones proporcionadas por una red mundial de datos.

Pero el giro más significativo de todos fue el de la inversión de prioridades entre mensaje y escenario. En la ciencia-ficción clásica, la coherencia del mundo imaginado no era una simple excentricidad, sino el terreno del que brotaban las historias, como consecuencia natural de un ecosistema pensado hasta sus detalles primordiales. En el ciberpunk, en cambio, el escenario se moldeaba al servicio de la atmósfera y del discurso, sin necesidad de precisar su fundamento. Gibson, como admitiría después, no requirió conocer a fondo la tecnología con la que describía su matriz: le bastó con una intuición estética y una mirada afilada al presente. 

Si Gibson fijó el esqueleto conceptual de ese nuevo género, Ridely Scott, un director de anuncios publicitarios ajeno a la ciencia-ficción, le daría pocos años antes su rostro: un imaginario visual que, cuál virus informático, se replicaría durante décadas. Sus obras, ampliamente conocidas, sentaron —al igual que 2001: una odisea espacial— un estándar que aún nos acompaña. Pero, a diferencia de la obra de Kubrick que proyectaba la humanidad hacia el cosmos, Scott nos hundía en nuestra propia miseria: naves espaciales con poder y tecnología de dioses, tripuladas por equipos disfuncionales, convertidos en mera excusa para amplificar los problemas del presente. 

La tecnología que antaño nos liberaba ahora se presentaba como la herramienta con la que el ser humano se encadenaba a sí mismo. El rigor de antaño brillaba por su ausencia, sustituido por una crítica que, por certera que fuese, no impulsaba cambio alguno: quedaba reducida a una pose de inconformismo aparente, inoperante y resignada en la práctica. Lo absurdo del planteamiento se convertía en el nuevo estándar, como un Dorian Gray contemplando su propio retrato decrépito. Su ubicuidad llegaba a ser tal que dejaba de causar extrañeza. Ya no había umbrales que traspasar hacia otros mundos, sino abismos que devolvían un eco cacofónico. La creatividad se orientaba, no a explorar lo desconocido, sino a perfilar un mensaje y envolverlo en una estética acorde a los nuevos tiempos. 

Las consecuencias de este mensaje vacío e incoherente comienzan a notarse: las nuevas generaciones —«nativos del posmodernismo»— parecen haber perdido definitivamente aquel instinto que nutría el sentido de la maravilla. El mensaje ha de ser explícito, visual y políticamente correcto. De lo contrario, una obra como El juego de Ender se reduce a «una defensa del imperialismo cuyo protagonista, un chico blanco de buena familia, mata a los alienígenas», sin poder reconocer aquel umbral que, al traspasar, otorga verdadero sentido a los acontecimientos relatados.

Los sesgos de antaño, en los que los autores de hace más de medio siglo incurrían inadvertidamente, se convierten hoy en pecados imperdonables bajo los tribunales sociales de la modernidad. Y, sin embargo, esos mismos jueces son incapaces de identificar los propios. Se critica con dureza y se «cancela» a obras y autores que no encajan en el dogma vigente, sin advertir los prejuicios que nublan la mirada, como una lluvia radiactiva cayendo sobre una ciudad abarrotada y oscura.

Ursula K. Le Guin decía que la ciencia ficción no predice, sino que describe. Siempre ha sido así: incluso sin proponérselo, mostraba los anhelos de futuro con los que cada sociedad soñaba. Las tecnologías imaginadas no eran simples extrapolaciones, sino experimentos mentales que, al proyectar su impacto futuro, ayudaban a comprender el presente. Sin embargo, bajo el filtro actual, ese mensaje se interpreta al revés. La incapacidad para apreciar los detalles del escenario y los mensajes implícitos provoca que solo se atienda a la literalidad, que debe encajar en un molde rígido y clonado.

Orwell advertía: «En un mundo de mentiras, decir la verdad es el acto más revolucionario». Hoy, en un mundo que ha perdido la capacidad de soñar, atreverse a imaginar un futuro prometedor es, paradójicamente, el acto más subversivo de todos.

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Un joven Mark Hamill como Luke Skywalker

The Last Jedi' (Rian Johnson,  2017) es la entrega de Star Wars que más división ha generado entre los aficionados. Según revela el famoso Rotten Tomatoesuna divergencia similar ocurre entre crítica y público. ¿A qué se debe esta división? ¿Es por la propia película? ¿Tiene algo que ver con las diferencias que ya existían desde hace décadas entre los seguidores de Star Wars? Cuando todo comenzó allá en el lejano 1977, la obra respondía a la inquietud de un prometedor director californiano que lo apostó todo por su creación, a pesar de las dificultades iniciales. Con el tiempo, se han sumado a la saga aficionados cuya conexión con la trilogía clásica es poca o nula, hasta que hoy en día la saga responde sobre todo al ansia económica de la compañía de Mickey Mouse. Hay entre ambos extremos circunstancias que quedan a una distancia muy, muy lejana. La eficacia comercial de la actual dueña ha configurado una audiencia que, cual ejército de clones, ha relegado al olvido a los viejos rebeldes que todavía seguimos soñando. Repitiéndose la historia, el vendaval de expectación ocultó las incongruencias de la anterior entrega a una afición que lo perdonaba todo con tal de viajar a lejanas galaxias. Pero pasada la tormenta, esa misma afición ya sin síndrome de abstinencia, no se da cuenta de que la obra de Rian Johnson en realidad lo que hace es señalar con el dedo las carencias que ya existían [spoilers]

Batallas elaboradas

Uno de los factores que más ha gustado de Rogue One y de la que carecía estrepitosamente la primera entrega de la actual trilogía —y que en una space opera tiene difícil justificación— es la de un mínimo de épica en las batallas. La destrucción de la Starkiller es uno de los más ridículos casos de ausencia de esfuerzo y mérito de sus protagonistas para lograr sus objetivos, y algo similar puede decirse del resto de batallas. En Los Últimos Jedi sin embargo, son elaboradas, planificadas y como es normal, hay cosas que no salen bien y que exigen sacrificios —además, también está el gordo cuyo X-Wing es volado en pedazos, como giño a la saga original—. Sabemos que lo van a lograr, pero de lo que se trata es que les suponga —o así nos lo hagan creer— un esfuerzo. Que por algo son héroes. O eso es lo que creíamos.

