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Especular sobre cuales son los límites de nuestra especie e imaginar que pueden superarse es una de las áreas exploradas en la ciencia-ficción y otros géneros relacionados. También en el ámbito científico se discute sobre esta posibilidad, especulando sobre inteligencias artificiales cuyo potencial supere al humano, situación que es denominada como la «singularidad tecnológica». Pero también existen postulados en los que mejoras tecnológicas o genéticas aplicadas a nuestros cuerpos lograrían un aumento tal en nuestras capacidades que conllevaría una modificación de nuestra propia condición como especie, desembocando en el llamado «transhumanismo».

En la cultura popular, además de compuestos como el ginsen o la jalea real —que prometen todo tipo de mejoras desde físicas a mentales sin tener apenas efectos colaterales— se ha extendido el llamado mito del 10%, por el que se piensa que tan solo usamos una décima parte de nuestro cerebro. Al parecer, una serie de interpretaciones sacadas de contexto y quien sabe si el interés de algunos sectores paracientíficos, ha incrementado todavía más la confusión y el alcance de una leyenda que en cualquier caso, nadie sabe dar una explicación satisfactoria de su origen, cómo ha llegado hasta nuestros días y sobre todo, si realmente nuestro cerebro da de sí todo lo que puede —no se trataría de cuanto, sino de cómo es utilizado—. En un terreno más sólido desde el punto de vista científico —aunque sin estar exento de controversia— se encuentran los compuestos nootrópicos, mediante los cuales parece que mejoran nuestras capacidades cognitivas sin que en principio, existan efectos secundarios. Podría afirmarse que de alguna manera, existe un escenario posible o dentro de lo imaginable de mejorar nuestra percepción sensorial de forma similar a como se aumentan nuestras capacidades físicas —comúnmente conocido como «dopaje»— sin que se modifique nuestro organismo mediante implantaciones tecnológicas ni se modifique genéticamente nuestra condición como especie. Naturalmente que este sería un proceso temporal y en algunos casos, con el grave problema de sus efectos secundarios y la posibilidad de crear adicción, un mal que hace descartar esta vía.

Volviendo al terreno de la ficción, en este caso de la científica, la cuestión que puede plantearse entonces es si puede aumentarse la capacidad de nuestro cerebro y en caso de ser así, que efectos tendría y que logros podrían alcanzarse. Dos películas recientes coinciden en especular sobre esta posibilidad mediante el uso de algún compuesto químico desarrollado en laboratorios. Sin embargo, cada una de ellas desarrolla su postulado con consecuencias sensiblemente distintas, circunstancia que se ha reflejado en la reacción de las criticas hacia una de ellas, mientras que la otra apenas ha sido mencionada a pesar de estrenarse más de dos años antes.

Sin Límites (Neil Burger, 2011)

El carismático Bradley Cooper es Edward Morra, un fracasado escritor que encuentra en una «droga de diseño» experimental una forma de salir de su situación. Al menos en la versión doblada a nuestro idioma no se hace exactamente referencia al mito del 10%, sino que en este caso por algún motivo se habla de un 20%, el porcentaje de nuestro cerebro que es utilizado normalmente. Este dato es citado en la obra por el ex-cuñado de Ed Morra, Vernon Gant (Johnny Whitworth), un traficante de droga que no es precisamente una autoridad científica, por lo que el uso de esta referencia debe considerarse como una especie de MacGuffin para aderezar la trama. El NZT-48 es como se le llama en la obra a la droga que en la película representa el supuesto científico que permite aprovechar todo el potencial de nuestro cerebro. Según Carl Sagan, este órgano puede almacenar unos 10 billones de páginas de enciclopedia, rellenadas con la información que día a día experimentamos. Lamentablemente, nuestro proceso de recuperación de esa memoria no funciona con toda la agilidad que nos gustaría algunas veces, por lo que sería interesante especular cuál sería el resultado si pudiéramos acceder a toda esa información de inmediato cuando la necesitásemos. En la película parecen responder a esta pregunta imaginando la aparición de toda una serie de habilidades emergentes consecuencia directa de hacer uso de esa capacidad. De alguna manera, tener a Google en nuestra cabeza no nos haría más inteligentes, pero lograría que lo pareciésemos.

Lucy (Luc Besson, 2014)

Lucy (Scarlett Johansson) recibe de forma «accidental» una sobredosis de un compuesto químico que en el supuesto de la obra permite usar el cerebro con todo su potencial. El personaje interpretado por Morgan Freeman es un científico que asume como cierto que el cerebro tan sólo es usado en un 10% —en realidad, la comunidad científica defiende lo contrario— y en base a esta teoría postula que de utilizarse en todo su potencial sería capaz de lograr proezas inimaginables. A partir de aquí el resto de la película se convierte en el uso de la premisa original como mero pretexto para una sucesión de fantasías, sin que haya razonamiento o conexión alguna con ella. Un deux ex machina en toda regla que poco o nada tiene que ver con la ciencia-ficción.

Extrapolar no es fantasear

Grande es el lastre que la ciencia-ficción arrastra debido a la incomprensión de sus argumentos, lo que provoca que se confunda en no pocas ocasiones con lo paranormal, ámbito con el que no tiene nada que ver y cuyas motivaciones son completamente dispares. Algunas veces por ignorancia del público, pero desgraciadamente en otras obras es debido al mal uso por parte de los propios creadores que bajo una apariencia, subyace otro tipo de contenido. La ciencia-ficción consiste inevitablemente en considerar una ficción como cierta, de otra manera no sería ficción. Es en la forma de tratar a esa ficción cuando surgen las diferencias entre géneros, cuando puede recibir el prefijo de «ciencia» o no. La diferencia entre unas y otras se ha de establecer en función de la relación entre el supuesto de partida y el resultado extrapolado a partir de él. En caso de Lucy ha importado más mostrar a su exuberante protagonista que otros factores.

