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¿Cuándo no ha vivido la humanidad tiempos difíciles? Se ha acabado convirtiendo en un tópico expresar lo duros que son los tiempos y lo bien que se vivía antes. Porque cada época ha tenido sus problemas, y sus respectivas sociedades han padecido el sesgo de percibir que todo se reducía a lo que ocurría en aquel momento. Sin embargo, parece claro que han habido épocas peores que otras. La humanidad ha dado muchos tumbos de un lado para otro, con cambios culturales, religiones y revoluciones políticas con resultados diversos. Pero desde cierto momento de la historia de la humanidad y su turbulento deambular, algo podría haber cambiado respecto a épocas anteriores. 

Un momento de cambio

El método científico brindó a la humanidad una herramienta para avanzar en el conocimiento de manera prácticamente constante. Es cierto que cegados por un exceso de optimismo que devenía en prepotencia, se han llevado algunas premisas demasiado lejos —la teoría mecanicista del universo, que lo concebía como un sistema de engranajes predecible, fue desafiada por la mecánica cuántica. De manera similar, los intentos por crear un sistema axiomático matemático completo fueron descartados gracias a las investigaciones de Russell y Gödel, al demostrar que era una meta inalcanzable— Sin embargo, estos episodios ocasionados por el ansia humana de certezas, lejos de ser retrocesos, demuestran la capacidad de la ciencia para autocorregirse y avanzar hacia una comprensión más profunda de la realidad.

Teniendo en cuenta todos estos factores, puede aventurarse afirmar que desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad, el progreso tecnológico protagonizado sobre todo por Occidente, no lo ha sido tanto en los ámbitos morales, éticos, sociales o simplemente, humanos: guerras mundiales, desigualdad, polarización, desinformación, problemas educativos, adiciones tecnológicas, consumismo, cortoplacismo económico —obsolescencia programada, errores de previsión logísticos de alcance mundial— cortoplacismo político —falta de un plan económico que reduzca el paro o los actuales retos de transición ecológica— problemas medioambientales y problemas de salud ocasionados por el estrés que produce la incertidumbre y la falta de propósito laboral o los ocasionados por una vida sedentaria.

El estancamiento de lo humano

Es decir, mientras la ciencia y la tecnología avanzan de manera imparable, el ser humano no parece que aplique estos conocimientos en la construcción de mejores sociedades. El resultado de esta tendencia asimétrica es que la producción cultural y la sociedad, en su habitual círculo de mutua influencia, han reaccionado con unas preferencias culturales en la que la distopía ha ocupado un papel preponderante. Hasta ahora todo normal, pero se podría decir que el trasfondo destructivo de la distopía ha generado una singularidad en la que la generación de nuevas ideas ha quedado estancada. No hay más que echar un vistazo a lo que ha ocurrido desde que el pesimismo del ciberpunk hizo su aparición a finales del siglo pasado: si bien tuvo un pico de creatividad en la década final del siglo, los inicios de este dejan claro que algo ha cambiado profundamente. Y no a mejor.

Sin embargo, sobre todo este desolador panorama, coexiste desde hace décadas una producción cultural que ha resistido todos los envites de la distopía. Una producción audiovisual que se originó en el contexto de las reivindicaciones políticas de finales de la década de los 60, tal vez el último periodo de optimismo reciente. Desde entonces, ha pretendido ser el eje vehicular de la lucha contra la discriminación, contra la rigidez de ideas, contra los prejuicios, a favor de la colaboración, del trabajo en equipo, del mérito personal, sin que el ruido de las clases sociales o de la diferente biología interfieran en su reconocimiento. Efectivamente, esta serie es Star Trek.

Lamentablemente, su intento por mostrar un futuro más esperanzador para nuestra peculiar especie no ha logrado la repercusión equivalente que, en el ámbito de la cultura popular, ha cosechado esta obra de ciencia-ficción. O puede que hayamos caído también en señalar el lado negativo y no reconocer la influencia de esta serie, precursora junto a Star Wars de las franquicias mediáticas. No obstante, es inevitable señalar que esta producción parece haber divergido en relación al resto del panorama cultural, hasta el punto de ser considerada una excentricidad, una frikada, objeto de burla y menosprecio por sus colores chillones, jerga tecnológica y, especialmente, su visión optimista de la organización humana. 

El optimismo como desafío

Star Trek ha vuelto al medio audiovisual, sobre todo el de la televisión, gracias al fenómeno del streaming. Sin embargo, continúa sin deshacerse de su «halo friki» a pesar de haber mejorado mucho en estética, carácter aventurero y mayor énfasis en el humor, como en la serie Star Trek: Strange New Worlds, sin descuidar temas filosóficos o humanistas. El mayor problema de la serie para cierto sector de la población no es otro, al parecer, que el optimismo. En esta producción televisiva, cuyo sistema político y económico ha sido objeto de largos y complejos estudios en los que no se va a profundizar, muestran una organización política centralizada basada en el mérito, en el que el protagonismo alcanzado es aprovechado para el propósito del colectivo al que representan, en lugar de para medrar en él.

La polarización política y el panorama que nos muestra la actualidad, hace complicado «imaginar» una situación como la que desde hace más de cincuenta años proponen en la obra creada por Gene Rodenberry, oponiéndose a dicho ruido mediático, lo que ha ocasionado que el mensaje llegue cada vez a un sector más específico de aficionados y menos al «público general», ávido consumidor de distopías. Es en esta situación donde se puede observar otra «singularidad»: ¿Acaso la ciencia-ficción no consiste en imaginar caminos alternativos por improbables que parezcan? Parafraseando a Fredric Jameson, nos resulta más fácil imaginar a un replicante con sentimientos o a la Nostromo surcando el Cosmos, que la existencia de políticos decentes o que actúen en un sistema que fomente el que lo sean.

¿Hasta qué punto los prejuicios de la sociedad en un momento o época determinada permiten que los postulados en las obras de ciencia ficción se consideren «posibles»? La política no debería estar exenta de especular nuevas opciones en ese sentido. Sin embargo, se corre el riesgo de idealizar las soluciones y caer en la excesiva simplicidad de alterar nuestra genética o imponer sistemas políticos que restrinjan lo que nos define como humanos, más allá de las necesarias normas de convivencia. Más aún si esos cambios son decididos por una élite que permanece al margen, dictando qué, cómo y a quién vetar los sentimientos o libertades que nos definen como personas. Un camino que, inevitablemente, nos llevaría a la distopía.

El humanismo de Star Trek

Entonces ¿Qué postulan en Star Trek? Se puede decir que proponen justamente lo contrario a la deshumanización que suele ser habitual en las distopías: promover el espíritu humano en la mejor versión posible de nosotros. Cierto es que en la serie no se especifica en detalle cuál sería ese hipotético sistema en el que primase la colaboración y el mérito ¿Pero acaso se explican en las obras de ciencia-ficción distópica cómo las élites transfieren sus consciencias a cuerpos jóvenes o como una Matrix recrea un universo virtual en nuestras mentes dormidas? La serie no pretender tomar parte en la imposición de un modelo político concreto, sino acometer la necesidad de llegar a una solución y explorar la posibilidad de lo que se podría conseguir, especulando con su resultado. 

La sociedad en Star Trek ha dejado atrás todos los vicios de hoy en día que nos lastran como la avaricia, la acumulación y el beneficio inmediato, lo que puede recordar a algunos sistemas políticos conocidos —se habla de un socialismo europeo proto-post-escasez—. No obstante, aunque en otras series y capítulos de la extensa saga se menciona que es una sociedad meritocrática a la que se ha llegado tras una guerra traumática de la que surgió un nuevo humanismo cosmológico, parece claro que es un modelo que todavía no conocemos, de la misma manera que las tribus del Paleolítico no conocían la democracia o el concepto de Estado. Porque en eso consiste la ciencia-ficción, en imaginar escenarios sin importar lo poco probables que puedan parecer en un determinado momento de la historia.

El espectador atrapado en la vorágine distópica se preguntará qué motivaciones pueden impulsar a los individuos de esa sociedad, más allá del placer inmediato que nos brinda la actualidad. Y cierto es que, si los seres humanos no pueden aprender a encontrarlas en el amor, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte o, en definitiva, en descubrir nuevos mundos y nuevas civilizaciones y atreverse a llegar a donde nadie ha llegado antes imaginando utopías políticas por descubrir, entonces, quizá, ya todo daría igual.

