Aunque siempre es preferible una buena lectura, que duda cabe que en ocasiones nos gusta sentarnos en el sillón a disfrutar sin más de una buena, emocionante y épica serie de televisión. En la actualidad, con toda la multiplicidad de canales en-línea de contenidos, uno podría pensar que esto está solucionado, que no nos va a faltar material. Pero cuando llega el momento, la oferta consiste en series como Another Life cuyo aporte es escaso y que consiste en una colección de clichés, pero a pesar de ello, va a tener su segunda temporada. Es en este momento cuando uno se acuerda del anuncio de otras producciones. Algunas, adaptaciones de obras extraordinarias que, si bien siempre existe el riesgo de que lo estropeen todo, al menos son una buena base de la que partir. Y en los años recientes, no son pocas las propuestas que sin embargo, no han llegado a término —salvando los casos de Fundación o Snowpiercer—. La lista siguiente es una recopilación de adaptaciones que en su día fueron anunciadas (entre paréntesis el año en la que se oyó hablar de ello):
  1. Y: The Last Man (2009)

    Y: The Last Man

    Un cómic que según cuentan los aficionados que han tenido la oportunidad de conocerlo, es de las mejoras sagas del noveno arte realizadas. Todo comenzó en el ya lejano 2009 como una propuesta de adaptación a película protagonizada por el inefable Shia Labeouf, pero que tras vueltas y dudas durante años, ha acabado convirtiéndose en una serie de TV prevista para septiembre de 2021, cuyo primer teaser trailer acaban de publicar.

  2. Source Code (2011)

    Source Code

    Dirigida por Duncan Jones y escrita por Ben Ripley, la película mostraba una manera distinta y original de tratar las paradojas temporales, la consciencia humana y sobre todo, la relación entre ellas. Creaba un marco de posibilidades enorme para ser exploradas. Se anunció su adaptación a serie de TV el mismo año de su estreno en un medio de habla inglesa, pero no se ha vuelto a saber nada.

  3. Half-Life (2013)

    Half-Life y Portal

    Los videojuegos son una fuente cada vez más habitual de contenido para ser adaptado a otros medios: Doom, Resident Evil, Tomb Raider, Uncharted y recientemente tras proponerse primero como película, The Last of Us será finalmente una serie de televisión. Pero los que hemos probado Half-Life sentimos que fue una experiencia de juego distinta y probablemente, complicada de adaptar a una pantalla distinta a la de los videojuegos. De mano de J.J. Abrams se anunció lo que en un principio era una película, a la que se añadió la opción de adaptar Portal, el también exitoso juego de la misma compañía de un ambiente similar. Pero la agenda del famoso productor cargada de proyectos desde entonces y la dificultad de adaptar estas obras, han provocado que de momento solo será este último el que saldrá a las salas de cine. Si es que sale.

  4. La liga de los hombres extraordinarios (2013)

    La liga de los hombres extraordinarios

    Si bien es cierto que la adaptación a película del 2003 no fue gran cosa, el cómic original merecía un mejor trato. Una serie televisiva donde los personajes pudieran ser mejor desarrollados y no «dejados caer», como suele ser habitual en algunas producciones cinematográficas ―cuyos directores luego cogen cuatro retales y realizan cosas como The Newersambientada en una época victoriana similar a la obra de Alan Moore y Kevin O'Neill, de la que estoy seguro que podría salir algo mejor―.

  5. El hombre de los 6000 millones de dólares (2014)

    Lee Majors

    Cuando apareció la serie de televisión recuperada de los años 70 La mujer biónica (2007) me llamó la atención que ignorasen la serie de la que partía ―El hombre de los seis millones de dólares― también de la misma década, basada a su vez en la obra literaria Cyborg (Martin Caidin, 1972). La respuesta vino cuando se supo que estaba en preparación la vuelta a la pequeña pantalla de la serie ―victima de la inflación― nada menos que con Mark Whalberg de protagonista. 

  6. Hyperion (2015)

    Hyperion

    Dan Simmons
    es el autor de Los Cantos de Hyperion (1989~1999), una space-opera épica que a pesar de ser relativamente moderna huye de las tendencias de ciberpunk de la literatura coetánea, resultando una extraordinaria obra de aventuras al modo clásico pero sin dejar de dar su aporte original. En principio, una obra cuyas características la hacen idónea para ser adaptada a la pantalla. Miquel Barceló describía así al autor:
    «dispone una capacidad especulativa que nunca quedará plasmada en las obras de terror [..] he temido demasiadas veces que el mercado [..] le apartara para siempre de la ciencia-ficción» —prólogo de Endymion

    Pues bien, a pesar de que en junio del 2015 en diversos medios ―de habla inglesa primero y en el portal Fantífica después― anunciaron con bastante seguridad que iba a ser adaptada a serie, lo cierto es que no se ha sabido nada de este proyecto desde entonces. Todo apunta a que los temores de Barceló no eran infundados ya que finalmente lo único que se ha visto adaptado a un medio televisivo ha sido su obra The Terror.

  7. Pórtico (2015)

    Pórtico

    La saga de los Hechee es otra extraordinaria e inusual saga de ciencia-ficción. Su autor, Frederik Pohl, presenta un planteamiento inicial suficiente para romper todos los esquemas hasta al más experimentado aficionado. Pórtico (1977) es el primer volumen y al igual que en el caso anterior, SyFy anunció en el 2015 su adaptación a televisión. De nuevo, nada más se ha sabido de este proyecto. No es anecdótico señalar que el estreno en 2014 y el éxito posterior de la también adaptación de una saga literaria The Expanse, podrían haber eclipsado el resto de proyectos. Que luego vendieran los derechos de esta serie a Amazon Prime, dice algo del interés que ha quedado por los demás.

  8. Trilogía de Marte (2015)

    Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson

    El año 2015 fue el de las propuestas de adaptaciones de sagas literarias que no se han llevado a cabo hasta el momento ―salvo El Fin de la Infancia (Arthur C. Clarke, 1953) que sí llegó a las pantallas―. A las dos anteriores se le suma Trilogía de Marte, la epopeya de geoingeniería planetaria de Kim Stanley Robinson, considerada un modelo de precisión científica especulativa. En esta ocasión sí que ha habido noticias, aunque no fueron buenas: fue propuesta en el año mencionado para ser puesta en pausa al siguiente.

  9. Juez Dredd (2016)

    Juez Dredd

    De lo más original y relevante que nos dejó el mundo del cómic de finales del siglo pasado, con sus superhéroes desgastándose poco a poco, fue la obra del guionista John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra. Páginas de brutal critica al sistema cuya adaptación protagonizada por Silvester Stallone en 1995 no le hacía «justicia». Tal vez por eso cuando Karl Urban se presentó con Dredd (Pete Travis-Alex Garland, 2012) nadie esperó mucho de esta segunda adaptación a la gran pantalla. Sin embargo, todo aquel que le ha dado una oportunidad ha visto como la película esta vez sí, hace honor al espíritu del cómic además de aportar su propia visión. Los aficionados han estado pidiendo una segunda parte y sus deseos parecía que iban a convertirse en realidad aunque en forma de serie. Pero al igual que la justicia, todo va muy lento.

  10. Extranjero en Tierra Extraña (2016)

    Extranjero en Tierra Extraña

    El canal SyFy todavía iba a dejarnos con la miel en la boca una vez más, anunciando que iba a adaptar una de las obras más singulares y donde le da un repaso a todos y cada uno de los valores y prejuicios de la sociedad occidental, al más puro estilo de su autor, el maestro de la ciencia-ficción Robert A. Heinlein. Y así nos hemos quedado desde entonces.

