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El final de la trilogía original y sus ositos de peluche ewoks del «capítulo 6», fueron el comienzo de lo que descubrimos después con La Amenaza Fantasma (1999): el desembarco de un ejercito de droides cuya estupidez tan solo era superada por un Jar-Jar Binks más tonto que todos ellos juntos. Tan tonto que acabó de senador en una República Galáctica que por tal error, se hacía merecedora de su fatal destino. Los tan esperados capítulos I, II y III que iban a dar respuesta a todos los misterios que habíamos alimentado desde nuestra niñez y a descubrir ese universo previo a la película original, lo que desvelaron realmente fueron los continuos conflictos internos de un George Lucas que acabó por desproveer de coherencia a la historia original, convirtió los símbolos en su contrapartida literal y aniquiló su potencialidad para analizar la mitología humana.

La Fuerza

La discusión sobre si Star Wars es ciencia-ficción o fantasía es un clásico de las reuniones de aficionados a la cultura popular. Como ya se ha comentado en otra ocasion, Star Wars trata sobre la gente, sobre el bien y el mal y sobre las mismas leyendas que en las obras de fantasía. Pero lo hace en un entorno definido por la ciencia-ficción, como son naves espaciales, robots con inteligencia artificial, hologramas, armas de energía, etc. Es decir, tanto si buscamos ciencia-ficción como fantasía, vamos a encontrar ambas. Un fenómeno similar al género de los superhéroes, pero en este caso tratándose de space opera.

Los midiclorianos

Una de las sorpresas de las precuelas escritas, dirigidas y producidas por George Lucas, fue la de pretender dar una explicación racional a la fuerza más poderosa de la galaxia, decantándose de esta manera por dar una visión más cercana a la ciencia-ficción, dejando el misticismo o magia que rodeaba a la Fuerza a un lado. La intención era buena, pero mal ejecutada en la práctica por dos motivos principales: por un lado los Jedi no necesitan de ninguna explicación racional. Son una institución milenaria cuyo conocimiento y dominio de la Fuerza no se ha logrado siguiendo criterios racionales, sino cultivándose en una disciplina más bien espiritual al estilo de las artes marciales orientales. Dichas artes permiten a sus practicantes realizar verdaderas proezas sin que hayan necesitado explicarlas de forma racional, lo importante es que les funciona. Pero sobre todo, el mayor problema de esta solución argumental es que de esta manera se desproveía de todo el fascinante halo mítico construido en la película original alrededor de la Fuerza.

El Deus Ex Machina institucionalizado

Paradójicamente, al mismo tiempo que se intentaba aportar un criterio racional para explicar una concesión a la realidad con la Fuerza, se usaba a esta como justificación de cualesquiera proezas que fueran necesarias para salir de todo tipo de atolladeros, convirtiendo a este concepto en el simple y archiutilizado comodín «mágico» de las obras de fantasía, echando a perder su verdadero potencial. Considerada como una religión en una galaxia en la que la ciencia y la tecnología no tienen apenas límites en sus proezas, originalmente la Fuerza podía representar a todo aquello que todavía queda por comprender. La parte de nuestra realidad a la que el desarrollo tecnológico no ha alcanzado, y que parece escurrirse una y otra vez. El estrecho margen para aquello que a pesar de no ser mensurable, no le impide influir en el entorno.

¿Es posible llegar a un conocimiento absoluto mediante la ciencia? ¿Existe el conocimiento en ámbitos fuera de lo estrictamente científico? ¿Todo lo demás son habladurías y supersticiones inútiles? Este es un asunto sensible que despierta grandes controversias. La ciencia-ficción suele brindar una buena oportunidad para tratar este tipo de temas que de otra manera resultan complicados, aburridos o rodeados de polémica. Star Wars podría haber sido un lugar para poder manejar esta cuestión, pero como todos sabemos, nada de esto ha ocurrido
Creía que los Jedi sabíais distinguir entre conocimiento y sabiduría
Dexter, el cocinero

