Stephen Hawkins dando la bienvenida a su fiesta a los viajantes del futuro

Ya se contó en otra ocasión que cada historia sobre viajes en el tiempo se inventa su propia mecánica de funcionamiento, ya que el conocimiento que se dispone sobre este ámbito es limitado. Para adentrarse en esos terrenos desconocidos sin caer en incoherencias llamativas, los autores han de imaginar supuestos partiendo tan solo de su imaginación y de su capacidad de observar fielmente la realidad. Por ello, puede resultar interesante jugar con el concepto, acercarse y observar con detenimiento y minuciosidad, de qué está hecha y el tiempo que transcurre por ella. Pero antes tal vez debamos averiguar algo más sobre él.

¿Existe el tiempo?

Desde la Teoría de la Relatividad el tiempo suele colocarse como una dimensión más al lado de las conocidas tres dimensiones físicas. Sin embargo, mientras que estas pueden ser recorridas en ambos sentidos, no ocurre así con el tiempo. Aunque esto sólo ocurre a nuestro nivel de percepción, ya que a nivel físico, las ecuaciones que definen la naturaleza pueden evolucionar tanto en un sentido como en otro. Es decir, sea lo que sea el tiempo, lo que nuestra mente percibe como tal en un único sentido del pasado al futuro, es una construcción creada por ella misma.
Nuestro trabajo muestra que el tiempo no existe como algo que esté allá afuera corriendo del pasado al futuro, sino que es una propiedad emergente que depende de la habilidad del observador de preservar información de los eventos experimentados
—Robert Lanza,
director de Astellas Global Regenerative Medicine de la Universidad de Harvard

La naturaleza se muestra como tal una vez el mundo cuántico gobernado por probabilidades, adopta una forma final al interactuar entre sí siguiendo las leyes de la termodinámica. Nuestra mente y nuestra consciencia forman parte de ese mundo físico que en algún momento emerge, junto con el sentido del tiempo.

La lotería

Volviendo a nuestro mundo tangible y rutinario, exploremos pues cuál es el papel del tiempo. Empecemos por algo «fácil»: un bombo de lotería. Las probabilidades de que salga un número determinado al extraer una de las bolas es una fracción que depende del número de ellas en el bombo, de manera que cuantas más bolas, menos probable es que salga un número que hayamos elegido. La cuestión es: supongamos que en el momento justo después de haber extraído una de las bolas saltamos atrás en el tiempo y aparecemos de nuevo en el bombo de lotería girando y a punto de hacer la misma extracción, en ese mismo instante. Surgen al menos un par de preguntas a esta situación:

¿Volvería a salir el mismo número?

Si las bolas dentro del bombo siguen exactamente los mismos movimientos todo debería repetirse en las mismas condiciones. Aunque a nivel macroscópico las bolas repiten sus movimientos individuales, cada una de las interacciones posee una pequeñísima probabilidad de no ofrecer exactamente la misma trayectoria. En esta escala puede no ser un efecto observable, pero en el caso del clima atmosférico se puede entender mejor. Aun así, la duda de si nuestro mundo se repite siguiendo los mismos caminos trazados presenta una cuestión transcendente: ¿está establecido nuestro futuro?
  1. Si nuestro futuro no está establecido y es una evolución de nuestro presente que se va construyendo a cada instante, al volver atrás en el tiempo estaríamos irremediablemente transportándonos a una nueva realidad donde los sucesos vuelven a generarse en función de una probabilidad determinada ―como la de la lotería―.
  2. Por el contrario, si está establecido, todo se repetiría cual mecanismo de relojería extraordinariamente complicado. En este caso, la existencia del libre albedrio sería, en principio, una ilusión fruto de nuestra incapacidad para ver el tiempo más allá de la simple linealidad secuencial.
El espacio y el tiempo son constructos de nuestros sentidos biológicamente limitados

Ahora bien, esta manera de plantear las cosas de manera dicotómica, aunque es muy propia de nuestra especie, tal vez no sea la mejor de las aproximaciones a la realidad ¿Podría existir otra alternativa más flexible? Al fin y al cabo la mecánica cuántica que gobierna la naturaleza se basa en probabilidades, por lo que podría existir una línea preestablecida más probable que el resto, pero sin constituir un futuro irremediablemente escrito. Podría ser que la mayoría de las veces nuestras voluntades no sean más que automatismos que funcionan bajo reglas establecidas, gobernadas por la química de nuestros cuerpos y sujetas a la inexorable entropía universal. Pero quizás exista una Zona Muerta (Stephen King, 1979), un estrecho, pero posible margen de probabilidades, donde nuestro libre albedrío genere nuevos caminos que desafíen a la predestinación.

Pero no hemos respondido a la pregunta ¿Qué bola saldría? siendo todas las condiciones las mismas y suponiendo a esta escala un funcionamiento mecanicista, saldría la misma bola con una gran probabilidad ya que las condiciones eran las mismas... o casi. Existía una condición que no se daba en la primera iteración, algo que no estaba la primera vez que se ha relatado la extracción de la bola, antes de efectuar el salto atrás en el tiempo: el propio viajante temporal.

¿Dónde estaba el viajante del tiempo o crononauta?

Stephen Hawkins argumentaba que el viaje en el tiempo no era posible ya que, de serlo, estaríamos recibiendo visitantes del futuro. Dejando a un lado la cuestión de que tal vez es así pero no lo sabemos, en el ejemplo expuesto aquí, cuando se extrae por primera vez la bola solo había un «nosotros» contemplando girar el bombo, expectantes a verla salir. Es decir, no se trata —únicamente— si pueden existir o no dos versiones distintas de nosotros, sino que cualquiera que sea la persona que realiza el salto en el tiempo, no estaba allí —¿o sí? — antes de realizarse. Cuando la bola sale del bombo antes del salto, nadie había aparecido venido del futuro. Por tanto ¿Dónde está apareciendo nuestro crononauta? De nuevo surgiría la opción de una nueva realidad que emerge al realizar el salto temporal. Como se puede comprobar, al igual que con la teoría de los viajes Warp, el viaje en el tiempo parece implicar de una manera o de otra, una alteración traumática del propio entramado que conforma nuestra realidad.

Bucles temporales

Por lo visto hasta ahora, un viaje en el tiempo guarda cierto parecido con un bucle: un agente viaja hacia atrás en la «línea» temporal y causa con su irrupción un impacto cuyos efectos perduran en el transcurso de la línea temporal hasta alcanzar su origen. Estas alteraciones estarían limitadas por la propia naturaleza de nuestro universo y, al menos según nuestra comprensión actual, por la necesidad de preservar la relación causa-efecto. Es decir, si una modificación de los acontecimientos pudiera impedir la causa que la provoca, aparecería una paradoja. Ante una contradicción de este tipo cabrían dos posibilidades: que el acontecimiento sea sencillamente imposible dentro de las leyes de la naturaleza, o que nuestra descripción de lo sucedido sea incompleta y exista algún mecanismo que todavía desconocemos capaz de preservar la coherencia causal. De esta manera, la llamada línea temporal debería llamarse tal vez con mayor propiedad línea de causalidad.


Gráfico 01: bucle temporal en el supuesto de creación de nuevas líneas de causa-efecto (Fuente: elaboración propia)

En el gráfico 01, A y B son las líneas de causalidad de dos realidades alternativas. T1 a T6 son los intervalos de tiempo equivalentes —no proporcionales— de ambas líneas temporales en función del punto de ruptura ocasionado por un viaje atrás en el tiempo y la creación de un bucle temporal. En T1, la única línea de causalidad conocida es la A. Si suponemos que al viajar atrás en el tiempo estamos creando una nueva línea de causalidad cuyos acontecimientos dependen de lo que hagamos a partir de ese momento —¿incluso no viajar atrás en el tiempo? — esta sería B. En T2 el crononauta venido del futuro y su yo del pasado, ambos, compartirían la misma línea de causalidad B. En T3 las cosas comienzan a complicarse: el crononauta de A decide volver a su tiempo original, donde le pertenece, y el originario de B, supuestamente una nueva realidad creada, está a punto de realizar el mismo viaje temporal que A llevó a cabo en su línea temporal ¿Se crearía una nueva realidad alternativa C? ¿Podrían convivir los crononautas de A y B indefinidamente si ninguno volviera a saltar en el tiempo? ¿Qué ocurriría con la línea temporal original de A, donde él ya no existiría? Puede que sea preferible asumir por aquello de la navaja de Occam, que no hay creación de nuevas realidades. Sí que podría considerarse que la línea de causalidad pueda verse modificada dentro de un cierto margen que como se comentaba, permita que la relación causa-efecto permanezca.