  11. Duke Nukem (2018)

    Duke Nukem

    ¿Michael Bay y John Cena en una misma película? Pues cada uno en su ámbito, eso es lo que se prometió en su día en otra adaptación de un videojuego que se hizo famoso, entre otras cosas, porque permitía interactuar con el entorno, una característica que luego sería imprescindible en el resto de títulos del mismo tipo. Pero, nos quedamos con las ganas de ver explosiones por doquier y a Cena fumando el puro.

  12. Exploradores (2018)

    Exploradores

    Primero fue Super 8 (J.J. Abrams, 2011) y unos años más tarde se terminó de consolidar con Stranger Things (Hnos. Duffer, 2016), la fiebre nostálgica por aventuras juveniles de los 80. En una línea similar se propuso adaptar a serie de televisión la película Exploradores (Joe Dante, 1985) protagonizada nada menos que por unos jóvenes Ethan Hawke y River Phoenix. De este proyecto no se tiene noticia desde entonces.

  13. Starship Troopers (2019)

    Starship Troopers

    Otra obra maestra de Robert A. Heinlein que esta vez sí, fue versionada por Paul Verhoeven en 1997. Su éxito la convirtió en una saga con varias secuelas de imagen real y animadas, además de videojuegos. Hace un par de años se dijo que continuaría en televisión con el reparto de la primera de ellas. No se conoce nada más.

  14. Dune: Sisterhood (2019)

    Las Bene Gesserit

    La excelsa Saga de Frank Herbert ya ha sido adaptada a película y a serie de televisión, pero sin acabar de convencer. Los éxitos y el buen hacer de Denis Villeneuve le dotaron del suficiente poderío como para lleva a cabo con solvencia nada menos que la secuela de Blade Runner. Tras dicho proyecto, ya es de dominio público que ha acometido la valiente y arriesgada tarea de llevar de nuevo la adaptación a las salas de cine de Dune, que se entrenará en breve. No contento con esto, tiene en proyecto una serie ambientada en el mismo universo sobre la Orden Bene Gesserit. Este spin-of supondrá una manera inédita de acercarse al universo creado por el escritor.

  15. El hombre que cayó a la tierra (2019)

    El hombre que cayó a la tierra

    David Bowie
     no solo fue un grandísimo artista, sino que además, lo fue de ciencia-ficción: siempre por delante de la sociedad, rompiendo moldes, marcando tendencias y creando nuevos paradigmas estéticos. Una de sus singulares intervenciones fue la película El Hombre que cayó a La Tierra (Nicolas Roeg, 1976), adaptada de la novela de Walter Tevis (1963) sobre un alienígena con aspecto humano que aterriza en nuestro planeta. En el 2019 se anunció que iba a ser adaptada de nuevo a serie de televisión.

  16. John Carter de Marte (2019)

    John Carter de Marte

    En el ámbito anglosajón, la space-opera de Star Wars ya existía en el mundo del cómic con Flash Gordon o Buck Rogers. Pero todavía antes, existió en la literatura la planet-opera. Una de las más importantes aportaciones surgió de la mano de Edgar Rice-Burroughs en 1912 con La Princesa de Marte, primera de las novelas de la Serie Marciana. El también autor de Tarzán, ha sido adaptado al cómic en numerosas ocasiones ―en aquella época sería el equivalente a ser adaptado a la pantalla― siendo uno de los autores más influyentes de la historiaen palabras de Ray Bradbury. John Carter de Marte fue el último título de la serie y fue el escogido para la adaptación que Disney estrenó en 2012 ―cien años después― cuyo rendimiento económico fue un desastre. Según criticas, el problema fue que supusieron que no era más que una «copia», ignorantes de que en realidad estaban asistiendo a la creación de la mayoría de mitologías culturales de su época. La culpa habría que achacarla a una campaña de marketing deficiente que no supo explotar el valor cultural de la obra, además de titularla con un anodino John Carter. Sin embargo, en las plataformas de video bajo demanda donde el público se supone que es menos dependiente del marketing, la película de Andrew Stanton está reviviendo gracias a un éxito mayor de lo que se esperaba. Tal es así que se anunció su adaptación a serie de televisión.

  17. Alien (2019)

    Xenomorfo

    Alien: el octavo pasajero
     (Ridley Scott, 1979) fue uno de los motivos que convirtieron a la década de los 80 en un momento clave en la historia de la ciencia-ficción y en general, en la cultura popular. Después de que su propio creador haya destrozado su legado con precuelas-que-no-son-precuelas bastante cuestionables, un Noah Hawley (FargoLegion) que estuvo a punto de continuar la franquicia de Star Trek, nos va a traer al xenomorfo en una serie de televisión. La novedad es que si bien hasta ahora la franquicia se identificaba con escenarios extraños, cerrados y angustiosos, en esta ocasión la plaga alien la traerán nada más y nada menos que a nuestro propio planeta: La Tierra. Como si no tuviéramos bastante con la pandemia.

  18. El Eternauta (2020)

    El Eternauta

    En el año en el que El Eternauta (Oesterheld-Solano, 1957) fue publicado, las invasiones de extraterrestres que aparecían en el ámbito anglosajón no eran más que reflejos del temor a la inestable situación que en plena Guerra Fría se vivía. Pero el resto del mundo tenía además de esta, otras preocupaciones más inmediatas y que afectaban de manera más directa y en ocasiones dura, sus vidas. En concreto, en el mundo Hispano en ambos lados del océano, sus problemas provenían de regímenes dictatoriales y sociedades de cultura militar impuesta. Siguiendo el mismo principio de utilidad de la ciencia-ficción sobre manejar las preocupaciones del presente, el escritor Héctor G. Oesterheld ideó un modelo estratégico por fases de invasión alienígena basado en la eficiencia, eliminando de manera precisa la resistencia local o reutilizándola en su favor, dejando intactos los recursos del planeta. Este modelo ha acabado sirviendo de inspiración hasta nuestros días en obras culturales que tratan el mismo tema, empezando tal vez en la serie Falling Skies (Rodat-Spielberg, 2011~2015) siguiendo por Colony (Cuse-Condal2016~2018) o Nación Cautiva (Rupert Wyatt, 2019). El estilo oscuro, sucio y demacrado del dibujante Francisco Solano, otorgaba una sensación angustiosa al relato totalmente oportuna. Tras muchos intentos y discusiones sobre la propiedad cultural del escritor ―desaparecido en extrañas circunstancias y de alguna manera, traspasando el cuarto muro del cómic, ya que el autor aparece en el propio relato―, sus herederos han negociado con una cadena de video por suscripción la realización de una serie.

  19. Rogue One (2020)

    Cassian Andor

    El estreno de Star Wars: el despertar de la Fuerza devolvió a cierta parte del público la esperanza de encontrarse de nuevo con aquella space-opera que supo conectar con nuestra necesidad interior de épica. Sin embargo, sin ánimo de retomar criticas ya repetidas, lo cierto es que Disney ha metido a la saga en un auténtico callejón sin salida, con un producto que ha acabado por no contentar a nadie. Esto era así hasta que la serie The Mandalorian y la película Rogue One (Gareth Edwards, 2016) han demostrado que retomar la historia clásica respetando su propia idiosincrasia y coherencia interna, es el camino ―como diría nuestro querido Mando―. El resultado es que hay en proyecto un spin-of precuela sobre las aventuras de Cassian Andor.

