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La utilidad de la ciencia-ficción

El arte y la literatura de ficción en general cumplen con una importante función para nuestras mentes. La ciencia-ficción además, tiene algunas peculiaridades que hacen de ella algo especial. La siguiente es una lista de algunas de esas facetas singulares que un servidor ha acumulado a lo largo de los recientes años, sobre la capacidad potencial de la ciencia-ficción para influir positivamente en nosotros:

Pensamiento alternativo

Incluso la ciencia-ficción más clásica y conservadora puede provocar en el lector la necesidad de reformular el mundo a su alrededor con diferentes premisas. Aunque las motivaciones puedan variar, el género lleva consigo un cuestionamiento de las convenciones sobre lo establecido (no solo lo tecnológico, sino también político, ético o social). Al transitar por caminos inexplorados, prepara las mentes de los lectores para convertir en realidad algunos de esos caminos que comenzaron en la imaginación.

Romper las escalas 

Estamos circunscritos a desenvolvernos dentro de nuestros ámbitos, limitados por las posibilidades tecnológicas del momento. Por ejemplo, en el medievo el mundo en el que vivían los seres humanos se reducía a poco más que el poblado donde nacían. Hoy en día, es posible viajar a la otra punta del planeta en un día, gracias a lo cual la Humanidad comienza a pensar globalmente. Por tanto, para prever retos futuros o para encontrar soluciones más allá del horizonte, es necesario superar esas limitaciones. Antes de que existan las posibilidades tecnológicas para lograrlo, la ciencia-ficción nos permite romper las escalas temporales y geográficas en las que estamos habituados a pensar, ayuda a expandir la mente más allá de nuestro entorno, a derribar prejuicios y muros conceptuales, situándonos ante escenarios extraordinarios, preparándonos para enfrentarnos a retos nunca antes experimentados.

Evita prejuicios 

Al no estar sujetos a un lugar, sociedad o época determinada, el lector puede evitar asociarlo con alguna coyuntura conocida junto con los prejuicios que arrastre. Este aspecto es compartido con la Fantasía con la diferencia de que en la ciencia-ficción no son mundos mágicos alejados completamente de nuestra realidad, sino aquellos que aun siendo ficticios son al mismo tiempo lo suficientemente reconocibles como para identificarnos con ellos. El autor de ciencia-ficción podrá de esta manera tanto ubicar al lector en un Marte improbable como desubicarlo en una galaxia muy lejana, lo necesario que le permita escoger con detalle aquellos aspectos de la realidad que le sean útiles para transmitir el mensaje deseado.

Mayor precisión narrativa

La ciencia-ficción no está sujeta a los límites de lo real, lo que no implica que tenga que desligarse de ello, como ocurre en la Fantasía. Esta ausencia controlada de limites permite al autor ubicar con mayor precisión un relato concreto sobre nuestra realidad en el presente, sin verse condicionado. Se modificaran o eliminaran aquellas partes que entorpezcan el relato, sustituyéndolas de manera coherente con los elementos ficticios adecuados, como situarnos en un futuro con tecnologías y sociedad acorde. 

Complicidad lector-autor

En la Fantasía los mundos expuestos no tienen pretensión de ser tratados como si fueran reales, siendo los únicos límites los estéticos, además de los de toda obra cultural. En la ciencia-ficción sin embargo, aunque existen partes modificadas o añadidas que son ficticias, los mundos se muestran con pretensión de verosimilitud. Esto implica que en la ciencia-ficción se han de seguir unas normas de coherencia para que el resultado aparente ser consistente. Dada esta situación el principal parámetro que va a permitir ser valorada una obra correctamente por los lectores es el de la comprensión por parte de estos del esfuerzo realizado por el autor para recrear ese mundo. De lo contrario puede ocurrir que el género sea malinterpretado y confundido con ciertos ensayos que sin mostrar claramente la frontera entre ficción y realidad, relatan la visita de antiguos alienígenas y otra falsa mitología similar. No cabe duda que esta necesidad de comprensión por parte del público lector representa un inconveniente en cuanto a popularidad, pero es el precio a pagar para lograr un objetivo más importante, como es el de implicar un actitud del lector activa. Este ha de estar atento no solo a la trama del relato y los personajes, sino a la propia construcción y características del mundo en el que se desenvuelve la acción, comprendiendo sus repercusiones.

Experimentos mentales

Para contar con la precisión necesaria la historia que desea, el autor de ciencia-ficción ha de alterar las «piezas» de ese grandioso puzle que constituye nuestra realidad. Para sostener el universo resultante de esa modificación, esas piezas han de ser sustituidas por otras ficticias recreadas adecuadamente para que encajen en los huecos dejados, por lo que es necesario seguir las mismas reglas de la realidad para poder lograrlo. Este mecanismo es exactamente el que científicos como Albert Einstein siguieron para elaborar la Teoría de la Relatividad, al imaginar cómo se vería el mundo si un objeto con masa como nosotros pudiera viajar a la velocidad de la luz, concepto que en principio no era ––ni es— posible realizar. Por este motivo, las obras de ciencia-ficción son experimentos mentales cuyo alcance es indeterminado. Tal vez ilimitado.

Lenguaje común (añadido el 03/05/2023)

Por todo lo visto, la ciencia-ficción ha venido creando desde que comenzó su andadura una serie de conceptos que han ido añadiéndose al acervo cultural de las sociedades. Estas ideas sirven para simbolizar retos y expectativas para las que todavía no existe un lenguaje formal, pero que tarde o temprano, las comunidades de especialistas, ingenieros y científicos tendrán que diseñar nuevas soluciones. De esta manera, el género sirve de lenguaje compartido que dota de símbolos reconocibles que mejoran la eficiencia del trabajo en equipo y la comunicación, al dotarnos de una base sobre la que partir.

Imaginar futuros

Se hace difícil imaginar un futuro en un mundo y una época tan cambiante como la reciente en la que los traumas ocasionados por pandemias, guerras o crisis económicas, provocan una incertidumbre paralizante. Sin embargo, es necesario hacerlo si deseamos dejar de repetir un mismo presente deprimente una y otra vez. La ciencia-ficción permite alejarse lo suficiente de ese mundo tan decepcionante en la actualidad, pero no demasiado como para perderse en evasiones atrayentes y fáciles. Futuros posibles a los que se llega a través de una ruta mental trazada por caminos pavimentados con la solidez de una especulación racional y coherente.