Gráfico 02: bucle temporal en el supuesto de modificación de una misma línea causa-efecto sin romper la causalidad (Fuente: elaboración propia)

En el gráfico 02, A y B representan las experiencias subjetivas del mismo crononauta: A es su estado antes de realizar el viaje temporal y B el estado posterior al salto. En T1 solo existe A, la versión original. A continúa su trayectoria hasta T5, momento en el que realiza el viaje hacia T2. Al llegar allí aparece como B, mientras que A todavía se encuentra en T2, a punto de recorrer el intervalo que le llevará hasta T5 y realizar el mismo viaje. Volvemos a la pregunta realizada ¿Dónde aparece el crononauta B si en T2 no se tenía constancia de su existencia? Si A no se encuentra con su versión B venida del futuro en T2 es porque este encuentro no llega a suceder, lo que no significa que el viaje no se haya realizado. A podría —debería— aparecer como B de manera que A —su yo del pasado— no sea consciente de su aparición (Primer —Shane Carruth, 2004—). En el imaginario artefacto usado para realizar el salto temporal, se supone que habrá que establecer algún tipo de coordenada espaciotemporal. La precisión —o más bien la imposibilidad de establecerla hasta cierto punto— de este parámetro puede ser la clave que permita el margen necesario para que el viaje pueda ser realizado a un punto de destino que haga factible seguir una lógica de acontecimientos coherente. B aparecería en un momento y lugar tal que simplemente A, no se apercibirá de su existencia. La realidad y su trasfondo probabilístico gobernado por la mecánica cuántica, se encargaría del resto.

En T3, B podría decidir volver a su futuro. Pero según este postulado, desde que realiza el salto temporal de T5 a T2, su línea de acontecimientos deja de ser el patrón aparentemente estable y fijo al que creemos estar acostumbrados y bien podría ser una corriente o flujo fluctuante de estados superpuestos y sucesos por definir. Lo que se traduce en que una vez deja su línea temporal, esta ha dejado de ser la que era y ya nunca podrá volver a exactamente tal y como la recuerda. Aunque se trataría de la misma realidad física y con continuidad de la causalidad, existirían otras circunstancias posibles con probabilidades similares. Por tanto, al intentar volver al futuro mediante otro salto, podría encontrarse en T6 con esas sutiles diferencias y el mundo que él conocía en T5 habría dejado de existir.

Pero no acaban aquí las peculiaridades. Durante el intervalo en T2, A y B no han de tener un encuentro que contradiga la línea de acontecimientos —salvo que así hubiera sido para A durante el intervalo desde T2 hasta T5—. Es decir, al aparecer B en T2 venido desde T5 —dónde aún era A—, se encontrará con su yo desapercibido del pasado realizando todos los pasos que le han llevado hasta allí ¿Podría B encontrarse con A, incluso si no le interfiriera en su desempeño hasta realizar el salto temporal? ¿Qué efectos podría provocar en A y en sus recuerdos conscientes si B, su yo del futuro, logra aparecer abruptamente rompiendo la línea de acontecimientos, aunque no le impidan realizar el salto —lo que ocasionaría una paradoja—?

En este supuesto A y B son el mismo crononauta cuya diferencia consiste en que A es antes del salto temporal y B después. Es, por tanto, una misma consciencia. Sus recuerdos son los que son. De nuevo, surgen dos preguntas:
  1. ¿Puede B alterar la experiencia de A de alguna manera en la que este sea consiente?
  2. De ser así ¿Qué ocurriría con los recuerdos conscientes de B, que ya no serían los mismos? ¿Qué ocurriría con su mente? (Doce monos —Tery Gillian, 1995—)
De nuevo, la opción más abierta es suponer que existe un margen de posibilidades, estrecho, pero que permitiría alterar los acontecimientos dentro de ciertos límites: una sombra vista de reojo por parte de A viendo a su contrapartida B del futuro, o algún otro detalle del que no era consciente en su momento pero que a la luz de lo que descubre al realizar el salto y observarse a sí mismo, adquiere significado. Es decir, estaba ahí en efecto antes del salto, pero sin tener pleno conocimiento (Cronocrimenes —Nacho Vigalondo, 2007—). Según este experimento mental, parece como si la consciencia humana del crononauta tuviera un papel en el viaje temporal: sólo él sería consciente de los cambios entre las líneas temporales entre cada punto de salto, tanto antes como después y al intentar volver a la que él creía su línea temporal personal original. En cierta forma, es como un ser tridimensional en el mundo de Planilandia (Edwin Abbott, 1884), pero en este caso la temporal. El crononauta tendría acceso consciente a una dimensión del tiempo que el resto ignoraría.

Otra fascinante pregunta que se puede plantear es la siguiente: si cuando A salta atrás en el tiempo de T5 a T2 se «crea» una nueva versión suya B, de manera similar ¿podría esperarse la creación de otra versión suya C al saltar a su futuro, o incluso, a cualquier otro momento? En un salto al pasado sabemos que existe allí una versión nuestra y que antes o después realizará el salto que nos lleva hasta ese instante, pero si saltamos al futuro desde ese pasado, no está nada claro qué versión nuestra vamos a encontrar, si es que encontramos alguna ya que, en todo caso, ese futuro ha de incluir el supuesto de que hemos vuelto a nuestra línea temporal y continuamos desde donde lo dejamos. Es decir, al contrario de un viaje al pasado en el que el crononauta es consciente de lo que ocurre, si se encuentra con una versión C de sí mismo en el futuro, este debería disponer de un conocimiento del que carece el crononauta B, ya que él recordaría un viaje que su yo del pasado todavía no ha recorrido. Tal vez lo más coherente es postular que un viaje a un futuro lejano resultaría en una desaparición de esa línea temporal del propio crononauta, mientras que el resto del universo continuaría su lento transcurrir por el espacio-tiempo a la manera habitual. Parece que el Regreso al Futuro (Robert Zemeckis, 1985) resulta todavía más paradójico.

Pero, si se ha de considerar nuestra línea temporal como algo flexible y modificable, aunque sea dentro de ciertos parámetros ¿Qué ocurre con todo lo que existe cuando dejamos esa línea temporal y alteramos las probabilidades del espacio-tiempo? ¿Cómo afecta a las consciencias que ven desaparecer al crononauta realizar el salto? ¿Cómo experimentarán esos cambios todos aquellos que se han quedado a expensas de sus actos? ¿Qué ocurre con nuestras consciencias?

Tiempo y Mente

La Física lleva desconcertada desde que con el experimento de la doble rendija descubriera que el hecho de observar conscientemente un experimento físico influía en el resultado —para el que acabe de aterrizar, comentar brevemente que en este experimento se da la extraordinaria circunstancia de que el resultado de emitir una pulsación de fotones a través de dos rendijas es diferente en función de si se está o no efectuando la detección de por donde pasa cada fotón, de manera que en un caso se tiene un patrón de interferencia (como onda) y en otro una agrupación aleatoria de los impactos en una placa sensible (como partícula). Esta sería en efecto una de las peculiaridades de la famosa dualidad onda-partícula del mundo subatómico—. Atónita, la Ciencia no ha tenido más remedio que aceptar la posibilidad de que la consciencia —sea lo que sea esto— tenga algún tipo de papel en la configuración de la realidad que nos rodea.

Como ya se comentó anteriormente, la mente es una parte más del mundo físico por lo que la alteración de ambos debido a una modificación de los acontecimientos pasados que afecten al momento presente, no puede descartarse. Hasta ahora se ha estado postulando en este artículo de manera un tanto libre e imaginativa, con un experimento mental en el que una consciencia y su cuerpo físico correspondiente —el ya conocido crononauta— entran en un bucle temporal y como consecuencia, los acontecimientos adquieren un determinismo líquido, en el sentido de que su resultado está sujeto a un fluctuar de probabilidades. El resultado sería un determinismo probabilístico, similar al del mundo cuántico que nuestra mente no percibiría ya que sería transformada junto con el mundo físico del que forma parte (Frequency —Gregory Hoblit, 2000—). En cualquier caso, dejando a un lado la mera especulación, existen algunos estudios científicos que añadidos a este experimento mental proporcionan un escenario que es como poco, sorprendente.

Si empezamos por el presente, diversos estudios han encontrado evidencias de que nuestra mente no nos muestra la realidad tal cual, sino que está constantemente aplicando diversos filtros. Por un lado, por economía, para no tener que realizar un esfuerzo innecesario procesando información irrelevante, repetitiva o ya conocida, siempre a criterio de nuestro inconsciente. En este sentido es llamativo el experimento del disfraz de gorila en el que se evidencia que, si nuestra mente no está preparada para percibir algo previsible, no lo hace o le resulta difícil por simple ahorro de recursos. Además de esta sorprendente revelación sobre como nuestra consciencia maneja los acontecimientos que situamos en nuestro presente, otro estudio revela un funcionamiento no menos singular sobre los recuerdos, que normalmente situamos en el pasado. Nuestra mente no los almacena como una grabación en una cinta magnética, sino que accede a la memoria de los eventos pasados mediante una aproximación que incluye una reinterpretación de los mismos, según los conocimientos adquiridos posteriormente —ahora se entiende la gran afición de los humanos a reinterpretar la historia—. En definitiva, la naturaleza de la información almacenada no se corresponde «fotograma a fotograma» con lo ocurrido, más bien sería un archivo comprimido que se reconstruye con información del presente para adecuarse a él. Pero ¿acaso no es este el mismo mecanismo que se postulaba para un bucle temporal que conserve la causalidad?
Cada vez que recordamos algo, reconstruimos los eventos en nuestra mente e incluso los cambiamos para que encajen con cualquier información nueva que pueda haber salido a la luz
—Elisabeth Loftus, psicóloga

Hipotéticamente, esa variabilidad de los recuerdos para ajustarse al presente podrían ser un reflejo de los reajustes que la realidad fundamentada en la probabilidad de la mecánica cuántica realiza para mantener la coherencia de la causalidad, de manera que esta preceda al efecto. Puede que lo que nosotros creemos que es la realidad como un transcurrir de sucesos de manera lineal no lo sea tanto y realmente sean flujos dinámicos de eventos probables que no adquieren presencia física hasta que es necesario que lo sea. Por ejemplo, ¿Qué ocurre con un vídeo que es grabado físicamente en un registro magnético o similar? Esos sucesos no podrían ser alterados ni, por tanto, la causa que los genera ¿Refuta pues el postulado? En absoluto, de la misma manera que en el experimento de la doble rendija, simplemente, esos sucesos ya habrían adquirido una forma definitiva por el mero hecho de efectuar un registro de ellos. Resulta fascinante la semblanza con las creencias de algunas tribus que no desean ser grabadas con cámara porque piensan que «les roba el alma».