A esta circunstancia se le añade la confusión generada por usar un supuesto científico de forma seguramente incorrecta. Existen muchas incógnitas para las que la Ciencia no tiene respuestas y especular sobre ellas es admisible. Pero en este caso la comunidad científica tiene claro que el supuesto 10% de nuestro cerebro es incorrecto en el sentido que se hace en la obra, que es el conocido popularmente. Explotan esta confusión en lugar de matizarla. Incluso críticas de dentro y fuera del mundillo aumentan la confusión ya que en lugar de señalar hacia esta práctica incorrecta o a una extrapolación completamente fantasiosa, dirigen sus objetivos hacia el supuesto inicial, que si bien no es literalmente cierto, si que admite matices y es usado en otras obras de forma más respetuosa.

Pero lo importante tal vez para los aficionados es que nuestro cerebro es y seguramente lo seguirá siendo por un tiempo, uno de los más apasionantes campos de estudio, tanto para comprender su funcionamiento y el alcance de su potencial, como para crear sistemas de inteligencia artificial con los que tal vez algún día podamos comprendernos mejor a nosotros mismos. Pero sobre todo, para crear obras de ciencia-ficción que nos entusiasmen.


[Publicado posteriormente en Planetas Prohibidos]
[Publicado posteriormente en El sitio de ciencia-ficción]

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El pintoresco «Doc» Emmet Brown de «Regreso al futuro», cuya estética recuerda poderosamente a la de Albert Einstein, científico cuyos descubrimientos y personalidad tuvieron una influencia decisiva incluso hoy en día en muchos aspectos, pero sobre todo en la imagen que los científicos ofrecen a la sociedad
No pretendería buscar conceptos científicos en las obras de la ciencia-ficción. No porque no los haya en ocasiones, sino porque no es intención de este género el tenerlos. Por un lado, porque la ciencia-ficción consiste precisamente en transgredir la ciencia, y por otro, porque este género no posee unos límites precisos que aseguren la coherencia en el método científico. Serán la creatividad de sus autores y el entretenimiento de su publico, los principales objetivos. Como en cualquier otro tipo de obra.

Sin embargo, la ciencia-ficción se diferencia del resto del género fantástico en que intenta dar a sus obras el máximo realismo posible. Este realismo —o más bien habría que decir «ilusión de serlo»— se logrará en función del autor y del público. Aunque la ciencia-ficción más convencional suele usar escenarios reconocibles —pero inverosímiles— para contar lo mismo de siempre; en ocasiones, el realismo consistirá en usar esos escenarios para contar historias que sin ellos sería imposible de hacer. En otras, en un uso más o menos escrupuloso del método científico, para que los postulados y las consecuencias que se deriven de ellos resulten plausibles, aunque  ficticias.

Pero el dicho dice «en ocasiones, la realidad supera a la ficción». El ser completamente consecuente con el método científico puede hacer a una obra ininteligible para sus lectores, resultando peor el remedio que la enfermedad. Bien por carecer estos del suficiente estímulo científico, o bien porque aún siendo coherente, no resulte lo suficientemente verosímil debido a causas político-culturales de todo tipo, presentes en la sociedad: prejuicios, manías, modas, tendencias, etc.

Aún así, la ciencia-ficción puede tener un carácter didáctico muy importante, al permitir ponerse en la piel de su autor para deducir y comprender las razones de escoger una solución determinada, en el universo particular que ha creado para ubicar su historia. Además, es útil para realizar «experimentos mentales», estimulando el conocimiento de los parámetros científicos utilizados, inventados u omitidos. En palabras de Miquel Barceló:
Son precisamente esas maravillas de la ciencia ficción las que atraen, como no podía ser menos, a los jóvenes que se interesan fácilmente por su temática y contenidos, encontrando en sus contactos con la ciencia ficción motivo de diversión pero también de reflexión original y prometedora.


Como creo que yo también fui uno de esos jóvenes a los que la ciencia-ficción les marcó para siempre, dedicaré una serie de artículos a estas reflexiones sobre aspectos científicos evocados a partir de la ciencia-ficción. La serie se llamará «Buena ciencia», y con ella deseo mostrar mi gratitud hacía todos los que con su legado, han posibilitado la ciencia-ficción tal y como la conocemos.


Publicaciones sobre ciencia en Al final de la Eternidad

[Publicado posteriormente en el Sitio de ciencia-ficción el 29 de marzo de 2015]
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¿Son la Ciencia-ficción y el Fantástico un mismo género o dos distintos? ¿qué hace que la Ciencia-ficción se incluya unas veces dentro del Fantástico y otras veces junto a el?, estas son las eternas preguntas entre los aficionados a ambos géneros. En España se hace complicado hablar de las sutiles diferencias que existen entre ellos por ser un país en donde desde El Quijote y una excesiva añoranza de glorias imperiales pasadas, se le da tradicionalmente la espalda al Fantástico en general y todo el mundo; incluyendo parte de los aficionados a este género; se la dan a la Ciencia.
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«2001: una odisea espacial», que destaca especialmente por su precisión científicaEste es, en realidad, un artículo reivindicativo, ya que parece que señalar a la ciencia ficción sobre los errores que supuestamente comete es un acto de regocijo extendido, presumiblemente en aquellas gentes que no deben tener a este género entre sus preferidos. Por si los lectores no lo han notado, yo sí que le tengo cierto cariño, por lo que no solo por hacer un poco de justo balance, sino también de simple justicia, él título trata de lo contrario: los aciertos.