Tonto útil

Hablar de coherencia en una saga «de fantasía» también considerada «infantil» por muchos de los actuales habituales espectadores que acaban de aterrizar, puede parecer algo exagerado. Pero pedir coherencia nunca está de más. Y si es infantil puede que con más motivo. Dentro de las pretensiones que pueda tener una obra de entretenimiento como esta, tacharla de intrascendente pone de manifiesto la ignorancia de la repercusión de la saga, la cual se puede considerar perfectamente como unos de los movimientos culturales populares más importantes del Siglo XX —en Australia existe hasta una iglesia Jedi oficial—. Es decir, su influencia no tiene practicante precedente alguno en la historia y sobrepasó por completo todas las predicciones cuando apareció ante el público. Es una obra de entretenimiento ligero y fantasioso, sí, pero no es una obra cualquiera y tratarla como una más del montón demuestra un gran desdén por su legado cultural —y poco respeto a los espectadores—. Esto es lo que denota cuando en El Despertar de La Fuerza aparecen como comandantes de una formidable estación espacial del tamaño de un planeta, unos pusilánimes que no merecían estar al mando ni de una colchoneta hinchable. En esta reciente entrega dan al menos una explicación para que el disparate no lo sea tanto. Lo cual es algo. Y esta explicación la podrá entender todo aquel que haya tenido un jefe en un entorno laboral muy politizado, y se haya preguntado cómo es posible que esta persona esté ahí. Pues eso.

Kylo Ren

Si los comandantes de la Starkiller eran lo suficientemente patosos como para dejar que La Primera Orden perdiera un recurso semejante —si todo un imperio apenas pudo completar una Estrella de la Muerte que no era más que un pequeño satélite en comparación, esta perdida debería haberla mandado directamente a la bancarrota, pero ¡eh, las palomitas aún no se han acabado!—, resulta que el principal villano de la nueva saga es un psicótico que mata a su padre y luego se dejar cicatrizar por alguien que no había cogido un sable de luz en su vida. En Los Últimos Jedi de nuevo el Líder Supremo Snoke nos brinda una explicación para intentar justificar el desaguisado, aclarando que los sentimientos hacía su padre pudieran haberle afectado —los afectos personales y el temor a su perdida son una constante en la saga alrededor de la conversión hacía el lado oscuro—. Kylo Ren es un personaje patético en la primera película de la reciente trilogía, torpe, desequilibrado y tan falto de carisma que intenta suplir su carencia anhelando imitar a su abuelo Darth Vader, pero a lo máximo que llega es a ponerse una ridícula e inútil máscara. Ahora bien, en este sentido de nuevo surge el enfrentamiento entre planteamientos sobre la saga: por un lado el Darth Vader de Hayden Christensen, un niñato impertinente malcriado y caprichoso, que tras pataleta y refunfuño tras otro, acaba convirtiéndose en un cobarde sanguinario carente de personalidad. Y por otro el de la trilogía original, sobrio, imponente y poderoso. En esta ocasión Kylo Ren se muestra a la vez humano en el sentido de no renunciar a sus sentimientos —como Vader en El retorno del Jedi—, furioso en ocasiones pero frío, calculador y deseoso de mando y poder cuando es necesario. Un «malo» como toca. O casi.

Leia «Poppins»

La Fuerza comenzó en la saga clásica como una antítesis a la tecnología de una galaxia donde con ella se podía lograr cualquier cosa. Un concepto poderoso que a pesar de lo que mucha gente pueda creer, sus conexiones con algunos aspectos científicos son muy interesantes, siendo utilizada por el divulgador Michio Kaku para comentar sobre ellos. Con todo, en el universo ficticio de la saga era necesario mucho esfuerzo y entrenamiento para dominarla, tanto físico como mental. Ponerla en práctica requería un grado de concentración proporcional a la magnitud de lo que se deseaba lograr. Por ejemplo, no es lo mismo atrapar un sable de luz cuando estás a punto de ser devorado por un animal salvaje, que elevar a todo un X-Wing desde las profundidades de un pantano cuando te apetece. A pesar de lo fantasioso del concepto todo estaba contenido dentro de margenes aceptables. Pero poco a poco, ya en la segunda trilogía, todo comenzó a salirse del tiesto. En lugar de aprovechar la potencia del concepto para tratar asuntos de cómo se relaciona la especie humana con la tecnología o con los misterios y fuerzas que todavía alberga nuestro universo, se introduce un concepto que a los Jedi les hacía muy poca falta, como los dichosos midiclorianos. Cuando no, se usaba para justificar de manera simple y tramposa cualquier solución en la trama. Para rematar, la convierten en un monopolio de manera que sólo los que tengan «carné de Jedi» puedan ejercerla, además, sin apenas despeinarse: mover enormes columnas o dar saltos gigantescos como quien se quita una mota de polvo del hombro. Lo paradójico del asunto es que parece que muchos de esos mismos aficionados que aplaudían las repentinamente poderosas y polivalentes capacidades de los Jedi —o que no se sorprendían que alguien que acababa de aparecer la maneje como si lo hubiera hecho toda su vida— critican ahora que Leia Organa, en una situación tan extrema como la de salvar su vida, sobreviva unos minutos en el vacío del espacio y en total ingravidez, se desplace hacía la nave más cercana. Lo cierto es que la estética de la escena recuerda al famoso personaje de Disney, lo que ha logrado convertirla en un blanco fácil para los «haters». Por esto, su director podría habérsela ahorrado.

X-Wing con inercia

Uno de los aspectos que más se ha criticado de Star Wars ha sido el poco realismo de la cinemática de los combates. Es conocido que la estética de las batallas espaciales está inspirada en los combates aéreos de la 2ª Guerra Mundial, por lo que es evidente que ha primado la estética antes que la precisión científica. No obstante, hasta ahora se podía explicar que las naves de combate —X-Wing, TIE Fighter, etc,— usaban una combinación de algo parecido a motores de iones —pero mucho más energéticos— y una técnica ficticia de impulso no inercial, que les permitía realizar maniobras y piruetas en el espacio —todo esto aparte del motor de hiperimpulso—. A diferencia de los cazas de combate imperiales, la Alianza Rebelde equipa a los suyos con cabinas presurizadas y era presumible que, al igual que el resto de navíos, también con un sistema de soporte vital y compensación de inercia para que los pilotos pudieran soportar las enormes aceleraciones a las que en esas condiciones, podían estar sometidos. En Los Últimos Jedi, Rian Johnson nos sorprende con un Ala-X equipado con un retrocohete adicional que, por el aspecto de lo expelido por la tobera parece alimentado con... ¡combustible químico! Además, en algunas escenas se ve a su piloto maniobrar la palanca de mando para realizar un giro mientras se apoya en el lado contrario para compensar la inercia... ¡con la mano! Creo que en este caso ha sido un error hacer parecer a los X-Wing con los Vipers de Galáctica. Si había que ir en algún sentido para dotar de mayor coherencia o verosimilitud, puede que este no fuera el mejor.