Alimentar el sentido de la maravilla

Pero lo más importante y cuya escasez aumenta en una sociedad tan saturada de información redundante que sucumbe a la llamada economía de la atención, es la capacidad de asombro. En este contexto de medios de información orientados a captar esa codiciada atención en los que las buenas noticias y los logros importantes pocas veces aparecen en los titulares, la ciencia-ficción nos ofrece la posibilidad de recrearnos con maravillas tecnológicas o con extraordinarios paisajes de planetas distantes. Imágenes ficticias que sin embargo, dejan en nuestras mentes el anhelo por alcanzarlas, convirtiendo el mensaje en un reducto de esperanza.

Imágenes generadas con tecnología DALL·E (Image Creator Bing)

Entrada publicada posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en la plataforma LinkedIn


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Imagen de un Shiva hindú durmiente
«podemos escoger la opción contraria y sostener que tanto nosotros como todo cuanto nos rodea no somos más que sueños en la cabeza de un Shiva durmiente» (Leyenda hindú)

Nota: en este artículo se van a citar tanto obras de ciencia-ficción relacionadas siguiendo el esquema «(autor, año)» como estudios reales de científicos sobre los temas tratados citando simplemente su nombre, salvo que se indique otra cosa de manera específica.

Cuando el ser humano fue consciente de la brevedad de su existencia, comenzó a imaginar sobre lo que vendría después. De aquellos míticos y ancestrales relatos, tal vez el más gráfico sea el de imaginar la existencia en el más allá como un sueño eterno, uno en el que nuestra consciencia pura, sin cuerpo, navega por otro universo simbólico donde las reglas físicas no existen o son distintas. 

Durante el sueño nuestra consciencia se desconecta y deja de sentir como antes el entorno a nuestro alrededor. Cuando le llega a la mente el momento de despertar, el cuerpo que todavía sigue ahí, vuelve a formar un todo con ella enviándole de nuevo estímulos del exterior. Imaginar la imposibilidad de volver del sueño debido a que nuestro organismo físico ya no existe debido a su muerte, parece ser una manera aceptable de postular con el paso hacia la «otra vida». Pero no es necesario llegar a tan fatídica situación ¿Qué pasa si desconectamos nuestra consciencia de todo estimulo externo? A esta situación se le llama privación sensorial y sus efectos sobre nosotros fueron objeto de estudio en la década de los 50 —la de las conspiraciones, ovnis y guerra fría—. En líneas generales, se comprobó que someternos a esta prueba nos lleva a un estado de consciencia alterada que de manera dosificada puede resultar psicológicamente beneficioso, pero su abuso llega a producir graves patologías hasta el punto de resultar literalmente una auténtica tortura. El estudio de la relación entre nuestro cuerpo y la consciencia ha llevado a idear el llamado «tanque de aislamiento sensorial» para poder realizar este tipo de pruebas. Un artefacto similar era el que permitía a la agente Olivia Dunham (Anna Torv) en la serie de televisión Fringe (J. J. Abrams, Alex Kurtzman, Roberto Orci, 2008~2013), precisamente, viajar entre universos paralelos.

Olivia Dunham (Anna Torv) en un tanque de aislamiento en la serie 'Fringe'

Se podría postular que nuestro organismo o sistema mente-cuerpo, relaciona estar vivo y en contacto con nuestro entorno, con recibir un estímulo de él, algo por otra parte que parece absolutamente lógico. La carencia de estimulo sensorial solo podría producirse si nuestro organismo pasa a funcionar de otro modo, algo que neurológicamente se observa en sujetos mientras están dormidos, en meditación o concentrados profundamente —estos estados de nuestra mente han sido comprobados y etiquetados como «ondas», en función de la actividad neurológica de nuestro cerebro—. En líneas generales, nuestra mente no puede parar de funcionar. Para que descanse, ha de pasar a un estado de sueño en el que las funciones motoras no responden a la actividad de nuestra mente que pasa a un estado de actividad frenética del cuál apenas somos conscientes. Igualmente, en ese estado de sueño, las señales externas que llegan a nuestro cuerpo se tratan de manera no prioritaria. Si se altera ese equilibrio, es decir, si en otro estado que no sea el de sueño ―aka despiertos― se deja de recibir estimulo externo, nuestra mente, que no puede parar su actividad, comienza a rellenar las lagunas con alucinaciones y paranoias creadas por ella misma. Probablemente por este motivo, en la oscuridad y en el silencio de la noche, los antiguos creían observar o «sentir» la presencia de demonios y fantasmas, que no eran otros que los propios de su interior.

Consciencia y cuerpo

El problema de la relación mente-cuerpo es uno de los retos que mantienen en jaque todavía a la ciencia. De alguna manera, representa el punto de contacto entre lo físico y lo metafísico, entre el conocimiento antiguo y el moderno, para el que no existe actualmente una solución satisfactoria. El asunto adquiere tintes algo espeluznantes cuando investigadores registran casos que parecen evidenciar que la muerte física de nuestro cuerpo no implica una detención de la consciencia de manera inmediata, sino un proceso hacía otro estado de existencia. En Ubik (Philip K. Dick, 1969), la humanidad logra mantener de manera indefinida a aquellos cuyo cuerpo ya no puede continuar en condiciones aptas para la vida, en un estado llamado en la obra de semivida, que en efecto, parece simbolizar ese estado intermedio entre esta y la muerte, de manera que sus protagonistas navegan entre la realidad y lo onírico, sin apenas ser conscientes de ello. Así mismo, otra obra significativa del género que trata específicamente —aunque no evidente— el tema de la relación mente-cuerpo es Matrix (Wachowsky, 1999). En ella, se postula con una entidad artificial que suplanta o se interpone entre estos dos conceptos, definiendo las vivencias de los protagonistas y la historia en la que se desenvuelven.