  20. Star Trek: Strange New Worlds (2020)

    Enterprise

    Con Star Trek ha ocurrido algo parecido que con su competencia: un mismo director ha participado en un reinicio particular de una saga con la intención de poder establecer una nueva mitología sin trabas argumentales, pero sin perder a los aficionados de toda la vida. En términos de taquilla no ha ido mal, pero tras una segunda parte elegida como la peor película de toda la historia de la saga, se dieron cuenta de que tenían que repensar un poco las cosas ―suponiendo que las hubieran pensado en la primera ocasión, claro―. Acertaron a medias con una decente Star Trek Beyond, pero fallando en el momento del estreno lo que afectó a la recaudación. Con el futuro incierto, de nuevo, las series televisivas han aclarado las ideas gracias a Star Trek Discovery que, a pesar de toda su carga políticamente correcta, ha sabido ganarse a una base de aficionados importante. En cualquier caso, otra gran parte de aficionados seguimos añorando aquel espíritu de aventura, transgresor pero sin reivindicaciones forzadas metidas con calzador y, sobre todo, el regreso de la Enterprise. Los sueños en ocasiones, pueden convertirse en realidad.

  21. Fallout (2020)

    Fallout

    Lisa Joy
    y Jonathan Nolan iban a ser los que llevarían Fundación a la pantalla, pero en su lugar adaptaron Westworld, el clásico de Michael Crichton de los años 70, mucho más convencional y televisivo. Ahora tienen entre manos la adaptación a la pequeña pantalla de otro videojuego que en su momento fue innovador, con un tipo de historia postapocalíptica de estética atompunk, poco habitual. Veremos tal vez algún día lo que sale.

  22. El problema de los Tres Cuerpos (2020)

    'El problema de los Tres Cuerpos', de  Liu Cixin

    Hace apenas algo más de diez años que China decidió promover la ciencia-ficción con la creación del premio internacional Xingyun. Cinco años después, un poco conocido escritor Liu Cixin se convertía en 2015 en el primer asiático que ganaba el premio internacional más importante: el Hugo. Desde entonces, China no ha hecho más que crecer económica y culturalmente, al tiempo que sorprende con grandes producciones cinematográficas. Mientras tanto, los creadores de la interpretación televisiva de Juego de Tronos se involucraron en la creación de una trilogía sobre Star Wars, pero después de ver dónde se estaban metiendo, salieron corriendo de ella para acabar en un proyecto de adaptación de la obra del escritor chino. Pura simbolización del panorama internacional actual.

  23. Buck Rogers (2021)

    El infame 'Twiki' y Gil Gerard como 'Buck Rogers'

    La época dorada del cómic pulp norteamericano de ciencia-ficción tiene a Flash Gordon como uno de sus principales personajes. Pero no fue el único, Buck Rogers forma parte significativa  también de aquel momento cultural. Fue revivido a principios de los 80 por Glen A. Larson siguiendo un modelo similar al que también uso en Galáctica, esto es, la producción de un episodio piloto tan largo que lo acaban estrenando como película. La cuestión es que George Clooney va a ser el productor esta vez de un reinicio del famoso héroe (todo irá bien mientras no aparezca Twiki y su biri-biri-biri-biri)

  24. El coche fantástico (2020)


    De nuevo Glen A. Larson haciendo de las suyas. Otra de las míticas series televisivas de los 80 fue El coche fantástico, protagonizada por el peculiar David Hasselhof que a partir de entonces, además de uno de los freakies más impresionantes de la historia, se ha convertido definitivamente en todo un icono popular tras protagonizar la serie de los 90 Los vigilantes de la playa. Pero bueno, lo que nos ocupa ahora es que la serie, reinterpretada de nuevo en el año 2008 con Justin Bruening como protagonista, va a ser ahora convertida a formato película por James Wan. Se desconoce si el automóvil que da forma a KITT estará impulsado por electricidad o continuará con combustibles fósiles.

¿Merece la pena sacar estas obras de su medio original y ser adaptadas a otro? ¿Va a influir este hecho sobre nuestra visión de la obra original? Sin entrar en debates sobre falsos dilemas de la prevalencia de un medio sobre otro, lo cierto es que la obra original siempre va a estar ahí para poder ser revisitada. Al final del día, lo importante va a ser el resultado. ¿Puede salir de una obra mediocre en un medio una obra maestra en otro? Sin duda que sí. Pero independientemente de si nos fijamos exclusivamente en el producto final, en los últimos tiempos, el arte de saber interpretar una idea y adaptarla a otro medio es un fin en si mismo digno de ser valorado. En algunos casos, una idea original es tan sugerente y atractiva, que sería un desperdicio no aprovecharla en otro formato que permita su disfrute, de una manera diferente. Por ello, en esta época de tal profusión de ideas reutilizadas, propongo una adaptación de la obra La Saga de los Aznar, una space-opera de estirpe hispana pero con una proyección espacial y temporal, a través de culturas y generaciones, sobre la cual reflejar todos los desafíos de nuestro presente y futuro.

        25. La Saga de los Aznar (????)


La actual proliferación de canales en-línea de televisión ha permitido que la audiencia pueda acceder a contenidos que de otra manera no iban a encontrar en los clásicos canales generalistas. Aunque otros nuevos problemas han surgido debido a esta facilidad, la cuestión es que tras años de intentos parece que finalmente se podrá ver adaptada a la pantalla una de las más míticas y famosas series literarias de ciencia-ficción: la epopeya galáctica de Isaac Asimov, la Saga de la Fundación.

El porqué de esta tardanza en adaptar una de las más famosas sagas a la pantalla es un tema que va unido con toda probabilidad al de la también escasa adaptabilidad de su autor. Esta situación se hace todavía más singular al compararse con otras sagas igual o más complejas como Dune, que han sido merecedoras de mayor dedicación y esfuerzo para ser adaptadas al medio visual. Como ya se comentó, la facilidad y la intensidad de las imágenes que son capaces de evocar las versiones literarias, son seguramente uno de los motivos por los que acaban convertidas a la pantalla. En el caso de La Fundación, si bien la idea de un imperio galáctico inspiró a sagas visuales como Star Wars, la complejidad de la historia con unas tramas políticas que tanto daño hicieron también en la saga de George Lucas, no han ayudado seguramente. Otros dos factores se podrían añadir a esta coyuntura: una de ellas son las tendencias oscuras y pesimistas de las décadas recientes, que no parecían ir en la misma línea. El otro sería la consideración de su autor como escritor.

Hasta hace poco existía un cierto consenso sobre la poca «clarividencia» de Asimov en su prospectiva de futuro, incluso parecía que se le consideraba un autor infantil o intrascendente por la poca madurez o relevancia social o política de sus obras, en contraste con los temas crudos, realistas y «adultos» del ciberpunk. Este «poco realismo» parecía confirmarse con el hecho de que no fue capaz de «predecir» en sus obras al no aparecer en ellas, cosas como Internet, los móviles o ¡ni tan siquiera los computadores domésticos! Pero tal vez las mismas características como creador literario, que no lo hacían «apto» para ser adaptado a otros medios, impedían que sus obras tuvieran una inmediata relación con los futuros que iban a comenzar a vivirse desde aquel momento. Sin embargo, el propio autor en una entrevista, fuera del medio literario, sí que supo dar una visión certera del futuro que vivimos. Más de treinta años después de su época, se comprueba como muchos miraron el dedo que la señalaba en lugar de la Luna. Lo importante de Asimov no eran ni sus paisajes, ni sus personajes ni la tecnología que imaginaba, sino las consecuencias que iba a tener en la sociedad. No le preocupaba el aspecto físico de los dispositivos que describía de manera sencilla en sus obras, sino que le sirvieran para mostrar cómo nos afectaría. Computadores, Inteligencia Artificial y teléfonos móviles inteligentes tal vez podrían fundirse en un único objeto: los robots. Estos le sirvieron para postular con los espacianos, que serían la parte de la humanidad que vive excesivamente dependiente de la tecnología, así como especular sobre los problemas éticos, políticos y sociales de las inteligencias artificiales. Las Tres Leyes de la Robótica eran una manera de hacer manejable el problema actual de establecer límites éticos a las mismas. En definitiva, si nos fijamos en el resultado en lugar de en el trayecto literario que nos ha llevado hasta allí, es donde se encuentra el significado importante de su obra. 

