¿Cuándo no ha vivido la humanidad tiempos difíciles? Se ha acabado convirtiendo en un tópico expresar lo duros que son los tiempos y lo bien que se vivía antes. Porque cada época ha tenido sus problemas, y sus respectivas sociedades han padecido el sesgo de percibir que todo se reducía a lo que ocurría en aquel momento. Sin embargo, parece claro que han habido épocas peores que otras. La humanidad ha dado muchos tumbos de un lado para otro, con cambios culturales, religiones y revoluciones políticas con resultados diversos. Pero desde cierto momento de la historia de la humanidad y su turbulento deambular, algo podría haber cambiado respecto a épocas anteriores.
Un momento de cambio
El método científico brindó a la humanidad una herramienta para avanzar en el conocimiento de manera prácticamente constante. Es cierto que cegados por un exceso de optimismo que devenía en prepotencia, se han llevado algunas premisas demasiado lejos —la teoría mecanicista del universo, que lo concebía como un sistema de engranajes predecible, fue desafiada por la mecánica cuántica. De manera similar, los intentos por crear un sistema axiomático matemático completo fueron descartados gracias a las investigaciones de Russell y Gödel, al demostrar que era una meta inalcanzable— Sin embargo, estos episodios ocasionados por el ansia humana de certezas, lejos de ser retrocesos, demuestran la capacidad de la ciencia para autocorregirse y avanzar hacia una comprensión más profunda de la realidad.
Teniendo en cuenta todos estos factores, puede aventurarse afirmar que desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, el progreso tecnológico protagonizado sobre todo por Occidente, no lo ha sido tanto en los ámbitos morales, éticos, sociales o simplemente, humanos: guerras mundiales, desigualdad, polarización, desinformación, problemas educativos, adiciones tecnológicas, consumismo, cortoplacismo económico —obsolescencia programada, errores de previsión logísticos de alcance mundial— cortoplacismo político —falta de un plan económico que reduzca el paro o los actuales retos de transición ecológica— problemas medioambientales y problemas de salud ocasionados por el estrés que produce la incertidumbre y la falta de propósito laboral o los ocasionados por una vida sedentaria.
El estancamiento de lo humano
Es decir, mientras la ciencia y la tecnología avanzan de manera imparable, el ser humano no parece que aplique estos conocimientos en la construcción de mejores sociedades. El resultado de esta tendencia asimétrica es que la producción cultural y la sociedad, en su habitual círculo de mutua influencia, han reaccionado con unas preferencias culturales en la que la distopía ha ocupado un papel preponderante. Hasta ahora todo normal, pero se podría decir que el trasfondo destructivo de la distopía ha generado una singularidad en la que la generación de nuevas ideas ha quedado estancada. No hay más que echar un vistazo a lo que ha ocurrido desde que el pesimismo del ciberpunk hizo su aparición a finales del siglo pasado: si bien tuvo un pico de creatividad en la década final del siglo, los inicios de este dejan claro que algo ha cambiado profundamente. Y no a mejor.
Sin embargo, sobre todo este desolador panorama, coexiste desde hace décadas una producción cultural que ha resistido todos los envites de la distopía. Una producción audiovisual que se originó en el contexto de las reivindicaciones políticas de finales de la década de los 60, tal vez el último periodo de optimismo reciente. Desde entonces, ha pretendido ser el eje vehicular de la lucha contra la discriminación, contra la rigidez de ideas, contra los prejuicios, a favor de la colaboración, del trabajo en equipo, del mérito personal, sin que el ruido de las clases sociales o de la diferente biología interfieran en su reconocimiento. Efectivamente, esta serie es Star Trek.
Lamentablemente, su intento por mostrar un futuro más esperanzador para nuestra peculiar especie no ha logrado la repercusión equivalente que, en el ámbito de la cultura popular, ha cosechado esta obra de ciencia-ficción. O puede que hayamos caído también en señalar el lado negativo y no reconocer la influencia de esta serie, precursora junto a Star Wars de las franquicias mediáticas. No obstante, es inevitable señalar que esta producción parece haber divergido en relación al resto del panorama cultural, hasta el punto de ser considerada una excentricidad, una frikada, objeto de burla y menosprecio por sus colores chillones, jerga tecnológica y, especialmente, su visión optimista de la organización humana.
El optimismo como desafío
Star Trek ha vuelto al medio audiovisual, sobre todo el de la televisión, gracias al fenómeno del streaming. Sin embargo, continúa sin deshacerse de su «halo friki» a pesar de haber mejorado mucho en estética, carácter aventurero y mayor énfasis en el humor, como en la serieStar Trek: Strange New Worlds, sin descuidar temas filosóficos o humanistas. El mayor problema de la serie para cierto sector de la población no es otro, al parecer, que el optimismo. En esta producción televisiva, cuyo sistema político y económico ha sido objeto de largos y complejos estudios en los que no se va a profundizar, muestran una organización política centralizada basada en el mérito, en el que el protagonismo alcanzado es aprovechado para el propósito del colectivo al que representan, en lugar de para medrar en él.
La polarización política y el panorama que nos muestra la actualidad, hace complicado «imaginar» una situación como la que desde hace más de cincuenta años proponen en la obra creada por Gene Rodenberry, oponiéndose a dicho ruido mediático, lo que ha ocasionado que el mensaje llegue cada veza un sector más específico de aficionados y menos al «público general», ávido consumidor de distopías. Es en esta situación donde se puede observar otra «singularidad»: ¿Acaso la ciencia-ficción no consiste en imaginar caminos alternativos por improbables que parezcan? Parafraseando a Fredric Jameson, nos resulta más fácil imaginar a un replicante con sentimientos o a la Nostromo surcando el Cosmos, que la existencia de políticos decentes o que actúen en un sistema que fomente el que lo sean.
¿Hasta qué punto los prejuicios de la sociedad en un momento o época determinada permiten que los postulados en las obras de ciencia ficción se consideren «posibles»? La política no debería estar exenta de especular nuevas opciones en ese sentido. Sin embargo, se corre el riesgo de idealizar las soluciones y caer en la excesiva simplicidad de alterar nuestra genética o imponer sistemas políticos que restrinjan lo que nos define como humanos, más allá de las necesarias normas de convivencia. Más aún si esos cambios son decididos por una élite que permanece al margen, dictando qué, cómo y a quién vetar los sentimientos o libertades que nos definen como personas. Un camino que, inevitablemente, nos llevaría a la distopía.