La forma de la consciencia

Parece que existe la tendencia a pensar ―no solo en el ámbito popular― que la consciencia es algo así como un «programa de ordenador biológico» equivalente de alguna manera al de los computadores de tecnología humana. Sin embargo, no hay ninguna evidencia de que esto sea así y actualmente, no se conoce cuál es la naturaleza del proceso que permite que la materia logre alcanzar la consciencia. Por lo visto hasta ahora, en ella intervienen no solo agentes internos de nuestra mente, sino también del resto del cuerpo e incluso, podríamos imaginar que el propio entorno podría tener un papel significativo en su actividad. En este sentido han surgido algunas investigaciones más allá de la conocida teoría de la mente de Roger Penrose —apoyada en el trabajo del anestesista Stuart Hameroff— que intentan acercarse al problema desde otras perspectivas. La más pintoresca ya de algunas décadas, es la del psiquiatra Carl Gustav Jung, que contó con la ayuda de nada más y nada menos que el físico y premio nobel Wolfgang Pauli. En el trabajo de estos dos investigadores, que no dejaba de ser un ejercicio informal de especulación, se postulaba que la consciencia y el universo al completo formarían un todo conectado, de manera similar a como ocurre en la mecánica cuántica, donde las probabilidades son universales y las distancias no importan ―en algún punto en la obra de Orson Scott Card se habla que todas las consciencias están conectadas entre si usando el mismo principio de comunicación del ansible, la ficticia tecnología usada inicialmente por Ursula K. Leguin―. En este sentido, otros estudios sugieren que la consciencia podría ser una propiedad intrínseca de la materia aunque a distintos niveles, de manera que solo cuando se logra cierta complejidad en la capacidad de procesar información, surge un nivel de consciencia significativo. Se llega al caso de que otros estudios proponen que la consciencia no es el producto de la actividad cerebral, sino al contrario: es la consciencia la que crea la actividad neuronal. En definitiva, de lo único que se posee certeza es de la ignorancia sobre su funcionamiento.

¿Por qué no postular con alguno nuevo? Bien, otra posibilidad es que la consciencia no sea exactamente un proceso, sino más bien el resultado inevitable de una topología. Es decir, lo importante no sería qué clase de acciones son las que la hacen aparecer, sino qué nivel de complejidad de una estructura es la que permite que surja como resultado de la acción individual, inicialmente descoordinada, de sus elementos individuales conectados e interdependientes. Este postulado presentaría nuestra consciencia como un fenómeno caótico e impredecible, pero sin dejar de estar dirigido por leyes físicas ―de la misma manera que algunos fenómenos atmosféricos como los tornados, que parecen adquirir «vida» propia―. La complejidad de la estructura establecería los niveles cognitivos que podrían alcanzarse de manera que la consciencia sería una propiedad inevitable de toda red de elementos individuales interconectados lo suficientemente compleja. En la Saga de Ender aparece un importante personaje llamado Jane, un sofisticado programa de inteligencia artificial que opera en la red de ansible que comunica todos los planetas del espacio humano. Jane adquiere consciencia de manera imprevista, emergiendo una especie de fantasma en la maquina. El «alma», se podría decir, de la enormemente compleja red de nodos de comunicación.

Fuera del cuerpo

Uno de los postulados más inquietantes y al mismo tiempo esperanzadores para algunos, es la posibilidad de traspasar nuestra consciencia, nuestra mente y nuestros recuerdos a otro soporte que no sea el cuerpo biológico que nos acompaña durante nuestra existencia. Normalmente, el destino a donde se propone descargar nuestra mente es un soporte de tipo informático lo suficientemente complejo. Sin embargo, no es del todo evidente qué tipo de soporte va a poder albergar la complejísima red de neuronas y mucho menos, emular su actividad de manera que sepamos que el resultado sea satisfactorio. En todo caso, en la literatura de ciencia-ficción se ha dado por supuesta esta posibilidad desde hace ya un tiempo. De esta manera, Frederik Pohl en Los Anales de los Heechee (1987) presenta un mundo en el que los seres humanos pueden transferir sus conciencias a un mundo virtual donde vivir electrónicamente. Se podría incluir también la obra Ciudad Permutación (Greg Egan, 1994) en la que, suponiendo que haya entendido algún porcentaje significativo de su argumento, la acción se desarrolla en un entorno virtual que alberga consciencias humanas. En la época reciente se ha vuelto más habitual este postulado, llegando hasta Caprica (Ronalr D. Moore, et. al., 2010) donde de nuevo en un entorno virtual, un nuevo algoritmo que emula el alma humana al que se le proporciona toda la información posible de una persona, resulta en una consciencia virtual. Estas almas electrónicas acaban, como podemos imaginar, en lo que serían los cylones ―en este caso se supedita la aparición de una consciencia funcional a la necesidad de contar con una tecnología que lo haga posible, que en la serie se simboliza con un nuevo tipo de procesadores metacognitivos—. A partir de aquí ya comienzan a darse múltiples combinaciones en las que tanto las inteligencias artificiales que emulan humanos como las propias consciencias de estos, son procesos informáticos que se desenvuelven en un entorno virtual. Aunque puede que haya alguna diferencia más.

El libre albedrío

Sea lo que sea, suponiendo su existencia es junto a la intuición, lo que parece que nos distingue de cualquier otra imitación nuestra artificial. Estos ingredientes, los cuales permanecen todavía fuera del alcance de lo que la ciencia puede explicar, son los que suelen marcar el eje argumental sobre el que algunas historias de ciencia-ficción se desarrollan. Por concretar en lo relacionado con la emulación de seres humanos en un entorno electrónico, como ejemplo puede escogerse la serie Black Mirror (Charlie Brooker, 2011-2019) en la que hay varios episodios que exploran estas diferentes posibilidades:

  • Be Right Back (Owen Harris, 2013): a partir de la información disponible de un individuo, incluyendo sus perfiles en redes sociales, se crea un perfil virtual informático que emula a dicha persona ―parecido a lo que pasa en Caprica―. Sin embargo, a la imitación de un ser humano obtenida le falta algo. Esta tan solo se limita a hacer lo que públicamente se conoce de él, careciendo de voluntad propia y resultando predecible.

  • White Christmas (Carl Tibbetts, 2014): consciencias humanas descargadas a un entorno virtual conviven sin saberlo en ocasiones con consciencias humanas conectadas a través de una interfaz ―concepto que guarda cierta similitud con Matrix―. En otros momentos, las consciencias descargadas interactúan con otros humanos del «mundo exterior», los cuales se presentan a modo de un dios que puede hacer con ellos y con su entorno, lo que deseen.

  • San Junipero (Owen Harris, 2016): de manera similar a lo visto, las conciencias se transfieren a un entorno virtual que se ejecuta en unas granjas de servidores y almacenamiento adecuados y suficientes. De esta manera, antes de fallecer puedes continuar tu vida en este entorno. De nuevo, la posibilidad de visitar temporalmente dicho entorno sin transferir de manera definitiva la consciencia es posible, sin embargo, en esta ocasión las políticas de la empresa que lo gestiona no permiten a familiares visitar a sus difuntos. Sí que está permitido, sin embargo, que personas muy enfermas o prácticamente desahuciadas, puedan realizar visitas temporales antes de tomar una decisión sobre su futuro ―La reciente serie Upload (Greg Daniels, 2020) explora un concepto similar en tono de comedia―.