¿Y qué hay del futuro? Por supuesto, la prospectiva que nuestra mente realiza hacía los acontecimientos venideros no es menos singular. La sorpresa es que cuando pensamos en lo que está por venir, la mente emplea los mismos mecanismos que para acceder a nuestra memoria del pasado, es decir, construye unos Recuerdos del Futuro (Erich von Däniken, 1968) con la información actualmente disponible. De alguna manera, nuestra mente a pesar de todo guarda esa simetría temporal que se comentaba al principio que el mundo tiene a nivel cuántico, pero que, a nivel macroscópico en nuestro día a día, está limitada por el segundo principio de la termodinámica. La cuestión es que, aunque nuestra consciencia forma parte del mundo físico, continúan existiendo esas dos incógnitas: ni se conoce qué es y cómo surge, ni se conoce cuál es ese misterioso tejido que forma nuestro universo en su nivel más básico, por lo que la relación entre ellas es también un intrigante misterio susceptible de ser fuente de fabulosos relatos.
Otro error que cometemos es asumir que imaginar el futuro es un proceso completamente diferente del de cómo pensamos sobre el pasado

—Elisabeth Loftus, psicóloga  

El día de la marmota

Otra posibilidad de viaje temporal en la que la consciencia es la protagonista ha sido explorada en algunas obras de ciencia-ficción muy populares (Atrapado en el tiempo —Harold Ramis, 1993—) hasta el punto de constituirse como un subgénero, es aquella en la que lo que viaja en el tiempo no es el cuerpo físico de un crononauta, sino únicamente su consciencia. En estos postulados la consciencia de un sujeto viaja a su propio cuerpo, pero en un tiempo anterior repitiéndose el proceso una y otra vez. La consciencia seguiría el patrón supuesto en el gráfico 02, siendo esta A y el cuerpo B, pero con una sorprendente variante: al no existir otra versión física del crononauta, las reglas de causalidad no podrían romperse, hiciera lo que hiciera el individuo en cuestión. El sujeto podría recrear en cada iteración del bucle una nueva realidad, ya que no habría otro cuerpo físico que crease alguna paradoja. Sería una consciencia del futuro que reescribe la línea temporal a su antojo, limitado por supuesto por sus propias posibilidades de interactuar con su entorno. Su consciencia sería la única en conservar los recuerdos de cada futuro de cada una de las iteraciones temporales. Quién sabe si nuestros propios sueños podrían ser origen de déjà vus, como resultado de viajes de nuestra consciencia al futuro y su regreso a nuestro cuerpo anclado en el presente. Un detalle de esta y otras obras similares como Palm Springs (Max Barbakow, 2020) o El mapa de las pequeñas cosas perfectas (Ian Samuels, 2021) es que el punto de retorno es precisamente el de la interrupción de la consciencia durante el sueño. Sin embargo, en Al filo del mañana (Doug Liman, 2014) son un poco más drásticos: el sujeto ha de fallecer para producirse el reinicio del bucle. Otro caso que destaca por su propuesta original es Código Fuente (Duncan Jones, 2011) donde la consciencia de una persona aparece en bucle durante ocho minutos en otra línea temporal... al menos en apariencia.

La ciencia

Aunque todavía hay mucho camino por conocer, la ciencia tiene algo definido sobre la posibilidad del viaje en el tiempo. El primer paso en este sentido fue dado como consecuencia de la Teoría de la Relatividad General del archiconocido Albert Einstein: las curvas cerradas temporales. Según esta teoría, existe una posibilidad de que las curvas temporales similares a las que se ha especulado en estas líneas puedan existir, teniendo como una de las consecuencias que un efecto pueda ser simultáneo con su causa, dicho de otra manera, que un efecto sea su propia causa (Todos ustedes, zombis —Robert A. Heinlein, 1959—). Dentro de una curva cerrada temporal, la causalidad solo se mantiene a través de esta singularidad en la que cualquier cosa puede ser su causa. Esto significa que la aparición abrupta de algo nuevo no podría determinarse a partir de los sucesos anteriores, creando a partir de ese momento una línea temporal renovada. En cualquier caso, esta curva cerrada siempre habría existido (El Final de la Cuenta Atrás —Don Taylor, 1980—), es decir, en el caso del bombo de lotería, este era realmente un bombo trucado que un viajante del futuro puso en lugar del correcto, proporcionando el resultado adecuado cuyo premio permitió financiar un proyecto para crear una máquina del tiempo y así, viajar al pasado y sustituir el bombo de lotería. Por ejemplo. Por supuesto, el propio Stephen Hawking propuso la conocida conjetura de protección cronológica por la que supuestamente las leyes del universo impedirían un viaje en el tiempo y también, el físico Novikov propuso en sentido favorable el principio de autoconsistencia, que sí permitía los viajes temporales pero establecía límites para mantener la coherencia.

Estudios posteriores coinciden en estas posibilidades. Por ejemplo, los investigadores Ben Tippet y David Tsang han desarrollado el modelo teórico que permitiría construir un bucle temporal, que, si bien sería matemáticamente posible, exige un uso de energías que lo hace inviable... de momento. En cuanto a las paradojas temporales que podría producir, otros dos investigadores, el estudiante Germain Tobar y el doctor Fabio Costa, han hallado en su estudio que la causalidad podría mantenerse gracias a «reajustes» que la propia realidad efectuaría que, si bien alterarían los acontecimientos, no así con la causa que los provoca. 

Exploradores del Tiempo

Puede que lo que escondan en el fondo todas estas historias sobre viajes en el tiempo, sea esa ensoñación que nos produce la posibilidad de volver a aquel momento de nuestras vidas y hacer las cosas de otra manera, reparar nuestros errores, aprovechar aquella oportunidad... o decidle a aquella chica lo que nunca te atreviste. Pero lo que nos acaban mostrando estos relatos es que el pasado es de cristal, si se rompe, ya no se vuelve a unir como antes, con resultados impredecibles. Que lo único que podemos cambiar es a nosotros mismos hablando con nuestro yo anterior. Son nuestras consciencias, en su caminar por la senda del tiempo, las que convierten los futuros posibles por explorar en pasados por recordar. De alguna manera, no solo somos exploradores del universo como Carl Sagan definía a nuestra especie, sino que también lo somos del tiempo, cuyo presente es su resultado. Somos en definitiva, constructores de presentes y soñadores de futuros.


[Entrada publicada posteriormente en el blog de Planetas Prohibidos]
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John Carter [wallpaper]

La libertad es uno de los derechos más preciados por la sociedad. A poca gente se le ocurriría poner en duda lo más mínimo este derecho ineludible del ser humano. No faltan los que en cuanto se pretende acotar el término sospechan de ciertas tendencias políticas o ideológicas, haciendo uso de etiquetas muy manidas para espetárselas al que ha osado abrir la boca, llegando a la paradójica auto-contradicción. Pero empecemos por el principio: ¿libertad para qué?

Desde que en España comenzamos a disfrutar del actual periodo llamado democrático, uno se encuentra con extraordinaria frecuencia la idea de que gracias a ello, se puede hacer «lo que uno quiera». A mi personalmente siempre me ha llamado mucho la atención esta frase. Si bien estoy por supuesto de acuerdo en un sentido amplio, me surgían muchas preguntas para las que no encontraba respuesta. Por ejemplo: si puedo hacer «lo que quiera» ¿Significa que puedo estar haciendo todo el día tonterías y diciendo chorradas? ¿O significa que cualquier cosa que haga va a dejar de ser considerada como una «tontería»? ¿No se debería intentar hacer «lo correcto»?

Claro, esto era y sigue siendo incómodo, ya que obliga a definir qué es lo correcto. Como consecuencia, ayudados por un ambiente político que consiste en decir a la gente lo que quiere escuchar, se ha pasado a la obligatoriedad en la ausencia de definición con frases aparentemente irrefutables como «todas las opiniones y posturas son respetables» ¿A que es difícil poner pegas a esto? ¿A que nos resulta «cómodo» seguir con nuestras ideas sin intentar corregir a nadie, ni a nosotros? —total, voy a tener igual el Barça/Madrit en la tele—. Las redes sociales han amplificado todavía más esta situación con la creación de burbujas autoconvencidas y un ambiente político extremadamente polarizado que consiste en machacar ideológicamente al contrario, cuyo principal error es el de pensar diferente a ti.