El humanismo de Star Trek
Entonces ¿Qué postulan en Star Trek? Se puede decir que proponen justamente lo contrario a la deshumanización que suele ser habitual en las distopías: promover el espíritu humano en la mejor versión posible de nosotros. Cierto es que en la serie no se especifica en detalle cuál sería ese hipotético sistema en el que primase la colaboración y el mérito ¿Pero acaso se explican en las obras de ciencia-ficción distópica cómo las élites transfieren sus consciencias a cuerpos jóvenes o como una Matrix recrea un universo virtual en nuestras mentes dormidas? La serie no pretender tomar parte en la imposición de un modelo político concreto, sino acometer la necesidad de llegar a una solución y explorar la posibilidad de lo que se podría conseguir, especulando con su resultado.
La sociedad en Star Trek ha dejado atrás todos los vicios de hoy en día que nos lastran como la avaricia, la acumulación y el beneficio inmediato, lo que puede recordar a algunos sistemas políticos conocidos —se habla de un socialismo europeo proto-post-escasez—. No obstante, aunque en otras series y capítulos de la extensa saga se menciona que es una sociedad meritocrática a la que se ha llegado tras una guerra traumática de la que surgió un nuevo humanismo cosmológico, parece claro que es un modelo que todavía no conocemos, de la misma manera que las tribus del Paleolítico no conocían la democracia o el concepto de Estado. Porque en eso consiste la ciencia-ficción, en imaginar escenarios sin importar lo poco probables que puedan parecer en un determinado momento de la historia.
El espectador atrapado en la vorágine distópica se preguntará qué motivaciones pueden impulsar a los individuos de esa sociedad, más allá del placer inmediato que nos brinda la actualidad. Y cierto es que, si los seres humanos no pueden aprender a encontrarlas en el amor, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte o, en definitiva, en descubrir nuevos mundos y nuevas civilizaciones y atreverse a llegar a donde nadie ha llegado antes imaginando utopías políticas por descubrir, entonces, quizá, ya todo daría igual.
Hay muchas distopías. Tantas que, de hecho, en algunas ocasiones cuando se habla de ciencia-ficción se asocia de inmediato con estos escenarios donde los actuales defectos que vemos en las sociedades se han llevado al extremo. Como si imaginar escenarios futuros implicase de manera irremediable que sean peores. Hay variantes como escenarios postapocalípticos que pueden tener, sin embargo, cierto grado de optimismo, de mirada esperanzadora al futuro como la serie de televisión Estación 11. Esta es al parecer una de las pocas maneras en las que se transmite un mensaje positivo en una obra de ficción que pretenda mostrar un escenario alternativo partiendo de la realidad que conocemos. De cualquier manera, incluso en estos casos el resultado mostrado es siempre peor que la realidad actual. En definitiva, parece existir una barrera psicológica a la posibilidad de imaginar de manera realista un escenario mejor, una realidad mejor, una situación mejor, que pretenda ser una evolución, aunque ficticia e imperfecta, de la situación en la que nos encontramos. Este bloqueo se manifiesta de manera que en cuanto se muestra un escenario de estas características se define como «utópico», que suele conllevar paradójicamente un significado negativo, por asociarse con lo irrealizable. En ocasiones incluso se asocia con lo inimaginable, como si fuera una tarea imposible imaginar algo mejor que la situación actual, fuera de la mera fantasía «poco adulta» o de evasión. A menudo, la utopía resulta ser poco más que una tapadera de un oscuro y siniestro sistema con el que poco tiene que ver, de nuevo, asimilando que si algo es tan aparentemente ideal es que, en efecto, es falso, dificultando otra vez el mostrar escenarios evolucionados y realistas que se presenten como una mejora del mundo que nos rodea.
Afortunadamente —o no, según como se mire— esta situación se da sobre todo en las corrientes principales de cultura popular —o mainstream— que cuentan con el apoyo del poder establecido —establishment— ya que fuera de este ámbito, existen otras tendencias culturales que circulan en sentidos diferentes, incluso contrarios. Una de ellas es el cada vez más conocido Solar Punk. Sin ánimo de entrar en detalles que pueden encontrarse en Internet, decir que en este subgénero la tecnología avanzada no lleva el estigma de simbolizar la degradación humana amplificando sus vicios y defectos como en el Ciberpunk, sino al contrario, proveernos de los mismos servicios fundamentales que nos hagan más cómoda la vida, pero de una manera en la que se prioriza la llamada sostenibilidad, es decir, que además de cumplir con su función lo haga dentro de unos parámetros de durabilidad, eficiencia energética y emisión de residuos mínima, antes que otros como rentabilidad comercial o facilidad de fabricación para abaratar costes, sin importar a qué coste. En definitiva, usar la tecnología para hacer que la propia tecnología sea mejor desde un punto de vista de utilidad social, sin caer fácilmente en la utilidad inmediata, pero creadora a la larga de más problemas.
¿Cuál puede ser el origen de ese filtro mediático? Bien, el principal lugar donde hay que buscar es en aquellos ámbitos para los que una sociedad que imagina lugares y épocas futuras donde la mayoría de los problemas actuales no existen o están reducidos a su mínima expresión, les resulta una amenaza o un inconveniente. Efectivamente, una ciencia-ficción «utópica», o simplemente aquella que intenta trazar una ruta mental hacía un mundo mejor que el actual, emerge como una amenaza política para los responsables de dicho ámbito, sea o no su intención, al sembrar en la sociedad una esperanza realista, sólida, donde los autores han realizado un verdadero esfuerzo de especulación aun siendo en escenarios ficticios, lejos de la mera fantasía de unicornios, arco iris y gente con túnicas y flores en la cabeza. No por tener nada en contra de ellos, pero sí cuando se ofrecen como única opción frente a la distopía. Precisamente, en la serie Moonhaven especulan con un proyecto de sociedad donde se han corregido la mayoría de los problemas que han llevado a la Tierra a una situación insostenible, con la idea de aplicar dicho modelo en nuestro planeta. La serie muestra ideas interesantes, pero cae en una estética hippie estereotipada.
¿Existe esa corriente cultural centrada en la construcción de futuros viables? Sí, aunque no debe sorprendernos si no la vemos en los principales escaparates ni anunciada en los grandes medios. No se trata tampoco de la literatura utópica clásica basada en la idealización, sino de cómo se ha comentado, ejercicios de especulación elaborados. Puede que todo empezara en el 2011 con Neal Stephenson y su artículo Innovation Starvation, donde apuntaba precisamente al papel que la ciencia-ficción tiene en la construcción de esos escenarios futuristas elaborados y la paulatina pérdida del empuje creativo en ese sentido. En el artículo, Stephenson relata su participación en el foro Future Tense de la Universidad de Arizona donde a día de hoy se continúa compartiendo ideas sobre el futuro de una manera constructiva, no fatalista. En la obra Twelve Tomorrows, varios autores de ciencia-ficción se esfuerzan por mostrar distintos escenarios futuristas también alejados del catastrofismo. En España, una iniciativa similar ha surgido llamada Tecnofuturos, pero en nuestro ámbito cultural. En cuanto a literatura, la iniciativa Tiempo de Utopías, promovida por Fundación Asimov, en su 1erPremio Pragma ha logrado agrupar cuatro relatos de estas características.