  • Black Museum (Colm MacCarthy, 2017): no todo son paraísos, en este capítulo se explora de nuevo la parte más oscura y retorcida de tener una consciencia en un entorno que depende de entidades externas al mismo y cuyos intereses pueden ser más que discutibles.

  • USS Callister (Toby Haynes, 2017): particular combinación de entorno virtual y consciencias surgidas en clones virtuales generados a partir de muestras de ADN de sus contrapartidas del mundo real. El protagonista de la historia pretendía conectarse él mismo junto a otros participantes secundarios ―algo así como los llamados NPC de los juegos― cuya intención inicial es que sirvieran al propósito de satisfacer sus paranoias y problemas de autoestima, pero al parecer, las muestras genéticas llevaban consigo partes de los humanos a las que pertenecían, que no estaban previstas.

En estos casos la idea de «vivir» en un entorno virtual electrónico que depende de otros factores externos es usado para poner en el foco de debate determinados temas sociales, filosóficos, políticos y en general, humanos. En definitiva, son escenarios ficticios construidos para poder contar de manera más eficiente ciertas historias cuya complejidad filosófica les hace más apropiados. Pero en pocas ocasiones se pone en duda qué clase de tecnología podría verdaderamente contener una consciencia funcional con todas sus características. 

Los sistemas informáticos habituales no son mucho más que un conjunto de unos y ceros. La única diferencia entre diferentes computadores es la cantidad de ellos que pueden manejar en total y por unidad de tiempo. Es decir, difieren en la dimensión de su memoria y velocidad de procesamiento, pero son cualitativamente equivalentes. Se les podría clasificar como sistemas lineales, que por resumir, son sistemas predecibles, cuyo comportamiento oscila dentro de rangos calculables. Pretender que un órgano como el cerebro sea en primer lugar, el único necesario para contener una consciencia y, en segundo lugar, susceptible de contenerse en un equipo que solo puede representar estados binarios, es un punto de suspensión de incredulidad que requiere de un gran salto. Las neuronas tienen un funcionamiento mucho más sofisticado más allá de adoptar un par de valores discretos. Si a esto se le añade que poseen un funcionamiento en equipo, capaces de autocoordinarse de manera dinámica en función de su estado anterior y de sutiles estímulos externos, se podría decir que forman un sistema no lineal, caótico e impredecible, pero igualmente sujeto a leyes físicas. Si se define el libre albedrío como la capacidad de tomar decisiones o caminos que no pueden ser predichos por ninguna fórmula o algoritmo, un sistema caótico como el postulado sería compatible con este concepto y con la posibilidad de que cualquier objeto o estructura inanimada como un robot lo suficientemente complejo, pudieran ser conscientes. 

Tal vez se está manejando el asunto desde una perspectiva incorrecta. Isaac Asimov pensaba que para emular el cerebro humano no era necesario comprender cómo funciona, sino precisamente, construir un dispositivo que albergara potencialmente la misma capacidad. En definitiva, si se logra emular átomo por átomo un órgano, si se logra emular su complejidad, se hace inevitable suponer que debería emerger algún tipo de consciencia. Hoy por hoy no existe una tecnología capaz de lograr tal propósito, pero si alguna parece prometer algo parecido, esa es la computación cuántica. Este nuevo paradigma de computación sigue preceptos similares a los convencionales en cuanto a los algoritmos que puede ejecutar ―basados en matemáticas puras― pero las unidades de información que maneja no toman patrones binarios como lo hacen sus homólogos. Sin entrar en detalles, un ordenador cuántico puede evaluar diferentes posibilidades simultáneamente, podría incluso evaluar un problema al completo en lugar de manera secuencial como los sistemas actuales.

La mariposa cuántica

En la serie de televisión Devs (Alex Garland, 2020) se escenifica el advenimiento de una singularidad tecnológica al postular con un enorme computador cuántico cuya capacidad de procesamiento es inconmensurable. Este casi omnipotente computador, puede emular la realidad misma, átomo a átomo, de manera que puede ver el pasado, corregir el presente ―reviviendo fallecidos recreados virtualmente― e incluso, predecir el futuro. De alguna manera, recupera el universo mecanicista de la época newtoniana por el cuál todo estado actual estaría condicionado por otro anterior y viceversa, formando una cadena de estados dependientes y predecibles si se posee la suficiente capacidad de cálculo, donde el tiempo es igual tanto en un sentido como en otro. Lo sorprendente es que fuera de la ficción, en el mundo real, este universo mecánico parece que retorna en cierta manera, por la misma causa por la que se descartó hace décadas. 

La llamada flecha del tiempo es un concepto que surge de la entropía y de la impredecibilidad implícita de los procesos físicos a nivel molecular. Según este paradigma, algunos sucesos no pueden volver hacia atrás y repetirse de nuevo, debido a la aleatoriedad de la naturaleza. Claro que si se cae un vaso al suelo este va a acabar roto, pero sus cristales no quedaran repartidos igual. Esta manera caótica de funcionar de la naturaleza es lo que Henrí Poincaré descubrió intentando resolver el famoso problema de los tres cuerpos. Poco después, Edward Lorenz descubrió también de manera casi accidental el que fue llamado efecto mariposa, por el cual un imperceptible cambio en las condiciones iniciales modifica de manera drástica e impredecible el resultado. La sorpresa ―para mí al menos― ha venido no solo por la vuelta en cierto modo del universo ordenado y predestinado, sino por provenir de un ámbito que por su naturaleza poco predecible y probabilista uno no se esperaría: la mecánica cuántica. Según varios estudios, a diferencia del mundo macroscópico, en el mundo subatómico el tiempo fluye exactamente igual en un sentido que en otro, es decir, no hay asimetría temporal ni flecha del tiempo. Otro estudio reciente confirma lo anterior refutando en este caso el «efecto mariposa», ya que en el mundo cuántico esto no ocurre. El momento en que esto cambia al volver al mundo de los objetos grandes ―compuestos de múltiples partículas que interactúan entre sí― no está claro, pero tal y como muestran acertadamente en la serie,  en el mundo subatómico las piezas de la mecánica cuántica repetirán una y otra vez los mismos movimientos siempre y cuando «movamos la manecilla» lo suficiente, es decir, que sólo sabremos lo que ocurre si recorremos todo el camino hasta llegar al punto en cuestión. Como un fractal, cuya exótica forma únicamente se revela cuando ha sido desarrollado, paso a paso.