Pero hay otro aspecto de su legado, de presencia fundamental en esta adaptación que pronto se verá en la pantalla, que surge majestuoso hoy en día en la época del big data, de las redes sociales y del trafico de datos personales. Pero sobre todo, del tratamiento con algoritmos informáticos de toda esa ingente cantidad de información de colectivos sociales, para mediante la aplicación de psicología y matemáticas, lograr predecir nuestro comportamiento e incluso influir políticamente: la psicohistoria. Esta ciencia ficticia que su autor inventó simplemente como un recurso literario y que apenas describió como un conjunto de técnicas combinadas de psicología, matemáticas e historia, se fundamentaba en el manejo de un gran conjunto de datos, el mismo principio que ahora se usa en las técnicas analíticas del big data por parte de matemáticos especializados que manejan dicha cantidad de información. 

¿Por qué llega ahora esta adaptación? ¿Va a ser otro producto televisivo que se amontonará junto al resto del catálogo? ¿Es una iniciativa desesperada de un canal nuevo que necesita llamar la atención con algo que los demás no se han atrevido por su dificultad? ¿Sabrán en definitiva, aprovechar la oportunidad para explorar todos estos conceptos que en su día apenas se intuían pero que hoy en día son de vigente actualidad? 

En esta época de pandemias y de declive de una cultura occidental cuyos gobiernos sucumben ante sus propias ambiciones y contradicciones, una China que no le importa controlar y vigilar masivamente a sus ciudadanos es la que parece que es la favorecida. Esperemos que la caída del Imperio relatada en la magna saga no sea otro de sus aciertos. De cualquier manera, los aficionados a la ciencia-ficción siempre podremos ser esa Fundación que preserve la cultura y la civilización para el futuro.

Publicada posteriormente en el blog Planetas Prohibidos
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¿Qué es la utopía? Lo habitual es pensar en ella como un lugar idílico donde no hay carencias y todo el mundo es feliz. Sin embargo, nadie ha sabido explicar cómo llegar a esa situación. Cuando se ha intentado, el resultado ha sido más parecido a todo lo contrario: la distopía. Una y otra vez la humanidad ha producido ciertos «textos sagrados» que partían de supuestos ideales que se autodestruían a medida se pretendían implementar en la práctica, llegando siempre a la misma reducción al absurdo. Hoy en día utopía es sinónimo de imposible, de inalcanzable, de quimera, como si estuviéramos condenados a sucumbir a nuestros propios defectos una y otra vez sin que la tecnología y la ciencia puedan ayudar más que como parches paliativos. Eso cuando no empeora las cosas aún más. ¿A qué puede entonces aspirar la humanidad? 
la tecnología no produce ni un solo átomo de felicidad
Juan Luis Arsuaga, antropólogo

El mito de la felicidad

Ser feliz parece ser una buena meta que añadir en nuestra hipotética hoja de ruta hacia la utopía. Ahora bien ¿sabemos realmente lo que significa? Cada uno de nosotros podría dar una respuesta, aunque con gran probabilidad esa concepción de felicidad sería distinta y en muchos casos, irrealizable. La «búsqueda de la felicidad» tiende a convertirse así en una competición entre las distintas formas de entender lo que representa ese estado, en una carrera de suma cero en la que para que uno gane han de perder los demás. Todo se agrava cuando por esta ambigüedad la gente confunde felicidad con cualquier satisfacción efímera a la que se llega mediante atajos, caminos cortos llenos de placer atractivo que nos dejan peor en cuanto se desvanecen. La buena noticia es que la ciencia sí tiene métodos para poder distinguir entre unas actividades y otras, gracias a que nuestro cuerpo segrega ciertas sustancias químicas que nos predisponen a enfrentarnos a dichas coyunturas —la adrenalina, por ejemplo—. Estos mecanismos provienen de un pasado evolutivo que en el mundo moderno que nos hemos construido pueden resultar un obstáculo, pero también pueden servir para diferenciar cómo reaccionamos ante estímulos externos. Por un lado, el marcador que sirve para identificar el placer en nuestro cuerpo es la segregación de dopamina, que actúa como un sistema de recompensa, similar a cuando le damos un azucarillo a un animal cuando cumple nuestras ordenes. Esto es lo que hacen con nosotros ciertas técnicas publicitarias cuyo campo de acción se ha visto extendido a las redes sociales: tratarnos como animales, explotar en su beneficio nuestra segregación de dopamina para que cumplamos sus objetivos. La otra cara de la moneda se encuentra en las endorfinas. Estas sustancias son segregadas cuando nos enamoramos o cuando llegamos al orgasmo. También está la opción más prosaica y menos romántica de hacer ejercicio físico. Aunque estas actividades van a producirnos resultados beneficiosos, también producen una euforia que a pesar de la dificultad inicial en conseguir resultados, puede llevar en algunos casos a la adicción al sexo o a la vigorexia. En cualquier caso, la otra noticia es que la felicidad nunca ha sido el estado ideal para el que estamos hechos, al menos de manera permanente. Lo mejor es que nos tranquilicemos, más que nada porque es precisamente este estado emocional el que mejor nos va a permitir enfrentarnos a las vicisitudes que inevitablemente, van a darse durante nuestra existencia.
dado que la felicidad no está vinculada a un patrón particular de función cerebral, no podemos replicarla químicamente

La dificultad de la educación

Decía el filósofo que lo que no te mata te hace más fuerte o que toda crisis es una oportunidad. En la cultura popular también se ha dicho que de los errores se aprende o que la necesidad agudiza el ingenio. A pesar de esta aparente convicción, la humanidad se esfuerza denodadamente en ir en sentido contrario intentando procurarse un entorno absolutamente seguro y predecible. Un sistema «de bienestar» donde existan el menor número de problemas posible —incluso más allá—. Esta sobre-autoprotección puede satisfacer el nihilismo y hedonismo de los adultos, pero ocasiona que los más pequeños se vean privados de conocer cómo es el mundo de verdad, qué puede pasar cuando todo lo que parecía funcionar se viene abajo y hay que replantearlo, así como cuánto cuesta conseguir alcanzarlo y mantenerlo. Evidentemente no se trata de echar los niños al monte y ver cómo se desenvuelven, ni de aplicar métodos espartanos para seleccionar a los más fuertes. No es ni mucho menos trivial ni obvio, pero si algo merece la pena es esforzarse en encontrar la manera de que las generaciones futuras no cometan nuestros mismos errores. Si los adultos conocemos nuestros defectos, debilidades y carencias como seres humanos, así como también se conocen las consecuencias que los traumas infantiles tienen en el inconsciente de los adultos y los métodos para solucionarlos, debemos poder educar para que nuestra descendencia también sea consciente de ellos y puedan prevenir, sino su aparición ya que forma parte de nuestra naturaleza, sí actuar en consecuencia para que sus efectos no superen cierto umbral pernicioso. En definitiva, debemos educar en la autorregulación de nuestra naturaleza más básica, conociéndola y aceptándola, pero sabiéndola controlar.
Dos necesidades elementales se oponen entre sí en estas sociedades: el deseo de tener un refugio seguro en el mar revuelto y la necesidad de ser libre al mismo tiempo
Zygmunt Bauman, filósofo