Es como si existiera una convicción general entre los ajenos al género, de que los escritores de ciencia-ficción tienen la obligación de acertar en sus especulaciones, como si fuera esta su intención, y que de no lograrlo hayan de convertirse en los hazmerreir señalados por el resto. Por supuesto, que todo dependerá del tipo de obra en cuestión, de la intención de sus autores y —naturalmente—, de la comercialidad que deseen darle.

Esto significa que, como en todas las cosas, no todo lo que es etiquetado dentro de nuestro preciado género es digno de la misma consideración y, por lo tanto, no han de pagar justos por pecadores salvo que precisamente se trate de eso, de aprovecharse de las cuestionables practicas de algunos o de las necesidades comerciales de otros o, incluso de ambas, para meterse con el género al completo.

Puede parecer contradictorio defender una ciencia-ficción —caracterizada como tal por, precisamente, guardar cierta pulcritud científica— y al, mismo tiempo, permitir que dentro de ésta puedan coexistir una gran variedad de obras que no siguen la misma tónica. Bien, pues me temo que esto es lo que hay, por una parte debido a que la ciencia ficción es un género con límites difusos y en ocasiones complicados y, por otro, porque una obra no tiene porqué definirse como perteneciente a un solo género, ni un autor tiene porqué verse limitado por convencionalismos a la hora de expresar sus ideas, que es en el fondo de lo que se trata. Como tantas otras cosas en la vida, el resultado será bueno o malo en función de muchas variables y gustos, independientemente del género o géneros a los que pertenezca.

Todo este aparente caos existente alrededor de la ciencia-ficción, es con gran probabilidad el causante de que —bien por ignorancia, o directamente por intenciones nada honestas— la ciencia-ficción sea objeto de mofa, escarnio y todo tipo de ridiculizaciones. Y si hay algún subgénero que sea objeto especial de estas burlas y difamaciones es el de la Space Opera.

La «Ópera Espacial»

Cartel cutre de una Space Opera genérica La Space Opera podría considerarse como todo un genero por si misma independiente del que normalmente la incluye, hasta el punto de que podrían encuadrarse junto a ella otro tipo de obras corales como El Señor de los Anillos, celebre saga con la que en ocasiones se compara para evidenciar la falta de rigor científico de la primera. Es por esto que escoger a la «ópera espacial» como objeto de la ridiculización del género es elegirlo claramente como cabeza de turco.

Sin embargo, como veremos, muchos de los errores científicos que se le atribuyen, no solo no lo son, sino que son consecuencia de la desgana o incompetencia de nada más y nada menos de los traductores de aquellos países en donde precisamente la ciencia no es su principal virtud. Por lo tanto, admitiendo que la precisión científica no era —desde luego— la principal intención de George Lucas cuando ideó su famosa saga «de las galaxias», hay que caer bajo para resaltar sus supuestos defectos y no darse cuenta de la creación de una nueva mitología que ha calado profundamente en la sociedad (...luke, soy tu padre…) y una nueva forma de entender el cine y la ciencia-ficción. Podrá gustarnos o no, pero se puede decir que su autor logró su objetivo con creces.

Y ahora veremos como a pesar de todo, la ciencia no es ignorada en la Space Opera, motivo por el cual ocupa un lugar entrañable y especial, en el género de la ciencia-ficción.

El sable «láser»

Esquema  de una «espada de luz»
El sable de luz (light saber en su idioma original) es una de una de las más famosas armas que se relacionan con la ciencia-ficción. Por motivos sobre los que especularemos más adelante, se decidió en su día llamar a esta arma ficticia de forma completamente ajena a la original. 

No es un «láser(1) » lo que sale de la espada, sino un haz de plasma, concepto que deben suponer los artífices de la traducción que el público hispano ignora qué es, por lo que les da igual que ni sean parecidos ni tengan nada que ver. El láser es una técnica de emisión de luz conocida y real, mientras que el plasma es el estado de la materia que se encuentra en las estrellas, como consecuencia de la altísima temperatura a la que está sometida el gas, debido a la enorme presión gravitatoria. También es real, no es ciencia-ficción su existencia, sino ciencia pura y dura. En la Tierra, se consigue mediante los reactores de fusión y, para lograr un reactor del tamaño de una empuñadura, haría falta conocer el mito de la fusión fría, lo que — evidentemente—  de momento, si que es ciencia-ficción.

Disparos «láser»

Pistola blaster dh 17 1 De nuevo, el mismo error. Error que propicia la burla de los que, atendiendo al uso habitual más extendido pero no el único, profieren al ver esos «pedacitos» de luz alargados, cuyas trayectorias se observan perfectamente y que jamás se pueden corresponder con un láser. Ni en la ciencia-ficción ni en la space opera. Parece que los traductores velan por mantener a buen recaudo nuestra mente de conceptos extraños venidos de allende las fronteras, simplificando y retorciendo títulos hasta hacerles perder su significado original. Justo lo contrario de lo que se supone que es traducir.

Las armas utilizadas en Star Wars no son «armas láser(2)», o al menos, no son las únicas. Lo más común en este universo imaginado por George Lucas, y en otras creaciones, son los «Blaster(3)», que son, en efecto, armas que disparan trozos de materia en forma de plasma incandescente, acelerado presumiblemente de forma magnética. La ciencia-ficción consiste, como se ha explicado, en que no existe ninguna forma de producir dicho plasma en esas condiciones.

Y sus disparos, en caso de existir dichas armas, tendrían seguramente la misma apariencia que los disparos que observamos en la gran pantalla. Todo un acierto de la ciencia-ficción.

Sonido en el vacío

¿Realmente alguien cree que los productores, guionistas, etc., del cine, no saben que en el vacío no se transmite el sonido? ¿alguien piensa que se pretende defender lo contrario, en estas películas? ¿creen los científicos de los EUA, que en Hollywood han de aprender física para saber cosas de este tipo?