Etimológicamente, utopía es el no-lugar, lo que significa que es aquello que no puede darse, que no puede existir. Efectivamente, esta definición no es muy esperanzadora y de alguna manera se configura como una de las principales trabas a la hora de imaginar un futuro mejor que el actual, no un futuro donde el principal cambio es el desarrollo tecnológico, en lugar del humano o el social. Sin embargo, un estudio antropológico ha encontrado otra definición para el no-lugar, alejada del concepto idealizado de la utopía. Un no-lugar real y visitable, donde las personas conviven de manera anónima, donde están de paso. Son también lugares sin banderas, sin fronteras y sin jerarquías. Lugares, a pesar de todo, donde las nuevas generaciones se encuentran. Tal vez el error es el intentar buscar un lugar perfectamente definido con una hoja de ruta y unas normas rígidas a seguir para mantener ese lugar soñado. Puede que la solución no sea buscar un lugar donde ir, sino un no-lugar donde estar. No imaginar lugares lejanos, para en su lugar, convertir cualquier lugar en lo que queremos. Tal vez no haya que pensar siquiera en un lugar, sino cambiarnos a nosotros para convertir allá donde estemos, en ese no-lugar que suponíamos que no podía existir.
Cuando todavía perduraban en la memoria obras como 2001: Una Odisea en el Espacio (1968) o Star Wars (1977), la sociedad tuvo que asistir al desvanecimiento de su repercusión cultural y el cambio de paradigma que supusieron cada una de ellas en sus respectivos ámbitos, tras la apisonadora que fueron Alien: el octavo pasajero (1979) y Blade Runner (1982), ambas de Ridley Scott —2010: Odisea Dos (Peter Hyams, 1984) fue una buena película pero pasó desapercibida y La Amenaza Fantasma no apareció hasta 1999—. Aún así, los últimos años del siglo pasado todavía iban a ofrecernos obras destacables en el medio cinematográfico, más allá del imparable avance de la distopía y el ciberpunk. Sin embargo, a pesar de la repercusión que tuvieron algunos de aquellos estrenos, no fueron considerados mucho más que lo que entonces se denominaba blockbuster —producciones que partían con una estética y presupuesto característicos para atraer al publico. Campañas de marketing medidas y una amplia distribución—. Pero esta circunstancia no fue obstáculo para que los responsables creativos como director y guionistas, supieran camuflar o introducir entre líneas, mensajes más complejos que incluso hoy en día hacen que superen a producciones actuales o son origen de adaptaciones, secuelas y precuelas. Es decir, supieron moverse entre las necesidades comerciales de las productoras y sus inquietudes como artistas, algo que parece que hoy en día se le atraganta a la mayoría. Pero ¿Qué tenían aquellas obras? ¿Qué era lo que las hacía especiales?
Depredador
(John McTiernan, escrita por Jim Thomas y John Thomas), 1987
Cuando se estreno esta obra, una buena parte del publico estaba acostumbrado a películas como Commando (Mark L. Lester, 1985) o la saga de Rambo (1982~2019), con Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone, tendencia a la que se sumarían otros actores en los años siguientes como Jean-Claude Van Damme en obras como Soldado Universal (Roland Emmerich, 1992). Sin embargo, el cine de acción con personajes hiper-musculados ha decaído hasta casi desaparecer —incluso el género de los superhéroes matiza esta circunstancia— mientras que la Saga Predator ha perdurado hasta la reciente precuela Predator: La presa (Dan Trachtenberg, 2022). Tal vez alguien argumente que es la tendencia a presentar protagonistas femeninas la causante de este cambio de paradigma, explicación a la que se sumarán probablemente los críticos a esta reciente entrega de la saga cuya protagonista es una mujer joven originaria de América del Norte. Sin embargo, el mensaje principal de ambas obras, común a la saga, es el mismo: prevalece la creatividad y la inteligencia frente al conservadurismo y la fuerza. En ambas obras la supervivencia se logra gracias a superar prejuicios, saber observar e identificar lo desconocido y crear nuevos paradigmas, para superar a una nueva amenaza frente a la cual las viejas soluciones ya no son útiles.
RoboCop
(Paul Verhoeven,escrita por Edward Neumeier y Michael Miner), 1987
Mucho antes de que las empresas tecnológicas tuvieran el peso que ahora tienen en el desarrollo social e incluso político, esta obra de Paul Verhoeven ya advertía de lo que podría ocurrir a la sociedad si dependiese en algunos aspectos básicos de un poder económico descontrolado cuyo principal fin es el de la mayor ganancia inmediata posible. Naturalmente que no hay robots asesinos patrullando las calles —ejem—, pero los hacinados trabajadores de empresas occidentales en China, las crisis económicas y las trágicas consecuencias que ocasionan en las economías más débiles, la enorme degradación del medio ambiente o el uso de información personal como mercancía, todo bajo la mirada distraída de los poderes políticos que de una u otra manera, acaban siendo partícipes, es bastante similar. Pero esta «predicción» no es lo más destacable de esta cinta de acción, violencia y corrupción a raudales. Su protagonista es un trabajador de a pie, un padre de familia que disfruta viendo con su hijo una serie de acción, una persona normal, un buen compañero de trabajo que tiene la desgracia de convertirse en el eslabón más débil de una situación que nunca debió ocurrir si todo fuera como pretenden que es. Sus restos acaban en el corazón de una fría máquina policial extraordinariamente capaz. Todo parece haberse perdido para él, aquel ser humano ya no está, desparecido tras fuerzas que parecen ignorar al común de la sociedad. Sin embargo, un pequeñísimo resquicio de voluntad oculto bajo los escombros de un cerebro devastado, el espíritu de un ser humano que anhela el amor y la justicia, acaba superando todas las adversidades, emergiendo de lo más profundo de una máquina para al final, ponerla a su servicio, ayudado por una programación basada en directivas que recuerdan a las Leyes de la Robótica de Asimov. Robocop es en definitiva, una historia de superación personal, de reafirmación. Es la historia de Murphy.