El tostonazo

Alguien podrá argumentar que esta no es más que una obra de entretenimiento y que estas cuestiones son excesivamente profundas para ser tratadas en una space opera. Sin embargo, este argumento parece más una excusa para evitar dificultades ya que hay otras franquicias de space opera similares en las que se intenta acometer este reto, como Star Trek Galáctica. Precisamente, este es otro de los grandes debates en el mundo del entretenimiento: ¿deben tener las obras de este género alguna función didáctica o por el contrario, han de convertirse en eficaces herramientas para sacar el máximo dinero de los bolsillos de los espectadores? ¿es necesario abrumar tanto con publicidad o es que hay temor de que la gente encuentre por si misma otras maneras de entretenerse? La respuesta va ligada a otro debate más amplio sobre la forma de trabajar del mercado en general, pero por el momento podemos asumir que lo meritorio es dotar a la obra de algún valor añadido cultural, sin que por ello merme en la rentabilidad económica. La cuestión es que George Lucas se ahorró todas estas cuestiones culturales de gran potencial como elementos narrativos. Podría parecer que el director de origen californiano deseaba hacer un producto intrascendente y plano para hacerlo más digestible, pero no parece que fuera este su objetivo ya que una vez más contradiciéndose a sí mismo, nos metió en su lugar entre pecho y espalda un tostonazo inaguantable sobre política galáctica.

Vader: de villano a psicópata

Darth Vader probablemente sea uno de los villanos más famosos, no solo de la ciencia-ficción, sino en general de la cultura popular de nuestros días. Salvando las distancias, tan sólo el mismísimo Cthulhu de Lovecraft puede superarle como representante del Mal. La diferencia es que Vader es un humano caído en desgracia, un personaje que en el fondo nos gustaba. Toma decisiones inflexibles y extremas sin que su voz pierda firmeza y decisión, pero no está loco. Sabemos que en el fondo hace lo que hace porque su situación le aboca a ello. Tiene una gran inteligencia emocional, es un gran estratega y sabe reconocer en los demás sus aptitudes. No los menosprecia alegre e irresponsablemente. Alguien cuya mirada permanece oculta tras una oscura y terrible máscara a la que está atada de por vida, deshumanizando todo su ser. Genera una profunda impresión, compuesta al mismo tiempo de temor, pena y admiración. Miedo por lo que representa, tristeza por el infierno en el que vive y que le hace ser como es, y admiración por su gran poder y capacidad. Una combinación de circunstancias únicas y misteriosas que nos encogían el corazón, de alguien que tal vez en la soledad de su conciencia no sea más que un desgraciado atormentado, pero con una determinación que le obliga a mostrarse opaco e inflexible ante los demás.

Vader, tal y como se nos presentó en la película original no siempre fue así. Fueron unas trágicas y misteriosas circunstancias las que le obligaron. Nada que ver con el niñato protestón abofeteable que se le ve venir desde el minuto uno. La figura del padre que Luke no tuvo, modelo a seguir en cuanto a sus capacidades pero también como objeto de odio por ser la causa de su orfandad, se convierte en un asesino barriobajero y despreciable, tan patético que mata a inocentes niños. Tal vez este personaje sea el mas perjudicado por la nueva visión de George Lucas en las precuelas.

Se estrenaron con una gran expectación pero pocos esperaban que se iban a convertir en una de las mayores decepciones de la cultura popular de nuestros días. Una decepción comenzada años antes sin que nadie lo advirtiese. Una decepción fantasma de la que tardamos en ser conscientes, y que estaba a punto de despertar.


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Momento en el que Vader le dice a Luke que es su padre, condicionando toda la historia

George Lucas, catalogado en su momento como «un visionario» artífice de otras sagas tan importantes como Indiana Jones, acabó convertido «al lado oscuro» uniéndose a la orden de los «productores abominables», cayendo en todos y cada uno de los errores que el mismo había denunciado e incluso utilizado en su propia obra. El director californiano ha acabado creando su propio «ejercito de clones», formado por seguidores atraídos más por el marketing que por el acierto cultural de una obra que trataba nuestra mitología de una manera nueva y llena de maravillosas posibilidades. 
«Ciegos estamos si la creación de ese ejército clon no pudimos ver»
—Maestro Yoda