Me van a permitir los lectores que filosofe un poco y les recuerde el famoso Kōan en el que se plantea la cuestión de ¿qué clase de sonido produce una hoja que cae en un bosque y nadie la oye?. Discusión filosófica que aseguraría desconocen estos físicos puristas así como otros tantos alegres detractores de la ciencia-ficción. No, en el vacío no se transmite el sonido, pero lo que hay dentro de las naves espaciales no es vacío, y la gente de su interior a buen seguro que «oye», lo que les está ocurriendo.

«Apoteosica» explosión en el espacio (imágen extraida de «La Amenaza Fantasma») Por el mismo motivo, si explota un planeta, la Estrella de la muerte, o cualquiera de las naves espaciales mencionadas tan habituales en las películas del género, todos sus componentes salen despedidos así como la atmosfera que estaban respirando, «llenando» el vacio circundante. Por lo tanto, si un espectador (uno imaginario en la escena, no el espectador del cine, claro) es alcanzado por esa «onda» expansiva y golpea el casco de su transporte, a buen seguro que oirá algo.

Vale que los productores cinematográficos no se habrán planteado tampoco todas estas precisiones, pero de ahí a pretender que en una película de aventuras, acción y romanticismo, como son las space opera(s), se desarrolle una batalla espacial con música clásica de fondo como en 2001: una odisea del espacio, parece una broma. Aunque todo es ciencia-ficción, no son lo mismo. 

El método de propulsión

Caza (Starfighter) X-Wing surcando el espacio Recuerdo aquellas tardes que pasaba jugando al X-Wing, un juego para MS-DOS de simulación de combate espacial. Resultaba curioso cómo las naves se paraban totalmente al reducir el trhuster, como clavadas en el vacío espacial e ignorando las leyes de la física y la inercia correspondiente. Esto ha sido —y es— motivo de risa en ciertos ambientes, y cierto es que en esta saga no es explicado debidamente este efecto.

En la wiki del universo expandido, sin embargo, hablan de cierto artilugio incluido en los transportes espaciales de Star Wars —al menos en el famoso caza en forma de X— llamado «Etheric rudder» (timón etérico). Su principio de funcionamiento no es explicado, pero en el ámbito de la ciencia-ficción existe desde hace mucho tiempo una explicación, totalmente imaginaria por supuesto, a esta forma de navegar por el «éter» del continuo espacio-tiempo cual de navíos surcando los mares se tratase: los motores gravitacionales.

Desde los platillos volantes de toda la vida, hasta en el universo del celebre juego de ordenador StarCraft, pasando por Baylon 5, se trata de algo habitual. Sobre este asunto, existen otras producciones mucho más valoradas, consideradas «de culto» y menos criticadas en este sentido como Blade Runner, en las que tampoco se explica como flotan los coches y por lo visto no pasa nada.

Conclusión

La buena ciencia-ficción ha de ser precisa desde el punto de vista del método científico —aunque sea una ciencia ficticia—, y debe explicar de forma transparente al lector o al espectador, las concesiones que se realizan y cómo es la supuesta solución adoptada. 

Por lo tanto, lo que está claro es que en la ciencia-ficción se vulneran conscientemente algunos detalles de la física, pero esto no significa que sean un «error». Las concesiones científicas han de ser posibles de una manera hipotética. Es decir, aunque a la luz de la ciencia actual, o del momento en el que se crea una obra, no sea factible realizarlo —o no exista manera de conocer su viabilidad—, puedan serlo con mayor o menor probabilidad en el futuro. Dentro de estos márgenes hay un amplísimo espectro de posibilidades ya que, aunque los avances actuales son importantes, todavía queda mucho camino.

Es un error la falta de coherencia dentro de la obra, pero esto atañe a toda obra intelectual. En la ciencia-ficción se hace más complicado ya que al no conocer los alcances de alterar los parámetros del universo conocido, han de ser extrapolados —lo que entraña riesgos—. Sería una «mala» práctica —o al menos una práctica que supondría alejarse de una ciencia-ficción más «precisa»—, no explicar de alguna forma los supuestos científicos utilizados, aunque el no hacerlo no implica que no exista alguna hipotética y posible explicación. Hablar en estos casos de «errores científicos» es apresurado.

Por otro lado, dentro del mismo género o tocando varios de ellos, puede haber obras destacables en un sentido general, por la idea que transmiten o por la forma de representarlas, quedando en segundo lugar la precisión científica. Normalmente, la intención de escritores, guionistas y productores sobre este tema es evidente desde un primer momento, no obstante, las discusiones parecen no cesar nunca.

Caso aparte es cuando se argumenta que en Matrix (un universo cibernético virtual cuyas leyes físicas están a expensas de modificar o hackear el código fuente que las origina) se ignora la inercia, o incluir a Torrente 2 o Misión: imposible, dentro de la categoría de ciencia-ficción, es sencillamente no tener ni idea de lo que se está viendo. 

Julio Verne y sus ¿predicciones o simplemente, aciertos? Y ya por último, un merecido homenaje al genio francés Julio Verne el cuál, como el resto de los mortales, no estaba exento del error y alguno cometió a lo largo de su carrera literaria (suponiendo que pueda considerarse error a no predecir los avances de la ciencia en los años venideros pertrechado únicamente con un papel, una pluma, y su imaginación). Desde el punto de vista de la ciencia y suponiendo que su intención fuera predecir algo y no simplemente dar rienda suelta a dicha imaginación y entretener por encima de otras cosas, lo cierto es que la sorprendente cantidad de predicciones acertadas que este escritor, padre de la ciencia-ficción, acumula, bien debería recordarla algún que otro critico burlón de la ciencia-ficción.