Tropas del Espacio
(Paul Verhoeven, guion de Edward Neumeier basada en la obra homónima de Robert A. Heinlein), 1997
De nuevo Paul Verhoeven, esta vez adaptando una obra del grandísimo Robert A. Heinlein. Por desgracia no pudimos ver las armaduras de la Infantería Móvil por falta de presupuesto, pero sí que supo transferir al medio audiovisual la sutil ironía y mordaz crítica política de la obra original, escrita en 1959, en el periodo tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, una época en la que el Occidente vencedor se creía totalmente legitimado y nadie osaba poner en duda a las democracias de dicho ámbito geopolítico. Bueno, nadie menos Heinlein, que si se distinguía por algo era por no dejar títere con cabeza cuando se ponía a dar argumentos y a presentar situaciones. Aunque escritor y director probablemente tuvieran distintas visiones políticas sobre el asunto, el resultado es en cualquier caso enriquecedor y no deja indiferente. Lo que se relata en la obra original queda magníficamente visualizado en la obra cinematográfica: en este caso, el director se apoya en las características del medio en presentar una sociedad muy influida por el ámbito mediático donde las noticias mostradas por los medios obedecen a guiones destinados a dar una apariencia a los hechos conveniente para los intereses de los responsable políticos —¿le suena a alguien esto?— En la obra se ponen también sobre la mesa cuestiones como el derecho a voto, la ciudadanía, el mérito o el esfuerzo, conceptos que hoy en día continúan sin tener un modelo apropiado o al menos, convincente, por no decir peor que entonces.
Juez Dredd
(Cómic creado por el guionista John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra), 1977
Aunque en esta ocasión se trata de un cómic en lugar de una obra cinematográfica, el motivo de incluirla es por un lado, por tratarse igualmente de una creación del siglo pasado que todavía hoy en día continua dando frutos, además de que Sylvester Stallone en el año 1995 protagonizó una adaptación (Juez Dredd, Danny Cannon). Si bien esta cinta añadía más bien poco y muchos prefieren olvidarla, lo más significativo es que propició que en el 2012 se reversionara esta vez con un resultado más que notable: Dredd (Pete Travis, 2012) nos devuelve a ese mundo masificado y criminalizado de finales de siglo pasado, para traernos a un Dredd (Karl Urban) todavía más frio que Robocop en sus inicios, pero que finalmente ha de enfrentarse a la incoherencia de un sistema que ataca los síntomas, en lugar de solucionar las causas. En Mega-City One, la presión policial ha aumentado tanto que juez, jurado y ejecutor se convierten en un único agente, solución que no parecer acarrear otra cosa más que agravar los problemas que pretende solucionar. Dredd, a pesar de ser el más rígido e implacable de los jueces, acaba comprendiendo gracias a escuchar a su compañera, novata pero extraordinaria (Olivia Thirlby), que en ocasiones es necesaria la autocritica y cuestionarse los dogmas establecidos, cuando ya no cumplen con su función. Si Dredd puede hacerlo, nosotros ¡debemos hacerlo!.
Muchas de estas obras que hoy en día son recordadas con secuelas, remakes o adaptaciones a la televisión, contribuyeron a construir la visión que hoy en día la sociedad tiene sobre sí misma. Tal vez el resultado no sea todo lo estupendo que queramos, pero si existe alguna posibilidad de que la humanidad vuelva a retomar una senda más constructiva, sin duda que sin estas obras la situación sería mucho peor. En líneas generales, a finales de siglo pasado el incipiente ciberpunk permeaba a todas las producciones culturales: corrupción, capitalismo desmedido, totalitarismos encubiertos y una relación insana entre el ser humano y la tecnología. Pero en estas obras todavía perduraba un mensaje positivo, un trasfondo optimista y una gran confianza en el espíritu humano como agente transformador.
Vivimos en una era de grandes contrastes en la que conviven en aparente tranquilidad la tecnología avanzada con la ignorancia de su funcionamiento. Los avances científicos y tecnológicos parecen detenerse en cuanto se alcanza el ámbito educativo, causando que la «brecha de conocimiento» aumente a medida que la tecnología continúa impulsada por el consumismo, sin que vaya acompañada de una adaptación en consecuencia en las escuelas. Instituciones educativas las cuales parece que permanecen al margen de unos cambios y tendencias sociales que acertados o no, ignorarlos no va a hacer que desaparezcan ni que mejoren. Igualmente, la «corrección política» de los educadores hace que estos cuestionen poco de lo que ocurre, limitándose a cumplir con un temario decidido desde arriba en la jerarquía política. Responsables que se retirarán de sus cargos públicos en las mismas compañías «privadas» que proveen de tarifas planas a los disposivos que prohíben en las clases, en lugar de usarlos como herramienta y objetivo de enseñanza. La triste y probable explicación es que la mejora de este sector no parece que suponga un interés inmediato de nadie, en un mundo donde la ganancia a corto plazo se ha convertido en una obsesión. De esta manera, mientras que la tecnología avanza lenta pero inexorable, la educación sucumbe a los pragmáticos intereses de unos pocos, dejándola anclada en el mismo modelo que surgió con la Revolución Industrial.
Estos contrastes se reflejan en la sociedad en modelos donde todo se resume a dos opciones enfrentadas e irreconciliables. Es conoccido el clásico dilema sobre si Star-Wars es fantasía o ciencia-ficción, o si es capitalista y Star-Trek es comunista, que imponen una disyuntiva de partida al personal. Esa práctica se eleva a su máximo exponente en la política, donde los numerosos ejemplos parecen formar parte de una estrategia consistente en dividir a la población, asfixiarla y confundirla de manera que nunca se está satisfecho con ninguna de las monolíticas opciones que el sistema ofrece. En una línea similar ha surgido el debate de quien tenía razón dada la actual coyuntura: Orwell o Huxley. El factor que parece inclinar la balanza hacia este último es la asimilación y disfrute de la situación hasta niveles cercanos a la adicción, en la que viven una mayoría de la población. Más pendiente de las fotos que publica el famoso de turno en Instagram que de los problemas sociales o de urbanismo de su barrio.
El desarrollo de las últimas décadas nos ha traído unas capacidades de comunicación que parecían que iban a ser una herramienta democrática donde cada individuo podía tener su página web o su blog. Sin embargo, toda esa diversidad que existía en el llamado ciberespacio ha acabado reducida a un puñado de canales centralizados en los que la información fluye sin cesar, sin oportunidad para la lectura pausada y meditada: titulares breves y llamativos, imágenes impactantes, contenidos virales en los que la veracidad es el último de los parámetros a tener en cuenta. Canales de información propiedad de empresas privadas de un único país, las cuales filtran el contenido a través de un algoritmo informático cuya finalidad es en teoría optimizar el contenido para adaptarse a la audiencia, pero el resultado es convertir a esta en objetos manipulables, en mera mercancía: desde la colecta de datos con fines publicitarios hasta influir en los resultados electorales.