«Cuando todos piensan igual, es que ninguno está pensando»

―Walter Lippmann

Naturalmente, el problema no reside en que todo el mundo tiene derecho a tener su postura y a manifestarla. Esto es innegable. El problema es, sin embargo, no añadir a continuación la obligación de cuestionarnos su validez o de aceptar que puede estar equivocada. Y créanme, por pura lógica universal matemática, cuando existen dos posturas contrapuestas una a otra, una de ellas no puede ser cierta. No se puede opinar que algo es blanco y es negro al unísono. Ambas posturas son «respetables» pero una al menos, no puede ser cierta: no es incompatible lo respetable con lo equivocado. Puede ocurrir, no obstante, que sea gris y que cada uno vea sólo lo que quiere ver, lo que puede que pase la mayoría de las veces.

Hay que añadir que no se trata de cuestiones culturales o de modas. Estas, por definición, dependen de los criterios que marca la sociedad y son ambiguos o imposibles de determinar objetivamente ya que dependen de preferencias personales y estimaciones arbitrarias. Por ejemplo, no se trata de si es «correcto» llevar sandalias con calcetines subidos hasta la rodilla o todo lo contrario. Y también hay conceptos para los que no existe una respuesta que nos guste, ya que dependen a su vez de otros problemas cuya solución está al alcance de la decisión de muy pocos.

La realidad tiene muchos matices, pero todos llevan al mismo punto. Si alguien está pensando en la mecánica cuántica y aquello de que la realidad depende del observador, del cristal con el que se mira, etc., etc... aunque la física apoya esta aparente subjetividad, una vez la realidad adquiere presencia lo hace dentro de un margen estrecho definido por precisas leyes físicas. Es decir, aun admitiendo que la realidad la construye el observador, sin embargo, no puede crear cualquier realidad, sino solo una muy bien determinada.

Otra frase característica de este periodo actual en el que se encuentra nuestra sociedad, es la de «tu verdad» o «mi verdad», que refuerza la idea de que cada uno puede creer en lo que le de la gana con la única condición de que los demás puedan hacer lo mismo. Como si la verdad dependiera del capricho de cada uno —o lo que es lo mismo, dogmatismo puro y duro—. Y todos tan contentos. Sí, es verdad que cada uno puede creer en lo que le de la gana, pero nadie garantiza si se está o no creyendo en una gilipollez —¿alguien dijo terraplanismo?—.

A la sociedad le preocupa más la «libertad» para escoger una descripción de nuestro mundo, que la correspondencia de esta con el mundo real. No le importa el tiempo, recursos y esfuerzo que una sociedad puede desperdiciar por no tener una versión del mundo que se ajuste a una realidad física. No le ha importado hasta ahora, por ejemplo, todo el daño que un modelo económico basado en la creencia irreal de un crecimiento ilimitado le causaba al medio ambiente. No le ha importado creer en un modelo económico que generaba deuda de un dinero irreal que posteriormente ha quebrado la economía real —la de comer todos los días— de familias con recursos limitados.

¿Cuándo ha empezado esta aversión a la búsqueda de la verdad? Al parecer la culpa de todo esto la tuvieron los nazis, no porque sea fácil echarles la culpa de todo a ellos —que también—, sino porque desde entonces se ha confundido la manera en la que ellos creyeron en su verdad, con el hecho de creer en una verdad. El problema de los nazis no era que creyesen en unos principios y los defendieran con firmeza, sino —entre muchos otros— en creerse con superioridad para imponerla al resto. Es decir, en no considerar que pudieran estar equivocados. 

Esta confusión fue provocada por el ansia en dejar como sea atrás el nazismo y colocar a los ganadores resultantes de aquel desastre como unos salvadores muy por encima de la situación, lo que no era ni es del todo cierto. Como consecuencia, la historiografía y la cultura social resultante construida desde entonces en las democracias occidentales, huye como de la peste de la firmeza en la defensa de las ideas y principios propios y del ansia de conocimiento, en lugar de buscar la autocrítica o el debate. 

Alguien estará pensando cómo se puede ser firme en la defensa de las ideas y a la vez ser autocrítico. Bien, aquí es dónde está la gracia. Hay una cosa que se llama línea argumental y todo el mundo debería establecer la suya propia para llegar a una conclusión. Saber por qué hace las cosas. Cuando se entra en contacto con otras personas y se comparten dichas líneas argumentales, surge la oportunidad de poner en cuestionamiento las propias y someter a crítica la de los demás. No por el deseo de tumbar ideológicamente al oponente, sino para ayudar al prójimo a que se corrija él mismo su línea argumental propia. La idea sería aprender gracias a compartir con los demás estos argumentos, algo que es para lo que deberían servir las redes sociales. Sin embargo, como sabemos, es justamente al contrario.

Sin ánimo de hacer especulaciones gratuitas, es como si el germen del fascismo que ya existía antes del conflicto en aquellos ganadores de la Segunda Guerra Mundial, pero que no pusieron en práctica como sí ocurrió en Alemania, sin embargo, haya evolucionado en un postfascismo que huye de las etiquetas clásicas nazis y al mismo tiempo, las usa para desviar la atención y permanecer inadvertido. El resultado, sea cual sea la explicación, es que por mucho se supone que hayan intentado evitarlo, han generado una sociedad dogmatizada y polarizada ideológicamente, que huye de la verdad y abraza lo intranscendente, lo vulgar y lo directamente falso. Lo fake y lo viral, son las nuevas señas de identidad de la actualidad.

«la eugenesia. Todo el mundo piensa que se circunscribe a la Alemania de Hitler, pero en realidad empezó en Virginia, en la América profunda, y luego Francia y solo después Alemania»

¿Qué tiene esto que ver con la ciencia-ficción? Pues mucho por varios motivos. Uno es que este género suscita los más acalorados debates —por llamarlos de alguna manera— alrededor de su producción cultural. Se llega al punto de que actores son cancelados de la opinión pública por su raza, por su sexo o por alguna cosa que dijeron que hicieron, en alguna parte, hace un tiempo. Y el otro motivo ha sido por propia experiencia en dos situaciones: 

Una de ellas es sobre la reciente serie de televisión de La Fundación en una conocida red social. La cuestión era qué grado de acierto podía lograrse en una critica de esta serie sin haber leído los libros. Tanto la serie como el asunto mencionado podrían ser objeto de largos artículos, pero por resumir, parece bastante razonable argumentar que para adaptar una obra a un medio distinto al suyo original, es al menos conveniente conocer las particularidades de este. Es decir, no es que no se pueda opinar, pero el análisis va a estar cojo con una gran probabilidad de no ser así. Pero si esta discusión puede parecer de traca, el remate es cuando se puede leer la frase «la crítica es libre». Confieso que no entendí lo que ocurría hasta hace poco, cuando he decidido escribir sobre ello. La crítica es en efecto libre, pero nadie discutía eso, sino la validez del argumento expuesto. 

Y el otro caso tiene algo más de tiempo y fue en la misma red social —lamentablemente, los tweet están bloqueados por la autora—. En este caso fue de nuevo otra adaptación de una obra literaria, la película John Carter y las criticas hacía ella por su parecido con Star Wars de la que —decían— no era más que una «copia». En otra red social pretendí —no estoy seguro de con cuanto acierto— explicar que no podía ser una copia ya que la obra original en la que se basaba la película era nada menos de hace más de cien años, literalmente. O sea, a cada uno le puede gustar o no una película o una serie, pero si el principal argumento con el que te has formado tu opinión no tiene ni pies ni cabeza, algo falla. Por mucha libertad que tengas. Continuaba argumentando que tal vez fuera un problema de mercadotecnia, algo que ocurre en bastantes situaciones cuando no se acierta con el mensaje enviado al publico que ocasiona que acudan a las salas con una idea distinta a lo que realmente va a ver. El tiempo me ha dado la razón al hacerse públicas diversas declaraciones de los responsables de la producción admitiendo que la campaña de marketing fue un total desastre. Pero la prueba de que la gente se equivocaba en su juicio a esta película a causa de un argumento falso no es solo por esto: ahora, diez años después, el que ha podido acceder a esta obra sin un prejuicio previo, la está valorando mucho mejor que lo que entonces se hizo.

En estos dos casos el problema ha sido la falta de conocimiento de las obras originales. Esta circunstancia también fue en el lado opuesto, una de las claves del éxito de Avatar, una película plagada de clichés del cine de entretenimiento, cuyo principal aporte fue una nueva manera de hacer dinero y cuya originalidad proviene en su mayor parte de obras literarias las cuales solo un ínfimo porcentaje de los espectadores que la aplauden han leído. Es como si la ignorancia del público se convirtiera en un valor de mercado. Sin embargo, cuando la intención es difundir un mensaje más sofisticado proveniente de una saga literaria a otro medio más popular, la principal crítica, incluso del entorno mediático, se apoya en el desconocimiento de la obra de la que se parte, siendo un blanco fácil ya que en efecto, es desconocida para una mayoría. Parece como si existiese un filtro impuesto por un establishment que opera entre bastidores. En fin, espero estar equivocado.