Fuentes


Enlaces relacionados

(1) He tenido que modificar yo mismo la Wikipedia, ya que allí se cometía el mismo error en la constitución del haz que proyecta el sable de luz, para hacerla coincidir con su homóloga en inglés
(2) En honor a la verdad, los cañones del X-Wing son por lo general identificados como «Laser cannons», aunque referidos a la forma de crear el plasma, por calentamineto por láser.
(3) La definición de blaster en la Wikipedia en español es inexistente ¿alguien se anima?

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ADN
La vida es un concepto que La Ciencia no ha logrado determinar con la exactitud que habitualmente se espera de ella. Como en tantas otras ocasiones, esta indefinición es aprovechada por los autores de Ciencia-Ficción para dar rienda suelta a su talento creativo o tal vez, liberar sus inquietudes o temores por conocer respuestas a las clásicas preguntas que atormentan a la especie Humana desde sus orígenes, el Complejo de Prometeo por el cual ansiamos parecernos a nuestro creador, sea divino o natural.
¿Hasta que punto es capaz el ser humano de crear seres como el, en qué aspectos y con qué condiciones?

Seguramente, estas y otras preguntas similares han pasado por la cabeza de muchos autores de la antigüedad desde tiempos inmemoriales, puede que desde que el Hombre es consciente de su existencia, y necesita conocer cuál es el papel que El Creador, quien quiera que sea y allá donde quiera que este, ha dispuesto para el durante el limitado tiempo que permanecerá en este mundo. La soledad que en la búsqueda a estas respuestas ha experimentado nuestra peculiar especie, hace que cobre especial valor el imaginar la existencia a nuestro lado de un compañero con el que compartir nuestras dudas existenciales, para que tal vez en el intento por comprenderle, logremos hacerlo con nosotros mismos.

«El Grito» de Munch. Representación particular de la angustia del ser humano ante los misterios de su existencia Por otro lado, la desdicha por la que en ocasiones pasa la humanidad al tener que sufrir una y otra vez sus propios defectos, que provocan la muerte y destrucción de sus congéneres allá donde se aposentan, hace elucubrar a los autores de todos los tiempos a los seres humanos cometiendo el pecado de soberbia o hubris, como le llamaron en la Grecia Clásica, desafiando a su Dios e imitándole con la creación de seres para tenerlos a su servicio, sometiéndoles a su misma o peor suerte.

La Historia

Cartel promocional de la película alemana «El Golem» (1920), de Paul Wegener Según la mitología judeocristiana, Dios creo al ser humano moldeando su cuerpo a partir de barro, insuflándole a continuación una chispa divina. Siguiendo esta tradición, los antiguos transmitieron la leyenda del Golem, ser creado por el propio Hombre a su servicio a partir de materia inanimada, pero al que no le había transmitido el don de la humanidad, algo que solo El Supremo podía otorgar, según las antiguas escrituras.

Cuentan las leyendas que los alquimistas del Medioevo eran capaces de crear, esta vez a partir de material biológico, una especie de seres a imitación del ser humano pero de tamaño diminuto. A estos seres infra-humanos surgidos a partir de materia biológica se les denominó homúnculos. Siglos después Frankenstein (Mary Shelley, 1818) surgido de restos de origen humano tal y como imaginó la autora de la obra literaria que lleva el mismo nombre, compartiría muchos de sus aspectos con el Golem, excepto precisamente el de la materia de la que estaba construido.

Figuración según los alquimistas de un «homunculus» dentro de una espermatozoide.

Conocida escena de la película «Tiempos modernos» (1936), de Charles Chaplin
En 1936 Charles Chaplin (1989-1977) dirige su película Tiempos Modernos, en la que se critica la esclavización que la humanidad se impone a si misma en las cadenas de producción. Dos años después fallecía Karel Capek (1890-1938), que un tiempo antes había brindado tanto a la Ciencia-Ficción como al mundo en general, un concepto gracias al cuál el imaginario colectivo plasmaría en el la gran mayoría de las leyendas sobre seres creados por el ser humano a su imagen, con los que compartir nuestras búsquedas filosóficas: el robot.

Capek imaginó en su obra R.U.R. (Robots Universales Rossum) (1920) a los robots como unos seres artificiales construidos y diseñados para sustituir al hombre en las tareas ingratas. Aunque este autor de origen Checoslovaco pensó en ellos como biológicos, sin embargo, el tratamiento posterior de los robots ha sido de forma mayoritaria la de considerarlos como entidades mecánicas. Hasta tal punto se asocia un androide o robot con un humano mecánico, que los guionistas de Blade Runner utilizaron, quien sabe si para evitar confusiones, el conocido término de replicante para referirse a su particular versión de los humanos artificiales.

Escena de la representación teatral en donde se utiliza por 1ª vez el concepto actual de «robot»

Pero si hay alguien a quien se le puede responsabilizar de la actual imagen de los robots, ese no es otro que Isaac Asimov. Sin olvidar a Stanislav Lem (1921-2006) y su tratamiento satírico y humorístico, aunque no menos filosófico, es gracias a las tres (más una) leyes que el Buen Doctor retorció hasta extremos casi imposibles en mil y una historias de robots, cuando la humanidad pudo por fin encontrar en el mundo de la literatura de Ciencia-Ficción a ese tan anhelado compañero de viaje, algunas veces accidentado, que la humanidad lleva recorriendo y cuyo destino aún no conoce.

Robot «Asimo» de Honda

El supuesto científico

La concesión científica que habitualmente se ha venido empleando en estas obras de Ciencia-Ficción, ha sido la de dar por supuesta la capacidad de crear seres tan inteligentes o con las mismas capacidades de los humanos, y una vez en este punto, especular y filosofar sobre que sentirán, o que dudas y anhelos tendrán. En definitiva, en que se parecerán o distinguirán, de los seres humanos.