El mundo físico

Nuestro planeta y las leyes naturales que lo rigen son las que inexorablemente condicionan nuestra existencia, marcada por unos recursos que han de ser obtenidos de él. Se podría decir que el mundo actual está social y políticamente dividido por los pueblos que a lo largo de la historia se han encontrado, bien con los recursos necesarios suficientes ―o han hallado las maneras de obtenerlos― y el resto de zonas del planeta. Igualmente, parece que puede observarse un patrón que a lo largo de los siglos se ha repetido una y otra vez: los que han acumulado más recursos los han usado para obtener más todavía y mantenerlos el mayor tiempo posible, mientras que el resto de pueblos han anhelado parecerse a ellos y repetir el mismo patrón en cuanto han sido capaces. Tal vez esto puede parecer una simplificación, pero el panorama actual no difiere demasiado con unas naciones enfrentadas por el petróleo, por el gas, por el trigo, por la pesca y recientemente, por el litio para las baterías y por los datos y la información, agotando de tal manera el ecosistema que por poco lo dejan inservible. En cualquier caso, el denominador universal común a estos factores que ha aumentado exponencialmente con el paso del tiempo es el del consumo energético. La carrera por los recursos ha ido paralela a la mejora tecnológica para obtenerlos, para doblegar militarmente a quien los tiene o para defenderse de quien los anhela. Y con la tecnología, la energía necesaria para hacerla funcionar ¿Es necesario continuar con este patrón? Si toda la población del planeta tuviera la energía suficiente para poder obtener los recursos necesarios para su subsistencia y un margen necesario para cultivar nuestras inquietudes intelectuales ¿sería el fin de las guerras y de los conflictos, al menos globalmente? Alguien podría argumentar que no es posible ya que no hay medios ni fuentes de energía para abastecer a todo el globo terráqueo, sin embargo, esto no es cierto: existen medios alternativos de obtención de energía que permiten el autoabastecimiento incluso de viviendas nada modestas. Los métodos para obtener agua potable del mar son cada vez más prometedores. Las granjas verticales que permiten el autoabastecimiento urbano sin necesidad del uso de grandes superficies de terreno natural también son opciones válidas. Ahora bien, que nadie piense que nos olvidamos de que el mundo físico también somos nosotros, una especie que dejó atrás la selección natural y con ella una evolución que sólo respeta al más adaptado. Esto ha provocado que la carga genética transmitida de generación en generación de rasgos que no constituyen una ventaja, haya aumentado debido a que no se aplican sobre ellos un mecanismo de selección o filtrado. En determinado momento de la historia, cuando la humanidad fue consciente de su poder sobre la naturaleza, creyó verse legitimada para hacer lo que quisiera con ella, incluidos los miembros de su propia especie. Este fue el germen de la eugenesia, la aplicación de métodos de selección de humanos para mejorar la especie. Esto dicho así suena terrible y en efecto, así lo fue en algún momento cuando convirtieron al ser humano en mero ganado. Pero que no queramos volver a aquellos tiempos no nos debe hacer ignorar el problema que continua estando ahí, un ser humano con cada vez mayores defectos hereditarios acostumbrado a vivir acomodado en un mundo que solo se sostiene a costa de someter a estrés a la naturaleza, la cual acaba respondiendo con pandemias que nos hace a todos recluirnos en casa o de lo contrario, colapsar los hospitales. Afortunadamente, la misma ciencia que ideaba métodos de exterminio «eficaces» pero que bien usada ha logrado encontrar una vacuna en tiempo récord, puede ofrecer soluciones con técnicas y terapias génicas para prevenir y tratar cargas genéticas problemáticas. En definitiva, no hay un obstáculo tecnológico insalvable en cuanto a imaginar a la población del planeta sana y autoabastecida sin causar daño al medioambiente. El problema es otro mucho, muchísimo, más complicado.
lo preocupante no era que se hubiera producido una persona como Hitler sino que no fuéramos capaces de aceptar que también tenemos esa parte maligna en nuestro interior. Es esta represión de la sombra lo que genera violencia en el mundo 
Carl Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista

La voluntad política

Podría decirse que la ciencia-ficción distópica se caracteriza por presentar una situación extrema en la que la totalidad de una población indeterminada vive subyugada en un régimen que ella misma tolera. La sociedad responde con una indefensión aprendida por la que no es capaz de articular una defensa o alternativa. El mérito de las obras de este género y lo que las diferencia a su vez, son los mecanismos por los cuales se consigue convertir una sociedad en poco más que un rebaño humano, en el que unos pocos dominan a muchos. En obras como 1984 (George Orwell, 1949) o El Cuento de la Criada (Margaret Atwood, 1985) son el miedo, el autoritarismo y el control de los relatos que forman la memoria colectiva. En las sociedades postuladas en estas obras, sus habitantes no pueden tan siquiera rodear un fuego como antaño mientras relatan leyendas épicas de héroes y mundos fabulosos, por lo que aceptan sus destinos como inevitables al no poder soñar con nada mejor. En otras obras como Un Mundo Feliz (Aldous Huxley, 1931) consiste en la satisfacción permanente, el ocio continuo, la evasión eterna, de manera que la sociedad no se plantea alternativas e igualmente, acepta su sino con alegría. El factor común a estas obras es la conversión de la realidad en la que viven en cárceles ubicuas. Prisiones sin rejas donde no hay más carcelero que los propios individuos, que se convierten así en presos inconscientes. Sus autores crean sus postulados haciendo uso de nuestras características como sociedad, de la clase de vínculos que establecemos entre nosotros, de los roles que creamos y asignamos, asociando y otorgando estatus de autoridad a personas en determinadas situaciones, de las que rara vez se es consciente. Actos reflejos de instintos surgidos en el amanecer de los tiempos, en entornos salvajes opuestos al seguro y predecible mundo actual al que se ha llegado. Intentando protegernos de aquellas amenazas que ya no existen, acabamos convirtiéndonos en nuestro propio depredador. 

La pregunta que podría hacerse es si alguien ha intentado especular con el resto de características que también nos definen como humanos. Facetas que si bien no son tan antiguas como nuestro pasado de reptil, son las que han acabado diferenciándonos del resto del mundo natural. Conceptos que no existían en él creados por el ser humano como igualdad o justicia. Filosofía o ciencia. Ética, altruismo o cooperación también forman parte de nuestras sociedades y en las de algunas especies. Existen obras de ciencia-ficción que tratan estos temas, sin embargo, no son consideradas «verosímiles» de manera que ni siquiera se las agrupa como «género utópico», como si no merecieran el mismo grado de verosimilitud a pesar de estar basadas en conceptos tan reales como los anteriores. Es como si tras siglos y siglos de evolución social todavía siguiéramos fijándonos en nuestro pasado primitivo, como si nos asustara en lo que podríamos llegar a ser y de hecho es probable que seamos: algo que trasciende la naturaleza, individuos con una consciencia con libre albedrío con la responsabilidad de decidir su propio destino. Un hueco que no se ha llenado lo suficiente es el de la especulación realista sobre futuros mejores, sobre futuros ejemplares, y porque no, utópicos. Si el problema es que estamos acostumbrados a un tipo de utopía que no nos sirve como modelo, entonces será necesario cambiarla.


