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Un elemento habitual en la mayoría de obras de ciencia-ficción es postular con la existencia de vida extraterrestre. La ciencia no puede negar la posibilidad de la existencia de algún tipo de vida en otra parte del universo. Gracias a esto, los autores pueden usar este recurso como herramienta para relatar aspectos sobre nosotros que de otra manera sería más difícil contar. Esta dificultad no consiste únicamente en el esfuerzo artístico, sino en sortear los prejuicios culturales del público. Gracias a usar un elemento ficticio, pueden contarse situaciones que, a pesar de ciertas evidentes similitudes, no puede establecerse un vínculo directo con las coyunturas reales sobre las que tratan. Por ejemplo:

La invasión de los ladrones de cuerpos

Basada en la obra The Body Snatchers (Jack Finney, 1955) la película de 1956 (Don Siegel) fue versionada de nuevo en otra aceptable adaptación (Philip Kaufman, 1978). En ellas se relata la inadvertida transformación de nuestros agradables vecinos en seres con personalidad uniforme y monotemática y, lo peor de todo, insistiendo en que nos «convirtamos» a la «nueva situación». Mucho se ha hablado de su relación con el creciente pavor al comunismo que en la sociedad de los EEUU tenían en aquella época. En cualquier caso, puede ser utilizado para reflexionar sobre los peligros de verse atraído por un entorno agresivo y ominoso de tendencias sociales, bien vacías de contenido o de tenerlo, ideológico y político. La obra puede usarse como una defensa de la libertad e independencia de criterio del individuo. Lo paradójico del asunto es que si bien comenzó como temor al comunismo, parece que al final ha sido el más puro y duro consumismo capitalista el que nos ha acabado abduciendo a todos.

La Guerra de los Mundos 

Escrita por H. G. Wells (1898), adaptada a la radio (Orson Welles, 1938), al cine (—Byron Conrad Haskin, 1953—, —Steven Spielberg, 2005—) y a televisión (—BBC, 2019—, —FOX/C+, 2019—), los alienígenas son el tropo usado para criticar a todas las guerras en general. Si bien la obra literaria incluía criticas al imperialismo y colonialismo británico, las adaptaciones posteriores han ido adaptándose a las circunstancias de sus momentos particulares, por ejemplo, en la adaptación al cine de 1956 el temor a una invasión soviética era la idea de fondo. Luego se han añadido otros conceptos como daño al medio ambiente en la versión francesa para la televisión. En definitiva, los alienígenas son una versión de nosotros que no queremos creer que tenemos, que no queremos aceptar que es probable, por eso se simbolizan como extraños y diferentes pero lo suficientemente cercanos y temibles como para que aparezcan súbita y terriblemente, representando el peligro que acecha a nuestra especie proveniente de nosotros mismos, materializado en violencia en cualquiera de sus formas.

Ultimátum a La tierra

La película dirigida por Robert Wise en 1951 y versionada en el 2008 (Scott Derrickson) nos plantea una nueva situación con los alienígenas como protagonistas. En este caso no aparecen como invasores dispuestos a arrebatarnos nuestro espacio vital, sino todo lo contrario. Un extraterrestre con un aspecto muy similar a nosotros aparece acompañado de una tecnología extraordinaria y poderosa, lo que le dota de cierta autoridad, o al menos, es lo que se pretende simbolizar: una «entidad» protectora a nuestra «imagen y semejanza» que vigile el cumplimiento de ciertas normas o al menos, no cruzar ciertos límites. El fallecido y recordado divulgador científico Carl Sagan en el último de los capítulos de su famosa serie Cosmos: ¿Quién habla en nombre de la Tierra? (Sagan/Druyan, 1980) señalaba en aquel entonces la necesidad de un organismo o entidad que fuera «consciente» de los efectos que a nivel de las distintas naciones que pueblan nuestro planeta, estamos produciendo sobre él. Si bien la motivación era el peligro del armamento nuclear, en nuestros días bien podrían ser el cambio climático, las crisis económicas o las energéticas, cuyas consecuencias repercuten también en la biosfera global, mientras el entorno geopolítico se muestra incapaz de coordinar una respuesta única, pese a las graves consecuencias. En Ultimátum a La Tierra, los llegados de fuera de nuestro planeta representarían de manera simbólica esa consciencia global.

Los alienígenas en la obra de Arthur C. Clarke

Los alienígenas en la obra del autor de origen británico comparten unas características hasta cierto punto homogéneas. Una de ellas es que suelen ser representados de manera incorpórea la mayoría de las veces, bien sea por tratarse de entidades inmateriales o porque su avanzada tecnología les permite ejercer su influencia sin necesidad de presencia física. Además de evitar abordar el asunto de su constitución corpórea, esta carencia enfatiza todavía más el carácter «omnipresente» y vigilante de estas entidades hipotéticas. Además, esta influencia que aplican sobre la humanidad es de naturaleza paternalista, cuidadora pero también castigadora o correctora. Por otro lado, los temas que Clarke trata suelen girar alrededor de los mismos tópicos: el avance de la especie humana en el conocimiento y la búsqueda de su papel en el Cosmos. Algunos ejemplos importantes serían: La ciudad y las estrellas (1956), Saga de 2001: una odisea del espacio (1968~1997), El fin de la infancia (1953), Saga de Cita con Rama (1972~1993). En estas obras, Clarke usa las inteligencias extraterrestres como un Mcguffin subyacente que sirve de justificación para hacer que nuestra especie camine por esa senda del conocimiento que tanto anhelaba el escritor, que de otra manera —es decir, sin la presencia de estas inteligencias extraterrestres que condicionan en el relato a nuestra especie a actuar de cierta manera— sería difícil de explicar. 

Uno de los aspectos comunes en estas obras es el uso de otras inteligencias para poner a la humanidad frente a si misma y a las consecuencias de sus actos, para hacerla consciente de sus virtudes y defectos. De similar manera a la que Isaac Asimov usó con un robot, una inteligencia artificial pero sometida a unas estrictas leyes para defendernos de nosotros mismos, en estos supuestos, estas inteligencias que nos transcienden serían esa «consciencia colectiva» de la que carecemos, que nos alerte de un camino «equivocado», definición que es objeto de interminables conflictos pero que es en cualquier caso, dejando a un lado cualquier aspecto político o territorial, necesaria probablemente para nuestra supervivencia. Tal vez el individuo pueda decidir sobre su destino o tal vez no, pero lo que de verdad hemos de preguntarnos es, si es la Humanidad la que puede hacerlo.




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Lino (Al final de la Eternidad)
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