«Cog», principal intento de simular la inteligencia humana en un androide

Sin embargo, a pesar de los prometedores comienzos de la Inteligencia Artificial (IA), los descubrimientos en este campo han puesto de manifiesto las tremendas dificultades en lograr su objetivo, por no hablar de cierta imposibilidad.

Problema: la consciencia, la inteligencia y la intuición humanas

Alan Turing El primer escollo en el camino hacia el desarrollo de máquinas con capacidades similares al cerebro humano, fue encontrado gracias al trabajo combinado del científico Inglés Alan Turing (1912-1954); conocido entre otros aspectos por su decisiva intervención en el descifrado de las máquinas de codificación Enigma, utilizadas en la Segunda Guerra Mundial por el bando Nazi; y el matemático Austriaco Kurt Gödel (1906-1978), cuyo trabajo en el área de la lógica ha sido uno de los más influyentes en el pensamiento científico y filosófico del siglo XX, según reza la Wikipedia. Aunque existen otros nombres de la comunidad científica cuyas aportaciones fueron imprescindibles, podría decirse que estos dos científicos dieron la forma final al problema, cuyas conclusiones que se pueden extraer, son como poco, sorprendentes:

Kurt GödelSegún los Teoremas de Incompletitud de Gödel, no es posible diseñar un algoritmo, o conjunto de axiomas, que sean a la vez consistentes y completos. Un conjunto de axiomas lógicos jamás serán suficientes para auto-demostrarse. Dicho de otra forma, la capacidad del Ser Humano en ser consciente de si mismo, no es posible lograrla matemáticamente en una máquina. Tal vez el ser humano no pueda aún siendo consciente de si, demostrarse a si mismo por mucho que se esfuerce siguiendo los caminos actuales, y mucho menos por lo tanto construir otras entidades que sean como él.

Turing por su parte, le dio la vuelta al trabajo de Gödel y dentro de la Teoría de la Computabilidad, desarrolló el modelo formal en el que se basan todos los computadores de la actualidad llamado máquina de Turing, gracias al cuál demostró que existen problemas que un sistema automático no puede resolver ni tan siquiera disponiendo de recursos ilimitados. Dicho de otra forma, que por potente que sea un computador determinístico (todos los actuales), es materialmente incapaz de lograr metas que un cerebro humano alcanza sin relativa dificultad.

La mente y consciencia, funcionando en alguna parte del cerebro humano De lo anterior se deduce que la consciencia que el ser humano posee sobre si mismo y del universo que le rodea, no puede ser emulada o simulada plenamente mediante un algoritmo o programa, con los paradigmas de programación tradicionales. Igualmente, compartiendo espacio en algún lugar del mismo cerebro que las alberga, existen el genio y la intuición humanas, gracias a las cuales los pertenecientes a dicha especie pueden resolver problemas a cuya solución los computadores no logran ni acercarse.

Pero una vez más, el Titán Prometeo acude desde su lugar en el Olimpo en ayuda de la humanidad, desafiando al resto de dioses y proporcionándonos de nuevo el fuego en forma de Mecánica Cuántica.

Prometeo, de nuevo en ayuda de la humanidad y desafiando a los Dioses
Foto: Wikipedia

¿Soluciones?: ordenadores cuánticos y redes neuronales

Representación de la superposición de estados en la mecánica cuánticaDesde que el ser humano descubrió la mecánica cuántica, no han cesado los quebraderos de cabeza para cierta parte de la comunidad científica que se aferra a un determinismo ordenado y predecible, pero totalmente insuficiente para continuar avanzando en el conocimiento. La Teoría del Caos y las estructuras matemáticas como los fractales, de aparición común en la naturaleza, añaden cierta angustia a dicho sector, que piensa que se le desmorona el sólido edificio de sabiduría que creían tener. Sin embargo, estas nuevas áreas del conocimiento, lejos de la incomodidad que para algunos parece presentar, pueden ser ese mensaje que Prometeo envía a la humanidad.

Sir Roger Penrose Uno de los miembros de la comunidad científica que ha decidido superar viejos prejuicios y explorar estos nuevos caminos es el científico de origen inglés Sir Roger Penrose (1930), que ha proporcionado algunas explicaciones al curioso funcionamiento de la mente humana. Según este científico y tal y como explica en su Teoría de la Mente, el cerebro humano ha de funcionar según patrones distintitos a los que la IA ha barajado hasta ahora, siendo la mecánica cuántica y su carácter no determinista y probabilístico, la que explicaría la mayor parte de las proezas que el órgano que protege nuestro cráneo es capaz de realizar.

Fotografía del primer computador cuántico de la empresa canadiense D-Wave Penrose defiende también la dualidad mente-cerebro, de forma similar a la dualidad programa-computador o software-hardware. En virtud de este concepto, un hardware basado en un computador cuántico, podría ejecutar software basado en redes neuronales o algoritmos genéticos, llegando a cotas que solo la Ciencia-Ficción ha imaginado hasta ahora, ya que lamentablemente, todavía no se han superado las dificultades existentes para construir una máquina cuántica funcional.

