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Desde el fin de la trilogía original hasta que los aficionados tuvimos de nuevo a Star Wars en las pantallas, transcurrió una eternidad en la que crecimos imaginando sistemas planetarios nuevos, naves espaciales míticas, razas alienígenas y androides artificiales de casi todas las formas y colores. Todo un universo que George Lucas logró convertir como nadie en el fenómeno llamado franquicias cinematográficas. Sabíamos que era un negocio, pero lo pudimos perdonar durante al menos dieciséis años de nuestra adolescencia y juventud. Cuando tras ese tiempo llegaron los capítulos 1, 2 y 3, el mundo entero se lo empezó a cuestionar, pero ya era tarde. Nuevos seguidores aumentaron la nómina del tío George, y así durante otros dieciséis años, han crecido imaginando aventuras similares a las que los demás habíamos vivido a finales del siglo pasado. Pero todo tiene su tiempo. En cuanto la vaca del marketing empezó a renquear, fue el momento en el que el director de enorme papada decidió que no sería él, el que repetiría la misma jugada con la que se había enemistado con medio planeta.

Disney y Marvel

Con la decepción de las precuelas todavía fresca, llegó el anuncio de una nueva entrega de la saga más famosa de la ciencia-ficción popular. En esta ocasión el culpable de los defectos de la anterior ya no estaba involucrado, por lo que el público especuló que debía ser mejor. Si bien el consenso era claro sobre la capacidad creativa de Disney, no ocurría lo mismo sin embargo, sobre su ética comercial. Algo ocurrió mientras tanto que hizo que las dudas se dejaran a un lado: el estreno de Los Vengadores (Joss Whedom, 2012). La empresa fundada por Walt Disney reutilizaba una idea de hacía cincuenta años y le daba un aspecto nuevo, fresco y espectacular. Nada que objetar, salvo como se ha comentado, que no es original y que no se hacía más que aprovechar la moda iniciada con el Spiderman de Sam Reimi y el Batman de Christopher Nolan de una manera más comercialmente eficiente. El buen trabajo realizado con la compra de Marvel, hacía que el optimismo sobre el resultado de las nuevas aventuras de la familia Skywalker aumentase. Una vez más, todos comenzamos a soñar con aventuras por la galaxia. Pero vino el estreno y como Bill McMurray en El día de la marmota, revivíamos la historia: una enorme expectación satisfecha de manera desigual, con un «capitulo 7» de estética Marvel: explosiones y disparos con mayor realismo y espectacularidad, sobre una idea calcada de la trilogía original.

Reinicio encubierto

El problema más visible del «capitulo 7» es el del exceso de auto-referencia. Casi cada escena, situación y personajes tiene un claro paralelismo con sus equivalentes de la trilogía original, circunstancia confirmada por su director. Esto ha llevado a considerar el «capitulo 7» realmente como un reinicio de la saga usando una fórmula poco habitual —al estilo de lo realizado con la Star Trek del mismo responsable— en lugar de como una continuación. Esto explicaría detalles como que la Alianza Rebelde continúe siendo «rebelde» y permanezca escondida —a pesar de haber derrotado al Imperio— o que todo un héroe de la rebelión como Han Solo siga trapicheando con contrabando de poca monta —además de ser un completo fracasado que hasta pierde nada más y nada menos que el Halcón Milenario—. Situaciones que chocan contra el legado de la saga original.
la clave es honrar, no reverenciar lo que hubo antes de ti.

El sable de luz

Decir «sable de luz» es prácticamente sinónimo de Star Wars. No hay aficionado que no haya empuñado imaginariamente alguna vez en su vida, una de estas fabulosas y ficticias armas. La ilusión de abrazar la Fuerza y verte convertido en un Caballero Jedi, es una poderosa arma de la imaginación, pero el atractivo residía en lo excepcional, en lo único, en ser un personaje de leyenda empuñando un arma legendaria. Antes de que Ben Kenobi le cediera a Luke aquel artefacto en la trilogía original y viéramos aparecer el mítico haz de energía azul, nunca se había visto en una pantalla cinematográfica algo parecido. En aquel momento mágico se concentra la mayor parte del sentido de toda la saga tal y como la conocemos: Obi-Wan le cuenta al joven Luke sobre su padre, sobre las guerras clon y por primera vez desde que cayera la República, un sable de luz es empuñado por alguien que no pertenece a la Orden Jedi. El maestro se atreve a ceder un arma tan peligrosa a un novato, tal vez viendo en él una «nueva esperanza». Aunque en otra situación hubiera sido descabellado, en aquel momento tenía todo el sentido que un inexperto lo empuñara. En las precuelas que se estrenaron posteriormente ocurre lo que podríamos llamar el «efecto secuelas de Matrix»: una excesiva repetición que satura y hace perder el significado con la aparición de docenas de caballeros Jedi con sus bonitos y coloridos sables de luz. En el «capitulo 7» hemos asistido a un paso más en la vulgarización de la famosa arma ficticia, siendo empuñado por el primero que aparece y convirtiéndose en un aparato tecnológico cool. Algo así como un smartphone último modelo.
un arma noble para tiempos más civilizados
Maestro Obi-Wan Kenobi