La Fuerza y sus usuarios

Cuando surgió la trilogía original el mundo todavía no había comenzado a experimentar la revolución de las comunicaciones, Internet, los dispositivos móviles y todo lo que actualmente configura nuestro día a día. Pero ya entonces el mito de una fuerza que permanecía fuera del universo tecnológico de Star Wars era un concepto cuyo poder no debía subestimarse. En los postreros años se ha revelado como una necesidad urgente conocer el alcance que los avances en dicha área producen en la sociedad. Star Wars es una Space Opera y como tal, bebe de los mitos y anhelos de la sociedad así como la fantasía épica lo hacía de las leyendas medievales. Esta nueva manera de comunicar la cultura popular que surgió a finales de la década de los 70 era un vehículo magnífico para explorar todos estos nuevos miedos a los que nos enfrentamos ahora mismo. Sin embargo, todas estas oportunidades, todo este potencial, ha sucumbido al más puro consumismo rápido. George Lucas dejó de tener la visión que le había caracterizado y la venta de su creación a una compañía como Disney no ha mejorado las cosas, a pesar de lo bajo que estaba el listón. La Fuerza no pasó de ser una mera excusa para la existencia de los Jedi, cuyos «mágicos» poderes eran la excusa perfecta para convertir los guiones en un paseo en barca. De esta manera, la orden Jedi ejercía un incomprensible monopolio de un poder que en principio estaba disponible para cualquiera. No es simplemente la cuestión política y la analogía con el Papado de Roma y los Caballeros Templarios, sino la cuestión de la existencia de una gran capacidad, del potencial que todo ser humano lleva dentro, aspectos que en la segunda trilogía desaparecieron y que en esta etapa se han convertido en una especie de encantamiento —típico de Disney, por cierto—, hasta que Rian Johnson a través de un Lucas Skywalker retirado y disconforme, como muchos antiguos aficionados, nos ha recordado donde reside verdaderamente La Fuerza.

Luke Skywalker

Resulta sorprendente en un primer momento el disgusto que ha generado el papel que desempeña el personaje que interpreta Mark Hamill en Los Últimos Jedi. «Cobarde» es como algunos le llaman, por lo visto, por tener el suficiente poder y dominio como para no necesitar que su presencia física solucione la papeleta. El caso es que a pesar de ello este esfuerzo le supone desaparecer al más puro estilo Jedi , sacrificándose y convirtiéndose en una leyenda tal y como hicieron sus dos maestros nada menos que Obi-Wan y Yoda, detalle que nadie parece recordar. Es decir, Luke Skywalker, aquel agraciado pero atormentado joven granjero cuyo espíritu interior anhelaba salir del Tattooine donde creció, pero que tras lograr conquistar la galaxia y derrotar al Imperio y descubrir que su amada es su hermana, se convirtió en un aburrido y estirado Jedi tan falto de carisma como lo fue el que decidieron después que sería su padre, un Anakin Skywalker infantilizado y maniático. En estas circunstancias no es reprochable que harto de la manera en como han tratado a su personaje, harto de que la Rebelión continúe con escaramuzas clandestinas a pesar de que el Imperio estaba derrotado, harto de que una ridícula Primera Orden llena de patosos pusilánimes continúe poniendo en jaque a la Galaxia, harto de que la cultura original de los Jedi haya desaparecido junto a la orden que monopolizaba su culto, se haya retirado voluntariamente a una vida sencilla y apartada cual Lucio Quincio Cincinato tras salvar a Roma. Harto, y con razón, de todo. En Los Últimos Jedi, los aficionados a la saga clásica podemos continuar la pelea contra el lado oscuro a través de un carismático y rebelde Luke Skywalker. El héroe con el que la saga inició su camino a través de la galaxia, el héroe que convirtieron en un amargado, el actor que tuvo que verse relegado al olvido durante décadas a causa de un personaje sin sentido, vuelve ahora con fuerza, humor y sentido crítico. Nos alegramos, Luke.

Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en El Sitio de ciencia-ficción
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Se podría decir que la década de los 90 fue una época en la que salvo los ciudadanos de la antigua Yugoslavia, el resto del mundo la vivió con relativa calma. El cine y la ciencia-ficción, siempre en constante interacción con la sociedad, tuvieron que buscar nuevas amenazas y peligros para extrapolarlos en sus aventuras en la pantalla. Fue la época en la que el cyberpunk comenzó su letanía pesimista coincidente con la paulatina perdida de creatividad que ha llegado hasta nuestros días. Como consecuencia, esos nuevos peligros y enemigos contra los que combatir no eran tan nuevos. Uno de ellos fueron las invasiones de extraterrestres.

Los EEUU ya no podían poner a nazis o comunistas amenazando el modo de vida americano, y ahora les tocaba el turno a amenazas venidas de fuera de nuestro planeta. Independence Day (Roland Emmerich, 1996) fue para el resto del mismo una de las más impresionantes «americanadas» que el cine había visto. Hacer coincidir el día de la independencia de dicho país con el día en el que nos salvan de una invasión alienígena, es una demostración sin pudor de su convencimiento de que representan al mundo entero. Una y otra vez recuren a su escasa pero bien aprovechada mitología, recordándonos por enésima vez su papel en el Desembarco de Normandía en la 2GM, o sin ir más lejos, en la propia Guerra de Yugoslavia comentada al inicio del artículo en el que los EEUU tuvieron que venir a «rescatar» a Europa... otra vez. En definitiva, una vuelta de tuerca tan inédita como demencial y bochornosamente panfletaria. No era la primera vez que Emmerich deseaba ganarse al público norteamericano como fuera: en Stargate (1993) una expedición militar de este país viajaba a un distante paraje desértico para salvar de las garras de un dictador a su indefenso pueblo. No, no estoy hablando de la Guerra del Golfo de 1991. Pero bueno, no estoy aquí para machacar merecidamente esta obra cinematográfica. Esto está muy visto, así que la idea es hacer lo contrario, salvarla. Además, poco después vinieron «maravillas» como Armaggedon (Michael Bay, 1998) o Battleship (Peter Berg, 2012), que dejaban la película protagonizada por Jeff Goldblum y Will Smith, como una broma simpática en comparación.