La Ciencia-Ficción

Siguiendo la tradición de respeto hacia el rigor científico, la Ciencia-Ficción no solo no ha sido ajena sino que casi ha predecido algunos de estos trabajos científicos:

  • captcha En 1968 Philip K. Dick nos dejo algunas claves en su obra en cuanto a las diferencias entre humanos y andrillos (replicantes en la película) con la aparición en la novela que sirvió de inspiración a Blade Runner del test de empatía de Voigt-Kampff, gracias al cual es posible diferenciar entre unos y otros. Turing ideo una prueba son intenciones similares llamada Test de Turing, siendo una de las muchas formas de este sistema el conocido para dejar comentarios en el que hay que teclear unas letras borrosas (Captcha), que un sistema automático no puede identificar, pero un humano si. 
  • «Elijah Baley» el detective humano que forma pareja con el legedario R. Daneel Oliaw. Y no, no es Will Simth.En algunas de las conversaciones que la pareja de detectives (incomprensiblemente desperdiciada para el cine o la televisión) formada por el humano Elijah Baley y el robot R. Daneel Olivaw (Bóvedas de acero –1954-, El Sol Desnudo –1957-, Robots del amanecer –1983-) mantenían entre ellos, consistían en tratar sobre sus diferencias. Su autor Isaac Asimov, describe en estas obras a la intuición humana como el factor que distinguiría a unos de otros al ser esta la capacidad de llegar a conclusiones útiles sin tener información suficiente. Es decir, sin ser determinista.
  • «Asimo» y las leyes Asimov permite que sus robots transciendan de si mismos al autoprogramarse con una ley que implicaba tener una consciencia de su papel en el universo asimilando un concepto abstracto como es el de La Humanidad: La Ley Zeroth, que podría definirse como una religión robótica y que supeditaba a las demás leyes:
    «Un robot no puede hacer daño a la humanidad o, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño.»
  • En El robot humano (Isaac Asimov y Robert Silveberg, 1992), sus autores cuentan como el robot convencional doméstico NDR 113 adquiere habilidades artísticas debido a una serie de errores encadenados en las tolerancias de su cerebro positrónico, dando lugar a una combinación irrepetible y singular.
  • sueños de robot En el relato corto Sueños de robot (Isaac Asimov, 1986), la celebre doctora en el universo de los robots de Asimov, Susan Calvin, se enfrenta a un curioso caso: un robot que sueña. La explicación es que este robot ha sido programado mediante un paradigma nuevo según el relato, basado en fractales. Lo curiosísimo de este relato es la coincidencia en el decisivo papel que podrían tener los fractales en la comprensión del mundo cuántico tal y como explican en este artículo científico del 30 de marzo…¡de 2009!

La impresionante Tricia Helfer y un no menos impresionante Cylon mecánico... en otro sentido, claro La aparición de un humano artificial en cualquiera de sus formas (robot, androide, replicante, golem, etc.) junto a los humanos es utilizado como pretexto para todo tipo de debates en torno a cuestiones éticas y filosóficas sobre nuestra condición o nuestro papel en el universo, que con toda probabilidad no van a verse resueltas. El uso de parejas de protagonistas con cierto antagonismo, es también habitual en todo tipo de obras siendo el eje central de muchas de ellas. Una mención especial en estos aspectos que merece un artículo dedicado, es el excepcional tratamiento que se hace de la convivencia de Cylones y humanos en la moderna serie de Battlestar Galactica.

Figurilla representativa del «Golem de Praga» Para finalizar este largo artículo, una pequeña anécdota sobre la más famosa de las leyendas del Golem: en la misma ciudad donde falleció el responsable del vocablo que hoy utilizamos para denominar a nuestros Golems modernos o robots, oculto en algún ático, yace uno de los más famosos de estos seres mitológicos construidos a semejanza del ser humano: el Golem de Praga.

Cuenta la leyenda que en el siglo XVI un rabino de esta ciudad poseía uno de ellos. Su Golem era, como todos los Golem, tosco y falto de humanidad. Era así hasta tal punto que ejecutaba las ordenes de forma literal, y un día, al mandarle a sacar agua del rio inundó el poblado.

Lo increíble de este cuento es que se describe la actitud del Golem como la de un autómata moderno desde la óptica de la época, como si fuera uno de los robots que siglos más tarde imaginaría Karel Capek en su representación teatral, en la misma ciudad donde hoy reposa el supuesto Golem de la leyenda.

¿Sería el Golem un robot venido del futuro? ¿Sería esa chispa divina de la que carecía el Golem, la forma de llamar de los antiguos al Factor Humano que hoy les falta a los sistemas de IA?

Bueno, al menos como argumento de Ciencia-Ficción creo que no estaría mal.

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Uno de los principales enigmas a los que se enfrenta la ciencia al investigar la posibilidad de viajar en el tiempo, y que por lo tanto constituye un punto fundamental alrededor del cual giran las obras de ciencia-ficción relacionadas, es comprender qué es.

El Tiempo

La mente humana y su percepción subjetiva del tiempoEn cierta forma, el tiempo posee unas características que no son susceptibles de ser explicadas por la ciencia, ya que lo que las personas entendemos por este concepto es tan solo la forma en cómo es percibido por nuestra mente, como consecuencia de la alteración producida en ella por el paso del mismo.


El transcurrir del tiempo no es para la física más que una magnitud que interviene en la mayoría de procesos, siendo nuestra mente una parte más del mundo físico, aunque sea la parte que utilizamos para interactuar con este.
En el artículo anterior se daba una explicación de las llamadas paradojas temporales: la consecuencia teórica de lo que podría ocurrir si se realizarse un viaje en el tiempo e interferir indebidamente en la línea temporal, al alterar la misma hasta el punto de impedir que se pueda realizar el propio viaje al no existir, por ejemplo, el autor del mismo.

Cabe preguntarse entonces, si estas paradojas no podrían provocar en alguno de sus protagonistas alguna alteración en sus mentes, al desestabilizarse el proceso físico que influye en ellas. Especular sobre qué clase de vidas llevarían los inadvertidos protagonistas de un bucle espacio temporal, y cómo condicionaría este hecho en sus mentes, es un recurso de la Ciencia-Ficción poco habitual pero que ha dado sus frutos en dos películas de las llamadas, de culto:

James Cole (Bruce Willis) es un convicto con problemas de salud mental, que vive en una época en la que la humanidad, tras perecer en masa asolada a causa de un virus mortal, se ha de refugiar bajo tierra para poder sobrevivir.