Publicada posteriormente en el blog Planetas Prohibidos
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Ryan Butcher (Cameron Crovetti), el hijo de 'Homelander'

«Enséñame un héroe, y te escribiré una tragedia» 
(Francis Scott Fitgerald) 

Nacido a mediados del siglo pasado en el mundo del cómic, el género de los superhéroes está viviendo una época de esplendor gracias a su adaptación a la gran pantalla. Sin entrar detalles sobre cómo, cuando y qué obras han sido más influyentes, a tenor de los proyectos que hay previstos ―no solo de las conocidas Marvel o DC, sino de otras como Valiant― parece que todavía queda género para un tiempo. Sin embargo, no es menos cierto que comienzan a surgir reacciones a este fenómeno cultural, en forma de críticas a la excesiva idealización e irrealismo de sus personajes.

En sus inicios, los superhéroes eran personajes únicos, creados tras una serie de circunstancias igualmente singulares. Simbolizaban la necesidad de buscar nuestro héroe interior, sobre todo en épocas de crisis. A medida la idea fue teniendo éxito y se le observaba potencial, crearon otros personajes con orígenes igualmente específicos y especiales que los definían de manera ineludible, que en principio no ocupaban el mismo universo ―Batman y Superman, por ejemplo, cada uno en una ciudad ficticia distinta―. Estos héroes y heroínas decidían dedicar sus poderes a combatir el crimen de manera altruista. Esta circunstancia podríamos acordar que en cualquier caso, se calificaría como poco probable. Pero lo importante es que lo improbable no es imposible. Esa excepcionalidad es lo que hacía a la idea tan atractiva. Hacer un relato de lo excepcional no es poco realista, es de hecho lo que se hace en muchas ocasiones, no sólo en el ámbito de la ciencia-ficción. Porque es precisamente lo que vale la pena contar.

Es aquí cuando al igual que en todo lo relacionado con la producción cultural sujeta a factores y variables económicas, el concepto original comenzó a desvirtuarse y a ser modificado por otros parámetros ajenos. Los personajes, inicialmente cada uno con una historia que definía con precisión sus motivaciones, comenzaron a compartir un mismo mundo. Lo excepcional pasó a convertirse en ubicuo, perdiendo su principal característica. El genero a su vez, de ser un medio para evadir la rutina, enfrentarse al hastío cotidiano y buscar nuestra épica personal, a convertirse en un fin en si mismo, un producto comercial que no se preocupaba de su justificación. El resultado no era siempre malo, pero olvidarse de tus orígenes nunca ha sido bueno tampoco. A consecuencia de ello o no, los superhéroes en el cómic fueron languideciendo paulatinamente con el paso del tiempo. 

La idea revivida gracias a la magia del cine se enfrenta de nuevo a la misma situación de entonces: superhéroes por doquier divididos en buenos y malos, olvidando la circunstancia única que crea al héroe y que el villano puede ser cualquiera con un poder otorgado azarosamente. El mejor ejemplo de reacción a esta situación se muestra en la serie The Boys (E.GoldbergS.Rogen, E.Kripke, 2019), que resume lo que el Miracleman de Alan Moore o la reciente película El Hijo (David Yarovesky, 2019) transmitían: un ser humano de a pie, como cualquiera de nosotros, con nuestros complejos, traumas y vicios, se dedicaría a satisfacerlos si poseyera todos esos poderes. The Boys acierta en su crítica al mostrarnos un mundo corrupto con superhéroes cargados de defectos, al servicio de los mejores pagadores, sean privados o públicos. Sin embargo, el fallo de la serie se encuentra precisamente en lo que de momento, omite: los verdaderos héroes son aquellos que se forjan a través de sus propias tragedias.

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Imagen de un Shiva indú durmiente

Cuando el ser humano fue consciente de la brevedad de su existencia, comenzó a imaginar sobre lo que vendría después. De aquellos míticos y ancestrales relatos, tal vez el más gráfico sea el de imaginar la existencia en el más allá como un sueño eterno, uno en el que nuestra consciencia pura, sin cuerpo, navega por otro universo simbólico donde las reglas físicas no existen o son distintas. 

Nota: en este artículo se van a citar tanto obras de ciencia-ficción relacionadas siguiendo el esquema «(autor, año)» como estudios reales de científicos sobre los temas tratados citando simplemente su nombre, salvo que se indique otra cosa de manera específica.

Durante el sueño nuestra consciencia se desconecta y deja de sentir como antes el entorno a nuestro alrededor. Cuando le llega a la mente el momento de despertar, el cuerpo que todavía sigue ahí, vuelve a formar un todo con ella enviándole de nuevo estímulos del exterior. Imaginar la imposibilidad de volver del sueño debido a que nuestro organismo físico ya no existe debido a su muerte, parece ser una manera aceptable de postular con el paso hacia la «otra vida». Pero no es necesario llegar a tan fatídica situación ¿Qué pasa si desconectamos nuestra consciencia de todo estimulo externo? A esta situación se le llama privación sensorial y sus efectos sobre nosotros fueron objeto de estudio en la década de los 50 —la de las conspiraciones, ovnis y guerra fría—. En líneas generales, se comprobó que someternos a esta prueba nos lleva a un estado de consciencia alterada que de manera dosificada puede resultar psicológicamente beneficioso, pero su abuso llega a producir graves patologías hasta el punto de resultar literalmente una auténtica tortura. El estudio de la relación entre nuestro cuerpo y la consciencia ha llevado a idear el llamado «tanque de aislamiento sensorial» para poder realizar este tipo de pruebas. Un artefacto similar era el que permitía a la agente Olivia Dunham (Anna Torv) en la serie de televisión Fringe (J. J. Abrams, Alex Kurtzman, Roberto Orci, 2008~2013), precisamente, viajar entre universos paralelos.

Olivia Dunham (Anna Torv) en un tanque de aislamiento en la serie 'Fringe'

Se podría postular que nuestro organismo o sistema mente-cuerpo, relaciona estar vivo y en contacto con nuestro entorno, con recibir un estímulo de él, algo por otra parte que parece absolutamente lógico. La carencia de estimulo sensorial solo podría producirse si nuestro organismo pasa a funcionar de otro modo, algo que neurológicamente se observa en sujetos mientras están dormidos, en meditación o concentrados profundamente —estos estados de nuestra mente han sido comprobados y etiquetados como «ondas», en función de la actividad neurológica de nuestro cerebro—. En líneas generales, nuestra mente no puede parar de funcionar. Para que descanse, ha de pasar a un estado de sueño en el que las funciones motoras no responden a la actividad de nuestra mente que pasa a un estado de actividad frenética del cuál apenas somos conscientes. Igualmente, en ese estado de sueño, las señales externas que llegan a nuestro cuerpo se tratan de manera no prioritaria. Si se altera ese equilibrio, es decir, si en otro estado que no sea el de sueño ―aka despiertos― se deja de recibir estimulo externo, nuestra mente, que no puede parar su actividad, comienza a rellenar las lagunas con alucinaciones y paranoias creadas por ella misma. Probablemente por este motivo, en la oscuridad y en el silencio de la noche, los antiguos creían observar o «sentir» la presencia de demonios y fantasmas, que no eran otros que los propios de su interior.

Consciencia y cuerpo

El problema de la relación mente-cuerpo es uno de los retos que mantienen en jaque todavía a la ciencia. De alguna manera, representa el punto de contacto entre lo físico y lo metafísico, entre el conocimiento antiguo y el moderno, para el que no existe actualmente una solución satisfactoria. El asunto adquiere tintes algo espeluznantes cuando investigadores registran casos que parecen evidenciar que la muerte física de nuestro cuerpo no implica una detención de la consciencia de manera inmediata, sino un proceso hacía otro estado de existencia. En Ubik (Philip K. Dick, 1969), la humanidad logra mantener de manera indefinida a aquellos cuyo cuerpo ya no puede continuar en condiciones aptas para la vida, en un estado llamado en la obra de semivida, que en efecto, parece simbolizar ese estado intermedio entre esta y la muerte, de manera que sus protagonistas navegan entre la realidad y lo onírico, sin apenas ser conscientes de ello. Así mismo, otra obra significativa del género que trata específicamente —aunque no evidente— el tema de la relación mente-cuerpo es Matrix (Wachowsky, 1999). En ella, se postula con una entidad artificial que suplanta o se interpone entre estos dos conceptos, definiendo las vivencias de los protagonistas y la historia en la que se desenvuelven.