Un mundo gobernado por políticos para los que los hechos no importan, sino su capacidad para convertirse en virales, cuyo lenguaje no es otro que la neolengua de Orwell. Una audiencia que sabe todo sobre como subir selfies a su perfil, pero no sabe distinguir entre los más burdos bulos y las noticias contrastadas. Una época en la que a pesar de disponer de toda la información, nadie sabe utilizarla de manera provechosa para uno mismo. Lo triste es que este autoengaño que nos destruye como sociedad es el mundo donde las generaciones siguientes van a vivir y la preparación que reciben no les evita replicar el mismo patrón autodestructivo. En definitiva, el ciberpunk del mundo actual se define por una combinación de los aspectos que con el tiempo se han demostrado más probables de entre los que Orwell, Huxley y autores como el de la novela que inspiró a la mayoría de distopías políticas de este tipo, Nosotros (Yevgueni Zamiatin, 1921). En esta obra, los habitantes viven en edificios con paredes transparentes, metáfora que se está convirtiendo poco a poco en una literalidad y como se viene diciendo, con la complicidad de las propias víctimas que se someten felices a sus cautiverios digitales. Prisiones cuyas paredes no se ven, burbujas de rejas virtuales inadvertidas por unos incautos que se creen libres sin ser conscientes que caminan por sendas preestablecidas por algoritmos de contenidos.
Así que de Huxley acabamos en la creación del gran hermano de Orwell, vigilante, que sabe cómo somos, dónde hemos estado y parece que, en breve, sabrá también donde iremos. Un Gran Hermano que camufla su totalitarismo tras las herramientas del capitalismo. Todo gracias a la magia de los nuevos gurús del big data, que cual alquimistas del medievo para un profano, convierten un entramado tecnológico y social de recolección de grandes cantidades de datos en tendencias y probabilidades. Una especie de psicohistoria versión beta al servicio del mejor postor, sea una empresa o un gobierno, al amparo de los vacíos legales. La sociedad responde con un ciberactivismo que usa las mismas herramientas con las que les vigilan. Piratas digitales que acaban contratados por las grandes corporaciones. Redes sociales que alimentan el ego y el exhibicionismo, que retroalimentan nuestras opiniones volviéndonos dogmáticos, que nos rodean de una muralla de supuestos amigos que nos impiden ver que la Internet es mucho más que el muro de tu perfil.
«Creo que hemos creado herramientas que están desgarrando el tejido social de cómo funciona la sociedad»
—Chamath Palihapitiya, ex-ejecutivo de Facebook
Nos encontramos en un círculo vicioso en el que se crean dependencias de unos productos que en el fondo no necesitamos, pero para cuyo consumo es necesaria una infraestructura tecnológica que requiere de unas materias primas que escasean, cada vez más. La buena noticia es que estamos aquí contándolo y buscando soluciones, algo que en las distopías no sería tan sencillo. En cuanto a devolver la libertad a Internet, su propio inventor —Tim Berners-Lee— ha propuesto una solución para salir de esos entornos cerrados y controlados. Sobre la escasez de recursos, hay movimientos como el solarpunk que imaginan un futuro posible donde se aprovechan los existentes sin que el entorno se vea mermado, con una actitud constructiva que huye de populismos engañosos cuyo principal argumento es la simple protesta. En España está el Movimiento Pragma, con la intención de fomentar en la cultura popular la ciencia-ficción racional y constructiva. O iniciativas como Maldita.es, un grupo de voluntarios que trabajan para señalar noticias falsas o cualquier otro tipo de divulgación errónea. Por tanto, si la solución se encuentra en alguna parte, lo imprescindible es que existan valientes que la busquen. No porque sea fácil, sino porque es necesario.
Se puede decir que la cultura popular es en alguna medida, un reflejo de la sociedad. Esta produce, fomenta y aplaude determinado tipo de obras que surgen en su seno, las cuales a su vez promueven y fomentan de nuevo otras tendencias, formando un ciclo cultural que se realimenta continuamente. El panorama resultante estará formado por un espectro de todo tipo de géneros y audiencias, sin que haya fronteras definidas en muchos de los casos y cuyos porcentajes variarán, aunque se puede afirmar sin temor a error que habrá una parte de obras de consumo rápido mayor que otras obras de culto, de autor o de un perfil más elaborado. En cualquier caso, tanto unas obras como otras cumplen con su función, cada una a su manera.
Pero la ciencia-ficción, además de constituirse como un vehículo útil y valioso para reflejar los anhelos y miedos que la sociedad del presente tiene sobre su futuro, ha sido el género que ha procurado explorar todas las posibilidades, aunque le suponga navegar contracorriente. Sin ir más lejos, el propio surgir del género fue como una advertencia a la corriente utópica y tecnólatra de la época: el Frankenstein de Mary Shelley. Desde entonces la ciencia-ficción ha sido prácticamente un «medidor» del pulso de la sociedad: desde sus inicios en la Revolución Industrial, al posmodernismo y el brutalismo de las burbujas inmobiliarias, pasando por los superheroes de las grandes crisis económicas.
La actualidad está marcada en el medio cinematográfico por la vuelta de la evasión y la utopía de la space opera de Star Wars o Star Trek, o la vuelta de las oscuras y pesimistas Alien y Blade Runner. Aunque en la televisión la oferta es mucho más variada, las mayores audiencias son para la fantasía épica de Juego de Tronos. En un mundo marcado por el maniqueísmo es habitual ceñirse a la realidad como una dualidad entre opciones: optimismo/pesimismo, utopía/distopía, evasión/realismo. La tendencia de asociar evasión con utopía y realismo con distopía, resulta casi inevitable. Muchos de los que hemos vivido los años ochenta observamos con pesar la actual situación, en la que resulta muy difícil la propuesta de futuros grandiosos sin ser tachado de infantil o ingenuo. Treinta años después de creer que la humanidad había superado por fin la amenaza nuclear, tenemos a un par de botarates amenazándose con tirar algún misil. Se ha llegado a un punto en el que no se puede ni hablar del tiempo sin que nos venga a la mente la visión de huracanes destrozando viviendas.
El pesimismo es el sentimiento habitual ante esta situación. Es la respuesta lógica y puede que hasta necesaria. Nuestra mente se prepara antes de que ocurra la catástrofe, minimizando el impacto en caso de que esta llegue. Pero aunque esta negatividad como advertencia o preparación ante lo peor tiene su utilidad, no deja de resultar agorera y nos bloquea para seguir adelante. ¿Qué otro sentimiento puede ayudarnos a procesar la situación pero con una visión de futuro más positiva?