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El Eternauta

En el año en el que El Eternauta (Oesterheld-Solano, 1957) fue publicado, las invasiones de extraterrestres que aparecían en el ámbito anglosajón eran sobre todo, reflejos del temor a la inestable situación que en plena Guerra Fría se vivía. Pero el resto del mundo tenía además de esta, otras preocupaciones más inmediatas y que afectaban de manera más directa y en ocasiones dura, sus vidas. En el mundo hispano de ambos lados del océano, los problemas provenían de regímenes dictatoriales y sociedades de cultura militar impuesta. 

Siguiendo este mismo principio de utilidad de la ciencia-ficción para manejar las preocupaciones del presente, el escritor Héctor G. Oesterheld usó una ficción sobre una invasión extraterrestre para reflejar la coyuntura que en aquellos momentos definía sus vidas, en los aspectos más inmediatos. Pero en lugar de presentar un escenario dominado por unas fuerzas extrañas ―el poderoso y lejano enemigo― ideó un modelo estratégico por fases de invasión alienígena basado en la eficiencia, que eliminaba de manera precisa la resistencia local o la reutilizaba en su favor, dejando intactos los recursos del planeta. Un enemigo que pasaba a formar parte desde ese día, de una rutina donde el sometimiento y la permanente sensación de derrota y dominio inevitables eran la norma. Aunque en La Invasión de los ultracuerpos (Jack Finney, 1955) se acercan a esa situación, este modelo no parecía ser aceptado como propio por los orgullosos países de ámbito anglosajón-protestante ―los llamados WASP― en los que no se admitía que estos problemas pudieran formar parte de su cultura. Sin embargo, la verdad es que con el tiempo ha acabado sirviendo de inspiración en nuestros días en obras culturales que tratan el mismo tema, empezando tal vez en la serie Falling Skies (Rodat-Spielberg, 2011~2015) siguiendo por Colony (Cuse-Condal, 2016~2018) o Nación Cautiva (Rupert Wyatt, 2019). En estas obras, sus sociedades acaban acatando aunque sea parcialmente ―o usando el recurso de un ficticio dispositivo de control mental― el dominio totalitario, definiendo su funcionamiento y sus jerarquías, donde algunos de entre sus gentes acatan el poder a cambio de ser acogidos en el poderoso regazo de las autoridades, traicionando a su gente o a sus teóricos principios para lograr un protagonismo que de otra manera no conseguirían. Situación que recuerda a la que en países como Francia no quieren recordar y han procurado ocultar, en relación al periodo de ocupación nazi en la 2ª GM y el papel que el funcionariado de aquel país tuvo colaborando con los invasores.


En cuanto a la parte artística, aunque el estilo oscuro del dibujante Francisco Solano se presentaba absolutamente sucio y demacrado, lo cierto es que le otorgaba una sensación angustiosa al relato totalmente oportuna que ayudaba a reflejar esa sensación de fatalidad lúgubre, que el inevitable destino aparentemente presagiaba. 

Tras muchos intentos y discusiones sobre la propiedad cultural de la obra, sus herederos han acordado con una cadena de video por suscripción la realización de una serie, gracias a la gran repercusión cosechada en todo el ámbito hispano y en el mundo del cómic a nivel internacional. Sin olvidar que en su país de origen, Argentina, fue toda una conmoción política lo que junto con  la extraña desaparición de su autor, ha transformado la obra en un mito. De alguna manera, logró inadvertidamente traspasar el cuarto muro del cómic, ya que el autor hace acto de presencia en el propio relato mientras contempla una de las apariciones del protagonista, el viajante de la eternidad. Quizás es tal vez allí el lugar donde se encuentre el desaparecido escritor. En cualquier caso, él y su creación continuarán su viaje en nuestra imaginación, hasta encontrarnos con ellos al final de la eternidad.

[Esta entrada es un fragmento actualizado y ampliado de otro artículo anterior]
[Artículo publicado posteriormente en El sitio de ciencia-ficción y en el blog de Planetas Prohibidos]
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Logo y créditos iniciales de 'Star Trek: Discovery'

Desde hace 55 años que Star Trek o Viaje a las Estrellas viene mostrándonos que lo importante no es alcanzar un horizonte lejano y utópico, sino que el objetivo es el propio viaje al recorrerlo. Un camino que la Humanidad viene realizando en su lento deambular alrededor del Sol, tropezándose continuamente con sus inevitables defectos. La Star Trek original, conocida como TOS (Trek Original Series), nos mostraba a una tripulación interdisciplinar, interracial y en la que el género no era tan siquiera un asunto del que se hablara. Su autor, Gene Rodenberri, no pretendía mostrar un futuro en el que no hubiera problemas, sino uno en el que la Humanidad sabía enfrentarse a ellos como equipo, como colectivo. Desde entonces, aquella pretensión ha ido sufriendo desgaste ante el roce con el resto de la producción cultural, obsesionada con la reproducción mimética de los problemas del presente, extrapolados y llevados a sus consecuencias más exageradas, asumiendo que no hay nada que hacer al respecto y prácticamente, convirtiéndose en profecía autocumplida.

Star Trek Next Generations (TNG) estiró la idea inicial y permitió que la saga alcanzara el fin de siglo, pero su importante ―aunque limitado― aporte de nuevas ideas, quedó parcialmente oculto tras la repetición de los mismos clichés de décadas anteriores. Esto hizo que los acontecimientos del siglo entrante se la llevaran por delante. Star Trek dejó de existir a pesar del intento fallido —para algunos— de Enterprise. Antes de esto, un suceso iba a señalar una circunstancia que actualmente, más de dos décadas después, continua definiendo nuestro día a día —pero en el mal sentido—: en un buen intento por mantener la saga viva, Espacio Profundo Nueve mostraba otra visión del universo Trek, pero fue entonces cuando el fenómeno social por el cual alrededor de un concepto cultural se creaba una legión de seguidores y constituía su éxito, comenzó a desvelar un oscuro aspecto: un sector de la comunidad de aficionados de la franquicia «entregados» a la causa trekkie y aferrados al concepto original, no lo asimilaron y lo consideraron como algo cercano a una herejía, una traición al «espíritu» de la saga. Lo paradójico de todo este asunto es que ocurría sobre una idea que pretendía que la humanidad fuera flexible, tolerante, comprensiva y se adaptara a los tiempos para resolver los problemas, no para crear otros nuevos. Una contradicción que viene persiguiendo a la humanidad desde que comenzó a caminar. Espacio Profundo Nueve era una historia ambientada en el mismo universo, pero en una situación diferente, por lo que la respuesta y la acción de los personajes no tenía porque ser la misma que la de TOS. Sí debía de ser, no obstante —y así de hecho cumplía la serie— la filosofía subyacente con la que se manejaban las situaciones, que en este caso no eran insondables misterios de zonas desconocidas del universo, sino de la convivencia de varias razas enfrentadas entre si en un área fronteriza del estado político formado por la Federación de Planetas. Efectivamente, en el universo imaginario creado alrededor de la saga original, no todo el mundo embarcaba en misiones de cinco años a lugares donde nadie había llegado antes.

Tras el cambio de paradigma en el mundo audiovisual, con el mítico reinicio de la saga Battlestar Galactica, faltaba que esta transformación cultural alcanzase al universo trekkie. Y así parecía ser cuando se anunció que una nueva serie ambientada en dicho universo iba a aparecer: Star Trek: Discovery. Ya desde el principio avisaron que cambiarían el foco: la serie no estaría centrada en el capitán, y que sería mujer. Es decir, no solo desafiaban la inercia cultural de presentar como protagonista a un hombre, sino que también se pretendía desafiar al propio concepto de orden jerárquico, y por consiguiente, al concepto de meritocracia, fundamental en el universo de Star Trek y objeto de gran controversia hasta nuestros días. Esta declaración de intenciones era un aviso de lo que iba a venir.

La protagonista

Michael Burnham (Sonequa Martin-Green) en el puente de mando de la 'Discovery'

Una mujer, de raza negra ocupando posiciones inferiores en la jerarquía organizativa. Además, engreída, prepotente, desafiante, insubordinada, sabelotodo y con necesidad de ser continuamente el centro y creer que de ella depende la responsabilidad, le corresponda o no, de salvar a todo el mundo. Alguien podrá pensar que estoy siendo despectivo, racista, misógino y puede que un montón de cosas más. En estos términos se han estado dando divisiones entre los aficionados, protagonizando discusiones polarizadas al máximo, desgraciadamente, tan clásicas y que tanto abundan en estos días. Los aficionados se culpan unos a otros, no por lo que piensan sobre la obra, sino por el mero hecho mismo de pensar algo diferente a «lo correcto», que suele coincidir curiosamente con lo que le conviene a cada uno. En definitiva, verdaderas aberraciones a estas alturas de siglo. Volviendo al tema, al parecer, pocos han pensado en la posibilidad de que los creadores de la serie hayan puesto a esta protagonista así, intencionadamente, con esa personalidad y esas características. Y tendría sentido y sería coherente con lo que se ha visto en la saga: Michael Burnham (Sonequa Martin-Green) está desde los inicios moviéndose en el terreno de lo ilegal, lo irresponsable y lo temerario, por lo que no logra ser comandante hasta... ¡la cuarta temporada! El único que confía en ella resulta ser un intruso de un universo paralelo «oscuro» ―un clásico de la saga, sin embargo, tal vez la parte más incoherente―. Su hermano, nada menos que Spock (Ethan Peck), la define con precisión y hasta que él aparece nadie la pone en su sitio ―lo que repetiría el Almirante de la flota en la 3ª temporada― confirmando que su hermana es realmente así, no es que nosotros seamos «malos» por pensarlo. Discovery, continuando con la filosofía del universo Trek, nos hace enfrentarnos a nuestros prejuicios y nos obliga a replantear que incluso la gente que pueda parecernos impertinente en un principio, merece también una oportunidad.