Redefinición del genero

Lo habitual en la ciencia-ficción cinematográfica hasta aquel momento sobre una hipotética invasión extraterrestre, era mostrar una superioridad tecnológica alienígena tan abrumadora que las fuerzas terrestres apenas podían ni empezar a defenderse. Un hueco que quedaba por llenar era postular sobre un hipotético enfrentamiento en el que hubiera una mayor igualdad que permitiera explotar mejor esta posibilidad. Roland Emmerich cumplió perfectamente este objetivo mostrando por primera vez espectaculares batallas aéreas entre cazas terrestres contra unidades alienígenas, que recordaban a Star Wars como el clásico en el que se había convertido con el tiempo. La película abrió a su vez una relativa moda de invasiones extraterrestres en el que se fundían los géneros bélicos con el de la ciencia-ficción. Un ejemplo claro de hace no mucho es Invasión a la TierraBattle: Los Ángeles— (Jonathan Liebesman, 2011).

Efectos artesanales

Empire State Building destrozado por los aliens

Independence Day podrá ser recordada por ser una de las últimas grandes producciones realizada todavía principalmente con maquetas y a la vieja usanza. Los efectos digitales y el CGI apenas comenzaban entonces a dar sus primeros pasos. Estas carencias no impidieron que la destrucción del Empire State Building y la Casa Blanca tengan poco que envidiar a equivalentes producciones actuales.

Errores que no son tales

Y ahora viene la parte principal del artículo y el motivo verdadero que me ha llevado a escribirlo. Ocurre que cierto sector del publico, llevado por la indignación ante semejante propaganda americana, ha querido ver más defectos de los que ya de por si tiene. Esta obra ha sido fuertemente criticada por dos errores que muy probablemente no lo sean tanto. A estas alturas huelga decir que voy a contar el final de la película.

Alteraciones gravitatorias

Uno de los supuestos errores de la película es la inexistencia de las correspondientes alteraciones gravitatorias que una masa tan grande como las naves nodrizas alienígenas debería causar. No he visto la reciente secuela, pero parece que tocan este tema y probablemente lo aclaren con alguna versión que no tiene porque coincidir con la que se va a exponer. En las naves alienígenas que permanecen en la órbita terrestre hasta el ataque final, no se observa en ellas ningún método de propulsión basado en el efecto físico clásico newtoniano de acción-reacción. Por el momento esta es la única forma de propulsión que el ser humano conoce —salvo el recientemente postulado motor EmDrive— pero en la propia obra la unidad alienígena que guardan en el Área 51 tiene motores basados en un principio desconocido que ignora la propia atracción gravitatoria y le permite desplazarse fácilmente. Es un recurso habitual en las obras de ciencia-ficción el suponer que una especie que puede realizar vuelos interestelares posee alguna tecnología de impulsión avanzada —desconocida y ficticia, claro—. Arthur C. Clarke en Cita con Rama llamó a este imaginario concepto «impulso espacial». Si se da por supuesta la existencia de entidades alienígenas que construyen estos enormes artefactos, no veo el motivo para no dar un pequeño paso más y especular que dicha hipotética tecnología podría perfectamente evitar que la masa del artefacto tuviera influencia alguna con el entorno. Por supuesto, salvo que sea esta la intención.

El virus

En la época de la incipiente Internet y los virus electrónicos que se colaban en nuestros PC clónicos, todo el mundo se echaba las manos a la cabeza con la solución final usada en la película en la que infectan el sistema de control alienígena con un virus informático... ¡¡terrestre!! Tal vez porque entonces existía la creencia de que un simple y terrestre ordenador Macintosh o un x86 basado en Linux «no tenían virus», resultaba un despropósito postular que se pudiera infectar todo un computador alienígena avanzado. Bueno, ahora que ya sabemos que esto no es así en el caso de Apple, añado que cualquier sistema informático está expuesto a un ataque de virus y que no hay ninguno que esté exento de alguna vulnerabilidad. Aún así quedan algunos flecos como de donde habían sacado ese virus y cómo era posible que pudiera entrar en un sistema extraño y con protocolos de comunicación desconocidos. Aunque no lo parezca, la solución está en la propia película y una vez más está en el Área 51.

Jeff Goldblum en el Área 51 donde investigan con PC una nave alien

En el conocido hangar secreto —sí, parece una contradicción— del gobierno de los EEUU, el bueno de Brent Spinner dirigía un equipo de investigación donde con diversas herramientas entre ellas las informáticas, se analizaba la tecnología alienígena. Por tanto, presumiblemente tenían conocimiento previo y se habían conectado a ella. De ahí a programar un virus no hay más que un paso. Queda por ver cómo se lleva hasta los invasores.


Jeff Goldblum de nuevo nos explica que las naves nodriza alienígenas utilizan los satélites de comunicaciones terrestres para poder establecer su red de comunicaciones. En realidad este es el punto débil de la película, ya que una tecnología tan avanzada podría haber desplegado ella misma su propia red. El caso es que este «truco» está puesto ahí por algo y con toda probabilidad es para poder justificar lo que luego vendría. Obviamente, en un blockbuster de este tipo pensaron que ya estaban dando demasiada explicación y al final, se quedaron cortos. El caso en definitiva, es que los aliens ya tenían un canal de entrada conectado a la red terrestre y usando nuestros propios protocolos de comunicaciones. Todo estaba listo, solo faltaban un par de valientes y simpáticos actores con ganas de fumarse un puro de la victoria.

Antivirus

Pero ¡un momento! ¿los aliens no tenían ni un miserable anti-virus? ¿ni un cochambroso corta-fuegos? Bien, esta es una de esas ocasiones en las que una idea se queda a medias porque su desarrollo implicaría convertir una película de entretenimiento en otra cosa. En mi opinión podrían haberlo intentado, pero mezclar algo de tipo más digamos intelectual, con mensajes patrióticos y nacionalistas, como que no encajan mucho. Al final como sabemos se quedaron con lo segundo. La cosa es que no conocemos otra especie inteligente, pero ¿es normal que una civilización dedique tiempo y recursos a programar pequeños fragmentos de código solo para joder un poquito? ¿podemos suponer que esto que hacemos los humanos es habitual en todos los lados de la galaxia? Si los aliens que se muestran en Independence Day son de tipo «colmena», no es descabellado teorizar que ni tan siquiera hubieran pensado en esta posibilidad por ser extraño para su comprensión natural como especie. Es cierto que llevaban años estudiando a la especie humana, pero los virus de ordenador tuvieron una aparición tardía en relación al momento de la película.