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Logo y créditos iniciales de 'Star Trek: Discovery'

Desde hace 55 años que Star Trek o Viaje a las Estrellas viene mostrándonos que lo importante no es alcanzar un horizonte lejano y utópico, sino que el objetivo es el propio viaje al recorrerlo. Un camino que la Humanidad viene realizando en su lento deambular alrededor del Sol, tropezándose continuamente con sus inevitables defectos. La Star Trek original, conocida como TOS (Trek Original Series), nos mostraba a una tripulación interdisciplinar, interracial y en la que el género no era tan siquiera un asunto del que se hablara. Su autor, Gene Rodenberri, no pretendía mostrar un futuro en el que no hubiera problemas, sino uno en el que la Humanidad sabía enfrentarse a ellos como equipo, como colectivo. Desde entonces, aquella pretensión ha ido sufriendo desgaste ante el roce con el resto de la producción cultural, obsesionada con la reproducción mimética de los problemas del presente, extrapolados y llevados a sus consecuencias más exageradas, asumiendo que no hay nada que hacer al respecto y prácticamente, convirtiéndose en profecía autocumplida.

Star Trek Next Generations (TNG) estiró la idea inicial y permitió que la saga alcanzara el fin de siglo, pero su importante ―aunque limitado― aporte de nuevas ideas, quedó parcialmente oculto tras la repetición de los mismos clichés de décadas anteriores. Esto hizo que los acontecimientos del siglo entrante se la llevaran por delante. Star Trek dejó de existir a pesar del intento fallido —para algunos— de Enterprise. Antes de esto, un suceso iba a señalar una circunstancia que actualmente, más de dos décadas después, continua definiendo nuestro día a día —pero en el mal sentido—: en un buen intento por mantener la saga viva, Espacio Profundo Nueve mostraba otra visión del universo Trek, pero fue entonces cuando el fenómeno social por el cual alrededor de un concepto cultural se creaba una legión de seguidores y constituía su éxito, comenzó a desvelar un oscuro aspecto: un sector de la comunidad de aficionados de la franquicia «entregados» a la causa trekkie y aferrados al concepto original, no lo asimilaron y lo consideraron como algo cercano a una herejía, una traición al «espíritu» de la saga. Lo paradójico de todo este asunto es que ocurría sobre una idea que pretendía que la humanidad fuera flexible, tolerante, comprensiva y se adaptara a los tiempos para resolver los problemas, no para crear otros nuevos. Una contradicción que viene persiguiendo a la humanidad desde que comenzó a caminar. Espacio Profundo Nueve era una historia ambientada en el mismo universo, pero en una situación diferente, por lo que la respuesta y la acción de los personajes no tenía porque ser la misma que la de TOS. Sí debía de ser, no obstante —y así de hecho cumplía la serie— la filosofía subyacente con la que se manejaban las situaciones, que en este caso no eran insondables misterios de zonas desconocidas del universo, sino de la convivencia de varias razas enfrentadas entre si en un área fronteriza del estado político formado por la Federación de Planetas. Efectivamente, en el universo imaginario creado alrededor de la saga original, no todo el mundo embarcaba en misiones de cinco años a lugares donde nadie había llegado antes.

Tras el cambio de paradigma en el mundo audiovisual, con el mítico reinicio de la saga Battlestar Galactica, faltaba que esta transformación cultural alcanzase al universo trekkie. Y así parecía ser cuando se anunció que una nueva serie ambientada en dicho universo iba a aparecer: Star Trek: Discovery. Ya desde el principio avisaron que cambiarían el foco: la serie no estaría centrada en el capitán, y que sería mujer. Es decir, no solo desafiaban la inercia cultural de presentar como protagonista a un hombre, sino que también se pretendía desafiar al propio concepto de orden jerárquico, y por consiguiente, al concepto de meritocracia, fundamental en el universo de Star Trek y objeto de gran controversia hasta nuestros días. Esta declaración de intenciones era un aviso de lo que iba a venir.

La protagonista

Michael Burnham (Sonequa Martin-Green) en el puente de mando de la 'Discovery'

Una mujer, de raza negra ocupando posiciones inferiores en la jerarquía organizativa. Además, engreída, prepotente, desafiante, insubordinada, sabelotodo y con necesidad de ser continuamente el centro y creer que de ella depende la responsabilidad, le corresponda o no, de salvar a todo el mundo. Alguien podrá pensar que estoy siendo despectivo, racista, misógino y puede que un montón de cosas más. En estos términos se han estado dando divisiones entre los aficionados, protagonizando discusiones polarizadas al máximo, desgraciadamente, tan clásicas y que tanto abundan en estos días. Los aficionados se culpan unos a otros, no por lo que piensan sobre la obra, sino por el mero hecho mismo de pensar algo diferente a «lo correcto», que suele coincidir curiosamente con lo que le conviene a cada uno. En definitiva, verdaderas aberraciones a estas alturas de siglo. Volviendo al tema, al parecer, pocos han pensado en la posibilidad de que los creadores de la serie hayan puesto a esta protagonista así, intencionadamente, con esa personalidad y esas características. Y tendría sentido y sería coherente con lo que se ha visto en la saga: Michael Burnham (Sonequa Martin-Green) está desde los inicios moviéndose en el terreno de lo ilegal, lo irresponsable y lo temerario, por lo que no logra ser comandante hasta... ¡la cuarta temporada! El único que confía en ella resulta ser un intruso de un universo paralelo «oscuro» ―un clásico de la saga, sin embargo, tal vez la parte más incoherente―. Su hermano, nada menos que Spock (Ethan Peck), la define con precisión y hasta que él aparece nadie la pone en su sitio ―lo que repetiría el Almirante de la flota en la 3ª temporada― confirmando que su hermana es realmente así, no es que nosotros seamos «malos» por pensarlo. Discovery, continuando con la filosofía del universo Trek, nos hace enfrentarnos a nuestros prejuicios y nos obliga a replantear que incluso la gente que pueda parecernos impertinente en un principio, merece también una oportunidad.

La jerarquía y los roles

Sylvia Tilly (Mary Wiseman)

El concepto de meritocracia en Star Trek ha sido siempre una de sus importantes señas identitarias al desafiar los conceptos establecidos en su época. Sin embargo, su tratamiento era implícito en el propio planteamiento de la serie. Es decir, en raras ocasiones se hacía alusión a ello de manera explícita. De ocurrir, era normalmente cuando entraban en contacto con otra cultura y surgía algún conflicto que nuestros héroes de la Enterprise tenían ya superado. Algo que actualmente, en nuestra cultura, no se ha logrado. Con todo, TOS podría decirse que adolecía, desde este punto de vista, de haber sucumbido a colocar como foco del protagonismo a un varón caucasiano heterosexual como máxima autoridad. De hecho, según se cuenta, la intención inicial era la de colocar a una mujer de capitán, lo que lograron con Star-Trek: Voyager —incluso pusieron en TNG de comandante hasta... ¡un calvo!—. Probablemente, la circunstancia de necesitar adaptarse a los prejuicios de la época era y ha sido un freno. Es decir, nos encontramos ante la paradoja —otra— de intentar ofrecer un producto que rompa con esos prejuicios para ofrecérselos a una necesaria audiencia que está dominada por ellos. Pues bien, exactamente el mismo problema se tiene en nuestros días. Unos prejuicios diferentes, por lo que —y una vez más siguiendo con la misma intención de la serie original— Discovery pretende romper con una parte de ellos también ofreciendo un producto diferente, porque el público y la situación, no son las mismas. Por eso, se ha llegado a ver en la serie a una chica rellenita, la teniente Sylvia Tilly (Mary Wiseman) —¡pelirroja, que escándalo!— al frente de una nave estelar.

Los géneros

Doctor Hugh Culber (Wilson Cruz)

Los roles de género, llamando así a las tendencias, afinidades y roles en las relaciones en las que el sexo biológico es tan solo una de las variables, han sido otro de los asuntos que, dado su relevancia en el funcionamiento social, ha tenido su parte importante de tratamiento en la saga. Pero claro, de aquella Uhura, tan hermosa como absolutamente eficiente en su trabajo, en la que tras una hora de capítulo una mujer de raza negra trabajaba a la misma altura que cualquier otro componente de la tripulación sin que nadie dijera nada, ni a favor ni en contra ya que daba igual su sexo, raza o lo que fuera; a dedicar un capítulo entero varias décadas después para tratar de forma explícita lo mismo, uno se da cuenta de que algo no funciona. Que si gays, que si trans, todo debe de tener su capítulo, su personaje y su trama bien evidente para que se vea clarito que los trekkies son muy guais y tolerantes. Esto no significa que en TOS no hubieran capítulos explícitos hasta casi la parodia, pero no era la norma y parecía tener una mayor justificación en el guión. En Discovery hay un romance gay protagonizado por el teniente científico Paul Stamets (Anthony Rapp) y el médico de a bordo, Dr. Hugh Culber, cuyo interprete Wilson Cruz lo define así:
«no es como si estuviéramos teniendo un episodio especial de dos horas sobre las relaciones homosexuales en el espacio. No es eso. Simplemente están enamorados y resultan ser compañeros de trabajo»

Es decir, que sean pareja no es más que una circunstancia como tantas otras, y las consideraciones sobre la relación en sí quedan embebidas dentro de la trama, como algo absolutamente habitual. Además, por primera vez se introduce una pareja transgénero y «no-binaria» —confieso que era la primera vez que oía hablar de este rol de género, así que en mi caso ya han logrado algo. Eso sí, la pareja que forman sigue siendo binaria, es decir, de dos—. Están interpretados por Blue del Barrio y Ian Alexander cuyos personajes así como los actores en la vida real, usan pronombres neutros. Hay que señalar que no obligan a nadie a usarlos, simplemente piden a las personas de confianza que se dirijan a ellos de esa manera —sin apuntarles con un fáser, lo que es un detalle—.