La jerarquía y los roles

Sylvia Tilly (Mary Wiseman)

El concepto de meritocracia en Star Trek ha sido siempre una de sus importantes señas identitarias al desafiar los conceptos establecidos en su época. Sin embargo, su tratamiento era implícito en el propio planteamiento de la serie. Es decir, en raras ocasiones se hacía alusión a ello de manera explícita. De ocurrir, era normalmente cuando entraban en contacto con otra cultura y surgía algún conflicto que nuestros héroes de la Enterprise tenían ya superado. Algo que actualmente, en nuestra cultura, no se ha logrado. Con todo, TOS podría decirse que adolecía, desde este punto de vista, de haber sucumbido a colocar como foco del protagonismo a un varón caucasiano heterosexual como máxima autoridad. De hecho, según se cuenta, la intención inicial era la de colocar a una mujer de capitán, lo que lograron con Star-Trek: Voyager —incluso pusieron en TNG de comandante hasta... ¡un calvo!—. Probablemente, la circunstancia de necesitar adaptarse a los prejuicios de la época era y ha sido un freno. Es decir, nos encontramos ante la paradoja —otra— de intentar ofrecer un producto que rompa con esos prejuicios para ofrecérselos a una necesaria audiencia que está dominada por ellos. Pues bien, exactamente el mismo problema se tiene en nuestros días. Unos prejuicios diferentes, por lo que —y una vez más siguiendo con la misma intención de la serie original— Discovery pretende romper con una parte de ellos también ofreciendo un producto diferente, porque el público y la situación, no son las mismas. Por eso, se ha llegado a ver en la serie a una chica rellenita, la teniente Sylvia Tilly (Mary Wiseman) —¡pelirroja, que escándalo!— al frente de una nave estelar.

Los géneros

Doctor Hugh Culber (Wilson Cruz)

Los roles de género, llamando así a las tendencias, afinidades y roles en las relaciones en las que el sexo biológico es tan solo una de las variables, han sido otro de los asuntos que, dado su relevancia en el funcionamiento social, ha tenido su parte importante de tratamiento en la saga. Pero claro, de aquella Uhura, tan hermosa como absolutamente eficiente en su trabajo, en la que tras una hora de capítulo una mujer de raza negra trabajaba a la misma altura que cualquier otro componente de la tripulación sin que nadie dijera nada, ni a favor ni en contra ya que daba igual su sexo, raza o lo que fuera; a dedicar un capítulo entero varias décadas después para tratar de forma explícita lo mismo, uno se da cuenta de que algo no funciona. Que si gays, que si trans, todo debe de tener su capítulo, su personaje y su trama bien evidente para que se vea clarito que los trekkies son muy guais y tolerantes. Esto no significa que en TOS no hubieran capítulos explícitos hasta casi la parodia, pero no era la norma y parecía tener una mayor justificación en el guión. En Discovery hay un romance gay protagonizado por el teniente científico Paul Stamets (Anthony Rapp) y el médico de a bordo, Dr. Hugh Culber, cuyo interprete Wilson Cruz lo define así:
«no es como si estuviéramos teniendo un episodio especial de dos horas sobre las relaciones homosexuales en el espacio. No es eso. Simplemente están enamorados y resultan ser compañeros de trabajo»

Es decir, que sean pareja no es más que una circunstancia como tantas otras, y las consideraciones sobre la relación en sí quedan embebidas dentro de la trama, como algo absolutamente habitual. Además, por primera vez se introduce una pareja transgénero y «no-binaria» —confieso que era la primera vez que oía hablar de este rol de género, así que en mi caso ya han logrado algo. Eso sí, la pareja que forman sigue siendo binaria, es decir, de dos—. Están interpretados por Blue del Barrio y Ian Alexander cuyos personajes así como los actores en la vida real, usan pronombres neutros. Hay que señalar que no obligan a nadie a usarlos, simplemente piden a las personas de confianza que se dirijan a ellos de esa manera —sin apuntarles con un fáser, lo que es un detalle—.

El problema

Star Trek: Discovery, a pesar de no seguir el mismo patrón que la serie original, emula parte de sus pretensiones de innovación social, pero aplicadas a las circunstancias y público actual. Pero no todo el mundo lo ve de igual manera. El movimiento social que se originó alrededor de una serie de televisión en el año 1966, y que entonces fue un suceso único en la historia, es hoy en día algo habitual. Foros y redes sociales arden en discusiones enfervorizadas, verdaderas luchas tribales entre fanáticos seguidores de una u otra saga cultural. Las corporaciones de entretenimiento se frotan las manos mientras tanto, pero en el caso de Star Trek, esta situación choca por completo con lo que se pretendía: una humanidad que ha dejado atrás los enfrentamientos basados en la emotividad, viscerales, con escasa o nula racionalidad. La serie pretende poner patas arriba las convenciones sociales para que dejemos atrás de una vez por todas algunos prejuicios que todavía se siguen sin superar. Esto es loable, por supuesto, pero incluir en una misma obra todos y cada uno de ellos, afecta a la historia, forzándola a desviarse, por mucho cuidado que se haya hecho intentando que las reivindicaciones sean implícitas. Lo han convertido en su principal objetivo, dejando con poco protagonismo otros aspectos igualmente característicos del universo Trek. A pesar de todo, en Star Trek: Discovery todos los personajes tienen un gran trasfondo y están bien construidos, la tercera temporada es un mensaje de esperanza y optimismo característicos de la filosofía Trek y la cuarta, con Burham de capitán y enfrentándose a un enemigo desconocido capaz de destruir planetas, es lo más parecido a la serie original hasta ahora. Sin duda, es una buena serie, pero tal vez, no sea la serie que todavía seguimos esperando.


Esta entrada fue publicada anteriormente en el blog de Planetas Prohibidos

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Aunque siempre es preferible una buena lectura, que duda cabe que en ocasiones nos gusta sentarnos en el sillón a disfrutar sin más de una buena, emocionante y épica serie de televisión. En la actualidad, con toda la multiplicidad de canales en-línea de contenidos, uno podría pensar que esto está solucionado, que no nos va a faltar material. Pero cuando llega el momento, la oferta consiste en series como Another Life cuyo aporte es escaso y que consiste en una colección de clichés, pero a pesar de ello, va a tener su segunda temporada. Es en este momento cuando uno se acuerda del anuncio de otras producciones. Algunas, adaptaciones de obras extraordinarias que, si bien siempre existe el riesgo de que lo estropeen todo, al menos son una buena base de la que partir. Y en los años recientes, no son pocas las propuestas que sin embargo, no han llegado a término —salvando los casos de Fundación o Snowpiercer—. La lista siguiente es una recopilación de adaptaciones que en su día fueron anunciadas (entre paréntesis el año en la que se oyó hablar de ello):
  1. Y: The Last Man (2009)

    Y: The Last Man

    Un cómic que según cuentan los aficionados que han tenido la oportunidad de conocerlo, es de las mejores sagas del noveno arte realizadas. Todo comenzó en el ya lejano 2009 como una propuesta de adaptación a película protagonizada por el inefable Shia Labeouf, pero que tras vueltas y dudas durante años, ha acabado convirtiéndose en una serie de TV prevista para septiembre de 2021, cuyo primer teaser trailer acaban de publicar.

  2. Source Code (2011)

    Source Code

    Dirigida por Duncan Jones y escrita por Ben Ripley, la película mostraba una manera distinta y original de tratar las paradojas temporales, la consciencia humana y sobre todo, la relación entre ellas. Creaba un marco de posibilidades enorme para ser exploradas. Se anunció su adaptación a serie de TV el mismo año de su estreno en un medio de habla inglesa, pero no se ha vuelto a saber nada.

  3. Half-Life (2013)

    Half-Life y Portal

    Los videojuegos son una fuente cada vez más habitual de contenido para ser adaptado a otros medios: Doom, Resident Evil, Tomb Raider, Uncharted y recientemente tras proponerse primero como película, The Last of Us será finalmente una serie de televisión. Pero los que hemos probado Half-Life sentimos que fue una experiencia de juego distinta y probablemente, complicada de adaptar a una pantalla distinta a la de los videojuegos. De mano de J.J. Abrams se anunció lo que en un principio era una película, a la que se añadió la opción de adaptar Portal, el también exitoso juego de la misma compañía de un ambiente similar. Pero la agenda del famoso productor cargada de proyectos desde entonces y la dificultad de adaptar estas obras, han provocado que de momento solo será este último el que saldrá a las salas de cine. Si es que sale.