El homenaje

Tal vez lo más singular de imaginar un virus de ordenador salvando la especie humana contra una invasión alienígena, sea que nos recuerda a otra obra anterior. En el clásico de la ciencia-ficción La Guerra de los Mundos (H.G. Wells, 1898) nuestra especie, cuando toda su tecnología se había mostrado inútil y dando todo ya por perdido, se salva gracias a las propias carencias de los invasores que mueren infectados por microorganismos de nuestro planeta.


Publicada posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción 
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Arthur C. Clarke, autor del relato que después permitirla a Kubrik dar origen a 2001: Una Odisea del Espacio —El Centinela (1951)— no posee una bibliografía numerosa ni popular, sin embargo, algunas de sus obras —como la mencionada— figuran entre las más importantes de la ciencia-ficción. Estas se caracterizan principalmente por tener un gran sentido místico y transcendental sobre el papel de la especie humana en el universo, y al mismo tiempo, una gran verosimilitud científica. Esta combinación dota a sus creaciones de algo especial, de forma que si hay algún autor que pueda encarnar al llamado sentido de la maravilla, Clarke podría ser uno de ellos.


Cita con Rama (1973) es una novela de en la que se recrea con gran detalle ese momento en el que nuestra especie se hace consciente de que no está sola en el universo: en una época futura en el que el ser humano ha conquistado el Sistema Solar, se advierte con sorpresa que un extraño artefacto ha entrado en su interior, cuyas maniobras nada fortuitas revelan que una inteligencia alienígena está ineludiblemente detrás de él. Con su estilo preciso y realista, paso a paso Clarke nos relata la aventura por la cual una expedición sale al encuentro del misterioso artefacto en forma de gigantesco cilindro. Dentro de él, los astronautas que tienen la fortuna de poder visitarlo se encuentran con un asombroso ecosistema autónomo, formando lo que se denomina un Cilindro de O'Neil.

La situación se presta en la obra a momentos que evocan en sus protagonistas un asombro y maravilla que quedan fielmente relejados en sus líneas. En la época actual tan proclive a adaptaciones cinematográficas, muchos aficionados se preguntan cuando le llegará el turno a una obra como esta tan en principio, merecedora por las cualidades comentadas de ser mostrada en toda su magnificencia en una gran pantalla. Tal es así que un autor relacionado con la producción audiovisual no ha podido resistirse y ha creado un cortometraje sobre esta obra. Posteriormente, otro autor le ha añadido una banda sonora con efectos y sonido envolvente. Personalmente y sin animo de desmerecer el gran trabajo de Philip Mahoney (Vancouver Film School), creo que prefiero la versión sin efectos de Aaron Ross, que me recuerda a 2001: Una Odisea del Espacio y sus espacio-naves danzando al son de un vals. ¿Ustedes qué opinan?



Fuente: io9.com
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Es innegable la influencia que Blade Runner (BR) ha tenido en la cinematografía posterior y en una buena parte de la ciencia-ficción. La postmodernidad y el ciberpunk, comparten con ella su estética y cierto mensaje pesimista. Sobre este aspecto, cada autor tiene libertad a la hora de escoger el ambiente y el mensaje que desea transmitir. La misma que tenemos los aficionados y seguidores para decir lo que pensamos.

La verosimilitud 

El mundo que se nos presenta en BR es decadente hasta el punto de que todos los que aparecen en la obra son cómplices de la situación o victimas más o menos inconscientes del sistema. Nadie parece que pueda ofrecer alguna alternativa a la deprimente y generalizada situación de Los Ángeles, en el año 2019 —una característica común a todo el género del ciberpunk: un regodeo en la decadente forma en la que la especie humana hace uso de la tecnología— ¿Es realista hacer una total extrapolación hacia el lado más pesimista, o es en definitiva, tendencioso y poco verosímil?.

Los ajenos al género creen que en la ciencia-ficción «vale todo», ya que es «fantasía». Mucho se ha hablado de este tema y sería demasiado largo hacerlo ahora, pero los más veteranos del género saben que no es así. Mientras que la fantasía se preocupa de poco más que de la estética —literaria o visual—, en la ciencia-ficción suelen haber ciertos límites a la hora de escoger los elementos que van a formar escenario y personajes. La solución escogida puede condicionar el resto de la historia, sobre todo si surge como resultado de hacer la pregunta ¿Qué pasaría si...? —el famoso What If...? de la ciencia-ficción anglosajona—. En el ciberpunk, sin embargo, hay más preocupación por el mensaje que por el entramado de la historia. En este genero es más importante el resultado, que el camino que ha conducido a él. Hay quien piensa que por estos motivos se aleja de la ciencia-ficción tradicional, constituyéndose como un ámbito cultural independiente.

La parcialidad

Philip K. Dick se entusiasmó al ver un primer pase de Blade RunnerAunque los héroes no son más que mitos, en determinadas situaciones un individuo puede manifestar actitudes que le conviertan en uno de ellos. Tampoco se ha de pasar por alto la inevitable existencia de grupos de activismo que se oponen por unos motivos u otros a la situación imperante. Algunas veces, cuando lo peor está por llegar, puede acabar saliendo algo de nuestro interior que haga mantener la esperanza en la especie Humana. Nada de esto se vislumbra en BR, quedando empapada de un derrotismo irreal y enfermizo. Aunque es una adaptación libre de la novela Sueñan los androides con ovejas eléctricas(Philip K. Dick, 1968), parece que quedó contagiada de la habitual depresión que su autor volcaba en sus obras —el propio autor la elogió excepcionalmente en un pase privado poco antes de su fallecimiento—.

Es parcial, al mostrar sólo aquellas facetas que interesan, ignorando otras cuya inexistencia crea lagunas de complicada explicación. De ser como parece deliberado, confirmaría que ha primado el mensaje, supeditando el resto de factores a su exposición. De nuevo, se aleja de una de las señas de la ciencia-ficción más purista, en la que la correcta descripción del entorno es un requisito fundamental, tan importante como la propia historia.

Guión trampa

Suelen acudir a blogs y foros de debate, lectores interesados en cuestiones de tipo filosófico presentes en BR. En esta película se plantean algunas de las más relevantes cuestiones filosóficas que atañen al ser humano. Claro que el mero hecho de plantearlas no es un mérito realmente. Esto es habitual en muchas obras, no sólo de ciencia-ficción. Lo bueno de BR sería la forma de hacerlo —abusando de las posibilidades del género para poder mostrar una visión determinada de la realidad sin estar sujeta a sus limitaciones— si no fuera porque su parcialidad y sus lagunas intencionadas dan a entender que en alguna parte de la película, se esconden respuestas a las dudas existenciales que atormentan al género humano. Estas por supuesto, no existen, llevando su ausencia a los aficionados a perderse en un mar de dudas y confusión filosóficas, pudiendo ser tan nocivas como si de errores se tratase.