El problema

Star Trek: Discovery, a pesar de no seguir el mismo patrón que la serie original, emula parte de sus pretensiones de innovación social, pero aplicadas a las circunstancias y público actual. Pero no todo el mundo lo ve de igual manera. El movimiento social que se originó alrededor de una serie de televisión en el año 1966, y que entonces fue un suceso único en la historia, es hoy en día algo habitual. Foros y redes sociales arden en discusiones enfervorizadas, verdaderas luchas tribales entre fanáticos seguidores de una u otra saga cultural. Las corporaciones de entretenimiento se frotan las manos mientras tanto, pero en el caso de Star Trek, esta situación choca por completo con lo que se pretendía: una humanidad que ha dejado atrás los enfrentamientos basados en la emotividad, viscerales, con escasa o nula racionalidad. La serie pretende poner patas arriba las convenciones sociales para que dejemos atrás de una vez por todas algunos prejuicios que todavía se siguen sin superar. Esto es loable, por supuesto, pero incluir en una misma obra todos y cada uno de ellos, afecta a la historia, forzándola a desviarse, por mucho cuidado que se haya hecho intentando que las reivindicaciones sean implícitas. Lo han convertido en su principal objetivo, dejando con poco protagonismo otros aspectos igualmente característicos del universo Trek. A pesar de todo, en Star Trek: Discovery todos los personajes tienen un gran trasfondo y están bien construidos, la tercera temporada es un mensaje de esperanza y optimismo característicos de la filosofía Trek y la cuarta, con Burham de capitán y enfrentándose a un enemigo desconocido capaz de destruir planetas, es lo más parecido a la serie original hasta ahora. Sin duda, es una buena serie, pero tal vez, no sea la serie que todavía seguimos esperando.


Esta entrada fue publicada anteriormente en el blog de Planetas Prohibidos

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Un Klingon usando un replicador de Star Trek

La información es hoy un bien tan tangible y valioso hoy como lo fueron el oro, el carbón o el petróleo en otros momentos de la Historia. La humanidad ha pasado de lo tangible a lo etéreo y abstracto, sin que nos hayamos dado cuenta. Puede que todo comenzase con el vapor con el que funcionaban las máquinas de la Revolución Industrial, alimentadas por el entonces preciado mineral negro y que dio paso al desarrollo de la termodinámica y la entropía. Este fundamental concepto de la física se aplicaba en sus inicios a los gases, pero posteriormente han surgido teorías que relacionan la información con la materia a través de él. Poco a poco, esta nueva manera de ver el mundo abría un sin fin de posibilidades, algunas de las cuales ya estaban presentes en la ciencia-ficción y otras no han tardado en hacerse un hueco en el género.

Más allá de la materia

Si es posible definir completamente un objeto incluyendo todas las partículas que lo forman y su posición en el espacio, se puede postular con la posibilidad de convertir cualquier objeto físico en un patrón de información equivalente que puede ser contenido en diversos soportes o transmitido a distancia como cualquier otra información. Igualmente, con la tecnología adecuada podría ser factible restituir dicha información a su estado físico original. Este concepto ya ha sido usado en algunas obras de ciencia-ficción, donde tal vez pueda ilustrarse mejor.

Replicador

De manera similar a la impresión 3D de hoy en día, partiendo del adecuado patrón de información almacenado en un soporte informático junto con la posible —aunque extraordinariamente costosa— capacidad de convertir la energía en su equivalente en materia, no habría motivo que impidiese lograr tal hazaña. Aunque la saga Star Trek es la principal obra que ha hecho uso del concepto, en las tiras diarias del Flash Gordon de Dan Barry representan un dispositivo al que denominan cornucopiak, el cual puede convertir tanto en un sentido como en otro, la energía en cualquier tipo de objeto. En cualquiera de los casos, no satisfechos por completo con ello, se propusieron continuar a lo grande.

Entornos «reales»


Otra de las aportaciones de Next Generation al universo de Star Trek fue la holocubierta. En ella se hace uso de lo que se podría lograr si se dispusiera de semejante control sobre la energía y la materia. Supongamos la siguiente situación: estamos jugando a nuestro juego preferido de acción en primera persona donde nos vemos en un entorno simulado en tres dimensiones. La experiencia será más vívida si se hace a través de unas gafas de realidad virtual, haciendo parecer a nuestros sentidos que estamos inmersos físicamente en dicho entorno. El siguiente nivel continuando los pasos que nos han llevado hasta aquí, sería recrear de manera física ese entorno a nuestro alrededor convirtiéndolo en materia sólida. Continuando todavía más con el razonamiento, dicho entorno podría ser dinámico, esto es, que reaccionase evolucionando a nuestro alrededor, bien como consecuencia de nuestras acciones o porque se trata de una emulación en tiempo real de por ejemplo, viento o lluvia. En el caso de Star Trek —franquicia famosa por su tecnojerga— dan la explicación de que no se trata de «autentica» materia, sino holomateria, que vendría a ser algo así como fotones contenidos en campos magnéticos con la particularidad de que podrían llegar a tener la consistencia, color e incluso olor, de la materia tal cual la conocemos. En cualquier caso —materia u holomateria— todo apunta a que los requerimientos energéticos, de almacenamiento y de velocidad de procesamiento, tendrían que ser absolutamente colosales.

Asistentes

Robert Picardo como 'El Doctor'

Una vez asumido que la información puede convertirse en materia y se dispone de la suficiente energía y capacidad de procesamiento para crear todo lo expuesto, nada nos impide imaginar la posibilidad de hacer lo propio con un cuerpo humano, es decir, uno tangible, físico y en movimiento. Si a esta posibilidad se le añade una inteligencia artificial que modele su comportamiento, el resultado es que se podría materializar cualquier asistente, ayudante o personaje del que se tuviera la necesaria información sobre él. Como ejemplos destaca El Doctor del spin-off Star Trek: Voyager, un asistente médico que puede configurar su consistencia física para volverse o no, tangible. Este recurso o concepto ha sido utilizado en otras obras de manera similar como Nightflyers (George R.R. Martin, 2018), Another Life (Aaron Martin, 2019) o la más reciente de Star Trek: Picard (Patrick Stewart, Alex Kurtzman —2020—) donde hacen uso del canon visto de la saga.

El teletransporte

Uno de los iconos tecnológicos más reconocibles y de los que poco se puede añadir, es el conocido «teletransporte» de Star Trek. Aunque es sin lugar a dudas la obra que más lo ha popularizado, lo cierto es que el concepto genérico de transmitir materia de una manera similar a como se hace con el sonido sobre ondas de radio fue imaginado con anterioridad en varias obras de ciencia-ficción. Una de ellas es la creada por Pascual Enguídanos en La Saga de los Aznar (1953), donde se hace uso del karendon, un dispositivo ficticio que puede realizar lo comentado, llevado por el autor a unas posibilidades apenas limitadas por su gran imaginación y por las fronteras que caracterizan a una buena obra de ciencia-ficción. Así mismo, en las tiras de cómic de Flash Gordon de Dan Barry (1951) hacían uso de un «transmisor de materia», que como su nombre evidencia venía a ser lo mismo.

El Sr. Chekov (Walter Koenig) recogiendo muestras de sangre klingon en Star Trek: Aquel país desconocido

Muchas son las posibilidades que uno se puede imaginar si se pudiera mover la energía y la materia de un punto a otro materializando lo que hiciera falta. Un ejemplo más que se puede añadir se encuentra de nuevo en Star Trek: Aquel país desconocido (Nicholas Meyer, 1991), con un sencillo pero potente e ingenioso recolector de muestras. El dispositivo enfoca un punto y teletransporta una pequeña cantidad de la materia existente allí para guardarla y ser analizada.

La cuestión es que si bien este recurso en su momento no fuera tal vez más que la típica solución imaginativa para resolver una complicación en la trama —o una carencia de presupuesto—, el potencial que albergaba junto con el paso del tiempo, han acabado dando como fruto todo un universo de posibilidades. Postulados que son hoy ficticios, pero muestran que en definitiva, si la humanidad lograra semejante control sobre la energía tendría bajo su mano un poder asombroso. Falta que la aprenda a manejar adecuadamente sin destruirse a sí misma. 