Un policía en la luna (Tomas Gauld, 2016) es una visión nostálgica pero al mismo tiempo divertida, de la visión de futuro que se tenía en los años sesenta. Su autor se siente fascinado por esa melancolía, pero es muy critico con las actuales visiones cínicas y pesimistas enfocadas excesivamente en la parte negativa, sin recordar los grandes logros alcanzados y sin tener en cuenta los que todavía, si nos lo proponemos, se pueden alcanzar. No serán tan magníficos como habíamos imaginado antaño, pero tampoco tienen que ser catastróficos. Puede que simplemente nos haga falta algo de modestia, de humildad, recapacitar sobre los errores. Fue entonces cuando me acordé de la última película de Pixar que había visto.
Del revés (Pete Docter, Ronnie Del Carmen, 2015), es una obra de animación en la que la tristeza es una de las protagonistas, como uno de los sentimientos clave de nuestra personalidad. Lejos de ser una tragedia, las fases melancólicas son imprescindibles en nuestra evolución como individuos, y por qué no, puede que también como sociedad. Así pues, abracemosla sin remordimiento, sintámonos tristes y melancólicos por ese futuro que nunca será como imaginábamos. Lloremos por los sueños rotos, sumerjámonos en lo más hondo del pozo, porque una vez allí, el único camino es subir hacia la luz.
Se asocia la ciencia-ficción con apocalípsis, cataclismos y sociedades totalitarias y distópicas. Que duda cabe que este género ha alumbrado obras excepcionales que entran dentro de estas descripciones convertidas en verdaderos clásicos de la literatura como 1984 o ¿Un mundo feliz?. Pero otros clásicos como Fundación, Dune o Crónicas Marcianas, por citar algunos ejemplos, muestran con mayor o menor realismo, con mayor o menor optimismo, otras visiones igual o más complejas de la Humanidad combinadas con un mensaje más constructivo. El pesimismo insistente del ciberpunk ha copado la producción audiovidual de este género hasta hace muy poco, desvirtuando su concepción clásica y envolviéndolo de un aire oscuro y supuestamente «adulto», priorizando un tipo de obras concreto de ciencia-ficción —Ballard y Dick como casos más significativos— mientras que el resto del género ha quedado relegado a ámbitos minoritarios o secundarios, debiendo recurrir a las franquicias calificadas como «de frikis» ―adjetivo al que sus aficionados han acabado contribuyendo― para encontrar una aceptación mayoritaria. La implacable actualidad de las décadas recientes en las que las odiseas espaciales solo existían en galaxias lejanas, la ciencia-ficción seria y adulta debía ser apocalíptica, oscura y destructiva ¿Qué hay de justificable en esta situación? Es decir, ¿hasta qué punto es compatible un gran desarrollo tecnológico con mantener a salvo nuestro planeta o nuestra especie? ¿Estamos condenados a sucumbir finalmente a nuestros propios e inevitables defectos? ¿Tiene razón el ciberpunk?
En el optimismo de épocas anteriores no era descabellado suponer que lo próximo por venir seria una alfabetización completa de toda la población del planeta y posteriormente, una paulatina mejora en los sistemas educativos de manera que resultaba plausible postular un futuro en el que el conocimiento científico y tecnológico sería ubicuo y más que aceptable. Sin embargo en la actualidad, el desarrollo social es en la práctica inexistente y salvo en los años más recientes ―hasta el famoso bosón de Higgs― los eventos científicos del tipo «pequeño paso para el individuo pero grande para la humanidad» han brillado por su ausencia durante cuarenta años.
En las tres citas de conocidos divulgadores científicos que se mostrarán a continuación, recopiladas a lo largo de los últimos años, se puede extraer que el mundo científico parece coincidir en que la humanidad se encuentra en un momento complicado. La primera de ellas es del conocido Carl Sagan, el cual se lamentaba hace ya veinte años ―en pleno auge del posmodernismo― de la repentina parálisis cultural y científica de la sociedad, haciendo alusión a sus representantes políticos, apartado que ha empeorado notablemente desde entonces. Otro divulgador, el reconocido paleontólogo Juan Luis Arsuaga, mostraba su preocupación con la posibilidad de que la evolución —un proceso aleatorio en origen— nos haya arrastrado a una situación incoherente estando en constante contradicción con nosotros mismos.
Como resultado final de nuestra historia evolutiva conviven en cada uno de nosotros dos identidades, la individual y la colectiva. Negar la existencia de cualquiera de las dos naturalezas humanas es cerrar los ojos a la realidad. Mientras que la identidad individual nos empuja al egoísmo y a la insolidaridad, la colectiva nos puede llevar al abismo, porque nos hace fácilmente manipulables [..] ¿Será posible que algún día el ser humano pueda superar su permanente contradicción entre el individuo y el grupo? ¿Nos habrá conducido la evolución hacia un callejón sin salida?
—Juan Luis Arsuaga (El collar del neandertal)
Por último, José Luis Pinillos expone en La Mente Humana (1969) que una ciencia y tecnología cada vez más ubicuas y poderosas, son gobernadas sin embargo por el mismo ser igualmente frágil e inestable que vive dentro de nosotros desde hace miles de años. Un ser que ante una evolución biológica estancada tiene la obligación de evolucionar culturalmente ya que de lo contrario, será probablemente incapaz de evitar que el ser irracional que todavía llevamos dentro cometa una imprudencia que en esas circunstancias, sería catastrófica.
Por si fuera poco, si bien un arma se construye desde el primer momento con intención destructora, con otras tecnologías no se advierte tan fácilmente a partir de qué momento se convierten en perjudiciales. Todos aplaudimos los potentes dispositivos que llevamos en nuestros bolsillos, sin embargo, un mal uso que nadie se preocupa con eficacia en advertir —mucho menos en prevenir— puede ser origen de aislamiento social o convertirse en adicción, al estimular hábitos que hasta ese momento permanecían «aletargados». La tecnología, el marketing y las tarifas planas, nos permiten llevar nuestras aficiones hasta extremos que nunca antes podían imaginarse. Una multi-tarea continua que nos consume, a nosotros como individuos y al resto del planeta.En este escenario, el único límite sería nuestro autocontrol, capacidad que los sistemas educativos oficiales solo recuerdan cuando se trata de ser sumisos y obedientes ciudadanos.
Amigo Daneel, ya he dejado de maravillarme ante la capacidad de la mente humana de mantener dos emociones opuestas simultáneamente. Me limito a aceptarlo —R. Giskaard Reventlov
Se puede concluir por tanto que el peligro es real. En este caso la ciencia-ficción nos advierte con todo el sentido. No se trata de simples fantasías, sino escenarios construidos con detalle cuyas ficciones obedecen a un propósito determinado.