Por añadidura, las diferencias entre director y productores ocasionaron una serie de revisiones en el guión que tuvieron como consecuencia una primera versión de la película con incongruencias importantes —como el bucólico final-pegote—. Posteriormente, Ridley Scott publicó su versión «corregida», pero ya era tarde: una multitud de aficionados ya había especulado todo lo especulable sobre la primera versión, sin saber dónde se estaban metiendo. La aparición posterior de la versión del director, trajo la división y el descontento a muchos aficionados, que preferían la primera o continuaban confundidos al tener que reparar en detalles de la película como fotografías dejadas caer, unicornios oníricos, o misteriosos destellos en los ojos, para encontrar una explicación satisfactoria que en el mejor de los casos, aún resulta bastante rebuscada.

La coherencia interna

Aceptemos de partida que la solución que el director muestra en su versión es coherente en última instancia. Admitiendo que la intención original era la de presentar a Deckard como un replicante, victima y esclavo inconsciente de un sistema endiablado para mantener el orden, quedaría el argumento base de la siguiente manera:
  • Deckard es un replicante construido para poder retirar a otros replicantes, y ahorrarse la tediosa faena.
  • Para poder dedicarse a ella sin remordimientos, Deckard no debe conocer su verdadera condición.
  • Para ello, le han de dotar de recuerdos, como Rachel, para ser prácticamente indistinguibles de un ser humano al tener empatía.
  • Adicionalmente, le han de retirar fuerza física, ya que de lo contrario se evidenciaría su condición de replicante.

Sin embargo, esto presenta varios inconvenientes:
  • La fuerza física. La supuesta solución parte de entrada con una debilidad, frente al problema que ha de resolver.
  • La programación. La cuestión de cómo se les programa a los replicantes se deja en el aire para no entorpecer la historia, en detrimento de la construcción de un escenario sujeto con alfileres.
Deckard, pasándolas canutas en la cornisa de un edificio
Aunque se puede suponer que la debilidad inicial es un handicap que atañe exclusivamente al Blade Runner —el cuál no es más que carne de cañón que puede ser sustituido— no deja de ser una solución poco eficiente. La ausencia de explicación sobre la programación de los replicantes, lugar y momento en el que se deberían haber hecho las correcciones necesarias para evitar los problemas posteriores, es una carencia que en una obra de ciencia-ficción como tal tiene menos justificación.

Si bien esta situación tenía su razón de ser en la novela de Mary Shelley (Frankenstein o el moderno Prometeo, 1818) al ser producto aislado de un desequilibrado, en este caso resulta inverosímil pensar en el cúmulo de despropósitos que se han tenido que dar para que toda la Humanidad se aboque al absurdo de fabricar seres humanos artificiales cuya programación no controla, que son extremadamente peligrosos en potencia, prácticamente indistinguibles de un ser humano, y cuya forma de tenerlos a raya es mediante otros humanos artificiales pero con menor capacidad física, engañados y confundidos mentalmente, al borde de la depresión. Asimov lo tenía bastante claro: los humanos no fabricarían entidades a su imagen y semejanza salvo que se tuviera completamente controlado el asunto de su programación.

Si para salvar todo esto se prefiere volver a la opción de considerar a Deckard un humano más, sencillamente ciertos pasajes de la historia no se sostienen, como el misterioso unicornio de papel que Gaff deja en el vestíbulo del apartamento de Deckard , o la enigmática frase pronunciada por el mismo personaje «lastima que ella no pueda vivir, pero ¿quien vive?»

El mensaje

Si bien la trampa en la que la Humanidad se ha metido descrita en la película puede parecer absurda, cierto es que no hay más que echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar como tristemente, el ser humano encamina sus pasos con bastante decisión a situaciones muy similares: «terroristas-replicantes» que caminan junto a personas corrientes, un medioambiente terráqueo que va a peor, «Drones» sobrevolando los cielos, «smartphones», redes de comunicación y tecnología por doquier, mientras nos vemos sumidos en una de las crisis económicas más gigantescas de la Historia, a la cual hemos contribuido todos en alguna medida, y hemos de asistir a escenas en la que gente es desahuciada de sus viviendas, quedando abandonadas.

mercaderes del espacio portadaSi bien la capacidad profética de BR es innegable, no es la única ni la primera obra de ciencia-ficción en este sentido. Mercaderes del espacio (Frederik Pohl-C.M. Kornbluth, 1954) muestra un planeta Tierra dominado por las corporaciones financieras que lo han esquilmado de recursos, mientras existe una brutal división de clases. Tanto los de una clase como los de otra, viven sumidos inconscientemente en un sistema que les lleva irremediablemente a la ruina, necesitando colonizar hasta el mismísimo planeta Venus, un autentico infierno. En esta obra también el autor vuelca en ella cierta inevitable subjetividad, mostrándonos una situación global que no parece tener tampoco remedio. Sin embargo, no se pasa por alto el también conocido dicho de «se puede engañar a algunos todo el tiempo, a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos, todo el tiempo». El trasfondo de ambas obras es un mismo o muy similar mensaje político, pero en BR se le envuelve de excesivas pretensiones filosóficas en temas recurrentes, que le dan una apariencia distinta a la que realmente es: cine político.

En relación a este mensaje, algo bueno que tiene la revisualización de BR a lo largo de los años es que se advierten nuevos matices en función de las experiencias del espectador. Remueve especialmente la forma en la que Deckard va adquiriendo consciencia de su verdadero papel en el sistema. El mensaje de la película es que los replicantes que aparecen en ella representan a los humanos de nuestra vida cotidiana. Especialmente a los simples ciudadanos que han estudiado carreras universitarias sin futuro o llevan trabajando y esforzándose durante años, para ahora comprobar como todo eso no era más que una pequeña pieza de otro plan mayor, que nadie les había contado. Ni habían contado con ellos.

Pero para transmitir este mensaje de critica social o política, se utiliza un formato de ciencia-ficción sin atender su propia ortodoxia, convirtiéndola en una excusa, en lugar de ser el vehículo. Un debate filosófico artificial y deliberadamente confuso, dónde se presenta a los humanos paradójicamente carentes de humanidad, en una reducción al absurdo. Un caos recurrente sin salida, que oscila entre el complejo de Frankestein para los humanos, al de Edipo para los replicantes. Y viceversa.