La cabina del suicidio

Sala de teletransporte de Star Trek

Hasta ahora se ha hablado de conceptos como la materia, la información o la energía, cuya dimensión es mensurable, localizada y restringida a ubicaciones conocidas. Pero existe un lugar que todavía se resiste hoy en día a ser tratado de esa manera: la consciencia. ¿Qué ocurriría con ella si es un ser humano el que se somete al teletransporte? Por la ciencia-ficción en la que me había educado en los lejanos años setenta las desintegraciones las catalogaba con la etiqueta de «malo». Por eso, recuerdo con cierto pánico cuando los tripulantes de la Enterprise en la Star Trek original, se colocaban en la plataforma y se desintegraban poco a poco con la intención de teletransportarse a otro lugar. Aunque parecían no sufrir ningún dolor en absoluto, me resultaba retorcido observar cómo se entregaban a una descomposición molécula a molécula de sus cuerpos mientras sus rostros no mostraban la más mínima preocupación. Aquella absoluta confianza en la ciencia y la tecnología mostrada en la serie, dominadas y al servicio de la humanidad, hizo estallar algo en mi cabeza de lo que no me he recuperado aún. Pero la cuestión clave aquí es si descomponer y volver a componer molécula a molécula nuestro cuerpo tiene efecto alguno sobre nuestra consciencia, sobre lo que nos define nuestro ser. Es decir, lo que durante cientos de años se le ha llamado «alma».

En teoría, aunque no se sabe a «ciencia cierta» dónde reside nuestra consciencia, es bastante razonable suponer —por aquello de la navaja de Occam— que reside o bien en alguna parte de nuestro cuerpo o de manera distribuida en él. En cualquier caso, una copia «exacta» del mismo debería suponer la aparición de nuestra consciencia y sus recuerdos, tal y como estaban en el cuerpo original. Aquí surgen en principio varias importantes cuestiones:

La Paradoja de Teseo

Cuenta la leyenda que Teseo, el héroe griego, tuvo que cambiar todas las piezas de su barco durante una travesía. Los filósofos de la época se preguntaban si era al volver el mismo barco con el que había zarpado. Este es uno de los problemas filosóficos más famosos que se han planteado y todo apunta a lo que unos siglos más tarde dijo Carl Sagan, que el ser humano es algo más que un conjunto de moléculas. Es decir, una vez se construye algo con un significado y una función, es esta la que perdura más allá de sus piezas iniciales. Otra manera de decirlo sería que el conjunto es algo más que la suma de sus partes. En definitiva, lo que nos define como personas no son nuestras moléculas, sino la relación entre ellas, cómo están dispuestas, interactúan y dependen unas de otras. Sin ir más lejos, nuestros cuerpos, al igual que el barco de Teseo, han cambiado todas sus moléculas varias veces durante la travesía de nuestra existencia.

Las almas no se clonan

Otra peliaguda cuestión que surge de la hipótesis de reconstruir «copias» de nuestro ser es, qué es lo que ocurre con el original. Es decir ¿podría existir otra versión de nosotros? Ya sabemos que el cuerpo se puede clonar, pero ¿puede clonarse nuestra consciencia, nuestros recuerdos, nuestro ser? Afortunadamente la ciencia ―sí, la ciencia― viene en nuestra ayuda y nos marca el camino.

La mecánica cuántica tiene algunas sorprendentes características y una de ellas es el llamado entrelazamiento cuántico. Según esta propiedad, dos partículas entrelazadas intercambian información sobre su estado, de manera que el cambio en una de ellas afecta a la partícula asociada. Algo que los creadores de Star Trek no tuvieron en cuenta pero a pesar de ello acertaron, fue una tecnología desarrollada décadas después llamada precisamente, teleportación cuántica. Esta tecnología permite transmitir el estado cuántico entre dos partículas, situadas en sendos puntos alejados entre los cuales se haya establecido un canal de comunicación ―físico, óptico, etc.―. Es decir, se pueden obtener copias de partículas que han sido entrelazadas, con la particularidad que hay una cosa llamada teorema de la no clonación que impide que dichas partículas tengan el mismo estado, de manera que al hacer la copia el de la original se destruye. Así que sin saberlo, los creadores de Star Trek acertaron de lleno.

Moldeando la materia

El teletransporte usado en las obras de ciencia-ficción definido en estas líneas comparte con el igualmente ficticio replicador la fase de reconstrucción del objeto partiendo de la información correspondiente sobre su constitución. La diferencia nada trivial es el vínculo entre el original y el replicado en destino, que como se ha indicado, podría relacionarse con el concepto real usado en física cuántica del entrelazamiento y que implica la destrucción del original e impide la creación de copias de seres conscientes. Sin embargo, en las publicaciones sobre el concepto científico de la teleportación cuántica ―verificado ya actualmente en la práctica― suelen advertir que no se trata de «auténtica» teleportación de materia, sino que únicamente se teletransporta la información sobre su estado. Sin embargo, resulta llamativa esta apreciación ya que aunque originalmente el teletransporte usado en la ficción se definiese como un «transmisor de materia», analizado con algo de detenimiento esto podría ser simplemente una manera rápida de nombrarlo. Es decir, tal y como se ha visto, no es necesario transmitir exactamente los mismos átomos uno por uno, es suficiente con la información que los relaciona y define su estado a nivel subatómico ―quedaría reconstruir en destino la materia a partir de la conversión de la energía requerida―. En realidad, en un transmisor de radio tampoco se transmite el sonido, sino que éste se reconstruye en destino convirtiendo la información modulada de origen ―proceso llamado demodulación― en la señal original.

Interrupción de la consciencia

Por rápido que sea el proceso, parece claro que vamos a ser reconstruidos con nuevo material y en otro lugar. Nuestra consciencia original es hipotéticamente aniquilada y otra emergerá una vez nuestro cuerpo, organismo y cerebro sea restituido usando la información teletransportada. Además de este ejercicio de imaginación, se puede también teorizar sobre cuál será la vivencia del proceso. Sobre este aspecto de nuevo se puede echar mano de interrupciones reales de nuestras consciencias que sufrimos, además, muy a menudo: el sueño. Cuando dormimos, nuestra consciencia sufre una interrupción temporal y pasa a vagar por un mundo onírico. De manera similar, estar inconsciente por un golpe o a causa de la anestesia, son otras maneras de hacer hibernar a nuestra consciencia. Salir del teletransporte sería pues, algo así como despertar de un letargo.

Pero lo más inquietante de todos estos ejercicios mentales es considerar la posibilidad de que nuestra consciencia no esté sujeta a un cuerpo necesariamente. Que pueda desprenderse y reconstruirse en otro «lugar». ¿Cómo se vería afectada nuestra experiencia si dejáramos de pertenecer al cuerpo que habitamos? ¿Podríamos tal vez, desprendernos de nuestro cuerpo y vivir para siempre?


Publicada posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en El sitio de ciencia-ficción
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Fotograma del cortometraje FTL

Las estrellas despiertan en la especie humana una especial fascinación. Pero para poder satisfacer nuestra naturaleza exploradora será necesario superar el reto del viaje interestelar. Todo lo que actualmente puede lograr son viajes no tripulados de décadas de duración solo de ida. Lejos, muy lejos de los sueños en los que la humanidad se imagina a si misma alcanzando con audacia nuevos mundos y descubriendo nuevas civilizaciones, cruzando el cosmos sin estar limitados por las fronteras de la física actual.

Expandiendo fronteras


Cuando un autor imagina una galaxia conquistada por la humanidad está extrapolando a escalas que rompen con nuestros esquemas. Alguien puede preguntarse para qué se necesita llegar a esto. Una de las posibles respuestas es que de esta manera se consigue «deslocalizar» al lector o espectador de cualquier tiempo o lugar conocido, que no sea nuestra propia alma humana. Los viejos problemas de viejas y rancias historias, no podrán interferir más que lo que el autor desee. Ahora bien, en la ciencia-ficción la presentación del escenario ha de resultar verosímil en un grado determinado, lugar al que se le llama punto de suspensión de la incredulidad. Para ello ha de postularse con un método de comunicación y transporte que permita su existencia para tales distancias. Por tanto, si en una obra de ciencia-ficción se habla de «viajes más rápido que la luz» no es porqué se crea que esto es posible hacerlo sin más o porque no tengan ni idea de física, sino porque se está especulando sobre nuestro universo o sobre nosotros mismos como especie, colocándonos para ello en una nueva situación.

En función de las posibilidades del autor o del público al cual desea dirigirse, hay un esfuerzo creativo en mostrar maneras verosímiles e imaginativas para sortear los límites de la física conocida. Unas fronteras que así mismo, científicos e investigadores se afanan por superar para poder lograr alcanzar el sueño de viajar por el cosmos y poder volver para contarlo. Si Isaac Newton logró explicar el universo de una manera que todavía hoy sigue siendo válida para muchas actividades, Einstein logró ir más allá que el británico y sin invalidar su trabajo, lo amplió. Por tanto, nada nos impide especular que el trabajo del alemán puede ser a su vez ampliado con nuevas posibilidades de reducir las grandes distancias, temporales y espaciales, que nos separan de nuestro anhelo explorador.