  4. La liga de los hombres extraordinarios (2013)

    La liga de los hombres extraordinarios

    Si bien es cierto que la adaptación a película del 2003 no fue gran cosa, el cómic original merecía un mejor trato. Una serie televisiva donde los personajes pudieran ser mejor desarrollados y no «dejados caer», como suele ser habitual en algunas producciones cinematográficas ―cuyos directores luego cogen cuatro retales y realizan cosas como The Newers, ambientada en una época victoriana similar a la obra de Alan Moore y Kevin O'Neill, de la que estoy seguro que podría salir algo mejor―.

  5. El hombre de los 6000 millones de dólares (2014)

    Lee Majors

    Cuando apareció la serie de televisión recuperada de los años 70 La mujer biónica (2007) me llamó la atención que ignorasen la serie de la que partía ―El hombre de los seis millones de dólares― también de la misma década, basada a su vez en la obra literaria Cyborg (Martin Caidin, 1972). La respuesta vino cuando se supo que estaba en preparación la vuelta a la pequeña pantalla de la serie ―victima de la inflación― nada menos que con Mark Whalberg de protagonista. 

  6. Hyperion (2015)

    Hyperion

    Dan Simmons
    es el autor de Los Cantos de Hyperion (1989~1999), una space-opera épica que a pesar de ser relativamente moderna huye de las tendencias de ciberpunk de la literatura coetánea, resultando una extraordinaria obra de aventuras al modo clásico pero sin dejar de dar su aporte original. En principio, una obra cuyas características la hacen idónea para ser adaptada a la pantalla. Miquel Barceló describía así al autor:
    «dispone una capacidad especulativa que nunca quedará plasmada en las obras de terror [..] he temido demasiadas veces que el mercado [..] le apartara para siempre de la ciencia-ficción» —prólogo de Endymion

    Pues bien, a pesar de que en junio del 2015 en diversos medios ―de habla inglesa primero y en el portal Fantífica después― anunciaron con bastante seguridad que iba a ser adaptada a serie, lo cierto es que no se ha sabido nada de este proyecto desde entonces. Todo apunta a que los temores de Barceló no eran infundados ya que finalmente lo único que se ha visto adaptado a un medio televisivo ha sido su obra The Terror.

  7. Pórtico (2015)

    Pórtico

    La saga de los Hechee es otra extraordinaria e inusual saga de ciencia-ficción. Su autor, Frederik Pohl, presenta un planteamiento inicial suficiente para romper todos los esquemas hasta al más experimentado aficionado. Pórtico (1977) es el primer volumen y al igual que en el caso anterior, SyFy anunció en el 2015 su adaptación a televisión. De nuevo, nada más se ha sabido de este proyecto. No es anecdótico señalar que el estreno en 2014 y el éxito posterior de la también adaptación de una saga literaria The Expanse, podrían haber eclipsado el resto de proyectos. Que luego vendieran los derechos de esta serie a Amazon Prime, dice algo del interés que ha quedado por los demás.

  8. Trilogía de Marte (2015)

    Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson

    El año 2015 fue el de las propuestas de adaptaciones de sagas literarias que no se han llevado a cabo hasta el momento ―salvo El Fin de la Infancia (Arthur C. Clarke, 1953) que sí llegó a las pantallas―. A las dos anteriores se le suma Trilogía de Marte, la epopeya de geoingeniería planetaria de Kim Stanley Robinson, considerada un modelo de precisión científica especulativa. En esta ocasión sí que ha habido noticias, aunque no fueron buenas: fue propuesta en el año mencionado para ser puesta en pausa al siguiente.

  9. Juez Dredd (2016)

    Juez Dredd

    De lo más original y relevante que nos dejó el mundo del cómic de finales del siglo pasado, con sus superhéroes desgastándose poco a poco, fue la obra del guionista John Wagner y el dibujante Carlos Ezquerra. Páginas de brutal critica al sistema cuya adaptación protagonizada por Silvester Stallone en 1995 no le hacía «justicia». Tal vez por eso cuando Karl Urban se presentó con Dredd (Pete Travis-Alex Garland, 2012) nadie esperó mucho de esta segunda adaptación a la gran pantalla. Sin embargo, todo aquel que le ha dado una oportunidad ha visto como la película esta vez sí, hace honor al espíritu del cómic además de aportar su propia visión. Los aficionados han estado pidiendo una segunda parte y sus deseos parecía que iban a convertirse en realidad aunque en forma de serie. Pero al igual que la justicia, todo va muy lento.

  10. Extranjero en Tierra Extraña (2016)

    Extranjero en Tierra Extraña

    El canal SyFy todavía iba a dejarnos con la miel en la boca una vez más, anunciando que iba a adaptar una de las obras más singulares y donde le da un repaso a todos y cada uno de los valores y prejuicios de la sociedad occidental, al más puro estilo de su autor, el maestro de la ciencia-ficción Robert A. Heinlein. Y así nos hemos quedado desde entonces.

  11. USS Callister (2018) ―actualización 05/09/2021―

    USS Callister

    Poco se puede decir de la serie británica Black Mirror además de que ha llevado las advertencias distópicas a un nuevo nivel. Con una creatividad y con un mensaje más crudo y efectivo ―sobre todo durante la fase británica emitida en Channel4― la serie ha planteado escenarios pocas veces vistos anteriormente. Con su paso a Netflix, la serie perdió algo de esa crudeza y planteó otro tipo de escenarios más basados en la nostalgia y menos deprimentes, pero no por ello menos originales. Uno de ellos, el primero de la temporada 4, abrió las puertas a todo un universo virtual en el que la tripulación de una nave espacial estilo Star Trek, clones digitales pero consciencias virtuales, cobraban existencia de manera inadvertida. Causó tal revuelo que se anunció un spin-off basado en este capítulo. Aunque en este caso no se trataría exactamente de una adaptación de un medio a otro, sí que es un caso particular en el que de una serie de capítulos individuales, se podría derivar toda una serie de uno solo de ellos.

  12. Duke Nukem (2018)

    Duke Nukem

    ¿Michael Bay y John Cena en una misma película? Pues cada uno en su ámbito, eso es lo que se prometió en su día en otra adaptación de un videojuego que se hizo famoso, entre otras cosas, porque permitía interactuar con el entorno, una característica que luego sería imprescindible en el resto de títulos del mismo tipo. Pero, nos quedamos con las ganas de ver explosiones por doquier y a Cena fumando el puro.

  13. Exploradores (2018)

    Exploradores

    Primero fue Super 8 (J.J. Abrams, 2011) y unos años más tarde se terminó de consolidar con Stranger Things (Hnos. Duffer, 2016), la fiebre nostálgica por aventuras juveniles de los 80. En una línea similar se propuso adaptar a serie de televisión la película Exploradores (Joe Dante, 1985) protagonizada nada menos que por unos jóvenes Ethan Hawke y River Phoenix. De este proyecto no se tiene noticia desde entonces.

  14. Starship Troopers (2019)

    Starship Troopers

    Otra obra maestra de Robert A. Heinlein que esta vez sí, fue versionada por Paul Verhoeven en 1997. Su éxito la convirtió en una saga con varias secuelas de imagen real y animadas, además de videojuegos. Hace un par de años se dijo que continuaría en televisión con el reparto de la primera de ellas. No se conoce nada más.

  15. Dune: Sisterhood (2019)

    Las Bene Gesserit

    La excelsa Saga de Frank Herbert ya ha sido adaptada a película y a serie de televisión, pero sin acabar de convencer. Los éxitos y el buen hacer de Denis Villeneuve le dotaron del suficiente poderío como para lleva a cabo con solvencia nada menos que la secuela de Blade Runner. Tras dicho proyecto, ya es de dominio público que ha acometido la valiente y arriesgada tarea de llevar de nuevo la adaptación a las salas de cine de Dune, que se entrenará en breve. No contento con esto, tiene en proyecto una serie ambientada en el mismo universo sobre la Orden Bene Gesserit. Este spin-of supondrá una manera inédita de acercarse al universo creado por el escritor.

  16. El hombre que cayó a la tierra (2019)

    El hombre que cayó a la tierra

    David Bowie
     no solo fue un grandísimo artista, sino que además, lo fue de ciencia-ficción: siempre por delante de la sociedad, rompiendo moldes, marcando tendencias y creando nuevos paradigmas estéticos. Una de sus singulares intervenciones fue la película El Hombre que cayó a La Tierra (Nicolas Roeg, 1976), adaptada de la novela de Walter Tevis (1963) sobre un alienígena con aspecto humano que aterriza en nuestro planeta. En el 2019 se anunció que iba a ser adaptada de nuevo a serie de televisión.