Curva de aprendizaje

La ubicuidad y sencillez de la tecnología actual se considerarían ciencia-ficción hace unas décadas. Esta facilidad de uso provoca la paradójica circunstancia de que la formación necesaria de sus usuarios es cada vez menor. No son pocas las voces que avisan sobre los riesgos de esta sorprendente y anacrónica situación, en la que dicha formación difiere de manera opuesta con la enorme y creciente complejidad existente tras los potentes dispositivos que utilizan permanentemente, de los que se depende cada vez más. Puede que este sea el habitual escenario mostrado en Star Wars: androides y dispositivos con una IA comparable a la humana cuya dificultad de uso consiste simplemente en pedirles de viva voz lo que necesitas. Sin embargo, en la película original —la llamada después «capítulo 4»— el mensaje final consiste precisamente en la heroicidad de desprenderse de dicha tecnología. Lucas —inspirado tal vez en Frank Herbert y su Yihad Butleriana— había anticipado décadas antes los riesgos de la excesiva dependencia de algo que no se comprende. Una tecnología apenas «indistinguible de la magia» —en alusión a la Tercera Ley de Clarke— sino fuera porque forma parte de lo cotidiano en el universo particular de la saga. Frente a esta ubicuidad tecnológica se encuentra el contrapunto necesario en la excepcionalidad «mística» de La Fuerza, un concepto que no puede ser imitado por aquella y que únicamente depende de nuestra convicción, así como de un proceso de aprendizaje prolongado, complejo y duro —sin contar por supuesto, con la predisposición «genética» que se pueda tener—. En el «capitulo 7» todo esto desaparece, mostrando sin aparente explicación como cualquiera puede enfrentarse a enemigos expertos en el uso y dominio de La Fuerza, o usar de forma diestra un peligroso sable de luz. Star Wars se ha contagiado del vicio moderno de exigir que nos lo pongan fácil todo, sin obligarnos a ningún esfuerzo.

La épica peculiar

En la trilogía original el proceso de ataque a las Estrellas de la Muerte se mostraba como arriesgado y complicado. Los valientes que participaron en aquellas misiones sabían que no todos volverían y que las probabilidades de lograr el objetivo eran escasas. Héroes de la Alianza Rebelde por los cuales sufríamos cada vez que recibían un impacto y estallaban en el espacio. Sin embargo, en las batallas en el «capitulo 7» ocurren cosas como Poe dando gritos de euforia como si estuvieran jugando a un vídeo-juego o probando un nuevo X-Wing, mientras su amigo Finn comenta tranquilamente sus magistrales jugadas cuando a su alrededor, en pleno campo de batalla, se están descuartizando. Para remate final, la consabida y poco original destrucción de la super-arma de rigor, muestra a unos enemigos parsimoniosos y pusilánimes. En definitiva, una Starkiller tan decepcionante como inútilmente enorme.

El fin del mito

Más allá de estos problemas o de la simple falta de originalidad, la solución utilizada implica un grave inconveniente: se desvirtúa la saga original de una manera en la que ni las desastrosas precuelas de George Lucas lo hacían. Para entenderlo comparemos esta saga con lo que le ha pasado a Star Trek. Esta space-opera se caracteriza en que trata sobre los aspectos filosóficos de nuestra existencia. Si se lo quitas, pierde su identidad y se convierte en un simple entretenimiento con la misma apariencia como reclamo. Star Wars por otro lado, es épica, es mito, es aventura. Para lograr este cometido, la original se basaba en mitología extraída del acervo cultural del ser humano. Esta inspiración es la que convertía a la saga de las galaxias en algo especial y la diferenciaba de otras imitaciones posteriores. El «capítulo 7» sin embargo, se basa en una versión alterada de ella misma. Despojar a Star Wars de su principal contenido mitológico la convierte en algo cercano a un cascarón vacío, en un mero entretenimiento lucrativo como lo puedan ser Transformers. Se ha convertido, en una imitación de si misma.
Todas esas historias son... ciertas
Han Solo (El despertar de La Fuerza)


Foto: DevianArt
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