Cruzando el Universo

Wormhole travel as envisioned by Les Bossinas for NASA (Wikipedia)

Dejando a un lado los casos donde los viajes se realizan a velocidades sublumínicas y en los que los tripulantes se hibernan o viven varias generaciones hasta llegar al punto de destino, desde hace décadas que las obras de ciencia-ficción usan ciertos artificios para representar los viajes interestelares sin vulnerar el límite físico explicito de la velocidad de la luz. Normalmente, el foco de interés de las obras en cuestión no está en el método escogido para sortear esta dificultad, sino en los nuevos caminos que esta situación ficticia abre para explorar. Pero antes de llegar a lo imaginario, partamos de la realidad y hagamos una reflexión sobre la luz y su «record» de velocidad imbatible.

La velocidad de la luz
—lo explicado en este apartado es sobre aspectos científicos reales—

¿Por qué la luz va a esa velocidad? ¿Sólo es la luz la que puede hacerlo? La luz es una radiación electromagnética como las ondas de radio, pero de distinta frecuencia. Nuestros ojos, los de los humanos y otros animales, son sensibles a ese espectro de frecuencias que hemos convenido en llamar «luz». Esta tiene un carácter direccional que hace que sea más fácil representarla como haces de partículas, pero realmente, toda radiación presenta un carácter dual de emisiones de onda-partículas, también llamadas fotones. Por tanto, como regla general, toda radiación electromagnética se traslada a la misma velocidad, la máxima permitida en nuestro universo físico.

No existe una relación «newtoniana» clásica por la que se pueda deducir que esas partículas vayan a ir a esa velocidad y no otra. El «truco» es que los fotones no tienen una masa asociada en reposo. Estos corpúsculos son unos paquetes o «cuantos» de energía que son emitidos cuando se alcanza un determinado nivel energético, de manera que se emite a nivel atómico un cuanto o fotón de radiación. En función de la energía generada, ese fotón presentará como onda una determinada frecuencia sin influir en la velocidad, que siempre será la misma.

La razón de esta situación es complicada de explicar, todavía más para un profano. A grandes rasgos se puede decir que nada puede existir si no tiene masa. Por su equivalencia con la energía, todo en nuestro universo conocido es una cosa u otra —dejemos de momento la energía y materia oscura—. Como los fotones tienen masa nula, la fórmula clásica f = m a no puede aplicarse en este caso. La energía producida se ha empleado en generar una partícula sin masa en reposo, pero con una determinada energía cinética equivalente. Esto significa, en efecto, que un fotón está obligado a volar a la máxima velocidad posible para poder seguir existiendo, ya que toda su masa es energía cinética. La famosa ecuación  se aplica a masas en reposo, siendo la de cuerpos en movimiento algo más complicada. Así mismo, todo lo que tiene masa está «retenido» como con un ancla al éter espacial, imposibilitándole alcanzar la velocidad de la luz acelerándolo desde reposo.

Hiperespacio
—lo explicado en adelante es sobre aspectos ficticios, salvo que se indique lo contrario—

El hiperespacio es el más clásico de los métodos ficticios para viajar más rápido de la luz. Inventado por el propio John W. Campbell, ha sido una solución poco elaborada, pero sencilla y práctica para hacer verosímiles en las obras las proezas que se realizan en ellas. La idea se podría describir de manera simple como «un salto abrupto de un punto del espacio tridimensional conocido a otro, a través de una cuarta dimensión». El «cómo» es astutamente ignorado, por motivos obvios. La obra que más lo ha popularizado es sin lugar a dudas Star Wars. En este caso, las astronaves no realizan los saltos de manera completamente inmediata, sino que hay algún tipo de gran aceleración súbita antes de entrar en el hiperespacio, de ahí el famoso efecto de las estrellas —y también, el uso que en Los Últimos Jedi se hace—. Un efecto homólogo se asume que ocurre al emerger de vuelta al espacio habitual. Otro ejemplo similar más reciente se ha podido ver en Dark Matter (SyFy, 2015~2017), donde un motor de una nueva tecnología permite saltar de un punto a otro en el espacio en un «destello». En este caso, la aparición de esta innovación en el universo ficticio de la obra implica una disrupción tecnológica codiciada por los poderes dominantes.

Subespacio

Con mayor cuidado científico han ideado en Star Trek el llamado subespacio. En este caso no se trata de «otra dimensión», sino que se hace uso de una cualidad de la nuestra. Los enormes motores que se usan en los navíos de esta saga —cuya capacidad abastecería actualmente varias veces a todo el planeta—, son llamados en la obra como de curvatura. Inspirados tal vez por esta terminología, el mundo científico ha especulado precisamente con el concepto de «curvar» el espacio de manera que no se está superando el límite físico de la velocidad de la luz, sino que lo que se hace en su lugar es comprimir el espacio por delante y expandirlo por detrás. Es decir, si no puedes aumentar la velocidad, al menos nadie ha dicho que no se pueda hacer más pequeña la distancia, «arrugando» el espacio. La misma ciencia apoya este concepto empezando por el propio Einstein, que descubrió que la gravedad no es otra cosa que una deformación de nuestro espacio-tiempo, el cual puede transformarse en ciertas condiciones teóricas. De hecho, es ya famosa la propuesta del científico de origen mejicano Miguel Alcubierre que se basa precisamente en este fenómeno. La hipótesis es en principio matemáticamente correcta pero inviable en la práctica, ya que la energía necesaria sería equivalente a la proporcionada por un objeto astronómico como una estrella. Pero se está en ello.

Plegando el espacio

En la Saga de Dune se usa un concepto similar en cuanto a modificar el espacio-tiempo, pero en lugar de curvar se usa el término «plegar» el espacio. Aunque el fundamento del sistema de viaje interestelar está rodeado de un aura mística, obedece a una precisa recreación en donde la política se ha mezclado con la religión, en una clara imitación a la dominación papal del Mediterráneo feudal del medioevo. Aún así, tiene el acierto de hacer uso del mismo principio —válido— de modificar el espacio para acortar la distancia, en lugar de aumentar la velocidad. En la obra, esta tecnología está representada a través del del ficticio Motor Holtzman.

Agujeros de gusano

Lo más científico que se puede encontrar en las obras de ciencia-ficción además del motor de curvatura, son tal vez los métodos basados en atravesar el espacio de un punto a otro a través de una singularidad denominada agujero de gusano. Basándose en las propiedades geométricas del espacio-tiempo en el que existe nuestro universo descubiertas por Einstein, la ciencia ha postulado con una estructura topológica en forma de agujero que uniría dos puntos del mismo, tanto en el espacio como en el tiempo —según la teoría, cualquier viaje a mayor velocidad de la luz sería de alguna manera un viaje en el tiempo—. Este conducto o agujero, transcurriría por una cuarta dimensión al igual que un túnel lo hace por el subsuelo. Teóricamente, podría cruzarse todo el universo de una punta a otra en prácticamente un instante o una fracción de tiempo minúscula en comparación. De nuevo, al igual que sucedía con el motor de curvatura, el límite a este fenómeno son las energías necesarias para generar un objeto de este tipo, además de la incógnita de mantenerlo estable y sobre todo, cómo podría realmente cruzarse. En las obras de ciencia-ficción estos problemas se presentan ya resueltos para poder ir al grano. El caso más gráfico y popular sería tal vez la franquicia de space-opera Stargate, donde sus protagonistas usan una tecnología alienígena cuyos principios de funcionamiento desconocen, lo que no les impide usar un artefacto que genera un agujero de gusano entre dos coordenadas establecidas, perfectamente transitable.

El Flujo (John Scalzi)

Tal vez el más reciente de los métodos imaginarios para viajar más rápido que la luz sea el creado por John Scalzi (El Fin del Imperio, 2017) en su Saga de la Interdependencia. En ella, la humanidad no logra su anhelo de alcanzar las estrellas hasta que descubre el Flujo, unos puntos interdimensionales que se encuentran repartidos por el espacio-tiempo a través de los cuales es posible viajar por el Cosmos y fundar así un imperio galáctico. Sin tener más conocimiento de la obra, se diría que son algo así como unos agujeros de gusano espontáneos, grietas naturales de nuestro universo por las que es posible aparecer en la otra punta del mismo. El método de viaje interestelar es el centro de la trama y la concesión científica que define el universo donde evolucionan los personajes, así como el motor de la historia.