La desobediencia de la materia

Según el mito bíblico, Eva ofreció a Adán la fruta del árbol prohibido. Este árbol, según algunas interpretaciones, era el árbol del conocimiento. Dejando aparte cualquier otra cuestión, lo que esto nos dice principalmente es que este problema filosófico sobre la responsabilidad de nuestros actos, lleva con nosotros mucho tiempo. ¿Somos dueños de nuestro destino, o este está ya establecido por la rígidas leyes de la física? ¿Somos algo más que meras piezas de un gigantesco mecano universal? Tal vez, de alguna manera, tras millones de años de cambios, este conjunto de átomos que constituye nuestro cuerpo y mente se haya organizado de tal manera que pueda librarse de la tiranía de la determinación y la predictibilidad. Puede que la consciencia consista precisamente en eso: cuando la materia decide por si misma, no seguir la reglas que le estaban asignadas.

Para ampliar la lectura:


Artículo publicado posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción y en el blog Planetas Prohibidos
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Especular sobre cuales son los límites de nuestra especie e imaginar que pueden superarse es una de las áreas exploradas en la ciencia-ficción y otros géneros relacionados. También en el ámbito científico se discute sobre esta posibilidad, especulando sobre inteligencias artificiales cuyo potencial supere al humano, situación que es denominada como la «singularidad tecnológica». Pero también existen postulados en los que mejoras tecnológicas o genéticas aplicadas a nuestros cuerpos lograrían un aumento tal en nuestras capacidades que conllevaría una modificación de nuestra propia condición como especie, desembocando en el llamado «transhumanismo».

En la cultura popular, además de compuestos como el ginsen o la jalea real —que prometen todo tipo de mejoras desde físicas a mentales sin tener apenas efectos colaterales— se ha extendido el llamado mito del 10%, por el que se piensa que tan solo usamos una décima parte de nuestro cerebro. Al parecer, una serie de interpretaciones sacadas de contexto y quien sabe si el interés de algunos sectores paracientíficos, ha incrementado todavía más la confusión y el alcance de una leyenda que en cualquier caso, nadie sabe dar una explicación satisfactoria de su origen, cómo ha llegado hasta nuestros días y sobre todo, si realmente nuestro cerebro da de sí todo lo que puede —no se trataría de cuanto, sino de cómo es utilizado—. En un terreno más sólido desde el punto de vista científico —aunque sin estar exento de controversia— se encuentran los compuestos nootrópicos, mediante los cuales parece que mejoran nuestras capacidades cognitivas sin que en principio, existan efectos secundarios. Podría afirmarse que de alguna manera, existe un escenario posible o dentro de lo imaginable de mejorar nuestra percepción sensorial de forma similar a como se aumentan nuestras capacidades físicas —comúnmente conocido como «dopaje»— sin que se modifique nuestro organismo mediante implantaciones tecnológicas ni se modifique genéticamente nuestra condición como especie. Naturalmente que este sería un proceso temporal y en algunos casos, con el grave problema de sus efectos secundarios y la posibilidad de crear adicción, un mal que hace descartar esta vía.

Volviendo al terreno de la ficción, en este caso de la científica, la cuestión que puede plantearse entonces es si puede aumentarse la capacidad de nuestro cerebro y en caso de ser así, que efectos tendría y que logros podrían alcanzarse. Dos películas recientes coinciden en especular sobre esta posibilidad mediante el uso de algún compuesto químico desarrollado en laboratorios. Sin embargo, cada una de ellas desarrolla su postulado con consecuencias sensiblemente distintas, circunstancia que se ha reflejado en la reacción de las criticas hacia una de ellas, mientras que la otra apenas ha sido mencionada a pesar de estrenarse más de dos años antes.

Sin Límites (Neil Burger, 2011)

El carismático Bradley Cooper es Edward Morra, un fracasado escritor que encuentra en una «droga de diseño» experimental una forma de salir de su situación. Al menos en la versión doblada a nuestro idioma no se hace exactamente referencia al mito del 10%, sino que en este caso por algún motivo se habla de un 20%, el porcentaje de nuestro cerebro que es utilizado normalmente. Este dato es citado en la obra por el ex-cuñado de Ed Morra, Vernon Gant (Johnny Whitworth), un traficante de droga que no es precisamente una autoridad científica, por lo que el uso de esta referencia debe considerarse como una especie de MacGuffin para aderezar la trama. El NZT-48 es como se le llama en la obra a la droga que en la película representa el supuesto científico que permite aprovechar todo el potencial de nuestro cerebro. Según Carl Sagan, este órgano puede almacenar unos 10 billones de páginas de enciclopedia, rellenadas con la información que día a día experimentamos. Lamentablemente, nuestro proceso de recuperación de esa memoria no funciona con toda la agilidad que nos gustaría algunas veces, por lo que sería interesante especular cuál sería el resultado si pudiéramos acceder a toda esa información de inmediato cuando la necesitásemos. En la película parecen responder a esta pregunta imaginando la aparición de toda una serie de habilidades emergentes consecuencia directa de hacer uso de esa capacidad. De alguna manera, tener a Google en nuestra cabeza no nos haría más inteligentes, pero lograría que lo pareciésemos.

Lucy (Luc Besson, 2014)

Lucy (Scarlett Johansson) recibe de forma «accidental» una sobredosis de un compuesto químico que en el supuesto de la obra permite usar el cerebro con todo su potencial. El personaje interpretado por Morgan Freeman es un científico que asume como cierto que el cerebro tan sólo es usado en un 10% —en realidad, la comunidad científica defiende lo contrario— y en base a esta teoría postula que de utilizarse en todo su potencial sería capaz de lograr proezas inimaginables. A partir de aquí el resto de la película se convierte en el uso de la premisa original como mero pretexto para una sucesión de fantasías, sin que haya razonamiento o conexión alguna con ella. Un deux ex machina en toda regla que poco o nada tiene que ver con la ciencia-ficción.

Extrapolar no es fantasear

Grande es el lastre que la ciencia-ficción arrastra debido a la incomprensión de sus argumentos, lo que provoca que se confunda en no pocas ocasiones con lo paranormal, ámbito con el que no tiene nada que ver y cuyas motivaciones son completamente dispares. Algunas veces por ignorancia del público, pero desgraciadamente en otras obras es debido al mal uso por parte de los propios creadores que bajo una apariencia, subyace otro tipo de contenido. La ciencia-ficción consiste inevitablemente en considerar una ficción como cierta, de otra manera no sería ficción. Es en la forma de tratar a esa ficción cuando surgen las diferencias entre géneros, cuando puede recibir el prefijo de «ciencia» o no. La diferencia entre unas y otras se ha de establecer en función de la relación entre el supuesto de partida y el resultado extrapolado a partir de él. En caso de Lucy ha importado más mostrar a su exuberante protagonista que otros factores.