  17. John Carter de Marte (2019)

    John Carter de Marte

    En el ámbito anglosajón, la space-opera de Star Wars ya existía en el mundo del cómic con Flash Gordon o Buck Rogers. Pero todavía antes, existió en la literatura la planet-opera. Una de las más importantes aportaciones surgió de la mano de Edgar Rice-Burroughs en 1912 con La Princesa de Marte, primera de las novelas de la Serie Marciana. El también autor de Tarzán, ha sido adaptado al cómic en numerosas ocasiones ―en aquella época sería el equivalente a ser adaptado a la pantalla― siendo uno de los autores más influyentes de la historia, en palabras de Ray Bradbury. John Carter de Marte fue el último título de la serie y fue el escogido para la adaptación que Disney estrenó en 2012 ―cien años después― cuyo rendimiento económico fue un desastre. Según criticas, el problema fue que supusieron que no era más que una «copia», ignorantes de que en realidad estaban asistiendo a la creación de la mayoría de mitologías culturales de su época. La culpa habría que achacarla a una campaña de marketing deficiente que no supo explotar el valor cultural de la obra, además de titularla con un anodino John Carter. Sin embargo, en las plataformas de video bajo demanda donde el público se supone que es menos dependiente del marketing, la película de Andrew Stanton está reviviendo gracias a un éxito mayor de lo que se esperaba. Tal es así que se anunció su adaptación a serie de televisión.

  18. Alien (2019)

    Xenomorfo

    Alien: el octavo pasajero
     (Ridley Scott, 1979) fue uno de los motivos que convirtieron a la década de los 80 en un momento clave en la historia de la ciencia-ficción y en general, en la cultura popular. Después de que su propio creador haya destrozado su legado con precuelas-que-no-son-precuelas bastante cuestionables, un Noah Hawley (Fargo, Legion) que estuvo a punto de continuar la franquicia de Star Trek, nos va a traer al xenomorfo en una serie de televisión. La novedad es que si bien hasta ahora la franquicia se identificaba con escenarios extraños, cerrados y angustiosos, en esta ocasión la plaga alien la traerán nada más y nada menos que a nuestro propio planeta: La Tierra. Como si no tuviéramos bastante con la pandemia.

  19. El Eternauta (2020)

    El Eternauta

    En el año en el que El Eternauta (Oesterheld-Solano, 1957) fue publicado, las invasiones de extraterrestres que aparecían en el ámbito anglosajón no eran más que reflejos del temor a la inestable situación que en plena Guerra Fría se vivía. Pero el resto del mundo tenía además de esta, otras preocupaciones más inmediatas y que afectaban de manera más directa y en ocasiones dura, sus vidas. En concreto, en el mundo Hispano en ambos lados del océano, sus problemas provenían de regímenes dictatoriales y sociedades de cultura militar impuesta. Siguiendo el mismo principio de utilidad de la ciencia-ficción sobre manejar las preocupaciones del presente, el escritor Héctor G. Oesterheld ideó un modelo estratégico por fases de invasión alienígena basado en la eficiencia, eliminando de manera precisa la resistencia local o reutilizándola en su favor, dejando intactos los recursos del planeta. Este modelo ha acabado sirviendo de inspiración hasta nuestros días en obras culturales que tratan el mismo tema, empezando tal vez en la serie Falling Skies (Rodat-Spielberg, 2011~2015) siguiendo por Colony (Cuse-Condal, 2016~2018) o Nación Cautiva (Rupert Wyatt, 2019). El estilo oscuro, sucio y demacrado del dibujante Francisco Solano, otorgaba una sensación angustiosa al relato totalmente oportuna. Tras muchos intentos y discusiones sobre la propiedad cultural del escritor ―desaparecido en extrañas circunstancias y de alguna manera, traspasando el cuarto muro del cómic, ya que el autor aparece en el propio relato―, sus herederos han negociado con una cadena de video por suscripción la realización de una serie.

  20. Rogue One (2020)

    Cassian Andor

    El estreno de Star Wars: el despertar de la Fuerza devolvió a cierta parte del público la esperanza de encontrarse de nuevo con aquella space-opera que supo conectar con nuestra necesidad interior de épica. Sin embargo, sin ánimo de retomar criticas ya repetidas, lo cierto es que Disney ha metido a la saga en un auténtico callejón sin salida, con un producto que ha acabado por no contentar a nadie. Esto era así hasta que la serie The Mandalorian y la película Rogue One (Gareth Edwards, 2016) han demostrado que retomar la historia clásica respetando su propia idiosincrasia y coherencia interna, es el camino ―como diría nuestro querido Mando―. El resultado es que hay en proyecto un spin-of precuela sobre las aventuras de Cassian Andor.

  21. Star Trek: Strange New Worlds (2020)

    Enterprise

    Con Star Trek ha ocurrido algo parecido que con su competencia: un mismo director ha participado en un reinicio particular de una saga con la intención de poder establecer una nueva mitología sin trabas argumentales, pero sin perder a los aficionados de toda la vida. En términos de taquilla no ha ido mal, pero tras una segunda parte elegida como la peor película de toda la historia de la saga, se dieron cuenta de que tenían que repensar un poco las cosas ―suponiendo que las hubieran pensado en la primera ocasión, claro―. Acertaron a medias con una decente Star Trek Beyond (Justin Lin, 2016) pero fallando en la fecha del estreno lo que afectó a la recaudación. Con el futuro incierto, de nuevo, las series televisivas han aclarado las ideas gracias a Star Trek Discovery que, a pesar de toda su carga políticamente correcta, ha sabido ganarse a una base de aficionados importante. En cualquier caso, otra gran parte de aficionados seguimos añorando aquel espíritu de aventura, transgresor pero sin reivindicaciones forzadas metidas con calzador y, sobre todo, el regreso de la Enterprise. Los sueños en ocasiones, pueden convertirse en realidad.

  22. Fallout (2020)

    Fallout

    Lisa Joy
    y Jonathan Nolan iban a ser los que llevarían Fundación a la pantalla, pero en su lugar adaptaron Westworld, el clásico de Michael Crichton de los años 70, mucho más convencional y televisivo. Ahora tienen entre manos la adaptación a la pequeña pantalla de otro videojuego que en su momento fue innovador, con un tipo de historia postapocalíptica de estética atompunk, poco habitual. Veremos tal vez algún día lo que sale.

  23. El problema de los Tres Cuerpos (2020)

    'El problema de los Tres Cuerpos', de  Liu Cixin

    Hace apenas algo más de diez años que China decidió promover la ciencia-ficción con la creación del premio internacional Xingyun. Cinco años después, un poco conocido escritor Liu Cixin se convertía en 2015 en el primer asiático que ganaba el premio internacional más importante: el Hugo. Desde entonces, China no ha hecho más que crecer económica y culturalmente, al tiempo que sorprende con grandes producciones cinematográficas. Mientras tanto, los creadores de la interpretación televisiva de Juego de Tronos se involucraron en la creación de una trilogía sobre Star Wars, pero después de ver dónde se estaban metiendo, salieron corriendo de ella para acabar en un proyecto de adaptación de la obra del escritor chino. Pura simbolización del panorama internacional actual.

  24. Buck Rogers (2021)

    El infame 'Twiki' y Gil Gerard como 'Buck Rogers'

    La época dorada del cómic pulp norteamericano de ciencia-ficción tiene a Flash Gordon como uno de sus principales personajes. Pero no fue el único, Buck Rogers forma parte significativa  también de aquel momento cultural. Fue revivido a principios de los 80 por Glen A. Larson siguiendo un modelo similar al que también uso en Galáctica, esto es, la producción de un episodio piloto tan largo que lo acaban estrenando como película. La cuestión es que George Clooney va a ser el productor esta vez de un reinicio del famoso héroe (todo irá bien mientras no aparezca Twiki y su biri-biri-biri-biri)

  25. El coche fantástico (2020)


    De nuevo Glen A. Larson haciendo de las suyas. Otra de las míticas series televisivas de los 80 fue El coche fantástico, protagonizada por el peculiar David Hasselhof que a partir de entonces, además de uno de los freakies más impresionantes de la historia, se ha convertido definitivamente en todo un icono popular tras protagonizar la serie de los 90 Los vigilantes de la playa. Pero bueno, lo que nos ocupa ahora es que la serie, reinterpretada de nuevo en el año 2008 con Justin Bruening como protagonista, va a ser ahora convertida a formato película por James Wan. Se desconoce si el automóvil que da forma a KITT estará impulsado por electricidad o continuará con combustibles fósiles.

¿Merece la pena sacar estas obras de su medio original y ser adaptadas a otro? ¿Va a influir este hecho sobre nuestra visión de la obra original? Sin entrar en debates sobre falsos dilemas de la prevalencia de un medio sobre otro, lo cierto es que la obra original siempre va a estar ahí para poder ser revisitada. Al final del día, lo importante va a ser el resultado. ¿Puede salir de una obra mediocre en un medio una obra maestra en otro? Sin duda que sí. Pero independientemente de si nos fijamos exclusivamente en el producto final, en los últimos tiempos, el arte de saber interpretar una idea y adaptarla a otro medio es un fin en si mismo digno de ser valorado. En algunos casos, una idea original es tan sugerente y atractiva, que sería un desperdicio no aprovecharla en otro formato que permita su disfrute, de una manera diferente. Por ello, en esta época de tal profusión de ideas reutilizadas, propongo una adaptación de la obra La Saga de los Aznar, una space-opera de estirpe hispana pero con una proyección espacial y temporal, a través de culturas y generaciones, sobre la cual reflejar todos los desafíos de nuestro presente y futuro.

        26. La Saga de los Aznar (????)

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