La comunicación


De poco serviría poder viajar de un punto a otro del la galaxia si no se puede realizar una proeza similar para decir que has llegado. Si bien la duración del trayecto es importante para los pasajeros, la comunicación es esencial para que los que se quedan conozcan si vale la pena seguir sus pasos. Igualmente, por estrategia y necesidades logísticas, imaginar un imperio galáctico sin capacidad para hacer llegar sus ordenes o recibir novedades, no tiene sentido. En las obras de ciencia-ficción se han propuesto métodos imaginarios para lograrlo:

Hologramas (Star Wars)

Tal vez una de las características más reconocibles de la más famosa saga galáctica sean los contrastes: deslumbrantes y gigantescas capitales galácticas junto a pobres y polvorientos planetas desérticos, tecnología todopoderosa conviviendo con credos místicos de poderes de difícil explicación. Otro podrían ser las comunicaciones. En esta saga se realizan mediante una holografía en tiempo real sin importar las distancias interestelares, pero visualizándose en tono monocromático azul, de baja calidad y con mucho ruido. Por supuesto, al igual que el resto de tecnología con la que se convive, no hay explicación de cuál es el principio de funcionamiento que puede lograr una cosa, pero no la otra. Simplemente es así. Cabe añadir como anécdota que los hologramas de Star Wars están basados en una mítica escena de la película Planeta Prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), fuente más que probable de inspiración del mensaje de la princesa Leia oculto en R2D2.

Subespacio

La comunicaciones en Star Trek usan el mismo principio con el que viajan. Crean un canal subespacial y a través de él envían una señal electromagnética convencional pero que al hacerlo de esta manera, aumenta en varios factores su velocidad aparente —aunque dentro del canal subespacial es la misma de siempre—. Esto significa que son necesarias estaciones de transmisión o repetidores. La propias naves de la Federación pueden actual como tales.

El ansible

El que escribe estas líneas conocía el llamado Ansible por las obras de Orson Scott Card, pero fue realmente Ursula K. Le Guin la que inventó el término en El Mundo de Rocannon (1966). Gracias a este imaginario artefacto, los seres humanos pueden comunicarse de manera instantánea sin importar prácticamente la distancia. No recuerdo con detalle cuál es la explicación dada en la Saga de Ender, pero es obvia su relación con en el entrelazamiento cuántico y su sorprendente propiedad de «transmitir» de manera instantánea el estado de la partícula con la que comparte vínculo, independientemente de la distancia —en la web De cuanto en cuanto ofrecen una mejor bibliografía sobre el tema—. No obstante, la ciencia se ha apresurado a señalar que no es posible usar esta característica para transmitir información más rápido que la luz, pero ya se sabe que pasa con los científicos, que de vez en cuando se equivocan.

Llegando a término

El Emperador de la Saga de Dune depende de los Navegantes de la Cofradía Espacial

La posibilidad de viajar por la galaxia a través de saltos por el espacio-tiempo nos deja otro problema advertido ya entre líneas. Normalmente, en nuestro mundo ya completamente conocido sabemos a dónde vamos y qué nos vamos a encontrar, pero en en la antigüedad, la humanidad disfrutaba de la emoción ahora perdida de navegar hacia lo desconocido. Con el viaje interestelar se recuperará aquella emoción de los pioneros, al aparecer a miles de años luz de distancia. Lo que esta situación nos dice, es que un factor importante para navegar por el océano estelar con seguridad es tener un mínimo de información de la posición «real» de los objetos astronómicos, ya que la imagen que tenemos de ellos ahora pertenece al pasado. La ciencia-ficción ha especulado con esta situación y la ha incluido dentro de su argumentario.

Presciencia (Dune)

La Saga de Dune es tal vez el mejor ejemplo de cómo un recurso logístico como es el viaje interestelar en un imperio diseminado por la galaxia, se convierte en un factor estratégico cuya importancia y consecuencias definen la trama de la obra. En la epopeya espacial creada por Frank Herbert, si bien el fenómeno físico empleado para plegar el espacio requiere de una tecnología específica, la determinación del punto de llegada se convierte en un factor clave para definir la situación socio-política de la historia. La necesidad de evitar tecnologías de computación que sustituyan al ser humano por motivos dogmático-religiosos —La Yihad Butleriana—, obliga a la civilización a depender de la llamada Cofradía Espacial —entidad político-religiosa que monopoliza los viajes interestelares— y de la melange, una especia cuyo consumo continuado confiere poderes para «sentir» el universo y ver el futuro y así, conocer cuál es la ruta más segura, antes de realizarla.

Los Peregrinos (Wing-commander)

En la adaptación cinematográfica de la saga de videojuegos Wing Commander se introduce el concepto de los peregrinos. Estos serían una nueva especie de humanos que desarrollan la capacidad para «sentir» ciertos campos espaciales o «fuerzas», de manera que pueden navegar entre las estrellas sin necesidad de usar la computadora. Como en cualquier otra space-opera, se hace uso del mito del elegido, un salvador predicho por antiguas creencias con habilidades especiales en el uso de algún arte o artefacto, conceptos como La Fuerza de Star Wars o la necesidad de desprenderse de la tecnología, también presentes en la saga Dune. En este caso la idea era hasta cierto punto original y con potencial, pero por desgracia no fue apenas aprovechado en lo que se pudo ver para la gran pantalla.

Hiperespacio

En el Ciclo de la Fundación su autor nos muestra unos viajes en los que la computadora de la nave en algunos casos o manualmente en otros, se han de realizar unos cálculos para determinar el punto de salida del hiperespacio como un requisito fundamental. Incluso en ocasiones, los viajes resultan algo tortuosos por la necesidad de hacer múltiples escalas innecesarias, debido a la falta de información sobre la localización del punto de llegada. 

En Star Wars, cuando el Halcón Milenario pretende llegar a Alderaan se encuentra en su lugar con un campo de asteroides que «no está en los mapas», aunque en ese caso no fuera un problema de coordenadas, como ya sabemos. El «montón de chatarra» en el que viajan puede, en el universo ficticio de la saga, establecer rutas fiables y más rápidas —más cortas— por el hiperespacio a través de la galaxia mejor que ninguna otra. En la reciente película de Han Solo revelan el por qué de esta capacidad y la singularidad de la nave.

De nuevo, el Blink Drive usado en Dark Matter necesita de un tiempo para establecer la posición de destino. Es decir, aunque el viaje es instantáneo, la tecnología requiere un procesado para extraer información del lugar objetivo para poder realizar el viaje.

Stargate

Las conocidas puertas estelares funcionan seleccionando unas coordenadas que apuntan necesariamente a otra puerta estelar. Todas las stargate forman una red que definen unas rutas preestablecidas. Naturalmente, previamente a su existencia los Antiguos y cualquier otra especie que lo desease, tuvo que recurrir al viaje interestelar «a la antigua usanza», es decir, mediante navíos interestelares.

Superando límites

Albert Einstein es conocido sobre todo por sus teorías de la relatividad. Para llegar a ellas hizo uso  —entre otras muchas cosas, claro— de los llamados «experimentos mentales». Uno de ellos consistía en imaginar cómo sería perseguir un rayo de luz a su misma velocidad, algo que no era ni remotamente posible realizar, pero no fue obstáculo para que el célebre científico imaginara las conjeturas que cambiarían nuestra concepción sobre la realidad. De alguna manera, hizo cualitativamente lo mismo que un autor de ciencia-ficción en sus obras cuando ha de reimaginar de una manera verosímil el universo de alrededor: usar un universo ficticio para observar desde una nueva perspectiva, nuestro mundo real.


Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos y en El Sitio de ciencia-ficción

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      Los trajes de cuero negro y látex de Matrix de los Hermanos Wachowsky, la oscuridad del Batman de Christopher Nolan, el realismo y madurez de la Galáctica de Ronal D. Moore y David Eick, dejaron definitivamente anclados en el siglo pasado a la inocencia juvenil optimista y colorida de las series de televisión de finales de dicho periodo.

      El antes y el ahora de la Star Trek de siempre
      Foto: videogameblogger

      Star Trek: La Nueva Generación —TNG— podría clasificarse así. Esta producción evidenciaba la explotación comercial de una idea que, buena en sus inicios —la Star Trek Original— se estiró hasta «el infinito y más allá». La rigidez de Roddenberry así como de los mediáticos y excesivamente influyentes actores dificultó que evolucionara, algo que a los fieles seguidores de la franquicia no les hubiera importado, pudiendo haber atraído a más público. Pero esto no ocurrió y tras siete temporadas fue cancelada en 1994.

      Como la serie de Rodenberry no podía ser tocada —ver artículo anterior—, la CBS —dueña de los derechos de distribución para la televisión— probó con dos ideas diferentes basadas en el mismo universo de Star Trek: Voyager y Espacio Profundo Nueve. Gracias a estas dos series el universo trekkie se ha prolongado ininterrumpidamente hasta prácticamente nuestros días.