1ª parte: el techo evolutivo
En la obra de Arthur C. Clarke es recurrente suponer que nuestro espontáneo y aleatorio proceso evolutivo está vigilado por alguna especie de seres superiores que de vez en cuando dan algún empujoncito por aquí o por allá para ir desencadenando y corrigiendo cosas. Además de la conocida 2001: Una Odisea del Espacio, en El Fin de la Infancia (1953) su autor postula con que una especie alienígena nos visita para «corregir» el rumbo de nuestra especie, la cuál se encuentra al borde de su autodestrucción al desarrollar tecnologías cuyo poder no ha aprendido a controlar. Los overlords o «superseñores», como se les llama en la obra, han de que actuar... de nuevo, con resultados preocupantes. La Utopía, un lugar donde no hay guerras, ni hambre, ni injusticia, es sin embargo un lugar intelectualmente yermo, sin arte, sin genio, sin ciencia ¿somos incompatibles con un futuro idílico? ¿es el sino de la humanidad vivir en constante enfrentamiento para poder manifestar nuestro potencial? Otra visión sobre este asunto es la de Isaac Asimov en su obra El fin de la Eternidad, en la que se advierte de las consecuencias negativas que una sobreprotección pueden tener sobre el brillo y genio de la humanidad, un aspecto que los guardianes de La Eternidad no habían tenido en cuenta.
La Humanidad como un virus
Matrix —junto con Blade Runner, Neuromante y otras obras, cada una en su ámbito— es uno de los citados ejemplos a destacar de esa visión pesimista y negativa de nuestro futuro, base y seña de identidad del ciberpunk. El agente Smith mantiene una definitoria conversación con Neo que sienta algunas bases del mensaje de la famosa saga de los Wachowsky: por un lado, la necesidad de nuestra especie de vivir en un entorno hostil y precario, como un recuerdo atávico del mundo en el que se desarrolló y evolucionó, configurándose como hoy conocemos. A consecuencia, se carece de capacidad de autocontrol, siendo dicho entorno el único límite a nuestros excesos. Nos abandonamos arruinándolo todo a nuestro alrededor hasta lograr el paisaje apocalíptico que este tipo de ciencia-ficción no deja de advertir, hasta el punto tal vez de convertirse en profecía autocumplida. La humanidad acaba convertida en una plaga vírica, una masa sin mente que inunda y consume todo aquello allá donde se establece.
Señales
La actualidad nos ofrece algunos indicios que alertan de la posibilidad de que estemos ya inadvertidamente, en una distopía. Signos que estaban ya presentes en las obras de ciencia-ficción mencionadas. Tal y como se relata en la recreación de una hipotética conversación entre George Orwell y Aldous Huxley —basada en la obra de Neil Postman (Divertirse hasta morir, 2013) y los dibujos de Stuart McMillen— parece que es el creador de ¿Un mundo feliz? el que más acierto tuvo al especular sobre las formas de tener controlada a la sociedad. Algunas de estas evidencias, tal vez discutibles para algunos, serían: redes sociales que fomentan la procrastrinación y —paradójicamente— el aislamiento social; inteligencia artificial y robots que nos sustituyen paulatinamente y sin control sobre su ética de proceder; perdida continua del derecho a la privacidad, sistemas políticos infestados de mediocres y corruptos que sin embargo, manejan una increíble cantidad de información vital sobre la sociedad lo que les permite manipularla a su antojo, en su propio beneficio y en perjuicio de la misma, al servicio de corporaciones transaccionales más poderosas que los propios Estados; falta de control y límite a la destrucción del medio ambiente; terrorismo internacional al alcance de la misma tecnología que crea una brecha de injusticia entre primer y tercer mundo; falta de formación científica, falta de formación humanística y filosófica, falta de educación cívica a todos los niveles y una capacidad intelectual de la sociedad en paulatina disminución, tragedia predicha con mucho sarcasmo en Idiocracia(Mike Judge, 2006)
2ª parte: el optimismo en la ciencia-ficción
Frente a este escenario se encuentra una ciencia-ficción que poca gente de entre los más jóvenes reconocen hoy en día. Gestada a mediados del siglo pasado, confundida por la space ópera galáctica y el frikismo trekkiano, relegada al ostracismo por el postmodernismo y sepultada bajo la «oscuridad» que ha llegado hasta nuestros días ¿Cuál es el sentido de este tipo de ciencia-ficción? ¿es un entretenimiento infantil, sobre un mundo irreal y fantasioso? Este tipo de ciencia-ficción dejó de tener interés a pesar del esfuerzo que pusieron muchos autores en diversos medios para convertirse progresivamente en sinónimo de paisajes apocalípticos, quedando el resto relegada a ámbitos minoritarios o a «cosas de frikis». Sin embargo, algunos autores como Neal Stephenson, Neil Gainman o incluso el propio George R.R. Martin, advierten que la ciencia-ficción que imagina soluciones en lugar de problemas es completamente imprescindible, y que hay que recuperarla, para hacer frente al desánimo y favorecer el estímulo. Sorprendentemente, el escenario parece que está cambiando en los últimos tiempos ya que a pesar de existir todavía muchos problemas, las buenas noticias sobre nuevas soluciones para explorar el espacio y colonizar la Luna o Marte —¡¡incluso Venus!!— o soluciones médicas sobre prótesis humanas controladas mentalmente, parecen indicar que mantener la constancia acaba proporcionando frutos gratificantes, a pesar de los constantes tropiezos y adversidades.
El segundo principio de la termodinámica indica que el nivel de desorden tiende a aumentar en todo sistema cerrado. El único límite a este fenómeno es la presencia de alguna influencia externa al sistema o la emergencia de algún orden espontáneo como consecuencia del azar, tal y como sucede en algunos sistemas caóticos. Dicen que la vida es uno de estos fenómenos, un orden surgido del caos en un universo condenado al desorden. Según el mito bíblico, los humanos fuimos expulsados del paraíso, de la utopía en la que el orden es eterno. Esta mitología evidencia que en verdad el problema es tan viejo como nuestra especie. Desde hace miles de años que los humanos hemos de trabajar duro todos los días para salir adelante —bueno, todos no, me temo— pero lo que hace distinta la situación a la que nos acercamos peligrosamente es que se ha logrado un desarrollo tecnológico de tal calibre que manejados incorrectamente por ejemplo, la energía nuclear, la inteligencia artificial o la biotecnología, puede provocar más destrozos que mejoras. La tozuda realidad ha demostrado que precisamente por simple dejadez, algún desastre acaba ocurriendo tarde o temprano, debido a la mala costumbre de los humanos de complicarnos la vida. Seres habitantes de un universo de cuya entropía creciente somos víctimas. O tal vez no.
3ª parte: ¿un único camino?