En un desesperado intento por comprender las causas que originaron ese desastre y de encontrar una solución, la humanidad carente ya de algunos principios éticos fundamentales, utiliza estos convictos como «conejillos de indias» para explorar la superficie y obtener muestras. James Cole es uno de ellos, es cual es reclutado también como «voluntario» en una misión especial, gracias a la cual podrá recibir una amnistía.

Esta misión especial consiste en efecto, en probar una nueva tecnología capaz de volver al pasado, y así comprender e incluso impedir, los hechos que desencadenaron la tragedia. Lo que nadie salvo algunos de los protagonistas ha llegado a comprender del todo, es que la naturaleza y su protección cronológica lo impedirán, involucrando y causando a los personajes, unas vivencias que no comprenderán hasta que sea demasiado tarde, cuando el bucle espacio temporal se cierre y nada pueda cambiarse.

Donnie Darko (Jake Gyllenhaal), un adolescente con problemas de sonambulismo se libra de la muerte gracias a uno de sus episodios nocturnos, que le hacen salir de la habitación mientras un motor de avión venido del futuro cae sobre su habitación destrozándola. Desde ese momento, Donnie Darko experimenta visiones y alucinaciones que son diagnosticadas como esquizofrenia paranoide. Lo que no sabe nadie es que se trata en realidad de la respuesta de la mente del protagonista ante los mensajes venidos del futuro, que le instan a efectuar una serie de actos en un universo tangente, para así resolver la paradoja producida por la irrupción del motor en su universo primario.

La naturaleza, dentro de su plan maestro, aprovecha el problema mental del protagonista, acentuándolo tal vez, para introducir una serie de elementos y así evitar la paradoja. Otra forma de verlo es que la naturaleza, ante la dificultad de resolver la paradoja, acaba por alterar la mente del protagonista induciendole las paranoias pertinentes, que llevarán a la solución de la misma, conllevando su propia muerte.

El punto en común de ambos casos es que el posible origen de la enfermedad del protagonista es debida a la existencia en su línea de tiempo de un bucle espacio-temporal. Esta circunstancia, la alteración del normal trascurrir de la línea temporal, afecta de alguna manera a los objetos involucrados en ella. En estas obras de Ciencia-Ficción, se especula sobre que tipo de alteraciones se producirían y que papel juega en ellas, la mente humana.


Artículo publicado posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción el 13 de diciembre de 2009
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Una de las primeras cosas que habrá que aclarar es precisamente que demonios es la Ciencia-Ficción. Por lo menos, a qué nos referimos cuando en este blog se hace mención a ella. En todo caso, será necesario distinguir entre algunas obras, ya que como veremos en algunos casos, la Ciencia-Ficción no es más que un pretexto para hacer ... otra cosa.

Este género tiene como principal característica, que su argumento principal gira alrededor de algún supuesto científico, normalmente ficticio. En la medida en la que se aleje de esta definición, empieza a entrar en algún subgénero de la Ciencia-Ficción, en algún otro género literario, o en ambas cosas. Por ejemplo, La Guerra de Las Galaxias (George Lucas, 1977), considerada dentro de la Space Opera, también puede pertenecer al género de aventuras (se le ha llegado a llamar «Western Galáctico»). En realidad, La Guerra de Las Galaxias, difícilmente se puede considerar más que de refilón, Ciencia-Ficción.

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En estos subgéneros, existen en ocasiones algunas incoherencias, que pueden ser de diversos tipos: por regla general, las propias de tipo científico y las de tipo literario. Desde un punto de vista literario, no debe tener ninguna. Desde el punto de vista científico debe tenerlas dentro de unos límites, como veremos.

Este es uno de los aspectos menos comprendidos por el público en general, el cuál, espoleado por algunas obras sobre todo series de TV, acaban confundiendo con el género de Fantasía, que no tiene nada que ver. En este género, el autor da rienda suelta a su imaginación, sin poner ningún límite, más que el de la estética que desee darle a su obra. Por ejemplo, en El Señor de Los Anillos (J. R. R. Tolkien, 1954), vemos que cuando los protagonistas se encuentran casi sin posibilidades y perdidos dentro de un bosque, los árboles de este se convierten de repente en unos perfectos aliados, pudiendo así continuar el relato. Sin pensárselo dos veces.

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Como en cualquier obra, el argumento debe ser coherente y estar bien estructurado. En el caso de la Ciencia-Ficción, esto se hace más difícil ya que según el supuesto científico en cuestión, se ha de tener algunos conocimientos sobre el tema. Es por esto que muchos escritores de este género son científicos o profesores de universidad en alguna especialidad científica.

Esto también representa un handicap. El de la calidad literaria. Uno de los tópicos habituales para menospreciar la Ciencia-Ficción es el de atribuir poca calidad al no ser «auténticos» escritores, los autores habituales de estas obras. Esto es un prejuicio, ya que la calidad literaria puede llegar a ser la misma, independientemente de la profesión del que la escribe.

En resumen, en una obra de Ciencia-Ficción pueden existir incoherencias, siempre y cuando no excedan cierto límite. Al existir un supuesto científico, el universo de alrededor no puede ser el mismo y se ha de recrear. La habilidad del autor en este campo, es lo que define la calidad de una obra de Ciencia-Ficción como tal. A estas incoherencias «permisibles» se las llama concesiones científicas. Como el avezado lector habrá deducido, el supuesto científico alrededor del cual gira el argumento de la obra, es también una concesión científica.

En El Fin De La Eternidad (Isaac Asimov, 1955), el argumento principal, así como el título, giran completamente alrededor del viaje en el tiempo, es decir, el supuesto científico de ficción. Es por lo tanto una novela plena de Ciencia-Ficción, y además como buena time opera, de aventuras y romanticismo.


Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 22 de octubre de 2010
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