      Aunque la concepción de Voyager dista del resto de series, en el fondo era una «reedición» de la serie original. En ella se usaba como excusa que por circunstancias del destino, la nave va a parar a un lugar distante e inexplorado de la galaxia. De esta manera, era posible introducir nuevas historias y además, se cumplía una de las pretensiones iniciales de la serie original que no se atrevieron a tomar en su momento: tener una mujer como capitán.

      Pero si hay una serie que pueda considerarse como un verdadero cambio de paradigma en el universo de Star Trek  esa sería Espacio Profundo Nueve —o simplemente DS9—. Al igual que sucediera con la primera adaptación cinematográfica, la variación del tono respecto a la supuesta idea original provocó que DS9 siempre estuviera rodeada de cierta polémica proveniente de los sectores más conservadores de la franquicia, que no la consideraban lo suficientemente «trekkie».

      EL excepcional trabajo de sus guionistas —entre los que estaba un Ronal D. Moore que a buen seguro tomaría notas para lo que tendría que venir después de su mano— dieron como fruto una serie en la que se reflejaban aspectos inéditos en el universo trekkie que, sin perder el optimismo que siempre le ha caracterizado, mostraba el lado más problemático y conflictivo de los entresijos de la Federación y la complicada convivencia con otras especies.

      De entre los capítulos a destacar de DS9 podemos detenernos sin ir más lejos en el primero de ellos, Emisario. Este excepcional capítulo de doble duración es uno de esos pocos casos en cine o televisión, en los que la parte de ciencia-ficción está embebida en la historia formando parte troncal e insustituible de ella, sin ser un simple escenario. La forma en la que se relacionan en la trama los problemas personales del comandante Benjamin Sisko con el encuentro con los habitantes de un agujero de gusano, cuyas mentes no interpretan el tiempo de la misma forma lineal que los seres humanos, es sencillamente fabulosa.

      Esto no impedía sin embargo que los fracasos cinematográficos de las aventuras basadas en TNG se sucedieran uno tras otro. Se volvió a intentar con la serie de televisión Enterprise, en donde se dieron algunas innovaciones y se huía definitivamente del exceso visual y chillón que hasta ese momento había caracterizado el universo de Star Trek. Pero al contrario que sus antecesoras que alcanzaron las siete temporadas, esta no pasó de la cuarta. Tras su cancelación en el 2005, se vivió por primera vez en décadas la ausencia en pantalla y en los platós de rodaje de una serie de televisión o una película relacionada con Star Trek. Así fue hasta el año 2009.

      J.J. Abrams

      Después de reimaginar Galáctica y de volver a galaxias lejanas, parecía inevitable que la que fue origen de todo, acabara siguiendo un camino similar. Tras varios años agotando comercialmente las anteriores fórmulas de la franquicia, ¿cuál era la mejor forma de relanzar la saga adaptándola a los tiempos actuales? Para especular sobre los motivos que llevaron a la elección de la fórmula que ya todos conocemos, hay que tener en cuenta la situación previa al estreno de Star Trek (2009):
      1. Cariño con los personajes originales manifestado en series producidas por el fandom
      2. Agotadas las principales vías de continuar con la franquicia
      3. Necesidad de un replanteamiento estético, técnico y visual.
      4. Producciones cinematográficas pensadas para el mayor publico objetivo posible,
      Los personajes de siempre, con toda la tecnología disponible para llevar a la pantalla cualquier historia que se quiera contar con una cuidada y espectacular estética, junto al habitual recurso narrativo en el universo de la franquicia como son los viajes en el tiempo; han permitido crear algo intermedio entre el reboot y la precuela. De esta forma se tiene libertad creativa para iniciar el camino que se desee, partiendo como así ha sido, incluso en un punto anterior al situado en la serie original.
      “Hay que rendir homenaje pero no recrear lo que se ha hecho antes”

      La elección del coronado «Nuevo Rey Midas» de Hollywood, responde con toda seguridad al deseo de  lograr un producto que atraiga tanto a trekkies de toda la vida como al público más general, siguiendo la misma línea que estamos viviendo de producciones lo más «heterogéneas» posibles. Lo ideal hubiera sido que Abrams hubiera puesto en práctica sus propias palabras, aplicando lo que sabe hacer por lo visto en la magnífica serie Fringe, cuyo factor sobresaliente son unos personajes llenos de fuerza, distintos pero bien complementados. Tal vez debido a que sus compañeros han ido «Perdidos» con los guiones y el cambio de medio de la televisión al cine, han creado en su lugar un producto de consumo rápido que cumple muy bien como entretenimiento, que no es poco, pero tratándose de Star Trek podría esperarse algo más.

      El futuro

      Volver a tener la Star Trek que marcó la época en la que se soñaba con alcanzar una era de magnificencia sin límites, es tan complicado en nuestros  «oscuros y posmodernos» días como seguramente recomendable. Precisamente porque a pesar de estos pesimistas tiempos en los que vivimos, es ahora cuando los límites técnicos que lastraron la serie original pueden ser superados satisfactoriamente.

      Abrams, que nunca fue seguidor de la franquicia, se ha ido a dirigir a «la competencia» aunque continúa como productor. La ha relanzado comercialmente, pero no se ha esforzado más que en replantear y actualizar escenario y personajes —que era necesario— pero sin darles la profundidad que tenía la original. Es decir, adaptar Star Trek a nuestros tiempos, siendo respetuosos con lo que significó en su momento, intentando emular sin limitarse a repetir clichés, de momento, aún no ha ocurrido.

      La nueva Star Trek dependerá de la compatibilidad entre los intereses de la productora con el anhelo profesional y personal de los que tomen las decisiones creativas. Pero sobre todo dependerá de cuál sea su sueño respecto a retomar las aventuras de la Enterprise en busca de mundos desconocidos, de nuevas vidas y nuevas civilizaciones por conocer en lugares, a los que todavía nadie ha podido llegar.

      Enlaces:

      • Star Trek: En la oscuridad (Star Trek Into Darkness, J.J. Abrams, 2013). El Pájaro Burlón. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
      • De ‘Star Trek’ a ‘Star Wars’, y tiro porque me toca. El País Cultural. <enlace>. [acceso 11-abr-2014]
      • Belleza y oscuridad. El Universal. <enlace>. [acceso 11-abr-2014] 

      Artículo publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos el 2 de noviembre de 2014
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        Un año antes de la cancelación de la Star Trek Original se estrenó 2001: Una Odisea del Espacio (1968), asombrando a la audiencia con su precisa y espectacular recreación del espacio. Nueve años después, en el polo opuesto de la ciencia-ficción pero compartiendo una magnificencia similar en el apartado visual, se estreno Star Wars (1977). Tras estos hitos cinematográficos, uno se preguntaba cómo hubiera sido aquella Star Trek de mediados de los 60 si hubieran dispuesto de recursos similares para contar su fascinante y emocionante aventura a través de las estrellas. Finalmente, la respuesta vino diez años después con el estreno en la gran pantalla de Star Trek: the motion picture (Robert Wise, 1979)

        Con esta película se reunían las generaciones de dos épocas: por un lado, la de la Odisea Espacial, que vio nacer la serie original y asistió a su conversión en fenómeno social. Por otro, con la generación del surgir de la posmodernidad de comienzos de los 80, acostumbrada a pomposas producciones como la mencionada de Star Wars, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) o Superman: la película (Richard Donner, 1978). define así el resultado de la primera versión cinematográfica de Star Trek
        La primera, la original, la irrepetible, es también la más imaginativa, audaz y visionaria de la saga

        Para este logro se contó con la participación de monstruos de la talla de Isaac Asimov como asesor científico, Douglas Trumbull —Encuentros en la tercera fase— y John Dykstra —Star Wars— para los efectos y a un inconmensurable Jerry Golsdmith que compuso la mejor banda sonora de la franquicia, de las mejores de todo el panorama cinematográfico.


        Sin embargo, la película tuvo una fría acogida por parte del público. Ansiosa por imitar el éxito de Star Wars, la Paramount prometió una space opera divertida y llena de acción, pero lo que ofreció fue más 2001: Una Odisea del Espacio. Al publico no le suele gustar que les ofrezcan algo distinto a lo anunciado, salvo que te engatusen muy bien —¿alguien dijo James Cameron?—. Como consecuencia, el rendimiento en taquilla fue aceptable, pero no pasó de un aprobado justo. Lo suficiente para continuar con la franquicia en el cine, pero teniendo que pasar por algunos ajustes.

        Uno de ellos fue del guión, que provocó la disputa entre el creador Rodenberry y la productora. Algunos argumentaban que era demasiado humanista y trascendente, sin recordar que Star Trek trataba precisamente de eso. Puede que el error fuera rebajar en exceso el humor, también característico de la serie. No se supo equilibrar la calidad del guión, con el atractivo para el público.

        Tal vez lo que ocurría es que una nueva forma de entender el cine y el entretenimiento se estaba gestando. Las franquicias iban a acompañarnos durante mucho tiempo y para ello debían ser rentables. Pero lograr contentar al público exigente, a la vez que convertirlo en un fenómeno de masas, es uno de los retos más complicados a los que el cine se ha enfrentado y que continúa sin resolver completamente.