A esta circunstancia se le añade la confusión generada por usar un supuesto científico de forma seguramente incorrecta. Existen muchas incógnitas para las que la Ciencia no tiene respuestas y especular sobre ellas es admisible. Pero en este caso la comunidad científica tiene claro que el supuesto 10% de nuestro cerebro es incorrecto en el sentido que se hace en la obra, que es el conocido popularmente. Explotan esta confusión en lugar de matizarla. Incluso críticas de dentro y fuera del mundillo aumentan la confusión ya que en lugar de señalar hacia esta práctica incorrecta o a una extrapolación completamente fantasiosa, dirigen sus objetivos hacia el supuesto inicial, que si bien no es literalmente cierto, si que admite matices y es usado en otras obras de forma más respetuosa.

Pero lo importante tal vez para los aficionados es que nuestro cerebro es y seguramente lo seguirá siendo por un tiempo, uno de los más apasionantes campos de estudio, tanto para comprender su funcionamiento y el alcance de su potencial, como para crear sistemas de inteligencia artificial con los que tal vez algún día podamos comprendernos mejor a nosotros mismos. Pero sobre todo, para crear obras de ciencia-ficción que nos entusiasmen.


[Publicado posteriormente en Planetas Prohibidos]
[Publicado posteriormente en El sitio de ciencia-ficción]

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Una de las frases más conocidas por los aficionados a la ciencia-ficción es «el espacio, la última frontera» popularizada por la famosa serie televisiva Star Trek. A lo largo de la historia nuestra especie se ha encontrado con otras fronteras, si no tan lejanas en distancia, sí más sorprendentes, difíciles de alcanzar, y enormemente enigmáticas de lo que se esperaba. Uno de estos casos podrían ser los profundos fondos marinos de las fosas abisales. Lugares a los que la luz del Sol ha llegado tan poco como a los más lejanos planetas del sistema solar. Entre otros de estos desafíos existe uno en el que poderosos sectores del mundo científico y empresarial están invirtiendo grandes recursos. No se trata de la energía del punto cero, ni de la teleportación, ni de viajes a mayor velocidad de la luz. Ese gran reto tan lejano en apariencia, es sin embargo, uno que llevamos permanentemente muy cerca de nosotros: la mente humana.

El ámbito que estudia la emulación de nuestra mente está rodeado de una gran controversia, no sólo científica, sino también filosófica y política. La división no consiste en la clásica diferencia entre lo racional y lo místico, sino que dentro de la propia comunidad científica hay diferencias sustanciales de concepto. Estas provienen por un lado, de las distintas maneras de enfrentarse a lo que se llama como «singularidad tecnológica», lo que Asimov llamó el «complejo de Frankenstein» o el temor a que las máquinas nos sustituyan. Se podría establecer una clasificación de estas posturas de la siguiente manera: (a) los que piensan que la emulación y superación de nuestra mente en todos sus aspectos, no es más que cuestión de tiempo y desarrollo tecnológico. (b) Los que creen que nuestra consciencia no es posible emularse mediante una máquina, y que sólo un organismo biológico que ha pasado por un proceso evolutivo puede alcanzarla. (c) También están los que piensan que será necesario un descubrimiento importante a nivel cualitativo —que actualmente apenas se intuye— para tan solo comprender los mecanismos por los que actúa nuestra mente en su totalidad, mucho menos para emularla. (d) Y finalmente, los que piensan que aunque no sea en todos sus aspectos, la mente puede ser imitada en gran medida o en todo caso, lograr dispositivos autónomos lo suficientemente capaces como para considerarse equivalentes a los humanos.

En cuanto a la cultura popular y el resto de la sociedad, algunas personas —acostumbradas a estar en «la cima» de la cadena alimenticia— se sienten incómodas en cuanto contemplan la posibilidad de tener frente a sí a otro «ser» con similares o superiores capacidades. Temor análogo a la posibilidad de contactar con seres extraterrestres más avanzados intelectualmente o más desarrollados tecnológicamente. Esto se suma a la tendencia actual relacionada con el ciberpunk a pensar que el ser humano es sustituible, una máquina imperfecta que puede —y debe— ser superada. Y luego estamos los demás, que simplemente, sentimos verdadera fascinación por imaginar máquinas que puedan pensar, sean antropomórficos o si nos miran a través de una gran lente con tonos rojizos. El hecho de que la ciencia no tenga una explicación adecuada en sus propios términos para definir inteligencia o consciencia es lo que provoca que cada sector se incline a a favor de sus preferencias subjetivas, en función de las creencias, ideologías y en definitiva, de las distintas concepciones filosóficas que se tiene del mundo que nos rodea. 

Pensamiento, consciencia e inteligencia

Ciñéndonos exclusivamente al mundo científico y dejando a un lado en esta ocasión las respuestas basadas en explicaciones de origen místico, por simplificar, se podrían formar tres grandes grupos de científicos en función de sus ideas sobre el asunto —entre paréntesis se indica la relación con la clasificación anterior—:

El cerebro es una máquina —(a)—

Los defensores de la llamada Inteligencia Artificial «fuerte» —el resto es llamada «débil»—, postulan que el cerebro es una especie de ordenador enormemente complejo que puede ser emulado en su practica totalidad. El principal límite para alcanzar este logro sería necesitar del suficiente desarrollo tecnológico, a lo que responden con la llamada Ley de Moore y por extensión a la del crecimiento exponencial, por la cual se barajan unas fechas calculables donde mediante la tecnología se podrá superar incluso la capacidad del cerebro humano.

Este grupo se caracteriza por un gran positivismo científico, que por propia definición, tiende a ignorar todo aquello que no se puede medir. Aunque su especialidad no es la Inteligencia artificial, tal vez el científico más reconocible de esta tendencia epistemiológica es el famoso zoólogo de origen británico Richard Dawkins —prologuista de La máquina de los memes (2000), de Susan Blackmore—. Este y otros científicos y divulgadores dan forma al llamado nuevo ateísmo. Entre ellos se encuentran un tal Daniel Dennet —filósofo de la ciencia destacado en el campo de las ciencias cognitivas— y Steven Pinker —científico cognitivo y escritor—.