La forma de la consciencia

Parece que existe la tendencia a pensar ―no solo en el ámbito popular― que la consciencia es algo así como un «programa de ordenador biológico» equivalente de alguna manera al de los computadores de tecnología humana. Sin embargo, no hay ninguna evidencia de que esto sea así y actualmente, no se conoce cuál es la naturaleza del proceso que permite que la materia logre alcanzar la consciencia. Por lo visto hasta ahora, en ella intervienen no solo agentes internos de nuestra mente, sino también del resto del cuerpo e incluso, podríamos imaginar que el propio entorno podría tener un papel significativo en su actividad. En este sentido han surgido algunas investigaciones más allá de la conocida teoría de la mente de Roger Penrose —apoyada en el trabajo del anestesista Stuart Hameroff— que intentan acercarse al problema desde otras perspectivas. La más pintoresca ya de algunas décadas, es la del psiquiatra Carl Gustav Jung, que contó con la ayuda de nada más y nada menos que el físico y premio nobel Wolfgang Pauli. En el trabajo de estos dos investigadores, que no dejaba de ser un ejercicio informal de especulación, se postulaba que la consciencia y el universo al completo formarían un todo conectado, de manera similar a como ocurre en la mecánica cuántica, donde las probabilidades son universales y las distancias no importan ―en algún punto en la obra de Orson Scott Card se habla que todas las consciencias están conectadas entre si usando el mismo principio de comunicación del ansible, la ficticia tecnología usada inicialmente por Ursula K. Leguin―. En este sentido, otros estudios sugieren que la consciencia podría ser una propiedad intrínseca de la materia aunque a distintos niveles, de manera que solo cuando se logra cierta complejidad en la capacidad de procesar información, surge un nivel de consciencia significativo. Se llega al caso de que otros estudios proponen que la consciencia no es el producto de la actividad cerebral, sino al contrario: es la consciencia la que crea la actividad neuronal. En definitiva, de lo único que se posee certeza es de la ignorancia sobre su funcionamiento.

¿Por qué no postular con alguno nuevo? Bien, otra posibilidad es que la consciencia no sea exactamente un proceso, sino más bien el resultado inevitable de una topología. Es decir, lo importante no sería qué clase de acciones son las que la hacen aparecer, sino qué nivel de complejidad de una estructura es la que permite que surja como resultado de la acción individual, inicialmente descoordinada, de sus elementos individuales conectados e interdependientes. Este postulado presentaría nuestra consciencia como un fenómeno caótico e impredecible, pero sin dejar de estar dirigido por leyes físicas ―de la misma manera que algunos fenómenos atmosféricos como los tornados, que parecen adquirir «vida» propia―. La complejidad de la estructura establecería los niveles cognitivos que podrían alcanzarse de manera que la consciencia sería una propiedad inevitable de toda red de elementos individuales interconectados lo suficientemente compleja. En la Saga de Ender aparece un importante personaje llamado Jane, un sofisticado programa de inteligencia artificial que opera en la red de ansible que comunica todos los planetas del espacio humano. Jane adquiere consciencia de manera imprevista, emergiendo una especie de fantasma en la maquina. El «alma», se podría decir, de la enormemente compleja red de nodos de comunicación.

Fuera del cuerpo

Uno de los postulados más inquietantes y al mismo tiempo esperanzadores para algunos, es la posibilidad de traspasar nuestra consciencia, nuestra mente y nuestros recuerdos a otro soporte que no sea el cuerpo biológico que nos acompaña durante nuestra existencia. Normalmente, el destino a donde se propone descargar nuestra mente es un soporte de tipo informático lo suficientemente complejo. Sin embargo, no es del todo evidente qué tipo de soporte va a poder albergar la complejísima red de neuronas y mucho menos, emular su actividad de manera que sepamos que el resultado sea satisfactorio. En todo caso, en la literatura de ciencia-ficción se ha dado por supuesta esta posibilidad desde hace ya un tiempo. De esta manera, Frederik Pohl en Los Anales de los Heechee (1987) presenta un mundo en el que los seres humanos pueden transferir sus conciencias a un mundo virtual donde vivir electrónicamente. Se podría incluir también la obra Ciudad Permutación (Greg Egan, 1994) en la que, suponiendo que haya entendido algún porcentaje significativo de su argumento, la acción se desarrolla en un entorno virtual que alberga consciencias humanas. En la época reciente se ha vuelto más habitual este postulado, llegando hasta Caprica (Ronalr D. Moore, et. al., 2010) donde de nuevo en un entorno virtual, un nuevo algoritmo que emula el alma humana al que se le proporciona toda la información posible de una persona, resulta en una consciencia virtual. Estas almas electrónicas acaban, como podemos imaginar, en lo que serían los cylones ―en este caso se supedita la aparición de una consciencia funcional a la necesidad de contar con una tecnología que lo haga posible, que en la serie se simboliza con un nuevo tipo de procesadores metacognitivos—. A partir de aquí ya comienzan a darse múltiples combinaciones en las que tanto las inteligencias artificiales que emulan humanos como las propias consciencias de estos, son procesos informáticos que se desenvuelven en un entorno virtual. Aunque puede que haya alguna diferencia más.

El libre albedrío

Sea lo que sea, suponiendo su existencia es junto a la intuición, lo que parece que nos distingue de cualquier otra imitación nuestra artificial. Estos ingredientes, los cuales permanecen todavía fuera del alcance de lo que la ciencia puede explicar, son los que suelen marcar el eje argumental sobre el que algunas historias de ciencia-ficción se desarrollan. Por concretar en lo relacionado con la emulación de seres humanos en un entorno electrónico, como ejemplo puede escogerse la serie Black Mirror (Charlie Brooker, 2011-2019) en la que hay varios episodios que exploran estas diferentes posibilidades:

  • Be Right Back (Owen Harris, 2013): a partir de la información disponible de un individuo, incluyendo sus perfiles en redes sociales, se crea un perfil virtual informático que emula a dicha persona ―parecido a lo que pasa en Caprica―. Sin embargo, a la imitación de un ser humano obtenida le falta algo. Esta tan solo se limita a hacer lo que públicamente se conoce de él, careciendo de voluntad propia y resultando predecible.

  • White Christmas (Carl Tibbetts, 2014): consciencias humanas descargadas a un entorno virtual conviven sin saberlo en ocasiones con consciencias humanas conectadas a través de una interfaz ―concepto que guarda cierta similitud con Matrix―. En otros momentos, las consciencias descargadas interactúan con otros humanos del «mundo exterior», los cuales se presentan a modo de un dios que puede hacer con ellos y con su entorno, lo que deseen.

  • San Junipero (Owen Harris, 2016): de manera similar a lo visto, las conciencias se transfieren a un entorno virtual que se ejecuta en unas granjas de servidores y almacenamiento adecuados y suficientes. De esta manera, antes de fallecer puedes continuar tu vida en este entorno. De nuevo, la posibilidad de visitar temporalmente dicho entorno sin transferir de manera definitiva la consciencia es posible, sin embargo, en esta ocasión las políticas de la empresa que lo gestiona no permiten a familiares visitar a sus difuntos. Sí que está permitido, sin embargo, que personas muy enfermas o prácticamente desahuciadas, puedan realizar visitas temporales antes de tomar una decisión sobre su futuro ―La reciente serie Upload (Greg Daniels, 2020) explora un concepto similar en tono de comedia―.