        La Star Trek original fue cancelada por no captar la suficiente audiencia del tipo de público genérico que requería la hora en la que era emitida. La redifusión actual en los EEUU que hace rentables a las series aunque su publico objetivo sea restringido, aún no había llegado. Reunir a numerosos y grandes aficionados, pero circunscritos en sus ámbitos concretos, no es lo que hace rentable a una franquicia. Sí que lo es el convertirla en entretenimiento para el mayor rango transversal posible de espectadores, sin que sea necesario que estos se conviertan en seguidores habituales —esto sería un efecto secundario, pero no necesario—. Por tanto, todo apuntaba que los cambios para la nueva franquicia del universo Trekkie  iban a significar un distanciamiento del original.

        Star Trek en el cine

        En la gran pantalla, las diferencias respecto al guión de la primera película provocaron que Roddenberry —en principio, más fiel a la idea original— quedara apartado de la franquicia cinematográfica. En su lugar apareció un tal Harve Bennett cuyo lema era:
        Cuando uno va a donde ningún Hombre ha ido antes, tiene que construir cosas, por lo que empieza a volverse caro

        Todo un «filósofo». Parece que la necesidad de ajustes económicos fue lo que predominó para escoger a Bennett. Este productor tenía experiencia en la televisión y estaba acostumbrado a trabajar con presupuestos reducidos. Por tanto, llegó a Star Trek con el objetivo de gastarse la menor cantidad posible de dinero. El problema de presupuesto no era nuevo, pero lo que en sus inicios se solucionó con creatividad, se arregló posteriormente con experiencia y ahorro. Si se añade a esta situación que la legión de aficionados previamente formada de la serie se conformaba con todo lo que llevara su nombre, se dio forma así a la franquicia que conocemos. En palabras de Ángel Luis Sucasas (ScifiWorld):
        su influencia [Bennett] se nota muchísimo en la serie clásica de películas Trek, porque todas tienen ese aire de cutredad y de serie B de la que carecen otros productos que sí parecen superproducciones, como Star Wars. 

        Star Trek en la televisión

        Mientras tanto, aunque relegado a la pequeña pantalla, Gene Roddenberry fue el amo y señor de la franquicia. Para renovar la serie, pensó que había que contratar actores completamente distintos, tanto en rol como en apariencia. Para él, era necesario evitar cualquier identificación con la tripulación original. Su idea era crear personajes más homogéneos con la intención de lograr mayores posibilidades dramáticas. Pero el resultado fue un conjunto de actores faltos de carisma, con una carga interpretativa demasiado repartida y monótona. Colocar a un «actor shakesperiano inglés calvo de mediana edad» —el esplendido Patrick Stewart— al frente de la Enterprise, no era mala idea y sí muy acorde con el espíritu trekkie, pero no suficiente como para sostener en él todo el atractivo de la saga.

        Los guiones

        Roddenberry se había endiosado tanto que retocaba todos los guiones e hizo que su  «biblia» —o la guía que suelen tener los productores— fuera seguida de forma escrupulosa. Su presencia y la obsesión por controlar la «fidelidad» de los contenidos con la idea original, provocó que algunos escritores colaboradores «huyeran», quedando guionistas de series de TV como Falcon Crest (Katharyn Powers) o series animadas (Michael Reaves), destacando tal vez Joseph Stefano (The Outer Limits). Es decir, alejaron a los artistas y se quedaron los profesionales.

        ¡Vivan los novios!
        Lo que había sido uno de los elementos diferenciadores en la serie original por su calidad, innovación y atrevimiento, en Star Trek: la nueva generación (TNG) consistieron en guiones muy convencionales, donde predominaban las relaciones entre los miembros de la tripulación. Con unos roles que en el fondo eran un remedo de la serie original, entre los cuales siempre aparecía uno para ocupar un rol spockiano —el androide Data, homenaje a Asimov y principal aportación de TNG al universo Trek (junto con la Holocubierta y el dispensador de alimentos)—. El resto consistía en una imitación superficial de la critica social y convivencia entre razas, pero lo que en aquel entonces era rompedor, un par de décadas después no pasaba de tópicos didácticos políticamente correctos, que acentuaba el ya de por si aire juvenil de las series de finales del siglo XX.

        La estética

        Que duda cabe que las camisetas de colores chillones configuran una estética muy definida que, más de cuarenta años después de que aparecieran en las pocas televisiones en color de la época «kistch», resultan excesivas y hasta cierto punto ridículas —sobre todo ahora en la era de la «oscuridad»—. Pero en aquella época, ademas de evidenciar el carácter multidisciplinario de la expedición, la ropa informal, alegre y cómoda, intentaba representar una crítica hacía el exceso formalismo y rigidez de la sociedad —entroncando con los movimientos de protesta de finales de los 60—.

        Algo así debieron entender los responsables de la primera adaptación cinematográfica cuando decidieron darle su característica estética futurista, pero sobria y moderada. El motivo no es que la estética imperante de cuando se estrenó fuera así —nada más lejos de la realidad en la época del techno y del punk—, pero siguiendo en cierta manera con la idea de fondo de la Star Trek Original, así es como imaginaban que El Futuro sería, con la Humanidad en su madurez y sin necesidad de autoafirmarse mediante el exceso visual.

        Las eternas cuestiones de la humanidad: ¿quienes somos, hacia donde vamos y qué modelito será el siguiente?

        Pero por algún motivo, alguien decidió que no. Star Trek no debía ser así, había que ser más hortera. Vinieron las casacas rojas —siendo honestos, no estaban mal del todo— que se notaba que estaban diseñadas para disimular las barrigas incipientes de los ya mayorcitos héroes de la Enterprise. Se acabó de arreglar con TNG donde de los «pijamas» de colores se pasó a los «chándal de diseño» con hombreras en plan «fashion», «informales, pero arreglados».

        Esta pretendida «modernización» basada en la superficialidad pone la «guinda» en los navíos espaciales. Lo de cambiar la antena de comunicaciones de la NCC-1701 por un óvalo con colorines, es un despropósito. Al igual que darle a todo un aire más redondeado, en plan «aerodinámico».

        La manía en imitar la estética kistch en su momento tenía justificación, pero décadas después resulta anacrónica y tal vez sea la culpable de que cierto sector del público cargado de prejuicios, relacione a Star Trek con el «frikismo» hortera y chillón.

        En general, uno tiene la impresión de que toda la franquicia tras el estreno de la película, ha sido una manera de aprovechar el seguimiento incondicional de una legión de espectadores, como una vía en la que todo el que ha podido ha metido cabeza para poder «sentirse realizado»: actores que hacen de directores —Shatner, Nimoy o Frakes—, o productores que son actores —hasta el propio Harve Bennett llegó a intervenir en un episodio—.

        Star Trek en la televisión ha disfrutado de un gran éxito. TNG se ha prolongado unas siete temporadas y han surgido un par de spin-offs, también con buen resultado —en términos de la Paramount— como Star Trek: Voyager y Star Trek: Espacio Profundo Nueve —esta última, la más madura, no en vano Ronald D. Moore es uno de sus guionistas—. Además, le han sido otorgados varios premios. Estos datos son difícilmente rebatibles, salvo que algunas veces, las meras y frías cifras no son lo único que importa.

        Star Trek y Star Wars comparten entre otros aspectos, que en ambos casos su afición se divide en dos tipos principales: los más veteranos que añoramos el producto original y las «nuevas generaciones»,  acostumbradas a las producciones más modernas. A Rodenberry también le pasó como a George Lucas: tuvo una idea innovadora y deslumbrante que cambió el paradigma y que le encumbró, pero que se convirtió posteriormente en su obsesión, incapaz de llegar a la brillantez inicial.

        De intentar volver a ser lo que en su día fue, para convertirse en un mero producto comercial estirado al máximo de sus posibilidades. De las aventuras de una tripulación que en cada capítulo se enfrentaba a un nuevo enigma completamente desconocido, a convertirse en todo lo convencional que puede ser una sit-com espacial futura, con toques de aventura y tramas sentimentales paralelas en las que actores y guionistas podían dar su talla en cuanto a lo profesional, pero aportando poco al significado cultural de la obra.

        El lado bueno es que ha sido una manera de mantener el espíritu trekkie a lo largo del tiempo. Una vez agotado el filón de TNG, la Paramount que sabe que la nostalgia es un gran gancho para una parte importante del público, ha decidido retomar la tripulación original. ¿Volverán a explorar nuevos mundos y nuevas civilizaciones, a romper viejos prejuicios, a mostrar nuevos paradigmas?


        [NOTA: mi gratitud hacía Elwin de El cubil del Cíclope, gran seguidor de TNG, a quien le debo algunas ideas del artículo] 


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