Una de las premisas habituales de las películas sobre invasiones alienígenas para justificar su hostilidad, consiste en suponer que toda civilización avanzada tiende a someter y esclavizar sistemáticamente a las menos desarrolladas tecnológicamente. Pero, también es conocida la tendencia a mirarnos el ombligo y a creer que todo el universo va a hacer lo mismo que nosotros en cualquier circunstancia. Tampoco ha de suponerse como una norma fija que lo que ha ocurrido en el pasado va a tener que suceder de igual manera en el futuro. Parece cierto asumir que desde que la humanidad se convirtió en sedentaria, las disputas por los territorios y sus recursos han condicionado un modelo de expansión basado en la conquista y esclavización, factor que podría considerarse común a la mayoría de culturas del globo. Pero, ¿se puede extrapolar indefinidamente en el tiempo este paradigma? ¿no es posible postular con un punto de inflexión equivalente a las revoluciones culturales como las que han ocurrido en otros ámbitos clásicos como el greco-latino, la Ilustración o incluso la Revolución Industrial? —a pesar de ser fuente de los problemas medioambientales actuales, también es cierto que este periodo ha traído más prosperidad a nuestra especie que ningún otro anteriormente— ¿acaso el mismo desarrollo tecnológico que puede producir una singularidad tecnológica no puede ser también origen de un cambio de paradigma socio-cultural en nuestra especie?
el avance tecnológico de una civilización trae aparejado una disminución y finalmente un abandono de la violencia
—Jill Tarter (SETI)
La Llegada(Denis Villeneuve, 2016) es una película atípica en el sentido que otorga una importancia a las humanidades mayor que a las ciencias físicas, las cuales han tenido tradicionalmente una atención mayor en el género. Aunque este aspecto tal vez lo lleva demasiado lejos, no obstante, la obra del director canadiense ha suscitados algunos debates interesantes sobre las consecuencias de un contacto alienígena: salvo el caso poco probable pero posible de una especie nómada que vaga por el espacio en busca de recursos —Independence Day— la comunidad científica piensa que un aumento de tecnología implica una disminución de la violencia, hasta incluso su desaparición. La lógica de este argumento resulta en el fondo aplastante: una civilización que no desarrolla una sociedad madura y equilibrada está condenada a sucumbir bajo el poder de su propia tecnología. De esta manera los escenarios más coherentes en este sentido son —además del citado— tanto las distopías en las que se ha consumado una total o parcial destrucción del medio ambiente terráqueo —Blade Runner— como por el contrario, aquellas en las que la humanidad viaja a las estrellas con confianza y arrojo —Star Trek—. Quedarían fuera de esta clasificación obras como la saga de Alien o Avatar, donde la avanzada tecnología, las carencias educativas y el desprecio por el medio ambiente conviven, inexplicablemente, sin aparente problema.
El Reloj del Apocalípsis
Siendo igualmente válidas ambas posturas, es la optimista sin embargo la verdaderamente imprescindible ya que como se ha visto, el desorden se adviene sin esfuerzo y es el orden el que hay que estimular continuadamente. La cuestión es ¿qué hace falta para lograr dar ese paso que nos falta? ¿el Reloj del Apocalípsis avanza inexorable hasta nuestro Juicio Final o se logrará detener, incluso invertir, la cuenta atrás? Para perder nuestro tiempo abandonándonos, no hacía falta haber aparecido sobre la faz de un pequeño planeta rocoso en la tercera órbita de una estrella amarilla de tamaño medio. En Star Trek: Más Allá (Justin Lin, 2016) parecen haberse planteado la misma pregunta. En ella, los tripulantes de la Enterprise se enfrentan al enemigo que simboliza su pasado ―nuestro futuro inmediato― mientras que sus protagonistas pertenecen a una nueva era de la civilización en la que se ha superado por fin el paradigma comentado al inicio: el uso de los mismos motivos de siempre como excusa para repetir una y otra vez, las mismas guerras.
4ª (y última) parte: caminando hacia algún lugar
Lo que no me mata, me hace más fuerte
—Friedrich Nietzsche (1844-1900)
Tal vez el principal problema de la humanidad es que se enfrenta a una situación paradójica provocada por sus propias características como especie. Se podría decir de manera muy resumida que al mismo tiempo que el ser humano modifica su entorno para que sus necesidades más perentorias queden completamente satisfechas, la falta de estas provoca sin embargo el acomodamiento y el excesivo nihilismo de la sociedad. A su vez, el sistema de mercado alimenta de manera cada vez más «eficiente» gracias a la tecnología la satisfacción del resto de necesidades, tanto reales como inventadas para la ocasión, realimentando el sistema y entrando en un bucle de acoplamiento que de no cortarse, nos llevaría al conocido escenario apocalíptico. Aunque la situación parece estar bastante complicada, existen algunos ejemplos que muestran que es posible alcanzar algún tipo de control sobre ella. Ciñéndose a los hechos para no repetir argumentos oídos anteriormente y que puede que resulten manidos, en el ámbito de los países del norte de Europa se pueden encontrar algunos logros notables en materia social, política, educativa y cultural, que vendrían a demostrar que hay mucho margen de mejora hacia donde encaminarse:
Un sistema educativo (Finlandia) basado en la cooperación en lugar de la autoridad y que responsabiliza a los alumnos al mismo tiempo que les da más poder de decisión.
Sistemas judiciales que simplemente funcionan (Dinamarca) y que seguramente como consecuencia hace que sus niveles de corrupción estén completamente contenidos.
Economías inclusivas y con poca desigualdad social (Noruega) con las que se alcanzan niveles máximos de desarrollo humano.
Políticas de sanción, rehabilitación y reinserción social tan efectivas que lleva incluso a tener que cerrar cárceles (Suecia).
Pero no significa que sean perfectos. Problemas como tasas de suicidio (Finlandia) relativamente elevadas comparadas con el entorno mediterráneo —aunque aún por debajo de países como China o Rusia— o también, el efecto negativo de políticas sociales que con la intención de aumentar la independencia del individuo alejándolo de un entorno familiar limitador (Suecia) han obtenido sin embargo algunos efectos indeseados como soledad o aburrimiento.
Lo importante de Star Trek no es la tecnología sino la noción de humanidad común y la confianza en nuestra habilidad para resolver problemas
—Barack Obama
La Utopía, entendida como un lugar en donde no existen los problemas, es en el universo que conocemos tan imposible como perjudicial para nuestra naturaleza ¿Significa esto que necesitamos vivir en el entorno hostil que recriminaba el agente Smith de Matrix? ¿nos gustan los problemas como dice la canción? Depende de cómo quiera verlo cada uno, pero siendo inevitable la existencia de problemas a los que enfrentarse, el momento en que nos sentimos verdaderamente realizados y satisfechos, cuando sale a relucir lo mejor de nuestra especie, es resolviéndolos.
[Esta entrada se comenzó a escribir el 28 de Febrero y fue publicada el 12 de mayo de 2017 en este blog y posteriormente en Planetas Prohibidos]