  • Black Museum (Colm MacCarthy, 2017): no todo son paraísos, en este capítulo se explora de nuevo la parte más oscura y retorcida de tener una consciencia en un entorno que depende de entidades externas al mismo y cuyos intereses pueden ser más que discutibles.

  • USS Callister (Toby Haynes, 2017): particular combinación de entorno virtual y consciencias surgidas en clones virtuales generados a partir de muestras de ADN de sus contrapartidas del mundo real. El protagonista de la historia pretendía conectarse él mismo junto a otros participantes secundarios ―algo así como los llamados NPC de los juegos― cuya intención inicial es que sirvieran al propósito de satisfacer sus paranoias y problemas de autoestima, pero al parecer, las muestras genéticas llevaban consigo partes de los humanos a las que pertenecían, que no estaban previstas.

En estos casos la idea de «vivir» en un entorno virtual electrónico que depende de otros factores externos es usado para poner en el foco de debate determinados temas sociales, filosóficos, políticos y en general, humanos. En definitiva, son escenarios ficticios construidos para poder contar de manera más eficiente ciertas historias cuya complejidad filosófica les hace más apropiados. Pero en pocas ocasiones se pone en duda qué clase de tecnología podría verdaderamente contener una consciencia funcional con todas sus características. 

Los sistemas informáticos habituales no son mucho más que un conjunto de unos y ceros. La única diferencia entre diferentes computadores es la cantidad de ellos que pueden manejar en total y por unidad de tiempo. Es decir, difieren en la dimensión de su memoria y velocidad de procesamiento, pero son cualitativamente equivalentes. Se les podría clasificar como sistemas lineales, que por resumir, son sistemas predecibles, cuyo comportamiento oscila dentro de rangos calculables. Pretender que un órgano como el cerebro sea en primer lugar, el único necesario para contener una consciencia y, en segundo lugar, susceptible de contenerse en un equipo que solo puede representar estados binarios, es un punto de suspensión de incredulidad que requiere de un gran salto. Las neuronas tienen un funcionamiento mucho más sofisticado más allá de adoptar un par de valores discretos. Si a esto se le añade que poseen un funcionamiento en equipo, capaces de autocoordinarse de manera dinámica en función de su estado anterior y de sutiles estímulos externos, se podría decir que forman un sistema no lineal, caótico e impredecible, pero igualmente sujeto a leyes físicas. Si se define el libre albedrío como la capacidad de tomar decisiones o caminos que no pueden ser predecidos por ninguna fórmula o algoritmo, un sistema caótico como el postulado sería compatible con este concepto y con la posibilidad de que cualquier objeto o estructura inanimada como un robot lo suficientemente complejo, pudieran ser conscientes. 

Tal vez se está manejando el asunto desde una perspectiva incorrecta. Isaac Asimov pensaba que para emular el cerebro humano no era necesario comprender cómo funciona, sino precisamente, construir un dispositivo que albergara potencialmente la misma capacidad. En definitiva, si se logra emular átomo por átomo un órgano, si se logra emular su complejidad, se hace inevitable suponer que debería emerger algún tipo de consciencia. Hoy por hoy no existe una tecnología capaz de lograr tal propósito, pero si alguna parece prometer algo parecido, esa es la computación cuántica. Este nuevo paradigma de computación sigue preceptos similares a los convencionales en cuanto a los algoritmos que puede ejecutar ―basados en matemáticas puras― pero las unidades de información que maneja no toman patrones binarios como lo hacen sus homólogos. Sin entrar en detalles, un ordenador cuántico puede evaluar diferentes posibilidades simultáneamente, podría incluso evaluar un problema al completo en lugar de manera secuencial como los sistemas actuales.

La mariposa cuántica

En la serie de televisión Devs (Alex Garland, 2020) se escenifica el advenimiento de una singularidad tecnológica al postular con un enorme computador cuántico cuya capacidad de procesamiento es inconmensurable. Este casi omnipotente computador, puede emular la realidad misma, átomo a átomo, de manera que puede ver el pasado, corregir el presente ―reviviendo fallecidos recreados virtualmente― e incluso, predecir el futuro. De alguna manera, recupera el universo mecanicista de la época newtoniana por el cuál todo estado actual estaría condicionado por otro anterior y viceversa, formando una cadena de estados dependientes y predecibles si se posee la suficiente capacidad de cálculo, donde el tiempo es igual tanto en un sentido como en otro. Lo sorprendente es que fuera de la ficción, en el mundo real, este universo mecánico parece que retorna en cierta manera, por la misma causa por la que se descartó hace décadas. 

La llamada flecha del tiempo es un concepto que surge de la entropía y de la impredecibilidad implícita de los procesos físicos a nivel molecular. Según este paradigma, algunos sucesos no pueden volver hacia atrás y repetirse de nuevo, debido a la aleatoriedad de la naturaleza. Claro que si se cae un vaso al suelo este va a acabar roto, pero sus cristales no quedaran repartidos igual. Esta manera caótica de funcionar de la naturaleza es lo que Henrí Poincaré descubrió intentando resolver el famoso problema de los tres cuerpos. Poco después, Edward Lorentz descubrió también de manera casi accidental el que fue llamado efecto mariposa, por el cual un imperceptible cambio en las condiciones iniciales modifica de manera drástica e impredecible el resultado. La sorpresa ―para mí al menos― ha venido no solo por la vuelta en cierto modo del universo ordenado y predestinado, sino por provenir de un ámbito que por su naturaleza poco predecible y probabilista uno no se esperaría: la mecánica cuántica. Según varios estudios, a diferencia del mundo macroscópico, en el mundo subatómico el tiempo fluye exactamente igual en un sentido que en otro, es decir, no hay asimetría temporal ni flecha del tiempo. Otro estudio reciente confirma lo anterior refutando en este caso el «efecto mariposa», ya que en el mundo cuántico esto no ocurre. El momento en que esto cambia al volver al mundo de los objetos grandes ―compuestos de múltiples partículas que interactúan entre sí― no está claro, pero tal y como muestran acertadamente en la serie,  en el mundo subatómico las piezas de la mecánica cuántica repetirán una y otra vez los mismos movimientos siempre y cuando «movamos la manecilla» lo suficiente, es decir, que sólo sabremos lo que ocurre si recorremos todo el camino hasta llegar al punto en cuestión. Como un fractal, cuya exótica forma únicamente se revela cuando ha sido desarrollado, paso a paso.

La desobediencia de la materia

Según el mito bíblico, Eva ofreció a Adán la fruta del árbol prohibido. Este árbol, según algunas interpretaciones, era el árbol del conocimiento. Dejando aparte cualquier otra cuestión, lo que esto nos dice principalmente es que este problema filosófico sobre la responsabilidad de nuestros actos, lleva con nosotros mucho tiempo. ¿Somos dueños de nuestro destino, o este está ya establecido por la rígidas leyes de la física? ¿Somos algo más que meras piezas de un gigantesco mecano universal? Tal vez, de alguna manera, tras millones de años de cambios, este conjunto de átomos que constituye nuestro cuerpo y mente se haya organizado de tal manera que pueda librarse de la tiranía de la determinación y la predecibilidad. Puede que la consciencia consista precisamente en eso: cuando la materia decide por si misma, no seguir la reglas que le estaban asignadas.

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