Sus ideas sobre nuestra mente consisten someramente en considerar que sea lo que sea ocurre dentro de nuestro cerebro, como elemento físico y circunscrito en un espacio limitado que es, ha de ser posible reproducirlo —en imitación a lo que la naturaleza ha logrado— mediante tecnología lo suficientemente avanzada —en la actualidad, técnicas computacionales llevadas al extremo—. Si bien este argumento parece aplastantemente cierto en su primera parte, tiene el problema de ignorar aspectos cuyos principios no son conocidos, y lo que se sabe de ellos arroja más dudas: conceptos como la consciencia —o la capacidad de una entidad de tener conocimiento sobre si misma y su relación con el entorno— , la intuición —o la capacidad de llegar a conclusiones útiles sin disponer de toda la información relevante—, o la capacidad de resolver problemas no computables —aquellos que ningún computador, por potente que sea, puede resolver—. A pesar de estos problemas, insisten en continuar con sus investigaciones basadas en la más pura ortodoxia científica tradicional, convencidos de que el aumento de la capacidad de procesamiento será suficiente para que aparezcan el resto.

Los «platónicos» —(b) y (c)—

Gracias a los estudios de Alan Turing y de Kurt Gödel principalmente, se conoce que hay procesos que no pueden ser emulados en ningún computador siguiendo los estándares de programación actuales. En función de este límite, otra buena parte de la comunidad científica está convencida de que nuestra mente se rige por unos principios desconocidos cuyo fundamento principal no tiene nada que ver con el de los actuales computadores basados en la Máquina de Turing. No descartan que algún día se cree algún dispositivo con capacidades de toma de decisión tan avanzadas que verdaderamente pueda coexistir con los humanos y realizar tareas que no requieran nuestra intervención. Pero en la actualidad, piensan que no se ha dado ni un solo paso en la dirección de lograr una inteligencia comparable a la humana. Asumen que inteligencia y consciencia son conceptos íntimamente relacionados, de forma que no pueden existir una sin la otra fuera de un soporte biológico. El conocido Test de Turing y experimentos mentales como la Habitación China (John Searle), sin ser concluyentes, parecen dar validez a estas suposiciones.

Lo más pintoresco de este colectivo de científicos sobre nuestra condición —con toda probabilidad, la causa principal de diferencia con el anterior— es que para ellos la intuición es un proceso que nos conecta con un plano dimensional distinto al físico, en donde residen todas las ideas en espera de que un cerebro «conecte» con ellas y las «descubra». El uso de este verbo no es arbitrario, ya que en algunos casos parece que en efecto —según este paradigma— determinados conceptos hayan estado «ahí», desde el principio de la eternidad, hasta que alguien ha dado con ellos.

Roger Penrose —también de origen británico— es el científico más conocido que muestra este parecer. En su libro La nueva mente del emperador (1991), explica cómo los fractáles aparentan «esconder» en su interior matemático estructuras complejas sorprendentes cuyas manifestaciones pueden encontrarse en la naturaleza. En su obra, argumenta que no son pocos los casos de científicos que han realizado sus descubrimientos de forma «repentina», sin realizar un proceso racional para llegar hasta ellos —por supuesto, la validación posterior fue a través del método científico—. La teoría de la mente que Penrose propone se basa en la mecánica cuántica, hoy por hoy la que parece ser la única alternativa para poder explicar el peculiar funcionamiento de nuestra mente. Si bien, para llegar a una solución satisfactoria es necesario alcanzar logros tales como desarrollar una Teoría del Todo, que haga compatibles la gravedad con la mecánica cuántica —de momento irreconciliables—. El problema de la teoría de Penrose es que es demasiado ambigua y abarca demasiado, siendo como matar moscas a cañonazos. En otra de sus obras —Lo grande, lo pequeño y la mente humana (1999)— el científico contesta a algunos argumentos de otros colegas —como Stephen Hawkins— y proporciona detalles más concretos de su teoría así como una prueba experimental para refutarla.

Isaac Asimov —(d)—

Tuvo que ser un escritor de ciencia-ficción el que señalara algunos conceptos que el mundo científico había pasado por alto, perdidos entre discusiones ideológicas y probablemente, mirándose en exceso el ombligo. Asimov era profesor de universidad, pero su prestigio —aún vigente— proviene principalmente de sus conocidas facetas de escritor y divulgador. Su interés personal no residía en la investigación científica sobre la inteligencia, aunque había escrito algunos artículos sobre los test de coeficiente intelectual.

En una ocasión le pidieron que diera una charla sobre el tema tras una cena conmemorativa, junto a otros científicos. Resulta que en aquella cena se reunían investigadores de primera talla como Marvin Minsky y Heinz Pagels, que por azares del destino se sentaron uno a cada lado del escritor de La Fundación. Minsky y Pagels continuaron ambos con una discusión que venía comenzada de una conferencia sobre computadores en la que también se encontraba John Searle. Resumidamente, Pagels era de la opinión de Searle, Penrose y compañía, mientras que Marvin Misnky defendía la postura típica de la inteligencia artificial fuerte de Dennet, Pinker y otros. Al comprobar el enorme empeño que ambos científicos ponían en sus posturas, Asimov percibió que se encontraba ante un asunto de una magnitud mayor de lo que había supuesto. Con cierta ansiedad —según relata Asimov en El Monstruo Subatómico— escuchó a ambos científicos en su acalorado debate —que discurrió literalmente «sobre su cabeza»— y con esos datos, improvisó una charla que al parecer dejó a todos con la boca abierta. El patilludo escritor argumentó que además de la inteligencia humana pueden haber otros tipos de inteligencias —naturales o artificiales—, las cuales resulta absurdo pretender identificar en base a cánones humanos —de alguna manera coincidente con lo que Stanislaw Lem suele reflejar en novelas como Solaris o Fiasco—.

En resumidas cuentas, lo importante no es imitar el funcionamiento de un dispositivo biológico como nuestro cerebro, fruto de millones de años de evolución que surgió al parecer como respuesta a la necesidad de desplazarse por la superficie. Un órgano que por una serie de factores azarosos y complicados, desarrolló posteriormente lo que conocemos como consciencia. La incomprendida serie de televisión Caprica (Moore y Eick, 2010) es de las pocas que refleja esta circunstancia: los primeros prototipos de cylones eran torpes en su interacción con el mundo físico, se tropezaban y no acertaban en sus objetivos. Al instalares un chip de última generación «meta-cognitivo» —en la serie, una nueva tecnología de computación—, lograban procesar la información necesaria para moverse por el entorno con efectividad, identificando con precisión objetivos, elaborando estrategias y ejecutándolas en la práctica. Tal vez sea posible lograr algún tipo de inteligencia no necesariamente como la humana, pero que pueda servir para su propósito. Tal y como Asimov argumenta, no es la primera vez que el ser humano crea dispositivos que no tienen igual en la naturaleza, pero son igualmente útiles a su modo, complementando lo existente. El principal ejemplo sería el invento de la rueda, cuya aplicación al transporte terrestre —entre otros— fue totalmente inédito.