¿Cuando comenzó a estropearse todo? Tras el estreno de La Amenaza Fantasma pocos admitimos en aquel momento el desastre que acabábamos de presenciar. La expectación, la nostalgia, el ansia por ver nuevo material relacionado con la galaxia que dejamos en los lejanos años 80 o la esperanza de que el próximo estreno mejoraría lo visto, nos tenían cegados y nos impedían percibir, cual Yoda despistado, cómo el lado oscuro establecía su plan. El Ataque de los Clones cumplió nuestras peores expectativas y cuando Lucas quiso arreglarlo con La Venganza de los Sith, ya era tarde. A manos de su propio creador, uno de los fenómenos culturales más importantes de nuestro siglo había sido aniquilado.
«Así muere la libertad, con un estruendoso aplauso»
Padmé Amidala

Si no lo vimos entonces ¿qué nos impide pensar que el inicio en tan tenebroso camino hubiera ocurrido antes, en la propia trilogía clásica?  Teniendo en cuenta con la perspectiva que ofrecen los años, que George Lucas nunca creyó de verás en el éxito de su creación, es posible que no llegara a entender los factores importantes del éxito de su obra. Seguramente alguien estará pensando que me he vuelto loco ya que Star Wars continua cosechando ganancias multimillonarias gracias al camino entonces emprendido. Ahora bien ¿convertir una obra en un producto comercial de masas es lo que los aficionados deseaban? ¿Implica tener un enorme colectivo de aficionados la conversión de Star Wars en un mero producto de consumo? ¿Qué ocurrió antes, fue la magnificencia de la obra la que la convirtió en un fenómeno multitudinario, o es su conversión en producto de consumo lo que le ha dado su definitiva forma actual? ¿Estamos los aficionados «maduritos» engañados por la irreal percepción infantil que desarrollamos cuando conocimos la trilogía clásica? En cualquier caso estoy convencido de que la saga de las galaxias merecía un destino mejor que convertirse en Lost o Walking Dead. Parece como si la enorme papada que Lucas ha desarrollado en las últimas décadas, fuera la evidencia de su transformación definitiva, cual Palpatine convertido en Darth Sidius, hacia el lado más oscuro y malvado del marketing que el mismo repudiaba, pero cuyo poder subestimó.
«No subestime el poder de la fuerza»
Darth Vader

El Imperio Contraataca (1980)

La segunda entrega de la saga por orden cronológico  —conocido posteriormente como «capítulo 5»— es considerada la mejor película de la saga. Los motivos que se suelen escuchar son relativos al guión —Lawrence Kasdan— y a la dirección —Irvin Kershner—. Pero si por algo se le recuerda es por la magnífica Batalla de Hoth, con esos enormes AT-AT acercándose inexorables a la base clandestina de la Alianza Rebelde, representando uno de los más impactantes espectáculos vistos en toda la historia de la ciencia-ficción. Sin embargo, en el fondo es una película de transición: un principio poco espectacular con unas aburridas sondas de exploración saliendo de un destructor imperial —muy alejado de la película que le precedía— rematado con un final incompleto.

Yo soy tu padre

Pero sobre todo, la frase que destaca de toda la obra y uno de los símbolos más reconocibles de la saga al completo, es la que desvelaba la relación filio-paternal entre Skywalker y Vader que dejó a todo el mundo descolocado. Esta premisa sorprendente fue un gran acierto mediático, sin embargo, es precisamente la dependencia que se tiene de ella y la importancia que ha adquirido dentro de la saga, el germen del mal que tendría que venir después. El padre de Lucas SkyWalker no fue inicialmente el mismo Darth Vader. Este tenía una relación simbólica con la figura paterna, esto es indudable, pero convertir ese mito en algo literal significaba además de introducir incoherencias en el guión, una peligrosa tendencia al folletín telenovesco soap opera—. Esto es lo que han sido en el fondo sagas como las mencionadas o es en lo que se han acabado convirtiendo otras como Star Trek Next Generation. La clave del valor añadido de Star Wars no fue convertir la galaxia entera en un salón doméstico donde se relataban problemas familiares, sino llevar a un terreno nuevo e inexplorado con las posibilidades que la ciencia-ficción ofrecía, la mitología del ser humano.

