Hace unos días tuve el honor de participar en la celebración del 29º aniversario del Sitio de Ciencia-Ficción con una nueva colaboración: La dictadura de lo visible. En ella, hablaba de cómo el «Gran Atractor» del mercado audiovisual está deformando la literatura de género, convirtiendo la ciencia-ficción en un espectáculo de pirotecnia visual que, paradójicamente, sufre de una anemia creativa alarmante.

Sin embargo, como suele ocurrir en estos casos, la tiranía del espacio dejó en el tintero algunos matices importantes. A raíz de un interesante intercambio de correos con el administrador del Sitio, me di cuenta de que faltaba abordar la parte más insidiosa del problema. Porque es fácil criticar las malas películas. Lo difícil, y lo verdaderamente peligroso para el género, es enfrentarse a la trampa de la excelencia visual, donde el verdadero peligro no son las «malas» producciones audiovisuales, sino lo contrario: la excelencia técnica y el reciclaje de lujo.

El espejismo de la «Buena Televisión»

En esa conversación por correo electrónico, mi interlocutor señalaba con acierto que algunas plataformas mantienen viva la llama de las ideas con series como Severance (Separación) o El proyecto Lazarus. Y ahí radica precisamente la trampa: estas series tienen una factura técnica impecable y guiones sólidos. No son «basura». Son de hecho el nuevo «estándar de calidad».

Pero, ¿Qué tipo de calidad?

Si rascamos la superficie de ese estándar, vemos que la «Masa Visionaria» —la densidad de ideas complejas— ha sido sustituida por una única idea brillante —el «High Concept»— estirada hasta el límite comercial.

El caso Severance vs. Carme Torras

Tomemos Severance como ejemplo clínico. La serie es magnífica en su ejecución, basándose en una premisa inquietante: un procedimiento quirúrgico que separa la memoria laboral de la personal.

El problema no es lo que hace la serie, sino lo que deja de exigir al espectador. En la literatura de ideas, una tecnología similar no es el centro absoluto del relato, sino un engranaje más. En La mutación sentimental, de Carme Torras, el bloqueo mental corporativo es apenas una nota al pie dentro de un ecosistema complejo que aborda roboética, educación, desigualdad y atrofia emocional.

La diferencia es crucial:

  • Torras construye un sistema.
  • El mercado audiovisual aísla una idea, la convierte en el todo y la vacía de contexto.

El resultado es lo que podríamos llamar el «pan de oro»: mucho brillo, poco peso. Nos acostumbramos a conformarnos con una idea ingeniosa bien filmada, en lugar de exigir estructuras especulativas densas.

El Silo: escribir para la cámara

El otro síntoma de este «colapso gravitatorio» es El Silo (Wool), basada en la obra de Hugh Howey. Aquí vemos la consecuencia final de la dictadura de lo visible: la literatura que ya nace domesticada. Aunque visualmente es claustrofóbica y efectiva, El Silo es un refrito de tropos postapocalípticos y conspiraciones gubernamentales que hemos visto mil veces. La obra literaria original no se siente como un desafío intelectual, sino como un guion novelizado a posteriori. Se escribe pensando en la adaptación, limando las aristas filosóficas para que encajen mejor en el binge-watching. Casos similares de sagas que no se conocerían apenas sino fuera por su paso por la pantalla son The Expanse o Altered Carbon.

Existe, sin embargo, un caso aún más revelador: cuando una idea interesante sirve solo para arrancar la historia y, una vez cumplida su función, deja de importar.

Avatar: el epítome del refrito visual

Sería un error acabar un artículo sobre el exceso visual y las carencias creativas y no mencionar a la tan vacía de contenido, como rentable y visualmente espectacular saga de James Cameron: Avatar. Si en los casos que se han visto se usan algunas ideas creativas y originales para estirarlas al máximo, el director de origen canadiense hace lo contrario, pero en el peor sentido: coge muchas ideas y las pasa por un rodillo, aplanándolas hasta quedar solo un papel de envolver de colores. Como ya se analizó en este blog en 2009, la premisa central es un calco de Llámame Joe (1957) de Poul Anderson. Pero donde Anderson ofrece profundidad, para Cameron es solo una excusa:

En el relato corto de Anderson, la conexión psiónica no es un simple vehículo para la aventura; es una exploración dolorosa y fascinante de la identidad. Anderson nos mete en la mente de Edward Anglesey, un científico atrapado en una silla de ruedas que encuentra en su avatar joviano no solo una herramienta, sino una existencia más vibrante y poderosa que la humana. El drama real no está en una guerra externa, sino en cómo esa vida alienígena, brutal y excitante, acaba absorbiendo psicológicamente al protagonista, ofreciéndole una plenitud física que su cuerpo humano le niega.

Cameron toma esa premisa brillante y compleja y la despoja de toda su carga psicológica. Utiliza la conexión mental solo como pretexto tecnológico para justificar el CGI. Convierte el drama existencial de Anderson en un «refrito» de clichés de colonización, mezclando la estética de Llámame Joe con la ecología política de obras como El nombre del mundo es Bosque (Le Guin), pero sin entender el alma de ninguna de las dos.

El resultado es un despilfarro: la mejor tecnología del mundo puesta al servicio de una historia que renuncia a explorar la psique humana para conformarse con un maniqueísmo de «buenos muy buenos y malos muy malos».

Conclusión: cuando mirar sustituye a pensar

Todas estas obras producen una sensación engañosa: parecen demostrar que la ciencia-ficción está en plena forma, porque se ven espectaculares y funcionan a nivel técnico. Pero el problema no está en lo que vemos, sino en lo poco que se nos pide pensar.

Leer ciencia-ficción es un ejercicio activo: obliga a imaginar, a rellenar huecos, a conectar ideas y a hacerse preguntas incómodas. En cambio, gran parte de la producción audiovisual actual apuesta por una experiencia cada vez más guiada, donde la imagen lo da todo hecho y el espectador solo tiene que dejarse llevar. No es que el audiovisual sea «peor», es que juega a otra cosa.

El riesgo aparece cuando el género renuncia a exigir ese esfuerzo mental y se conforma con estimular los sentidos. Cuando la ciencia-ficción deja de entrenar el pensamiento y se limita a deslumbrar, pierde su función más valiosa: ayudarnos a entendernos mejor como individuos y como sociedad.

Como ya señalaba en La dictadura de lo visible, recuperar la resistencia no pasa por más brillo ni por pantallas más grandes, sino por volver a dar prioridad a las ideas. A historias que no solo se vean bien, sino que nos obliguen a parar, pensar y salir un poco menos cómodos de lo que entramos.

La pregunta final es sencilla, y cada vez más necesaria: ¿estamos leyendo y viendo ciencia-ficción… o solo consumiendo imágenes muy caras?

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Lino (Al final de la Eternidad)
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