Conclusión

Mercaderes del espacio es un clásico literario de la ciencia-ficción, pero poco conocido entre el gran público. La película de Ridley Scott está basada en otra obra literaria, aunque mediocre en comparación con la anterior. Sin embargo, ha cosechado una mayor popularidad gracias a que el cine tiene un espectro de masas mucho mayor que la literatura. Su salto a la gran pantalla le ha permitido alcanzar popularidad en círculos a los que no hubiera llegado de quedarse en formato literario, saliéndose de ambos ámbitos para ir al terreno de lo social y político. Aunque no carece de virtudes cinematográficas —por supuesto— el éxito posterior al estreno de esta película no fue tanto por ellas como por lograr contentar a un pujante e influyente sector cultural de ideas políticas coincidentes, relacionado con el ciberpunk que marcaría las décadas posteriores.

Star Trek también influyó en otros ámbitos sociales fuera de su entorno original, trascendiendo de él. Sin embargo, la influencia consistió en este caso en poner la ciencia-ficción como recurso para comprender o superar problemas del momento. En el caso de Blade Runner fue al contrario, politizando la ciencia-ficción y fomentando las tendencias pesimistas que nos han acompañado hasta hoy, ignorando la utilidad inspiradora y motriz de la ciencia-ficción clásica y racional que nos acompañó desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta principios de los años 80, época de la exploración espacial y la Guerra Fría.

Paragüas Star-Wars-Blade-RunnerPor otro lado, un número significativo de seguidores de BR lo son principalmente de esta película, considerando al resto del género como simples comparsas «poco serias» de entretenimiento y evasión En este aspecto en concreto ocurre algo parecido con Star Wars y el género de la space opera: aunque ya se conocía la planet opera —clara precursora de la ópera espacial— esta habría pasado desapercibida si no se hubiera estrenado la trilogía original en el cine. De la misma manera, muchos aficionados de la epopeya galáctica de George Lucas lo son en concreto de Star Wars, ignorando prácticamente el resto de obras más características del género.

Blade Runner es una gran película por la influencia estética y cultural que ha marcado en las décadas posteriores. A esta circunstancia se le añade que es de ciencia-ficción. Pero no significa que sea una «gran película de ciencia-ficción». La prospectiva y la especulación realistas no son explotadas de forma eficiente como en otras obras de este género. Menos aún puede calificarse por tanto como «obra cumbre de la ciencia-ficción», para luego destacar en ella aspectos comunes al arte en general como su contenido filosófico —un adorno barroco y enrevesado—, su critica social —parcial y politizada— o su capacidad profética —llevada a extremos inverosímiles—, mientras que otros aspectos más propios suyos como la coherencia, la verosimilitud o la capacidad inspiradora,  permanecen en un segundo plano o son inexistentes.

Referencias:

Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 25 de junio de 2012
Artículo publicado posteriormente en El sitio de ciencia-ficción el 12 de noviembre de 2017



[Artículo revisado el 8 de diciembre de 2015. Publicado en su día como contestación al comentario de un amable lector sobre un artículo de Blade Runner (BR), cuya impresión sobre el mismo es que era demasiado «enciclopédico» y deseaba conocer mi opinión de la película. Aunque agradezco a este lector su interés, lo cierto es que las opiniones personales son el último recurso al que hay que acudir. Alguien expresó una vez de forma muy gráfica lo que quiero decir: las opiniones son como los culos: cada uno tiene el suyo]
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La impresionante Rachel Welch en «Hace un millón de años»La ciencia-ficción suele ser un oportuno telón de fondo para contar historias sobre todo tipo de aspectos de la condición humana. Sin embargo, en muy pocas ocasiones el sexo ha ocupado uno de sus principales argumentos. Tal vez sea debido a que gran parte de la difusión de este género proviene de países tradicionalmente puritanos, o por la existencia de ciertos prejuicios a la hora de tratar estos temas.
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Corría el año 1818 cuando Mary Shelley escribía su obra Frankenstein. En aquel entonces la Revolución Industrial estaba ya bien adentrada en su primera fase y la humanidad estaba experimentado el mayor desarrollo tecnológico y científico que jamás había conocido.
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Aunque este no es un blog específico sobre cine, que duda cabe que esta forma de expresión artística o canal de comunicación, es uno de los más aporta al acervo cultural de las sociedades, para bien o para mal.

La Historia o la Literatura, no adquieren verdadera popularidad en nuestros días mientras no se haya representado algún fragmento histórico, no se haya versioneado alguna obra, o no se haya utilizado en la gran pantalla algún recurso o idea proveniente de alguno de estos otros ámbitos culturales menos conocidos o populares.

La cuestión final es que un mismo recurso, en la mayoría de ocasiones proveniente del mundo literario, una vez se utiliza con acierto en el cine por primera vez, resulta difícil hacer algo parecido posteriormente sin recordar a esa primera ocasión, y mucho más difícil resulta hacerlo mejor. Cuando esto sucede podemos decir lo siguiente: ha nacido un clásico.

En otras ocasiones, se recurre a ellos como un recurso fácil para resolver una escena, o para asegurarse un éxito mínimo entre el gran público que se supone demanda un producto determinado. Es en definitiva en estos casos, el uso de fórmulas conocidas y probadas, sin calentarse la cabeza demasiado para lograr productos aceptables. Solo en algunas ocasiones se logra un éxito mayor al reutilizar una idea. A continuación algunos ejemplos:

El Terror en la ciencia-ficción

Alien (la saga) es un referente actual en cuanto a la fusión de los géneros de terror y de Ciencia-Ficción. Situaciones similares se han utilizado posteriormente con diferentes resultados, como se explicaba anteriormente en Pitch Black, y en otras como Event Horizon. La característica principal que las distingue como obras de Ciencia-Ficción, además de simplemente el escenario futurista, es el de utilizar como adversario de los protagonistas y como generador de la angustiosa situación en la que se encontrarán, un ser cuya existencia se explica con un supuesto científico. En el último caso citado, unos experimentos con el horizonte de sucesos dan lugar a la aparición de una serie de visitas con no muy buenas intenciones (supuesto científico muy en controversia), y en los otros casos como ya sabemos, un ser alienígena.