Mente y Cosmos

En cualquier caso, el estudio científico de nuestra mente y de nuestra naturaleza, es un objetivo no menos interesante e igualmente válido que el de la inteligencia artificial —cuyas investigaciones pueden apoyarse mutuamente—. Sea cuál sea el camino, el resultado una vez se alcance cierto límite significará un antes y después en la historia humana —análogo al hallazgo de vida extraterrestre— cuyas consecuencias son imprevisibles. Siempre ha sido así en la ciencia. Siempre se ha tenido cierto temor o respeto a los resultados de los avances científicos. La diferencia es que ahora se tiene una idea conocida del producto resultante: un ser tan capaz como nosotros para hacer el bien, como el mal. Tal es así que hasta científicos de la talla de Stephen Hawkins han expresado su temor. Siendo como es nuestra mente el resultado de un proceso de varios millones de años, cincelado con las leyes de la termodinámica, la gravedad y la mecánica cuántica, tal vez no haya que buscar lejos las claves de la comprensión del Universo. Tal vez, tengamos primero que comprendernos a nosotros mismos.

Enlaces

  • Nuevos ‘chips cognitivos’ de IBM, cada vez más cerca del cerebro humano. Siliconweek [acceso 25-11-2014] <enlace>
  • La Singularidad no está cerca, según Paul Allen —cofundador de Microsoft y creador del Allen Institute for Brain Science—. ALT1040 [acceso 25-11-2014] <enlace>
  • El bot que logró superar la prueba de Turing. Fayerwayer. [acceso 25-11-2014] <enlace>
  • Catálogo de inventos y creaciones soñadas. El Club de los Onironautas [25-11-2014] <enlace>
  • Conciencia maquinal. Marco García Baturán. El Sitio de Ciencia-ficción [acceso 05-02-2016] <enlace>

Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 6 de diciembre de 2014
Publicado posteriormente en El sitio de ciencia-ficción el 15 de abril de 2018

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Uno de los principales enigmas a los que se enfrenta la ciencia al investigar la posibilidad de viajar en el tiempo, y que por lo tanto constituye un punto fundamental alrededor del cual giran las obras de ciencia-ficción relacionadas, es comprender qué es.

El Tiempo

La mente humana y su percepción subjetiva del tiempoEn cierta forma, el tiempo posee unas características que no son susceptibles de ser explicadas por la ciencia, ya que lo que las personas entendemos por este concepto es tan solo la forma en cómo es percibido por nuestra mente, como consecuencia de la alteración producida en ella por el paso del mismo.


El transcurrir del tiempo no es para la física más que una magnitud que interviene en la mayoría de procesos, siendo nuestra mente una parte más del mundo físico, aunque sea la parte que utilizamos para interactuar con este.
En el artículo anterior se daba una explicación de las llamadas paradojas temporales: la consecuencia teórica de lo que podría ocurrir si se realizarse un viaje en el tiempo e interferir indebidamente en la línea temporal, al alterar la misma hasta el punto de impedir que se pueda realizar el propio viaje al no existir, por ejemplo, el autor del mismo.

Cabe preguntarse entonces, si estas paradojas no podrían provocar en alguno de sus protagonistas alguna alteración en sus mentes, al desestabilizarse el proceso físico que influye en ellas. Especular sobre qué clase de vidas llevarían los inadvertidos protagonistas de un bucle espacio temporal, y cómo condicionaría este hecho en sus mentes, es un recurso de la Ciencia-Ficción poco habitual pero que ha dado sus frutos en dos películas de las llamadas, de culto:

James Cole (Bruce Willis) es un convicto con problemas de salud mental, que vive en una época en la que la humanidad, tras perecer en masa asolada a causa de un virus mortal, se ha de refugiar bajo tierra para poder sobrevivir.

En un desesperado intento por comprender las causas que originaron ese desastre y de encontrar una solución, la humanidad carente ya de algunos principios éticos fundamentales, utiliza estos convictos como «conejillos de indias» para explorar la superficie y obtener muestras. James Cole es uno de ellos, es cual es reclutado también como «voluntario» en una misión especial, gracias a la cual podrá recibir una amnistía.

Esta misión especial consiste en efecto, en probar una nueva tecnología capaz de volver al pasado, y así comprender e incluso impedir, los hechos que desencadenaron la tragedia. Lo que nadie salvo algunos de los protagonistas ha llegado a comprender del todo, es que la naturaleza y su protección cronológica lo impedirán, involucrando y causando a los personajes, unas vivencias que no comprenderán hasta que sea demasiado tarde, cuando el bucle espacio temporal se cierre y nada pueda cambiarse.

Donnie Darko (Jake Gyllenhaal), un adolescente con problemas de sonambulismo se libra de la muerte gracias a uno de sus episodios nocturnos, que le hacen salir de la habitación mientras un motor de avión venido del futuro cae sobre su habitación destrozándola. Desde ese momento, Donnie Darko experimenta visiones y alucinaciones que son diagnosticadas como esquizofrenia paranoide. Lo que no sabe nadie es que se trata en realidad de la respuesta de la mente del protagonista ante los mensajes venidos del futuro, que le instan a efectuar una serie de actos en un universo tangente, para así resolver la paradoja producida por la irrupción del motor en su universo primario.

La naturaleza, dentro de su plan maestro, aprovecha el problema mental del protagonista, acentuándolo tal vez, para introducir una serie de elementos y así evitar la paradoja. Otra forma de verlo es que la naturaleza, ante la dificultad de resolver la paradoja, acaba por alterar la mente del protagonista induciendole las paranoias pertinentes, que llevarán a la solución de la misma, conllevando su propia muerte.

El punto en común de ambos casos es que el posible origen de la enfermedad del protagonista es debida a la existencia en su línea de tiempo de un bucle espacio-temporal. Esta circunstancia, la alteración del normal trascurrir de la línea temporal, afecta de alguna manera a los objetos involucrados en ella. En estas obras de Ciencia-Ficción, se especula sobre que tipo de alteraciones se producirían y que papel juega en ellas, la mente humana.


Artículo publicado posteriormente en El Sitio de ciencia-ficción el 13 de diciembre de 2009
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