El Retorno del Jedi (1983)

Star Wars todavía se mantenía fresca en sus aciertos originales, a pesar de todo. El «capítulo 6» brindó a la ciencia-ficción otro de los más famosos personajes de la cultura popular: el Maestro Yoda. Pero si tras la última y peor película de la trilogía original no advertimos hacia dónde estaba derivando la saga, es porque no queríamos hacerlo. El lado oscuro nos emborronaba la visión y nos impedía admitir que a estas alturas, el argumento original comenzaba a no servir más que como excusa para inventarse una historia que no tenía nada que ver con aquella, ni tenía otro sentido más que el de continuar proporcionando material para el merchandising.

Yo soy tu hermana

Si lo de la paternidad de Vader podía perdonarse, la fraternidad entre Leia y Luke fue un verdadero despropósito, fuente de todo tipo de chistes sobre lo que originalmente representaba el mito de la princesa y el héroe. Otra de las premisas fundamentales que se desvanecían cual Obi-Wan atravesado por un sable de luz, es la del triangulo amoroso. De esta manera dos de los puntales en los que se basaba la historia original acababan de volatilizarse delante de nuestros ojos. Unos ojos demasiado emocionados con la victoria de la Alianza Rebelde sobre el malvado Imperio como para que nos sintiéramos extrañados o decepcionados, y mucho menos, advirtiésemos lo que iba a venir décadas después. Miramos para otro lado por no romper el mágico momento, mientras nos la metían bien doblada con nuestro consentimiento:

Volvamos atrás nuestra mente por un momento y situémonos en el magnífico inicio de la película original —la Princesa Leia huyendo en su Corellian de un enorme destructor imperial— ¿Cuales son las probabilidades de que un par de robots huyan en una cápsula de salvamento y vayan a dar precisamente con el planeta donde se encuentra el hermano de la propia princesa, a pesar de que no le conocía? Alguien podrá señalar que Leia Luke tenían algo más en común entre ellos hasta el punto de que les permitía sentir su presencia. Por supuesto, La Fuerza ha acabado convertida en una excusa para justificar cualquier cosa, y de cualquier manera.

Luke el caballero

Mark Hamill era joven y podría decirse que agraciado cuando se estrenó Star Wars. Su personaje juvenil y atormentado tenía atractivo para determinado sector del público, aunque es cierto que en líneas generales resultaba algo sombrío. En cualquier caso, se podía conectar con él hasta el punto de llorar de alegría cuando logra su objetivo y recibe su merecida condecoración de mano de la propia Princesa Leia, en una épica ceremonia final. Pero el destino del actor se vio marcado por un accidente que le dejó algunas lesiones en el rostro desfigurándoselo, no demasiado, pero sí de forma apreciable. La solución no era sencilla, pero había que dar alguna explicación. El camino que escogió George Lucas trastocó para siempre la carrera del rubio actor, al justificar que el cambio físico de su semblante estaba relacionado con su transformación en Caballero Jedi, convirtiendo al personaje todavía más falto de carisma y carente de humor —de tal astilla, tal palo... ¿o es al revés?—. ¿De verdad Luke quería convertirse en esto tras ser un héroe? Supongo que es lo que le pasa a uno cuando descubres que tras arriesgar tu vida luchando contra todo un imperio impulsado por la deslumbrante belleza de la princesa amada, descubres que es en realidad, tu hermana.
¿Un caballero Jedi?... yo desaparezco un poco y a todos les
entra delirios de grandeza.
Han Solo

La Guerra de las Galaxias, o el mito de la lucha entre el bien y mal por el dominio de una galaxia que perdimos, derrotados por los problemas familiares de su creador. Creímos haberla conquistado, pero sólo fue un sueño infantil.


Publicado posteriormente en el blog Planetas Prohibidos
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Publicado por Lino Moinelo a las 18:00
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