Imágen de la película «Event Horizon» (Horizonte Final)

Sin embargo, el verdadero clásico que originó esta utilización del terror psicológico con buenos resultados en la Ciencia-Ficción es una película de serie B del año 1951, en blanco y negro y basada en una obra de J. W. Campell: El Enigma de Otro Mundo

Uno de los carteles promocionales de la película

En esta película (llamada de distinta forma según el país de habla hispana) se narran las peripecias de un grupo variopinto de personas, en una estación científica (de radar o militar, según interpretaciones) en el Ártico, al encontrar esta expedición una nave espacial extraterrestre (un platillo volante de la época) y dentro de ella a su tripulante, hasta ese momento, en estado de hibernación: The Thing (La Cosa).

Esta es «La Cosa». ¡Feo si que es, el tio!

El estudio psicológico de los personajes (el piloto de avión , el científico, etc.) y cómo se enfrentan al problema en función de sus prejuicios y creencias, es una oportunidad aprovechada en muchas obras de este género en general, y en esta en particular, para abrir debates sociológicos minimizando la posibilidad de que el espectador caiga en los prejuicios habituales, al tratarse de una situación desconocida. En este caso, la polémica gira alrededor de la ética de la investigación científica y sobre hasta que punto, y en qué prácticas, debe llegar esta. ¿Verdad que les suena de algo este dilema?

En definitiva, la mezcla de estos géneros nos proporciona un resultado mayor que la simple suma de ambos. El uso del suspense y del terror, aunado a un supuesto científico que le dota de mayor profundidad y realismo que, por ejemplo, un conde con dientes largos nacido en Transilvania, logra despertar en el espectador una sensación distinta y especial. Por lo menos a mi.

No obstante, aún siendo el resultado inolvidable cinematográficamente hablando, prima en estas producciones el apartado referente al terror o fantástico, más que el de la ciencia-ficción, siendo esta finalmente un pretexto (un magnífico pretexto) para hacer otra cosa.

Compañero de viaje «incomodo»

Una Odisea 2001 del Espacio es a la vez, una obra cumbre del cine y del género de Ciencia-Ficción. Esta sería otra de las obras que catalogaría como verdaderamente de este género, ya que prácticamente su argumento en totalidad está relacionado con el.

Uno de los tripulantes de la Discovery es el supercomputador ficticio HAL 9000, convirtiéndose gracias a la aparición en esta película, en uno de los personajes no humanos más importantes de la historia del cine, precedido tan solo por Robby el robot de Planeta Prohibido, o María de Metropolis, pero a diferencia de estos, HAL 9000 no es un robot, siendo entonces el primer ordenador que aparece como protagonista principal de una película de ciencia-ficción.

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Pero no será esta la característica a destacar de HAL 9000, sino el papel que desempeña en la película, el conflicto al que es sometido, y las consecuencias que de el se desprenden y que afectan al resto de tripulantes de la nave. Después de esta película, la presencia de un ordenador central con capacidad de comunicación oral con (¿el resto de?) la tripulación, se hizo prácticamente imprescindible en toda película de ciencia-ficción que se precie.

El archiconocido objetivo de HAL 9000, el «Gran Hermano» de «Una Odisea 2001 del Espacio»

En Alien, el octavo pasajero, se reúnen todas estas características con algunas variantes: Madre, es el computador central de la nave Nostromo. Pero no es ella/el el que ocasiona problemas, sino el médico de a bordo, en realidad un robot humanoide con instrucciones que chocan con su programación principal y que le provocan un mal funcionamiento que le delata, de forma similar al computador protagonista de Una Odisea 2001 del Espacio.

El médico «robot» de la primera película de la saga de Alien, tras ser descubierto y presentar «anomalías»

También en Aliens, el regreso, aparece otro robot humaniforme, mencionando además a otro gran clásico de toda la Ciencia-Ficción originario de la literatura: las Leyes de la Robótica, de Isaac Asimov.

«Bishop», el androide de la segunda película de la saga, esta vez, de confianza gracias a las Leyes de la Robótica.

Este androide llamado Bishop, establece una relación con Ripley claramente inspirada en las que R. Daneel Olivaw, el robot de la Saga de la Fundación (de I. Asimov) establece con sus compañeros humanos, en cuanto a amistad y cooperación.

Los aliados contra la super-fortaleza

La 2ª Guerra Mundial significó un antes y después en las sociedades de los países de todo el planeta, como ya sabemos. El cine no ha sido ajeno a esta circunstancia, y menos aún el de los países que participaron en dicho conflicto.

El famoso Día D de Normandía, nos lo recuerdan una y otra vez los productores de los EUA. En Star Wars nos presentan un versión espacial de la batalla final decisiva (Batalla de Yavin), siendo este uno de los momentos estelares (nunca mejor dicho) de toda la saga galáctica.

Grupo de cazas «X» preparandose para librar la batalla decisiva en la órbita de la luna «Yavin»

En Independence Day parecen inspirarse en esta secuencia, al utilizar una estética muy similar para ambientar el desesperado intento final para acabar con las naves invasoras. Es más, cuando David Levinson (Jeff Goldblum) y el Capitán Steven 'Steve' Hiller (Will Smith) logran introducirse en la nave nodriza a bordo de una aeronave extraterrestre, recuerda poderosamente al preludio de la Batalla de Endor, cuando un grupo de rebeldes logra introducirse en la 2ª Estrella de la Muerte a bordo de una Lanzadera Imperial modelo Tydirium. Así mismo, en ambas peliculas, tras desactivar el escudo protector, una astronave coloca un fuerte explosivo en el corazón de las principales naves enemigas, resultando unas escenas de escape muy similares.

Fuerzas aliadas terrestres a punto de enfrentarse con las naves invasores extraterrestres. Imágen extraída de la película «Independence Day»

Creación de universos

Pero tal vez lo que realmente supuso Star Wars, fué la creación de un universo de posibilidades completo, donde cada uno podía situarse e inventar su propia historia. Todo un mercado adicional de productos, aumentaron la influencia y la sugestión en el público. Tal fué el éxito, que estimulo el surgir de otras sagas cinematográficas que conformarían sus propios universos, y puede que también de lo que se llamaría posteriormente franquicias cinematográficas, como la de Star Trek, una de las más famosas. Otros universos creados a imagen y semejanza, son Galactica: Estrella de Combate, Babylon 5, o incluso también Stargate.

De todo esto, hablaremos otro día


Artículo publicado posteriormente en Planetas Prohibidos el 24 de diciembre de 2010
Artículo publicado posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción el 4 de diciembre de 2011
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